Radiografía de la comunidad china en España: como siempre, como nunca

La diáspora china trata de reinventarse tras el coronavirus a medida que los más jóvenes, los llamados chinos españoles de segunda generación, reivindican una mayor tolerancia, respeto y toma de conciencia de las actitudes racistas.

La estación del metro de Usera, en Madrid, está decorada con motivos orientales. El distrito, situado al sur de Madrid concentra la mayor parte de población asiática de la ciudad con alrededor del 20% de su población de origen chino.

Fotografía de Anthony Coyle
Por Anthony Coyle
Publicado 24 dic 2021, 13:00 CET, Actualizado 25 dic 2021, 13:56 CET

Sé cantar canciones en un idioma que no entiendo

sé decir “te quiero” en un idioma que no siento

el verbo que me ha sido dado no me puede atrapar

qué sabe este diccionario de mi pueblo, mi historia o mi identidad

Paloma Chen, periodista española de origen chino.

 

En el mercado de abastos de Usera la mitad de los negocios están cerrados y, de los que sobreviven, no hay ni uno regentado por asiáticos. “Aquí la única asiática soy yo, que trabajo como una china”, comenta entre risas una de las empleadas de Congelados Pedro y Tomás. Luego, pide que su nombre no aparezca en el reportaje. Su compañera, en cambio, también de tono franco y directo, no pone pega: Concha Voces. Está convencida de que “tarde o temprano los chinos invadirán el mercado entero”. Fuera, en la calle, el bosque de caracteres y motivos chinos estampados en marquesinas y pósteres (y hasta anuncios de prostitutas asiáticas bajo el parabrisas) parecen darle la razón a Concha. Estamos en Usera, el llamado Chinatown de Madrid, máximo exponente de la venida, sobre todo desde hace tres décadas, de migrantes chinos a nuestro país en busca de una vida mejor. 

Aunque algunos vienen para pasar aquí el resto de sus vidas, otros sólo se quedan unos años. Huang Xueri pertenece a este último grupo, y su amiga Xinran Liu aún está tratando de decidirlo. Compañeras de la universidad de Shangdon, en 2019 viajaron juntas a España en el tercer año de carrera en un programa de intercambio. Tras pasar un año en Oviedo, Huang se fue a Barcelona a estudiar un máster de Cultura y Economía para regresar a China y convertirse en profesora de español de bachillerato en un instituto de Nanjin. Asegura que sus alumnos escogen el español porque les resulta más sencillo: “La mayoría de mis alumnos han estudiado dos años de español, mientras que el inglés lo estudian desde la primaria y, por eso, con el español sacan mejores notas. El nivel es mucho más básico”, cuenta por videoconferencia.

Su amiga, Xinran, que estudió seis años de castellano en China, ya lleva tres en España, país con el que dice estar encantada, si bien la gastronomía dice no llamarle especialmente la atención. Después de terminar un posgrado de Historia en la Universidad Autónoma de Madrid, hace poco abandonó otro de Lenguas Hispánicas tras hacer una exposición sobre la historia dialectal del adverbio latino ibi en el castellano, catalán, gallego y aragonés. Era demasiado: “Me gustaría ser profesora de español y me planteo empezar un máster más enfocado a la docencia”.

Diáspora china residente en España

El 10,3% de los 47 millones de habitantes en España son extranjeros. La china es la séptima población foránea con más permisos de residencia en España detrás de marroquíes, rumanos, británicos, colombianos, italianos y venezolanos: 228.564. Desde 1998, el número de ciudadanos nacidos en China que vive en España se ha multiplicado por 18, pasando de 12.036 a los 228.564 actuales. En cambio, el número de nacidos con al menos un progenitor chino lleva bajando desde el pico de los 4.862 alcanzado 2009, en el inicio de la crisis económica, a los 1.865 del pasado año.

“Llama mucho la atención que no haya habido caídas. La curva de los chinos que han venido a España nunca baja. A veces hay mesetas, pero el grueso del colectivo se sigue manteniendo” dice Gladys Nieto, autora de La inmigración china en España: una comunidad ligada a su nación. “Dudo que vaya a producirse una caída brusca de la emigración. Se han instalado y es una oportunidad más a donde irse”, comenta, en relación a los vínculos que los chinos instalados en España mantienen con sus ciudades natales.

Xinran Liu estudió seis años de castellano en China y ya lleva tres en España, donde ha concluido un posgrado de historia en la Universidad Autónoma de Madrid. No sabe si se quedará más tiempo o si regresará a su país.

Fotografía de Anthony Coyle

¿De dónde vienen los migrantes chinos de España?

Hace tiempo que dejó de ser un secreto que la mayoría de chinos que emigraron a Europa (sobre todo a España e Italia) lo hicieron desde las ciudades de Wenzhou y, sobre todo, Qingtian (ambas ubicadas en la provincia de Zhejiang, al sureste del país y en la costa, cerca de Taiwán). La novedad ahora es distinta: “Qingtian sigue siendo la principal ciudad de origen de los que están aquí, pero cada vez vienen menos de ahí porque básicamente todos los que querían irse ya se han ido”, según apunta Joaquín Beltrán Antolin, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona sobre un fenómeno que comenzó a finales del XIX como ruta comercial para la venta de estatuas de un preciado marmol, hasta vivir su auge en la época de la legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero, muy aperturista en políticas migratorias.

Joaquín Beltrán asegura que se trataba de una emigración interclasista: “se iban tanto ricos como desfavorecidos, porque en esta zona el éxito profesional se conseguía siendo dueño de un negocio en el extranjero”. 20 años después, las cosas han cambiado en Qingtian y su vecina Wenzhou. China ya tiene un nivel de desarrollo tal que la inmigración económica ya no es tan apetecible como en otras épocas. “Ahora es posible hacer negocios y ganar incluso más dinero que aquí”, asegura Beltrán.

Empresarios chinos en España: a la espera

Esto no quita para que el pequeño empresario chino en España siga rompiéndose la cabeza en busca de nuevas oportunidades. Aunque la pandemia ha acelerado el cierre de muchos negocios, Beltrán destaca que entre esta comunidad “siempre ha habido una gran movilidad de apertura y cierre de negocios”.

Mientras continua el fenómeno de los bares traspasados de hijos de españoles que no quieren seguir con el negocio, surgen nuevos negocios regentados por chinos como panaderías, farmacias o restaurantes japoneses y coreanos; ha aumentado el número de negocios de take away y han cerrado locales pequeños en los centros de las ciudades para abrir más grandes en las afueras.

“Están en standby; a la expectativa de ver un nuevo sector que les dé juego para invertir, que es como ha sucedido siempre: primero fueron restaurantes, luego bazares, peluquerías, traspasos de bares, etc”. Esta búsqueda constante del nicho en el que invertir (mediante una financiación que es adelantado en forma de préstamos por familiares y amigos) parece una constante. “Es la expectativa que tienen la mayor parte de ellos y la expectativa que cumplen una gran parte de ellos”, comenta Beltrán, antes de destacar la elevada proporción de trabajadores chinos autónomos en España: 59 000 de 104 000 ciudadanos chinos dados de alta en la seguridad social, es decir, un 57%.

También en Usera la pandemia “se ha notado muchísimo”, comenta Esperanza Qiaonan, responsable en España de la Asociación China España para la Cultura y la Economía: “el barrio está muy silencioso”. Esperanza está convencida de que la COVID-19 está acelerando un cambio no menor. Por un lado, la segunda generación de chinos tiene menos mentalidad empresarial y se contenta “con tener un trabajo fijo en una empresa grande”. Por otro, los inversores chinos extranjeros y empresarios autónomos que siguen viniendo están protagonizando una “revolución” en comparación a los primeros emigrantes chinos (“que no tenían mucho conocimiento de negocios”) debido a que “España está un poco retrasada en comparación a China en cuanto a tecnología”, algo que puede verse por ejemplo, en la transformación de los bazares, que “ahora son casi un Corte Inglés pequeño”, afirma.

Uno de estos empresarios autónomos era, hasta hace poco, Liang Jin, natural de Qingtian y residente en Sevilla desde los quince años. Su castellano es perfecto y su acento, a la altura del de cualquier otro sevillano. Por culpa de la pandemia y del confinamiento, se ha visto obligado a cerrar su cafetería gourmet ubicada a pocos metros del céntrico y concurrido Metropol Parasol, más conocido como las Setas de Sevilla: “al no tener terraza, la reducción de aforo se hizo insostenible".

Sin embargo, la economía está lejos de ser la única preocupación de los chinos residentes en España y de los españoles de origen chino: “el choque racial a nivel físico siempre va a estar presente, no sólo por parte de españoles sino por parte de todo el mundo. También sucede en China con los que son diferentes. Los clichés sobre los chinos siempre son los mismos y es difícil para la gente no recurrir a ellos cuando ven a uno, así que trato de no darles demasiada importancia".

Izquierda: Arriba:

Usera es un barrio en el que confluye una pintoresca mezcla de países, etnias y culturas de España y también Latinoamérica.

Derecha: Abajo:

Uno de cada cuatro chinos residentes en Madrid vive en Usera, donde regentan todo tipo de negocios y no pocas peluquerías. 

fotografías de Anthony Coyle

La sinofobia existe

Los dos profesores universitarios citados en este reportaje coinciden en identificar el nacimiento reciente en España de cierto movimiento de protesta proveniente de los chinos de segunda generación. Joaquín Beltrán lo sitúa entre el 2016 y el 2017, coincidiendo con la llegada a la etapa universitaria de muchos de los hijos de los migrantes chinos que llegaron a España a finales del siglo pasado. Gladys Nieto comenta que “los chinos de ultramar residentes en España han sido (y en cierta medida siguen siendo) un colectivo exotizado y estereotipado”. En su publicación Reflexiones acerca de la investigación sobre chinos de Ultramar en España pone el foco en cómo “las leyendas urbanas les han asociado a actividades ilegales, raras prácticas culturales, al ejercicio de una competencia desleal, así como la ostentación de poder económico”.

La sinofobia (sentimiento contra China, su gente o su cultura) es real. Al conjunto de clichés negativos hubo de sumarse el año pasado la criminalización a todo lo chino en su conjunto a cuenta de la expansión de la pandemia de coronavirus. Fue entonces cuando se popularizó en redes sociales el hashtag #NoSoyUnVirus”.

Periodista, activista y poeta, Paloma Chen es un formidable ejemplo de este hervidero de jóvenes españoles de ascendencia china que están dispuestos a hacer algo al respecto. Nacida hace 25 años en el pueblo valenciano de Utiel (de poco más de 10 000 habitantes), Paloma Chen destaca por su prolífica producción periodística, cívica y cultural, en la que hay espacio para los documentales, reportajes en periódicos de nivel nacional, la organización de jornadas ciudadanas y hasta poesía, un vehículo con el que intenta hacer recapacitar a las personas y empujarles a que sean más empáticos, a que empiecen a relacionarse con personas de otras razas y a que aprendan a que el racismo no es algo aplicable de forma exclusiva a la comunidad negra.

Los versos que abren este reportaje los recitó en la Real Academia Española al recoger este año el II premio Poesía Viva. Chen siente que sigue habiendo “mucho desconocimiento” por parte de la sociedad. Asegura que no pocas personas se le han acercado para mostrarle su perplejidad y decirle cosas del tipo: “¡Oh!, es la primera vez que veo a una china recitar poesía” o “Es la primera vez que pienso que decir “voy al chino” puede resultar racista”. “Si usas la expresión independientemente de que se refiera a una tienda de alimentación, una zapatería o un restaurante, es racista porque lo que te importa es la nacionalidad de la persona”, argumenta por teléfono.

Fue con estos acercamientos como Paloma se dio cuenta de que hace falta mucha más presencia de la comunidad china fuera de bazares y restaurantes: “Estamos en pañales y queda muchísimo por hacer. En el sector cultural, por ejemplo, hay referentes, pero estamos muy folclorizados y estereotipados. A nivel de gestión cultural, no vamos más allá del Año Nuevo chino o de la caligrafía de dragones. Faltamos en los espacios de decisión, de poder, de escritura de guiones, etc. Faltan relatos”.

La periodista y activista Paloma Chen durante la entrega del II Premio Poesía Viva en marzo de 2021.

Fotografía de Ámbito Cultural

Conflicto externo e interno

Cuando Paloma Chen viajó por primera vez a China a los 21 años para aprender el idioma, se topó con una enseñanza inesperada: “fue ahí donde me encontré con el concepto de la diáspora y de que sí que existe la posibilidad de mezclar identidades”

“Fue al regresar a España cuando empecé ese trabajo de reflexionar sobre la identidad. Siempre me hacen la típica pregunta de si soy española o china, y esa pregunta… en fin, es un rollo”. A este respecto, Joaquín Beltrán habla del desafío de la biculturalidad: “no se trata de ser más chino o más español, las personas tenemos identidades múltiples, es algo contextual; el desafío es gestionar la biculturalidad de tener los valores de la sociedad dominante y, por otro lado, los valores que te ha transmitido tu familia. La gestión de las identidades múltiples es complicado, universal y no exclusivo de migrantes”.

La toma de conciencia a la que alude Paloma Chen fue fase de negación en el caso de Jorge, nacido en Valencia y de padres originarios de Wenzhou. Trabaja como importador de materias chinas (“el dicho de que todo lo que viene de China es malo me trae por el camino de la amargura”) y prefiere que no se publiquen sus apellidos. “En nuestra fase de crecimiento, entramos en una etapa de negación en la que rechazamos el ser chino ya sea porque te pegan, porque te insultan o porque, en general, piensas que no te conviene”, asegura por teléfono. Luego, dice, llega un momento en el que uno se da cuenta de la inutilidad de esa lucha: “Te guste o no, vas a seguir siendo chino, te das cuenta de que vas a seguir comiéndote todo esto aunque decidas no ser chino".

Jorge afirma con seguridad que se trata de un racismo que está “aceptado por la sociedad y muy normalizado”, y asegura que en cuanto termine su confinamiento por COVID-19 va a ir al juzgado a “plantar” dos denuncias por injurias dirigidas a uno de sus contactos de Facebook y a una política española a cuenta de unas declaraciones televisivas. Como la mayoría de los entrevistados en este reportaje, reconoce que hubo (y hay) días en los que no es sencillo ser un español con rasgos asiáticos. Pero por lo que más parece temer es por el futuro de sus dos hijas, de dos y seis años: “Ha de ser responsabilidad y obligación de la profesora el notificarme que sufren actitudes racistas. El día que mi hija me diga que han sido racista con ella en lugar de enterarme por la profesora, apártate porque no sé lo que haré”.

Julio Chenzhen nacido en España y de padres de Wenzhou (y ahora dueños de una autoescuela en Madrid), incide en ese sentimiento de negación: “cuando creces no quieres saber mucho sobre tus orígenes, pero es algo que al final te acaba llegando”. Cuando Julio, de 23 años, se mudó a Elche con 15, le llamó poderosamente la atención la mezcla de castellano y valenciano: “A través de esto, que puede parecer un poco simple, volví un poco a mi propio origen y tomé conciencia sobre mi familia”.

Al empezar la universidad, a este estudiante de Lenguas Modernas le llamó la atención un fenómeno del que más adelante descubriría su nombre: vigilancia lingüística: “Por el simple hecho de verte como una persona china intentan corregirte cosas que no considerarían un fallo si lo hubiese dicho un español”. Como a la amplia mayoría de chinos españoles, no le hacen demasiada gracia etiquetas como chiñoles o bananas (amarillo por fuera y blanco por dentro), y se decanta por “asiático descendientes”.

No ayuda que Donald Trump acuse a China de haber infectado al mundo, como tampoco los artículos de opinión en los que se dice que este país es “el origen del mal” o el hecho de que el asiático sea siempre sea el personaje intelectual de la película. Pero tampoco podemos pasarnos de frenada. Julio asegura haber detectado un exceso de condescendencia en los últimos años, en forma de un exceso de halagos o una fijación demasiado positiva de tu cultura: “cuando me dicen que les gusta mucho mi cultura, en el fondo no me están conociendo a mí, sino que me están hablando como un representante de algo que les apasiona de repente; como un objeto de interés”.

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