Cómo han cambiado (y cambiarán) nuestros saludos tras la pandemia

Analizamos cómo ha ido cambiando la costumbre de saludarse en el Reino Unido, donde es bien conocida cierta ausencia de afectividad (en comparación con los países mediterráneos) a la hora de establecer un primer contacto entre desconocidos.

Publicado 1 abr 2022, 13:51 CEST
Mural del famoso (y muy homenajeado) "casi toque" en la icónica Creación de Adán de Miguel ...

Un mural representa el famoso (y muy homenajeado) "casi toque" en la icónica Creación de Adán de Miguel Ángel, inmortalizada en el techo de la Capilla Sixtina de Roma, en la que Dios da vida a Adán con la mano extendida. Los comentaristas han especulado que la brecha simboliza el abismo entre los humanos y lo divino. Ciertamente, entre los primeros, el contacto físico ha sido durante mucho tiempo un pilar de las normas sociales, aunque eso puede estar cambiando.

Fotografía de MARKUS BAUMELER / PIXABAY

A lo largo de la historia, los seres humanos hemos desarrollado métodos de saludo sorprendentemente variados. Durante la pandemia mundial, muchos de ellos se redujeron drásticamente por miedo al contagio. Los más íntimos pueden cambiar para siempre. Ayer, el pleno del Congreso de los Diputados votó favorablemente por la eliminación del uso de la mascarilla en interiores en España y todo apunta a que, quizás, la tan odiada medida sanitaria sea cosa del pasado para antes de Semana Santa. Aunque la mascarilla puede que sea el signo más visible del cambio en nuestras vidas que ha supuesto la pandemia de COVID-19, hay otro quizás igual de revolucionario, aunque enterrado en nuestro subconsciente: cómo ha cambiado el contacto físico a la hora de saludarnos.

En España (y otros países mediterráneos) llamamos la atención internacionalmente por nuestra costumbre de dar dos besos en la mejilla a desconocidos. En Nueva Zelanda, los maoríes se frotan la nariz. Los tibetanos se sacan la lengua. En Zambia les gusta apretar los pulgares. En la isla polinesia de Tuvalu, huelen las mejillas. Los miembros de la tribu Masai de Kenia son conocidos por escupir en el suelo. En algunas partes de la India, la gente saluda a sus mayores tocándoles los pies… el impacto de la COVID-19 ha sido global.

Está claro que los saludos son un aspecto esencial de la interacción humana. Andy Scott, autor de ¿Un beso o dos? En busca del saludo perfecto, explica en su libro cómo los saludos nos unen, mantienen los vínculos sociales, señalan la aceptación y "nos incorporan a un entorno social". A continuación, echaremos un vistazo en profundidad a la curiosa (y fría) naturaleza del saludo en el Reino Unido, conocido por su frialdad (climática y, si acaso, afectiva a la hora de saludar a desconocidos). Esta es la historia de la evolución del saludo en las islas británicas antes de la pandemia y de cómo ha adaptado con la COVID-19.

(Relacionado: Dos años después, la COVID-19 sigue siendo un misterio)

La importancia del saludo en el Reino Unido

Muchos británicos son famosos por su falta de habilidad a la hora de saludar, y a menudo no saben si deben estrechar la mano, abrazar o besar, y se sienten avergonzados por ello. Scott, que trabaja como asesor de conflictos en el Ministerio de Asuntos Exteriores, de la Commonwealth y de Desarrollo, atribuye esta situación a una combinación de factores: las secuelas de la antigua jerarquía de clases, un malestar británico postimperial, su posición en el limbo entre Estados Unidos y Europa, y una incertidumbre sobre el futuro del país. "Ansiedad de saludo", lo llama.

Más recientemente, el Brexit ha subrayado cualquier división percibida entre Gran Bretaña y los europeos continentales, y su surtido de besos y gestos táctiles. Al mismo tiempo, el movimiento #MeToo ha animado a muchos a considerar las implicaciones de los besos y abrazos sociales y profesionales no deseados.

"Todo esto crea aún más un campo de minas social para nosotros", dice Scott a National Geographic UK. "Ahora mismo estamos pasando por un periodo de reflexión nacional, y hay un grado de autoduda nacional. Hay todo un conjunto confuso de fuerzas históricas, sociales y políticas que se reflejan en los aspectos más pequeños del comportamiento humano. Especialmente los saludos, porque están muy ritualizados".

Scott destaca el modo en que los británicos miran con el rabillo del ojo hacia el oeste, a sus primos estadounidenses, con sus abrazos seguros y sus apretones de mano en diagonal; y al este a sus primos europeos, con sus dos besos y sus ciaos. "Pero, en definitiva, todavía no nos sentimos del todo cómodos con nada de eso".

Esto es algo que también vemos en el día a día en España, donde hemos pasado en pocos meses (para alivio de algunos y algunas) de los dos besos entre hombres y mujeres y entre mujeres a no saber que hacer con nuestras manos. Hasta el Rey Felipe VI ha tenido sus más y sus menos con el protocolo; el abanico de saludos se ha multiplicado: saludar con el puño (algo que a muchos les resulta cuando menos macarra), hacer una reverencia, con el codo, dar la mano o simplemente seguir dando besos a diestro y siniestro.

"El apretón de manos es tan maravilloso como la reciprocidad: es la imagen de uno mismo". Todo tipo de saludos táctiles (desde el chocar los cinco y el humilde apretón de manos hasta el infame sustituto pandémico del choque de codos) ocupan el extremo más conservador del espectro de los saludos físicos. 

Fotografía de CLOCKWISE FROM TOP LEFT: MARKUS SPISKE/UNSPLASH; TYLER NIX/UNSPLASH; AUSTIN KEHMEIER/UNSPLASH; ANDREW PARSONS/NO 10 DOWNING STREET

Teniendo en cuenta como está el panorama mundial, la torpeza británica al saludar a la gente tiene ciertas ventajas. Y, en cierto modo, lo mismo ha sucedido con ese momento de dubitación primordial sobre cómo saludar tras la pandemia (motivada por la preocupación de contagiar y ser contagiado). "Nos [a los británicos] permite recurrir al humor", añade Scott. "Supongo que, irónicamente, al estropear nuestros saludos y poder bromear sobre ellos, realizamos una de las tareas fundamentales del saludo, que es relajar a los demás y crear vínculos".

Razonamiento antropológico

En su libro, Scott analiza con detalle las distintas etapas del saludo humano. Al ver a alguien de lejos, saludamos inicialmente con la mano. Cuando nos acercamos, podemos enarcar las cejas, sonreír y agitar la cabeza, antes de decir “hola”.

De cerca, los rituales se complican, dependiendo del lugar del mundo en el que nos encontremos. Como señala Scott, en la época victoriana, el antropólogo británico Henry Ling Roth señaló más de 150 variantes diferentes de saludo, que van desde aplaudir, presionar los pulgares y chasquear los dedos, hasta dar palmaditas en el estómago, dar palmadas en el pecho, apretar las fosas nasales y oler las mejillas. Afortunadamente, hoy en día, ciertamente en el mundo occidental, lo más común es, por supuesto, el apretón de manos.

(Relacionado: Seis saludos sin contacto que ya se usan en el mundo)

“"Al estropear nuestros saludos, y poder bromear sobre ellos, los británicos realizamos una de las tareas fundamentales del saludo, que es relajar al otro y crear vínculos".”

por ANDY SCOTT

Como ocurre con la mayoría de los comportamientos humanos, el gesto tiene un origen pragmático. Agitar o extender la mano derecha vacía demuestra que no se está ocultando un arma: estrechar la mano de un desconocido desprendería un cuchillo escondido en la manga. Algunos historiadores sugieren que el apretón de manos se popularizó posteriormente gracias a la influencia de los cuáqueros del siglo XVII, que lo consideraban una alternativa más igualitaria que quitarse el sombrero o hacer una reverencia. Las estimaciones varían, pero una cifra muy citada es que la mayoría de nosotros nos daremos la mano unas 15 000 veces a lo largo de nuestra vida.

"Lo bonito del apretón de manos es que es muy igualitario", dice Ella Al-Shamahi, antropóloga, exploradora de National Geographic y autora de El apretón de manos: Una historia apasionante. "Si pensamos en la Edad Media, en Europa había muchos saludos jerárquicos, porque la sociedad era realmente jerárquica y sexista. Y a medida que aumenta la democracia y la igualdad de género, vemos que esos otros saludos, como la reverencia y el beso en la mano, se van quedando en el camino. Los únicos que quedan son estos realmente igualitarios. El apretón de manos es tan maravilloso como la reciprocidad: es una imagen de ti mismo".

Pero incluso este sencillo gesto ha dado lugar a docenas de variaciones modernas, que van desde el apretón de manos en diagonal, el choque de puños y chocar los cinco, hasta el doble apretón de manos o el apretón de codos. También hay una variedad de apretones de manos "secretos" empleados por organizaciones como los masones.

Luego vienen los abrazos y los besos, que es donde los británicos (entre otros) se encuentran a menudo fuera de su zona de confort. Mientras que el abrazo generalizado proviene de nuestra necesidad infantil de calor y emoción de los padres, las palmaditas en la espalda, más rápidas, pueden haber sido originalmente una forma sutil de cacheo para comprobar que los invitados no escondían armas a sus espaldas.

Los besos han pasado de ser una posible "prueba de pareja" antropogénica a un signo de saludo o afecto, y han retrocedido a lo largo de los siglos por el miedo al contagio de enfermedades. 

Fotografía de FRANK MCKENZIE / UNSPLASH

Los besos son más complicados. Irenäus Eibl-Eibesfeldt fue un etnólogo austriaco. En su libro Indoctrinability, Ideology, and Warfare: Evolutionary Perspectives, explicaba cómo los besos en los labios tienen su origen en la práctica de la premasticación, o alimentación con beso, entre madre e hijo.

Andrea Demirjian es autora de Kissing: Everything You Ever Wanted to Know About One of Life's Sweetest Pleasures. Destaca otra teoría según la cual los humanos prehistóricos probaban la saliva del otro para evaluar si una posible pareja estaba sana o no. Dice que, después de que la peste negra arrasara Europa en el siglo XIV, los besos boca a boca evolucionaron sensiblemente hacia el menos contagioso beso en la mejilla.

(Relacionado: Las cinco pandemias más letales de la historia de la humanidad)

Miedo al contacto

En los últimos dos años, nuestra propia peste moderna ha eliminado prácticamente todo contacto físico, incluso entre los besucones franceses, italianos y españoles; aunque con la remisión de la pandemia de las primeras cosas que han vuelto son los besos y abrazos. Sin embargo, como dice Scott, para muchos el distanciamiento social puede haber sido una bendición disfrazada. "Era la excusa perfecta para no dar la mano ni abrazar. La pandemia nos dio una certeza. Para algunas personas fue un alivio porque se eliminó la intimidad física de los saludos, y eso es algo con lo que [muchos] luchan, sobre todo cuando se enfrentan a alguien con quien la relación no está completamente desarrollada, o cuando no estás muy seguro de cuáles son las expectativas sociales; donde la idea de ir a por un beso y un abrazo puede llenarte de miedo".

Todo ello nos lleva a preguntarnos: ¿cómo nos saludaremos una vez que la pandemia se haya desvanecido por completo? Scott dice que la historia sugiere que gradualmente volveremos a nuestras viejas costumbres. De hecho, después de las plagas de la Edad Media y de la pandemia de 1918, los humanos aprendieron gradualmente a besarse y abrazarse de nuevo.

Volviendo a la idiosincrasia del Reino Unido en materia de saludos, es de destacar que, incluso antes de la pandemia de COVID, las formas de saludo británicas ya estaban evolucionando, afectadas por múltiples factores que van desde la edad, la clase social y la geografía, hasta el cambio de actitudes sociales a la luz de movimientos como el #MeToo.

Pero para Al-Shamahi, la pandemia no debería hacernos rechazar de plano el contacto, por así decirlo. "Creo que el tacto es absolutamente esencial en los saludos, para hacer un montón de cosas. En general, el tacto nos desestresa, hay muchos datos sobre cosas como la oxitocina... pero una de las cosas más importantes tiene que ver con las quimoseñales. Hay formas de comunicarnos entre nosotros de las que no somos conscientes".

(Relacionado: Así han influido siglos de pandemia en la monarquía británica)

Cita un experimento del Instituto Weizmann israelí que filmó a un grupo de sujetos en una situación social simulada utilizando cámaras ocultas. Los que se saludaban con un apretón de manos eran más propensos a olerse inconscientemente las manos después, una forma más moderna de comprobar el olor del otro.

"Y el apretón de manos es un vector para ello", dice Al-Shamahi; "tiene sentido si pensamos en algunos de los saludos más antiguos y antropológicos, como olerse el uno al otro". "La idea es que ya no interactuamos así, pero lo hacemos, sólo que es inconsciente. Y aunque probablemente no sea tan importante como antes, sigue formando parte de la mezcla".

¿Vuelve el contacto?

Andy Scott señala cómo las generaciones más jóvenes acabarán estableciendo nuevas normas de saludo tras la COVID. "Mi intuición es que, con el tiempo, con la familia y los amigos cercanos existe ese instinto de reunirse con abrazos y apretones de manos [y besos en el caso de los españoles]. Hasta cierto punto, esto se debe a nuestra confianza en la eliminación del coronavirus. El apretón de manos parece tan universalmente arraigado, que es de esperar que volvamos a él. Pero habrá incertidumbre e incomodidad al respecto durante algún tiempo".

"El apretón de manos siempre vuelve", dice Ella Al-Shamahi. "Hemos tenido muchos ejemplos de epidemias y pandemias [como la gripe de principios del siglo XX] que destruyeron el apretón de manos; en todos los casos el apretón de manos volvió. Así que, si tuviera que apostar, diría: 'coge mi dinero, todo va a salir bien'.

Mientras tanto, el hecho de que nuestra indecisión o torpeza pueda girar en torno a las acciones bastante convencionales de dar la mano, abrazar o besar es quizá una bendición. No todos los saludos son tan conservadores: en los años 60, el antropólogo australiano Mervyn Meggitt describió un ritual de saludo entre los miembros masculinos de una tribu australiana de habla warlpiri, que consistía en colocar el pene en la mano del anfitrión.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.co.uk

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