La Unión Europea y otros nueve países protegerán el Ártico de la pesca comercial

El cambio climático está derritiendo el extremo norte a tal velocidad que varias naciones han acordado prohibir la pesca comercial en alta mar en el Ártico durante al menos 16 años.

Por Craig Welch
Publicado 11 dic 2017, 16:02 CET
Ártico
El hielo del Ártico se derrite a gran velocidad, creando más zonas de mar abierto. Pero los científicos no tienen apenas información sobre qué peces podrían vivir allí y si pueden pescarse de forma sostenible.
Fotografía de Paul Nicklen, National Geographic Creative

La semana pasada, nueve países –Estados Unidos, Canadá, Rusia, Noruega, Groenlandia/Dinamarca, China, Japón, Islandia, Corea del Sur– y la Unión Europea –que cuenta con 28 Estados miembros– acordaron prohibir durante 16 años la pesca comercial en alta mar en el océano Ártico mientras los científicos estudian el impacto potencial que tendría en la vida salvaje en el extremo norte. Ha sido un acto de conservación extraordinario, un caso inusual en el que gobiernos de gran importancia a nivel mundial han decidido proceder con cautela en vez de de cruzar a ciegas una nueva frontera y capturar a la vida silvestre con barcos y redes. Han otorgado protección a 2,8 millones de kilómetros cuadrados de océano, un área más grande que el mar Mediterráneo.

Pero para comprender la importancia de este logro, debemos tener en cuenta por qué ha sido posible dar este paso y qué dice sobre el mundo en el que vivimos hoy en día. Durante más de 100.000 años, la parte central del océano Ártico estuvo tan cubierta de hielo que la idea misma de pescar allí habría parecido absurda.

Esto fue así hasta hace 20 años. A medida que las emisiones de combustibles fósiles generadas por los humanos calentaban el planeta, esa parte del mundo se ha derretido más rápido que casi cualquier otra zona. Ahora, en unos años, hasta el 40 por ciento del océano Ártico central –un área fuera de la zona económica exclusiva de 200 millas náuticas de cada nación que la rodea– se convierte en mar abierto durante el verano. Eso todavía no ha sido suficiente para atraer a la pesca. Pero es suficiente para dejar claro que los barcos pronto podrían entrar en esas aguas.

Por eso, quizá por primera vez en la historia de la humanidad, varias naciones han decidido proteger un hábitat pesquero que, en esencia, todavía no existe. Esta previsión de futuro es con toda certeza algo loable. Pero es difícil ignorar el hecho de que el acuerdo internacional es también un reconocimiento tácito –incluido Estados Unidos, que se ha retirado del acuerdo de París– de que estamos adentrándonos, de forma bastante literal, en aguas desconocidas.

«El Ártico está en estado transitorio, no es estable», afirma Rafe Pomerance, exfuncionario del Departamento de Estado de Estados Unidos que trabajó en asuntos relacionados con el Ártico y que ahora preside una red de expertos en el Ártico de organizaciones no gubernamentales y forma parte de la junta de investigación de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

«Se está calentando a tal velocidad que cualquier cosa que ocurra hoy en la industria pesquera o incluso dentro de cuatro o cinco años podría no estar ocurriendo dentro de 10 años», explicó Pomerance. «El Ártico que vemos hoy en día, aunque es radicalmente diferente que hace 20 años, va a ser aún más diferente dentro de 20 años».

Por el momento no podemos explicar qué significa eso.

En la actualidad, no hay pesca comercial en alta mar en el océano Ártico. En parte se debe a que nadie sabe qué hay allí. El conocimiento que se tiene sobre esa región es, en palabras de un científico, «increíblemente anecdótico».

«Simplemente no tenemos información», afirma Nadia Bouffard, directora general del Department of Fisheries and Oceans en Ottawa y directora de la delegación canadiense que negoció la prohibición de pesca. «Planteamos esa pregunta a nuestros científicos. Nos dijeron que no disponen de información específica sobre los peces en alta mar».

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El mar de Bering suministra a las mayores flotas comerciales de Estados Unidos, con capturas como bacalao del Pacífico, verdel, cangrejo rojo real y cangrejo de las nieves, lenguado y salmón. La industria pesquera –con un valor de 1.000 millones de dólares– de abadejo de Alaska para las hamburguesas de pescado de McDonald's y para las varitas de pescado es la más valiosa de Estados Unidos. Algunas especies como el salmón y los lenguados están desplazándose hacia el polo norte en busca de las aguas frías que están perdiendo. Pero otras especies no.

El Ártico también es el hogar de al menos dos especies de bacalao: el Arctogadus glacialis, rico en ácidos grasos y más similar a los arenques que a los gigantescos bacalaos del Atlántico, y el Eleginus gracilis, un poco más grande. Los bacalaos son esenciales para la vida en el Ártico, ya que desempeñan un papel fundamental en la cadena alimentaria. Gran parte de los seres vivos dependen de estos peces, desde las aves, los narvales y las belugas hasta las focas que comen los osos polares.

«He escuchado a muchos científicos bromear sobre que los osos polares son solo bacalao ártico reprocesado», explica David Benton, exrepresentante de la industria pesquera que actualmente forma parte de la Arctic Research Commission de Estados Unidos.

Los investigadores llevan años recopilando información sobre el hielo y el plancton, así como sobre las morsas, las ballenas, los osos y otros mamíferos. Muchas de estas criaturas se enfrentan ya al estrés del cambio climático en el Ártico y sufren la falta de alimento y el aumento de las enfermedades. El problema es que «sabemos mucho sobre lo que comen los peces y sobre los seres que se comen a los peces, pero muy poco sobre los peces», explica Benton.

Sin embargo, los expertos en pesca saben que solo es cuestión de tiempo hasta que un país vea el potencial del Ártico y despliegue redes de arrastre para explotarlo. De hecho, las bases de este acuerdo se remontan a hace casi una década en la industria pesquera de Alaska y en los republicanos que la respaldaron. Esos grupos aceptaron la verdad sobre las posibles consecuencias del cambio climático, pese a que muchos integrantes de su partido rechazaron entonces, igual que ahora, su existencia.

En 2008, el senador de Alaska Ted Stevens y la congresista Lisa Murkowski promovieron una resolución que instaba a los Estados Unidos a promover un tratado internacional para gestionar la pesca en alta mar en el Ártico antes de que cualquier nación pesquera se adentrara en él y destruyera su mundo marino. Los dos políticos republicanos, así como organizaciones medioambientales y los nativos de Alaska, reconocieron dos hechos importantes: que el cambio climático es real y que está derritiendo el hielo a gran velocidad; y que sería demasiado fácil ver cómo desaparecen las poblaciones de peces del Ártico. Lo sabían porque lo habían visto antes.

A mediados de la década de 1980, después de que Estados Unidos expulsara a flotas pesqueras extranjeras que habían estado capturando millones de toneladas de peces frente a las costas de Alaska, parte de la industria comenzó a preocuparse por que aquellas flotas simplemente se hubieran desplazado a mar abierto. En efecto, los barcos pesqueros de Japón y de otras naciones estaban capturando abadejo en el «Donut Hole» del mar de Bering, una franja circular de aguas internacionales sobre la que ninguna nación tiene jurisdicción. A principios de los noventa, la industria pesquera del abadejo se desplomó desde un pico anual de 1,5 millones de toneladas métricas a solo 10.000 toneladas en menos de tres años. Se considera uno de los peores desastres pesqueros de la historia.

«Puedes ver cómo surge una situación cuando alguien se vuelve agresivo y envía una flota allí para empezar a husmear», explica Benton. «Pueden causar daños importantes muy rápidamente».

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    Por eso, con el respaldo de organizaciones medioambientales y de Pew Charitable Trusts, en la última década Estados Unidos ha intentado traer a la mesa de negociaciones a varios países. Empezó con las naciones árticas costeras: Canadá, Rusia, Noruega, Estados Unidos y Groenlandia, que forma parte del Reino de Dinamarca. En un primer momento algunas partes se mostraron escépticas, pero ningún país quería que otro fuera el primero en llegar y que acabase con las existencias de peces.

    Pero también era importante convencer a otras de las principales naciones pesqueras, entre ellas China, Japón, Islandia y Corea del Sur, así como a la Unión Europea. Si esos países no formaban parte de un acuerdo, nadie hubiera podido impedir que se adentrasen en el Ártico pese a la objeción de las naciones árticas.

    Bill Gibbons-Fly, director de la oficina de conservación marina del Departamento de Estado, dirigió las negociaciones estadounidenses. Algunos países se mostraron más interesados en la conservación del Ártico; otros, en un futuro que incluyera la pesca. Algunos querían que la región se mantuviera como zona prohibida durante muchas décadas; otros, durante solo unos cuantos años.

    En última instancia, las partes acordaron que se embarcarían en un programa científico conjunto para investigar el ecosistema marino del Ártico. Se reunirán cada dos años para compartir información. Y la pesca quedará terminantemente prohibida durante 16 años. En ese periodo de tiempo, cualquier país podría solicitar un cambio ordenado hacia la pesca comercial. Pero según el acuerdo, todas las decisiones se tomarán por consenso.

    «Tiene mucha importancia», señala Scott Highleyman, vicepresidente de programas de conservación en Ocean Conservancy, que colaboró en las negociaciones de Estados Unidos. «Proporciona a cualquier país la capacidad de bloquear una medida como esa».

    Por otra parte, cuando concluyan estos 16 años, la prohibición seguirá en vigor durante otros cinco, a no ser que alguna parte se oponga.

    Las partes aún tienen que firmar el acuerdo, aunque Gibbons-Fly dice que no prevé grandes problemas. Tampoco se sabe durante cuánto tiempo se prohibirá la pesca. Según algunos cálculos, el hielo marino del Ártico podría haber desaparecido totalmente en verano mucho antes de que transcurran esos 16 años. Y, por ahora, nadie sabe cómo será ese mundo futuro.

    «Es la primera zona de mar abierto del mundo que conozco a la que se ha decidido enviar científicos antes que barcos de pesca, esa es una noticia positiva», afirma Highleyman. «La parte pesimista es que solo debatimos este tema porque el Ártico está cambiando a gran velocidad. Es aterrador».

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