Los guardianes del hielo: la lucha de los inuit por salvar el Ártico

La desaparición del hielo marino estival del Ártico está pronosticada para el año 2040. Mientras el acalorado pulso por controlar los recursos económicos rema a favor del desastre ecológico, los inuit luchan por proteger el equilibrio del planeta.

“El derretimiento del hielo marino del Ártico tiene profundas consecuencias a todos los niveles, desde el local al mundial y desde el ecológico al cultural”, declaró el Dr. Sala, productor ejecutivo de The Last Ice: Salvar el Ártico.

Fotografía de National Geographic
Publicado 31 may 2021 15:33 CEST
National Geographic estrena el sábado 5 de mayo, Día Internacional del Medio Ambiente, el documental The Last Ice: Salvar el Ártico, cuenta la historia de las comunidades inuit que luchan para proteger el Ártico que desaparece rápidamente y que ha sido su hogar durante siglos

La vida nómada habita el Ártico más hostil desde hace miles de años, definiendo a las poblaciones inuit que viven en las tundras del norte de Canadá, Alaska, Rusia y Groenlandia. Los antepasados de los inuit, que significa seres humanos en la lengua inuktitut, cruzaron el estrecho de Bering y se asentaron en el ártico norteamericano hace unos 4500 años.

Hacia el año 1000, la cultura Thule dio origen al pueblo inuit, que se extendió hacia oriente a lo largo del Ártico, desde Alaska hasta Groenlandia. En pequeñas poblaciones aisladas, los inuit se distribuyeron en veintiún grupos tribales, convirtiéndose en la etnia más extendida geográficamente.

“En el pico de mayor pérdida de hielo, en julio de 2018, el Ártico perdió 105.500 kilómetros cuadrados de hielo al día, un área más grande que Islandia.”

por Heliyon

Sin embargo, milenios de vida en el hielo podrían llegar muy pronto a su fin. La comunidad científica advierte: la desaparición total del hielo marino de verano en el Ártico, el sistema de enfriamiento fundamental de nuestro planeta, está pronosticada para el año 2040. Desde hace 40 años, esta zona polar pierde hielo marino a un ritmo tres veces mayor, 12,8 % por década y 82.300 kilómetros cuadrados al año, según el estudio científico de la revista Heliyon.

En el pico de mayor pérdida de hielo, en julio de 2018, el Ártico perdió 105.500 kilómetros cuadrados de hielo al día, un área más grande que Islandia. El escenario al que nos abocan estas predicciones no solo provocará un grave impacto en el hogar de los inuit, sino en el mundo entero, con alteraciones climáticas especialmente graves en lugares alejados del círculo polar ártico.  

La historia del pueblo inuit

Las consecuencias del cambio climático se suman al pulso a contrarreloj que vive el Ártico entre los intereses económicos y la protección de un ecosistema clave en el equilibrio del planeta. Mucho antes de la amenaza del cambio climático, muchas poblaciones inuit fueron expulsadas de sus hogares, víctimas de la colonización que provocó la carrera por el control de los recursos económicos y geoestratégicos del Ártico.  

Durante miles de años, las duras condiciones de subsistencia han marcado el estilo de vida de los inuit. “Cuando era pequeño siempre veía a los cazadores salir a cazar e imaginaba lo que estarían haciendo ahí fuera, cómo sería ver lo que ellos habían visto. Soy feliz por haber nacido aquí, si viviera en América ahora estaría trabajando estresado”, ríe el cazador inuit Aleqatsiaq Peary. “No tengo que llevar un reloj cuando salgo a cazar. Solo somos mis perros y yo, es vivir”.

El cazador inuit Aleqatsiaq Peary mira hacia el hielo marino cerca de Qaanaaq, Groenlandia.

Fotografía de Neil Gelinas, National Geographic Society

A pesar de la imagen típica del iglú que asociamos a la vida en el hielo, la realidad es que dos tercios de la comunidad inuit nunca construyeron iglúes, sino que vivieron en hogares de tundra y piedra. En este territorio hostil nada crece excepto las bayas, el musgo y las flores silvestres, por lo que los inuit cazaban y utilizaban ropa cosida con hilos de tendones de animales y agujas de astillas de huesos.

Sin embargo, su característica más llamativa siempre descansa en sus relaciones personales. Al no tener lengua escrita, poco se sabe de la historia de estos guardianes del hielo antes de la llegada de los misioneros en el siglo XIX, pero todos los datos coinciden en que eran poblaciones pacíficas y sin conflicto.

El índice de suicidios más alto del mundo

En nuestro imaginario popular, la falta de luz en invierno, el clima extremo o la falta de socialización suelen dibujarse como las causas de las altísimas tasas de suicidio entre los inuit. Sin embargo, el factor más letal es el trauma de la colonización que impuso la modernidad a un pueblo ligado durante milenios a la tierra, al hielo y a sus costumbres.

“Cuando tenía 8 años nos mudamos a Nuuk en 1991, pero mientras estaba allí siempre sentí una gran nostalgia por dejar mi hogar”, afirma Aleqatsiaq Peary. A raíz de las colonizaciones de sus territorios y la necesidad de mudarse lejos de sus tierras y sus hogares, los inuit han alcanzado a día de hoy el índice más alto de suicidios del mundo entero. Los inuit más longevos hablan de aquel período de colonización con dificultad, recordando cómo soldados armados llegaban a sus campamentos para echarles y matar a sus perros de trineo con el objetivo de que se mudaran a las ciudades para establecer su soberanía sobre el Ártico, rico en minerales y gas natural.

“Mi familia fue reubicada en 1963 a unos 2.000 kilómetros”, cuenta. “Nos dijeron que sería por nuestro propio bien, pero nos resultó difícil creerles. Recuerdo ser tratados como algo inferior a seres humanos. Recuerdo las mentiras que nos dijeron. Aún me emociono cuando vuelvo a recordar la experiencia”, cuenta The Last Ice: Salvar el Ártico sobre uno de los inuit que vivió la colonización de sus tierras.

Miles de niños inuit fueron enviados a internados y separados de sus familias, así como maltratados en las escuelas por hablar inuktitut, y las familias chantajeadas con no poder comerciar con las pieles para adentrarse en la sociedad si no abandonaban sus costumbres y su lengua.  A finales de 1960, prácticamente todos los inuit habían sido expulsados de su hogar y enviados a la fuerza a las ciudades.

“El derretimiento del hielo marino del Ártico tiene profundas consecuencias a todos los niveles, desde el local al mundial y desde el ecológico al cultural”, declaró el Dr. Sala, productor ejecutivo de The Last Ice: Salvar el Ártico.

Fotografía de National Geographic

Además de romper con sus tradiciones ancestrales, el colapso del comercio de pieles durante la gran depresión hizo que muchos inuit no tuvieran de qué vivir fuera de su entorno, así como muchos sucumbieron al sarampión y otras enfermedades infecciosas de las que les protegía el aislamiento del Ártico. Incluso en aquel momento, el suicidio entre sus poblaciones seguía siendo algo puntual, pero a medida que la siguiente generación creció en el seno de aquel trauma, las tasas de suicidio se multiplicaron por diez, llegando a los 458 casos por cada 100.000 personas en la década del 2000.

Generación tras generación, grupos que vivieron una transición tan radical y forzada como los inuit, los aborígenes australianos o los maoríes de Nueva Zelanda, son hoy particularmente propensos al suicidio juvenil. Aunque no hay respuestas sencillas a las investigaciones al respecto, una de las causas podría hallarse en la falta de adaptación a su nuevo entorno a todos los niveles, incluso de gestión emocional, unido al fuerte sentimiento de comunidad que puede llevarles a sentirse una carga para el grupo.

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