Los vídeos de esta competición ciclista registran 36 años de cambio climático

Un equipo de científicos ha analizado 200 horas de vídeos antiguos de una carrera de ciclismo y ha descubierto un preciado registro del cambio climático.jueves, 12 de julio de 2018

Los copos de nieve caían sobre el grupo de ciclistas que abarrotaban la línea de salida de la prestigiosa carrera de Lieja-Bastoña-Lieja, en Bélgica, una mañana a finales de abril de 1980. La nieve era tan densa que los ciclistas apenas podían ver la carretera y las temperaturas descendieron por debajo del punto de congelación. En la primera hora, decenas de competidores abandonan. Siete horas después, el ganador atraviesa la meta, con quemaduras por frío tan graves que nunca recuperó el tacto en dos de sus dedos.

«Esta fue una de las ediciones más heroicas de la carrera en toda su historia», afirma Pieter de Frenne, aficionado al ciclismo y ecólogo de la Universidad de Gante, en Bélgica.

Un día, De Frenne, que estudia la forma en que responden las plantas al cambio climático, veía despreocupadamente vídeos antiguos de aquella épica carrera. Se dio cuenta de que, además de la meteorología atroz, los árboles a lo largo de la carretera estaban desnudos. Pero en los años anteriores, cuando había visto la carrera —una obsesión nacional belga—, había visto árboles exuberantes tras los ciclistas.

Eso le hizo pensar que quizá estos vídeos contenían más que episodios clásicos de la historia del ciclismo. Quizá, tras esas ruedas, había un tesoro de datos ocultos de cómo habían cambiado el clima y la biología con el paso del tiempo.

Las plantas responden a muchas señales diferentes conforme pasan del invierno a la primavera, como la luz solar y el calor. A medida que el planeta se calentaba, lo que las plantas percibían como «primavera» llegaba antes de lo normal, y las plantas respondían en consecuencia: las hojas brotaban y las flores aparecían antes que en el pasado. Pero uno de los retos a los que se enfrentan los científicos es entender con cuánta sensibilidad responden las plantas a los cambios en el clima y las estaciones. Y para hallar la respuesta, necesitaban registros de cómo se habían comportado las plantas en el pasado.

De Frenne y sus colegas (varios de ellos también aficionados al ciclismo) habían descubierto un abundante archivo que aprovechar. El servicio de televisión nacional belga tiene archivos de vídeo de la carrera que se remontan a 1929 y la competición pasa cada año por los mismos lugares aproximadamente en la misma fecha. Así, De Frenne y sus colegas podían escudriñar las antiguas grabaciones y descubrir exactamente el mismo árbol frente al que había pedaleado el pelotón en 1980, 1990 y 2000, hasta hoy en día.

Extrayendo datos

El equipo decidió centrarse en los últimos 36 años, cuando la calidad de vídeo era mejor. Enviaron a Lisa Van Langenhove a los archivos para que viera más de 200 horas de grabaciones.

«Cuando se les conté a amigos y familiares que iba a pasarme el verano viendo vídeos de ciclismo todo el día, las reacciones fueron muy raras», cuenta. Van Langenhove se asentó en una pequeña habitación oscura durante cinco semanas y empezó a navegar entre años de vídeos.

Eligió unos cuantos árboles que seguiría de año en año. Y cada primavera, desde 1980 hasta ahora, observó si esos árboles estaban desnudos o si tenían hojas cuando los ciclistas pasaban frente a ellos.

Descubrieron que en los años 80, las ramas estaban casi siempre desnudas en la fecha de la carrera, pero ahora, esos mismos árboles casi siempre tenían hojas. De hecho, durante el periodo de 36 años, la aparición de hojas varió en casi dos semanas.

Patrones exagerados

Este resultado coincide prácticamente con los datos que han observado otros grupos en Europa, según explica Josep Peñuelas, biólogo de la Universitat Autònoma de Barcelona que no participó en el estudio. Por cada grado que aumente el hábitat, las hojas crecen unos pocos días antes.

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Las plantas empezaron a cambiar su época de crecimiento en los 80 y los 90 a medida que las temperaturas aumentaban por todo el planeta. Y conforme la primavera llegaba con cada vez más antelación, se produjeron efectos ecológicos en cadena: el suelo se seca más, las aves y los insectos llegan demasiado tarde a sus zonas de apareamiento y ecosistemas enteros empiezan a cambiar.

Registros largos y detallados como este, que demuestran cómo reaccionan las plantas ante los cambios pasados del clima, pueden ser inestimables para los científicos que quieren predecir cómo podrían cambiar en el futuro las comunidades de flora y fauna, según explica Mark Velland, biólogo de la Universidad de Sherbrooke en Quebec.

«Tienes que ser oportunista: no puedes retroceder atrás en el tiempo y empezar un estudio en 1980 por voluntad propia», afirma. Además, en los 80 nadie sabía lo rápido que cambiaría el clima, de forma que los investigadores no estaban manteniendo un registro específico de las respuestas de las plantas. Los biólogos actuales buscan constantemente formas de extraer datos de archivos inesperados.

Elizabeth Wolkovich, ecóloga de la Universidad de la Columbia Británica, espera que el equipo belga —y otros— lleven esta técnica más lejos. Una de las cosas más importantes, según ella, es cómo se comportaban las plantas antes de que se disparara realmente el calentamiento. El vídeo de la carrera se remonta a 1929 (aunque está en un blanco y negro granulado), de forma que tienen la oportunidad de construir un registro aún más amplio.

Pero Wolkovich también señala que este enfoque podría aplicarse en otros lugares del mundo, sobre todo en lugares donde escasean buenos registros a largo plazo y donde los cambios climáticos tienen los efectos más drásticos, como las zonas alpinas o el Ártico.

Le encantaría que analizaran los vídeos del Tour de Francia o el Giro de Italia, u otras carreras de ciclismo que llegan al aire enrarecido de la alta montaña. O mejor: analizar el Ártico.

«Por desgracia, no tenemos ninguna carrera de ciclismo en verano que pase por donde se celebra la de Iditarod», afirma. «El Ártico es el lugar donde se experimenta el calentamiento más extremo, pero también el lugar del que menos datos tenemos».

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