Quilombos brasileños: una vida forjada a través de la resistencia

En Brasil, los afrobrasileños se hacen fuertes en las casi 6000 comunidades establecidas por los antepasados que escaparon de la esclavitud.

Por PAULA RAMÓN
Publicado 15 mar 2022, 14:15 CET
Un grupo de mujeres ataviadas con trajes de ascendencia africana se prepara para participar en una ...

Un grupo de mujeres ataviadas con trajes de ascendencia africana se prepara para participar en una procesión en una iglesia de Paraty (Brasil). La procesión es una de las diversas celebraciones religiosas y culturales que se llevan a cabo en las comunidades de quilombos, que fueron creadas por personas anteriormente esclavizadas. Las fotografías fueron tomadas en 2017.

Fotografía de MARIA DANIEL BALCAZAR

Desde 1530 y durante más de 350 años, los barcos trajeron a Brasil más africanos esclavizados (unos 4,8 millones) que a cualquier otra nación de América. En 1888, cuando se abolió formalmente la esclavitud en Brasil, muchos cautivos habían escapado a zonas remotas y fundado sus propias comunidades. Éstas pasaron a conocerse como quilombos. Pero hoy, en Brasil, la palabra ha llegado a significar mucho más.

Aunque en muchos países de Latinoamérica como Argentina, Chile o Uruguay, un quilombo es un prostíbulo, los quilombos, también conocidos como kilombos, se han convertido en símbolos de la larga lucha contra la esclavitud y la opresión en un país en el que el racismo y la estigmatización siguen siendo fuentes de conflicto. Representan "la lucha por el reconocimiento de los derechos de los negros, y el papel que éstos desempeñaron en todo el proceso de violencia que se inició con el secuestro en territorio africano", afirma Givania Silva, directora ejecutiva de la Coordinadora Nacional de Articulación de Comunidades Negras Rurales Quilombolas (CONAQ).

Silva nació en un quilombo de Pernambuco, estado de la costa este de Brasil, donde miles de personas esclavizadas desembarcaron de los barcos durante la trata de esclavos en el Atlántico. También está cerca de donde se estableció el mayor y más famoso quilombo, conocido como Palmares. Palmares llegó a tener más de 20 000 habitantes. El asentamiento fue destruido por las fuerzas portuguesas en 1695, pero sigue siendo un símbolo histórico de resistencia.

Pertenecer a un quilombo no tiene que ver principalmente con el color de la piel, dice Silva. Más bien, el vínculo común es "la relación que ese grupo estableció en el proceso de resistencia a la esclavitud. La palabra se tomó como un grupo de personas que luchan, que resisten, que se reorganizan".

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Los practicantes de las religiones umbanda y candomblé honran a los difuntos durante el Día de los Muertos o Día de Finados rindiendo homenaje a los seres queridos que han fallecido. En esta foto, una niña visita un cementerio en el barrio de Irajá en Río de Janeiro, Brasil.

Fotografía de MARIA DANIEL BALCAZAR
Izquierda: Arriba:

Juliana dos Santos Silva, practicante del Candomblé, rinde homenaje a sus antepasados esclavizados en las ruinas de una antigua casa de plantación en Nova Iguaçu, Brasil.

Derecha: Abajo:

Los fieles rezan durante un servicio en la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario en Salvador, la capital del estado de Bahía, al noreste de Brasil. En esta parroquia, y en otros lugares del país, la religión incorpora una mezcla de catolicismo y rituales con influencias africanas. El candomblé es una de las religiones derivadas de África más populares.

fotografías de MARIA DANIEL BALCAZAR

El auge de los quilombos

Se calcula que hay 5900 quilombos repartidos por todo Brasil, según las estadísticas oficiales (en 1988 se modificó la Constitución del país para reconocer formalmente el derecho de los afrodescendientes que viven en los quilombos a obtener títulos de propiedad de la tierra, pero menos del 10% de las comunidades han obtenido la propiedad).

Los conflictos raciales tienen profundas raíces en Brasil, la última nación del hemisferio occidental que abolió la esclavitud. La desigualdad persistente y el recuerdo histórico siguen siendo fuentes de debate.

"La abolición se cuenta como algo que sólo trajo beneficios a los negros, cuando en realidad la forma en que se ejecutó la abolición dejó a los negros en la calle, sin hogar y sin tierra", dice Silva. "Eso sigue siendo así hasta hoy".

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Los visitantes de este cementerio de Río de Janeiro honran a los difuntos durante la celebración del Día de los Muertos. Algunos llevan ropas que representan a deidades queridas de las religiones afrobrasileñas.

Fotografía de MARIA DANIEL BALCAZAR

Casi el 56 por ciento de los brasileños se identifican como afrodescendientes, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, y sin embargo la mayoría de los puestos de liderazgo en los negocios, la política y las artes están ocupados por blancos. Y la renta media de los afrobrasileños es casi la mitad de la de los blancos, según un estudio realizado en 2020. Esa proporción de brecha salarial apenas ha cambiado en al menos una década.

Izquierda: Arriba:

Los devotos del candomblé se lanzan al mar en Salvador (Brasil) llevando rosas blancas, perfume y música para honrar a Iemanjá, la diosa del mar y protectora de los pescadores.

Derecha: Abajo:

Maria José de Deus es una de las residentes de los quilombos establecidos por antiguos ancestros esclavizados que escaparon de sus captores. Más de 4,8 millones de africanos fueron llevados a la fuerza a Brasil en barcos desde el siglo XVI.

fotografías de MARIA DANIEL BALCAZAR
Izquierda: Arriba:

La paloma es un símbolo importante en las prácticas religiosas de las comunidades de quilombos, como ésta de Salvador (Brasil).

Derecha: Abajo:

La familia Moreira, descendiente de antiguos esclavos, vive en este quilombo de Paraopeba, en el estado nororiental de Minas Gerais, desde que nació. La comunidad está formada por unas 240 familias. En 1988 se modificó la Constitución del país para reconocer formalmente el derecho de los afrodescendientes que viven en los quilombos a obtener títulos de propiedad de la tierra, pero menos del 10 por ciento de esas comunidades han obtenido la propiedad.

fotografías de MARIA DANIEL BALCAZAR

Este retrato representa la mano de obra negra que aportó riqueza a Brasil durante el periodo colonial, como la plantación y la cosecha de la caña de azúcar. Más de 4,8 millones de africanos fueron llevados a la fuerza a Brasil ya en el siglo XVI, lo que supuso la esclavización de más personas que en el resto de América. El pavo real tiene un simbolismo religioso para muchos afrobrasileños.

Fotografía de MARIA DANIEL BALCAZAR

"En la ciudad, los patrones nos quieren para el trabajo manual. Trabajamos mucho pero ganamos muy poco, así que sigue siendo un proceso de esclavitud", dice Benedito de Freitas, de 42 años, que vive en la Comunidad Remanescente Quilombo Joao Surá, un quilombo entre los estados sudorientales de Paraná y São Paulo.

Al igual que los miembros de las otras 55 familias que viven allí, de Freitas es descendiente de antepasados esclavizados que huyeron de las minas de oro de la región y se instalaron en la selva. "Si existimos hoy, es porque nuestros antepasados buscaron la libertad", dice. "Es aquí [en los quilombos] donde respetan a los hombres y mujeres negros, incluso cuando son oprimidos".

Identidad cultural y religiosa

Para los residentes, los asentamientos no sólo son una fuente de poder en la lucha por el reconocimiento racial; también son el ancla de la identidad cultural y las creencias religiosas.

"Tenemos una diversidad de expresiones en la religión, la danza y la música, cuyas dimensiones están siempre conectadas", dice el historiador Cassius Cruz, investigador asociado de la Universidade Estadual de Campinas. 

El catolicismo es la religión dominante en Brasil, pero el evangelismo está ganando terreno. El porcentaje de quienes dicen practicar religiones de origen africano también ha aumentado en los últimos años, según las encuestas nacionales. Una de las religiones de origen africano más populares es el Candomblé, que incluye el uso de música, danza y otros rituales.  

"Para mí se trata realmente de la ascendencia", dice Juliana dos Santos Silva, de 37 años, criada como evangélica pero cuyos abuelos y bisabuelos practicaban el candomblé. Nacida en Río de Janeiro, Silva conoció la religión gracias a su ex marido hace 11 años, cuando asistió a una ceremonia en honor a una deidad. "Me cautivó la energía y la alegría de la gente que cantaba y celebraba", dice Silva, y añade que las prácticas religiosas la ayudaron a superar el proceso de duelo tras la muerte de su padre, y también le proporcionaron una conexión especial con sus abuelos.

Sin embargo, algunos creyentes se resisten a practicar abiertamente. Los lugares de culto conocidos como terreiros han sido objeto de vandalismo en los últimos años, y en 2021 el Ministerio de la Mujer y los Derechos Humanos registró más de 600 violaciones de la libertad de religión y creencia, un derecho consagrado en la Constitución de Brasil.

"Muchos de mis amigos mantienen la religión oculta", dice Silva.

Franklin Moreira, que pertenece a un conjunto folclórico religioso con raíces africanas en Minas Gerais, en el sureste de Brasil, dice que parte de la lucha consiste en educar a los demás sobre la historia de los quilombos y todo lo que abarcan, tanto cultural como espiritualmente.

"Tenemos nuestra propia manera de manifestarnos", dice Moreira, de 29 años. "Tenemos que, con sabiduría, mostrar a la gente que estos son lugares sagrados, donde se manifiesta nuestra ascendencia, y por lo tanto hay que respetarla. 

"Es un legado ancestral que llevamos de forma muy valiosa. Este Brasil que conocemos, con esta cultura, sólo existió gracias a la fuerza de nuestros antepasados. Ellos sufrieron mucho, vivieron dolores inimaginables", dice. "Por eso es tan importante mantener vivos nuestros quilombos, porque nos mantienen resistiendo".

Unos jóvenes participan en una procesión en honor a las raíces africanas en una iglesia del estado sudoriental de Minas Gerais. Los líderes de la comunidad dicen que parte de la lucha consiste en educar a los demás sobre la historia de los quilombos y todo lo que abarcan, tanto cultural como espiritualmente.

Fotografía de MARIA DANIEL BALCAZAR

María Daniel Balcazar es fotógrafa documentalista. Sus proyectos se centran en la vitalidad de las tradiciones, que se adaptan mediante el sincretismo para sobrevivir y prosperar. Ha publicado dos libros: 'Kilombo' y 'Herederos del Amanecer'.

Paula Ramón es una escritora venezolana afincada en Los Ángeles. Sigue su trabajo en @paulacramon.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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