Medio Ambiente

Los niños son los que más sufren en las ciudades más contaminadas del planeta

En invierno, las estufas de carbón y las centrales eléctricas asfixian la capital de Mongolia, Ulán Bator, con humo y enfermedades pulmonares. Miércoles, 27 Marzo

Por Beth Gardiner
Fotografías de Matthieu Paley

Artículo creado en colaboración con la National Geographic Society.

El carbón es ubicuo en la gélida capital de Mongolia. Se encuentra bajo las enormes chimeneas de las centrales eléctricas en montones tan grandes como campos de fútbol. Los conductores lo transportan por la ciudad en camionetas abiertas. Los vendedores lo almacenan en bolsas amarillas a lo largo de las cunetas y fragmentos irregulares rebosan de cubos de metal en las yurtas redondas donde las familias más pobres lo queman para mantener el frío a raya.

A veces, el humo de Ulán Bator es tan denso que solo se ve el contorno de personas y edificios. Tiene un olor agrio e ineludible. El aire holliniento pica en la garganta y flota en el interior de los resplandecientes edificios de oficinas modernos en el centro de la ciudad y en las torres de apartamentos de estilo soviético que se extienden hacia las montañas a las afueras de la ciudad. Los peores días, los monitores portátiles de contaminación alcanzan su máximo máximo, ya que las lecturas son decenas de veces superiores a los límites recomendados. En una ocasión, los niveles de las partículas en suspensión más pequeñas y peligrosas, conocidas como PM-2.5, multiplicaron por 133 los niveles máximos sugeridos por la Organización Mundial de la Salud.

El problema de contaminación de Mongolia es la versión más grave del que se repite por todo el mundo. Desde Estados Unidos a Alemania, desde India a China, se estima que la contaminación atmosférica se cobra siete millones de víctimas al año en todo el mundo. El carbón es una de las causas principales de aire sucio y del cambio climático.

En Mongolia, al menos por ahora, el carbón es fundamental para sobrevivir a los inviernos brutales. Pero la factura que pasa es alta.

«Ya no sé cómo suena un pulmón sano»

Este invierno, las autoridades cerraron los colegios de la capital durante dos meses enteros, desde mediados de diciembre a mediados de febrero, en un intento desesperado de proteger a los niños del aire tóxico. La eficacia de esta medida no está del todo clara. Los hospitales han excedido su capacidad ante los picos de neumonía que se producen cada invierno, especialmente entre los más pequeños.

«Ya no sé cómo suena un pulmón sano», afirma Ganjargal Demberel, un médico que va de casa en casa en un barrio de yurtas —que en Mongolia se denominan gers— abarrotadas en las colinas irregulares y marrones del rincón noreste de la ciudad. «Todos tienen bronquitis u otros problemas, sobre todo en invierno».

Uno de los pacientes del doctor Ganjargal es Gal-Erdene Sumiya, un niño de siete meses con pelo enmarañado que, cuando lo conocí, acababa de superar una neumonía. «No puedo sacarlo a tomar el aire porque está demasiado contaminado», cuenta su madre, Selengesaikhan Oyundelger. Sus hijos mayores también pasan la mayor parte del tiempo dentro de casa.

Una tela rosa estampada cubre las paredes del ger de la familia y los postes de madera que mantienen en pie su techo redondo están pintados de vivos colores, creando un espacio cómodo e íntimo para vivir. Una pequeña estufa mantiene la tienda caliente mientras Selengesaikhan coloca la masa para preparar mutton dumplings. Dice que las otras madres que conoció cuando su hijo estuvo ingresado hablaban de la contaminación todo el rato: «Decían que no confiaban en el futuro de este país».

Los distritos de gers como el suyo son una mezcla de tiendas redondas tradicionales y casas sencillas de madera o ladrillos, y albergan principalmente a inmigrantes procedentes del campo, pastores que han acudido a la capital en busca de trabajo y educación. Debido a que carecen de la infraestructura con la que sí cuenta la gente que vive en pisos —suministro de electricidad fiable y sistemas de calefacción por distrito, así como agua y alcantarillado—, los residentes introducen carbón en pequeñas estufas para entrar en calor. Una sola familia puede quemar dos toneladas o más cada invierno.

El humo sale flotando de las chimeneas de metal que sobresalen de cada tienda o casa, y los distritos de gers son unos de los más contaminados de la ciudad. Pero hay otros contaminantes más grandes que oscurecen el aire de Ulán Bator. Enormes fumarolas negras emergen de centrales eléctricas y el humo viaja a la deriva desde las chimeneas de edificios de apartamentos, supermercados y colegios, donde los trabajadores de mantenimiento introducen carbón en calentadores.

El manto de aire sucio que envuelve la ciudad durante la mitad del año es una amenaza para la salud de sus habitantes y un síntoma de un conjunto de fracasos mucho más generalizado.

Casi 30 años después de haber puesto fin a décadas de aislamiento, rechazado el comunismo y haberse convertido en una democracia, Mongolia sigue siendo una nación en transición. Ha abierto su abundante riqueza mineral a empresas de minería extranjeras que extraen oro, cobre y, por supuesto, carbón, en el desierto del Gobi.

Pero se enfrenta a una maraña de problemas: los cambios medioambientales y económicos han precarizado la antigua forma de vida nómada y los líderes de Ulán Bator no han conseguido gestionar la migración masiva a la capital de familias rurales que ya no son capaces de ganarse la vida cuidando del ganado en la alta estepa barrida por el viento. Mongolia es una nación de tres millones de habitantes que viven en un espacio que casi triplica el de Francia, pero casi la mitad de ellos están hacinados en una capital cada vez más contaminada.

«Me siento muy culpable»

La familia de Purevkhuu Tserendorj no emigró del campo, sino que volvió a Ulán Bator en 2015 desde Los Ángeles, donde ella y su marido habían estudiado. Enseguida empezaron a sentir los efectos de la contaminación. Entonces, su hijo pequeño era solo un recién nacido y empezó a toser pocos días después de aterrizar. Poco después, padeció una neumonía.

Sus amigos le contaron que sus hijos la sufrían varias veces al año, y sus otros dos hijos acabaron enfermando. «Es normal en Mongolia», afirma Purevkhuu, experiodista de televisión. Pero no estaba preparada para aceptar una enfermedad tan grave como rutina. En Facebook, pidió a otros padres furiosos que se reunieran en la plaza Sükhbaatar, donde se cierne una estatua de Genghis Khan ante el imponente edificio de mármol del parlamento.

Era diciembre de 2016, con temperaturas bajo cero. «Las madres no podían sentir los pies ni los dedos de las manos», recuerda Purvekhuu.

El movimiento que comenzó aquel día ha crecido, pero su fundadora se enfrenta a un dilema terrible. Su hijo mayor, que ahora tiene cinco años, sufrió cáncer ocular cuando era un bebé en Los Ángeles. Para proteger su salud, su marido y ella lo mandaron a vivir temporalmente con sus abuelos a Washington, D.C., y estar separados resulta angustioso. «Cada mañana me despierto echándolo de menos, soñando con él», afirma Purvekhuu.

La familia está considerando volver a Estados Unidos. Pero Purvekhuu se ha convertido en activista en favor de la calidad del aire en Mongolia, por lo que teme que el gobierno permita que la contaminación se agrave si se va. Quedarse también es difícil: «Me siento muy culpable» por vivir en Ulán Bator, cuenta. «Afecta mucho a mis hijos».

Alex Heikens, representante de UNICEF Mongolia, cree que la contaminación atmosférica «es más que una crisis de salud pública». Para él, es una amenaza a largo plazo para el bienestar del país, ya que deja cicatrices permanentes en los pulmones, afecta al desarrollo cerebral de los niños y pone en peligro la productividad futura. «Aunque detuviéramos la contaminación ahora mismo y la bajáramos a cero, muchos de estos problemas ya están incorporados a la salud de la población», afirma.

Incluso dentro de escuelas y hospitales, los niveles de contaminación están disparados, según cuenta. «En los pabellones de maternidad, nace un bebé: la primera bocanada de aire contiene 600 microgramos por metro cúbico de PM2.5», 24 veces más que el nivel aceptable. «No es una buena forma de empezar la vida».

«No te recibiremos»

Hasta ahora, la respuesta oficial ha sido ineficaz y muchos mongoles han empezado a verlo desde una perspectiva más amplia. La ira ante las revelaciones de corrupción ha enturbiado la política en los últimos meses y derrocó al presidente del parlamento en enero.

La palabra Manan es una mezcla de los nombres de los dos partidos principales y los críticos la utilizan para insinuar que apenas existen diferencias entre ellos y que ambos bandos ponen por delante sus intereses personales. La palabra también significa «niebla», que alude a la falta de transparencia que oculta los delitos de las autoridades. Y hoy en día, Manan también se refiere a la niebla de la contaminación.

La niebla, según el economista Jargal Dambadarjaa, «es cada vez más densa». Los políticos «no trabajan para el pueblo, al que deberían servir. En lugar de eso, trabajan para la gente que los financia». Pero ahora los mongoles se han enfadado. «Espero que podamos limpiar el parlamento en relativamente poco tiempo».

En lo que a contaminación respecta, los expertos sostienen que el remedio debería comenzar por proporcionar mejores servicios a los distritos de gers, cuyos residentes son una importante causa y las víctimas más afectadas por la contaminación. Un estudio determinó que los niños de los distritos de gers tenían una capacidad pulmonar un 40 por ciento inferior a la de los niños del campo, una señal de alarma que apunta a problemas de salud a largo plazo.

Aunque los distritos de gers han aumentado rápidamente en los últimos años, han formado parte de Ulán Bator durante décadas y las autoridades han olvidado proporcionar infraestructuras básicas. Las familias que viven en gers tienen electricidad suficiente para bombillas y unos pocos electrodomésticos, pero ni las conexiones a la red ni el suministro eléctrico son suficientes para que se pasen a la calefacción eléctrica.

Según Regdel Duger, presidente de la Academia de Ciencias de Mongolia, aunque la mayor parte de la electricidad de Mongolia se obtiene del carbón, al menos las centrales grandes pueden regularse y sus humos pueden tratarse. Añade que proporcionar aislamiento a los gers podría reducir a la mitad la energía necesaria para calentar cada uno. Ha recomendado al gobierno que conceda préstamos para ayudar a los dueños de gers a financiar dichas mejoras.

Recientemente, las autoridades han intentado limitar el crecimiento de los distritos de gers prohibiendo la entrada de nuevos inmigrantes a la ciudad si no pueden permitirse alquilar una casa. «Si vas a mudarte en un distrito de gers y añadir más estufas, entonces lo siento mucho pero no te recibiremos», afirma el teniente de alcalde Batbayasgalan Jantsan. Según él, las autoridades podrían introducir una tasa para los recién llegados cuando expire la prohibición migratoria.

Sin embargo, muchos inmigrantes entran de manera ilegal. Las fuerzas que impulsan la urbanización de Mongolia son fuertes. Los jóvenes acuden a la capital ante la posibilidad de mejores trabajos o educación, como ocurre en otras ciudades del mundo.

Pero los nómadas de Mongolia también están siendo expulsados de sus tierras conforme la minería acelera la desertificación de los pastizales mediante el abundante uso de agua subterránea de las minas y la destrucción de la vegetación. Por su parte, el cambio climático aumenta la frecuencia de peores condiciones meteorológicas conocidas como dzud: un verano seco seguido por un invierno más frío de lo normal. Esto diezma el ganado y los sueldos.

Incluso las cabras son problemáticas. Los pastores las crían por el caro cachemir, pero a diferencia de camellos, caballos y vacas, arrancan las plantas de raíz, degradan los pastos y cubren de deudas a sus dueños.

«Atorados en esa idea»

Además de las iniciativas para reducir la migración, el gobierno también pretende pasarse a un carbón de grado superior y prohibir que el combustible más sucio entre en la ciudad a partir de mayo. Tsogtbaatar Byambaa, que trabaja en el Ministerio de Salud, espera que eso sirva de algo, pero sabe que aún queda mucho por hacer.

«La magnitud de este problema está aquí», dice, subiendo la mano en alto. «Lo que podríamos hacer estaría aquí», dice mientras coloca la otra mano más abajo. «Necesitamos que estos dos [niveles] se acerquen».

Gran parte del carbón de baja calidad que llena las estufas de Ulán Bator y que el gobierno quiere ilegalizar procede de Nalaikh, a las afueras de la ciudad. Allí, una empresa minera propiedad del estado llevó a cabo operaciones de minería hasta que se desplomó en los años 90. Ahora, los lugareños trabajan en las decenas de agujeros informales y no regulados que salpican el paisaje bajo las descomunales cáscaras de los edificios abandonados.

Muhammad Ashimset solo tiene 18 años, pero lleva años haciendo turnos de 12 horas bajo tierra. Cada mañana, se sube a un cubo de metal maltrecho del tamaño y la forma de una bañera, y mientras el cable que lo sostiene se desenrolla, baja por un pozo de 60 metros de profundidad. Él y sus compañeros mandan el cubo lleno y otros obreros colocan el carbón en camionetas para transportarlo a la ciudad.

Este negocio pronto llegará a su fin legalmente. En el cálido ger donde los mineros se protegen del viento durante los descansos, cuentan que esperan que haya nuevos empleos para ellos si los obligan a clausurar estas minas cuando se aplique la ley.

Mientras otro minero cubierto de polvo echa té salado con leche en cuencos de plástico, Murat Ahambek cuenta que comprende la lógica de la ley. Al fin y al cabo, su familia también sufre los efectos de la contaminación atmosférica. «Mi mujer y mi hija, cuando vuelven a casa por la tarde, tosen constantemente», cuenta.

Sin embargo, muchos observadores albergan dudas sobre que este cambio al carbón refinado vaya a aliviar esos síntomas. Sukhgerel Dugersuren, directora de un grupo de supervisión de la minería llamado Oyu Tolgoi Watch, sostiene que ya es hora de que Mongolia abandone el carbón de una vez por todas, no que solo cambie a un carbón mejor. Pero apenas ve voluntad política para convertirlo en una realidad.

«Aún hay reticencia hacia la adopción de cosas nuevas, o quizá no haya capacidad», dice acerca de los integrantes del gobierno que han invertido —tanto financiera como intelectualmente— en el combustible tóxico, y a quienes no les interesan las energías renovables, a pesar de los abundantes recursos de viento y sol de Mongolia. «Estas personas son viejas y su educación es vieja, su mentalidad también. Están atorados en esa idea».

Es más, según ella, se dispone de dinero chino para financiar las minas de carbón y las centrales eléctricas, pero no la energía limpia. Aunque China ha invertido mucho en renovables a nivel nacional, aún depende mucho del carbón y se ha mostrado ansiosa por aprovechar los abundantes recursos de Mongolia.

«Ulán Bator ya está asfixiándose por el uso de carbón», afirma Sukhgerel, pero teme que «por la dirección que sigue la planificación, habrá más centrales eléctricas [que funcionen con carbón]. Se va a quemar más carbón».

Beth Gardiner es una periodista que trabaja desde Londres y autora de Choked: Life and Breath in the Age of Air Pollution.

Matthieu Paley es un fotógrafo y contribuidor frecuente a National Geographic. Síguelo en Instagram.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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