Irak intenta salvar los últimos bosques de Oriente Medio de los incendios

Los bomberos y la policía luchan contra la tala ilegal, la guardia fronteriza y el Dáesh.martes, 23 de julio de 2019

Por Peter Schwartzstein

Irak arde y Aram Ismail no sabe cómo contener las llamas. Es un veterano de la policía forestal kurdoiraquí, en la que lleva 12 años. Su unidad y él protegen una franja de bosque agreste de unos 3600 kilómetros cuadrados. Pero los incendios son demasiado intensos y numerosos.

La guardia fronteriza iraní ha prendido fuego a lo largo de la frontera que comparten para despejar sus líneas de visión en las principales rutas de contrabando. Los bombardeos turcos en los campamentos de los militantes han reducido a cenizas varios trechos del bosque. En las montañas y las planicies secas, una combinación de tala ilegal e incendios forestales naturales consume la vegetación que no han consumido las bombas y las balas.

 

Hace poco, en el distrito local de Penjwen, llamaron a Ismail y su unidad por tres incendios en una hora; no fueron capaces de apagar ninguno antes de que se propagaran las llamas. Sus homólogos del sur podrían vivir una situación aún peor. Los remanentes vengativos del Dáesh han prendido fuego a cientos de hectáreas, quemando amplias áreas de terrenos agrícolas fundamentales.

«Somos pocos y hay muchos problemas», afirmó Ismail. «Si Dios quiere, protegeremos los árboles. Es nuestra identidad. Nuestra patria. Pero necesitamos más ayuda».

Los árboles en peligro

Se suponía que este año los iraquíes tendrían un merecido respiro tras años de sequía y violencia extremista. Pero las consecuencias medioambientales y de seguridad de dicha pérdida de vegetación podrían agravarse a largo plazo. Los bosques del norte de Irak, las mayores zonas arboladas contiguas de Oriente Medio, son una esponja vital de las extenuantes inundaciones de invierno.

Los árboles y la cubierta vegetal, franjas de vegetación cada vez más raras, son un freno fundamental para las tormentas de arena mortales. En un momento en que el Dáesh se está reconstituyendo por el Irak rural, las autoridades temen que las llamas desestabilicen aún más las zonas que dependen de la agricultura donde en su día prosperó el grupo.

«Tememos cualquier cosa que dificulte las vidas de los agricultores, incluidos los incendios», afirmó Hussein Rahim, director de bosques y pastizales del Ministerio de Agricultura kurdoiraquí. «Este es el caos en el que prospera [el Dáesh]».

Desde el año 2000, los incendios forestales y la tala ilegal se han cobrado al menos un millón de hectáreas de zonas arboladas solo en el Kurdistán, que forma parte de una posible reducción de un 20 por ciento de la vegetación de la región desde 2014. Con un 1,7 por ciento de superficie forestal, el mundo árabe tiene la menor cantidad de bosques que cualquier parte no polar del planeta, según estadísticas de la ONU. Si el ritmo de pérdida de árboles de la región sigue igual, podría quedarse sin ninguno dentro de poco.

Bomberos sobrepasados

En sus 15 años como guardabosques en la provincia de Suleimaniya, Wahab Ahmed Hamid se había acostumbrado a combatir incendios en condiciones nada envidiables. Están las millones de minas que quedan de la guerra entre Irak e Irán en los años 80, que salpican la franja de la frontera y suelen impedir que los equipos de intervención alcancen las llamas antes de que se propaguen, y a veces incluso las avivan al detonarse. Están los veranos abrasadores, que generan condiciones favorables a los incendios. Y lo más difícil, están las rivalidades entre tribus, clanes y pequeños agricultores que han acabado en incendios vengativos e incesantes en el pasado.

Sin embargo, Hamid y su unidad jamás habían tenido que enfrentarse a tantos incendiarios. Desde 2015, los aviones turcos han bombardeado los bosques de la periferia de la región del Kurdistán con tanta regularidad que Abbas y sus hombres suelen tener demasiado miedo como para acercarse, por si los alcanzan por accidente. Los medioambientalistas sospechan que algunos de estos ataques están calculados deliberadamente para quemar el sotobosque y, de ese modo, hacer salir con el humo al grupo militante kurdoturco PKK, que posee amplias bases en Irak.

«La situación no es idónea, pero no nos encontramos en la posición de responder a estas amenazas», afirmó Hamid. «Solo recogemos los restos».

En las aldeas aisladas de las montañas, los leñadores ilegales han arrebatado a algunos bosques todos sus árboles y, a veces, han prendido fuego a los tocones para ocultar su delito. Desde que las autoridades locales recortaron los subsidios al combustible tras el desplome del precio mundial del crudo en 2014, los residentes de las comunidades de las tierras altas han recurrido a la leña para sobrevivir durante los fríos inviernos. La mayoría tala por desesperación.

«Esta es la consecuencia de grandes fracasos, que alguien como yo tenga que hacer esto», afirmó Diyar, un leñador que pidió que no mencionáramos su apellido por la ilegalidad de su trabajo.

Pero los cárteles empresariales que cuentan con protección política parecen haberse implicado también en la industria del carbón.

Y ahora, en las zonas caóticas y arrasadas por la guerra que dejó el Dáesh a su paso, una serie de grupos armados —entre ellos células yihadistas durmientes— emplean el fuego para promover sus intereses: a veces, la extorsión; otras, la venganza. En al menos un caso, un yihadista colocó supuestamente explosivos para matar a los equipos de emergencia. En muchos otros, las autoridades carentes del equipo adecuado han intentado combatir incendios con poco más que garrafas de agua y mantas húmedas.

Los bomberos, desesperados por salvar el valioso terreno, piden más ayuda, en vano hasta ahora. «Vemos cómo se incendia nuestro país, pero nos falta todo lo necesario para combatirlo», afirmó Zuhair Zaki, agente de protección civil en Tirkit, a unas dos horas al norte de Bagdad. «Nosotros también sentimos dolor».

Destellos de esperanza

La devastación ya es palpable en todas partes. En las raras ocasiones en las que llueve en Irak, como este año, las inundaciones son destructivas conforme desaparece la superficie forestal que absorbería las aguas y sujetaría los terrenos en pendiente. Esta primavera, hasta 70 personas murieron ahogadas en el vecino Irán. Las tormentas de arena no hacen más que empeorar, en gran medida por la pérdida de vegetación. Actualmente, según la ONU, el país sufre 250 días de tormentas de arena que reducen los rendimientos agrícolas y contribuyen a una grave crisis de salud por problemas respiratorios.

Y lo que quizá es peor es el terror que suscitan estos incendios a las comunidades rurales que se desmoronan. La pérdida de vegetación priva a los pastores de forraje para su ganado. El miedo a invertir grandes sumas en el cultivo de los campos solo para perder la cosecha ha sido suficiente como para que algunos agricultores dejen su terreno en barbecho esta temporada. Para algunas familias agrícolas que se han enfrentado a años de lluvias meiocres, al aumento de los costes de producción y a la falta de seguridad, esta podría haber sido la gota que colma el vaso. Millones de personas han migrado a las ciudades. Millones más podrían seguir sus pasos.

«Como nosotros, los árboles han sufrido un genocidio», afirmó Bandan Ata, soldado que ha vuelto a su casa de las montañas para reponerse tras haber recibido el disparo de un francotirador del Dáesh. «Todos necesitamos tiempo para recuperarnos».

Pero a pesar de lo desesperado de la situación, aún hay cabida para el optimismo. Sobre todo en las montañas. Resignada, la policía forestal kurdoiraquí aprovecha cada vez mejor los recursos limitados. Los guardabosques han establecido redes de informantes para encontrar a los leñadores y los pirómanos en aldeas lejanas. Han conseguido tender emboscadas en importantes lugares de producción de carbón vegetal. En áreas bajas, los agricultores también se han dado cuenta de que no hay ayuda en camino, por eso muchos se han organizado en grupos de vigilancia antiincendios.

Algo crucial es que la sociedad civil iraquí también se está involucrando. Dentro de un movimiento medioambientalista creciente entre los jóvenes, una serie de grupos han asumido la responsabilidad de combatir la tala ilegal y la piromanía en las zonas más vulnerables. En el distrito de Penjwen, la ONG local Milekawa ha enviado a activistas a las montañas. Algunos buscan incendios, otros forman a los aldeanos para extinguir las llamas. Pese al peligro rutinario que suponen los cárteles de leñadores —como un ataque a la casa del director de la ONG—, el grupo sigue expandiendo su labor.

«Nos hemos dado cuenta de que, si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará», afirma Bakhtiyar Ali, activista de Milekawa. «Hemos sido testigos de la desaparición del bosque y era hora de actuar».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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