Medio Ambiente

Las ballenas francas australes: una especie amenazada

Por Redacción National Geographic

2 de diciembre de 2013

Crece la preocupación en la comunidad científica por el elevado número de ballenas francas australes que está muriendo en las costas argentinas, y eso que, en términos generales, la suerte les sonríe un poco más que a sus compañeras boreales.

Efectivamente, se han registrado cientos de muertes en la Península Valdés desde que se establecieron controles sobre su población en 1971, según recoge un estudio publicado ese mes en Marine Ecology Progress Series. La cifra total es de 630 entre 1971 y 2011, incluidas ballenas adultas y ballenatos.

Sin embargo, el dato resulta alarmante si tenemos en cuenta que el 77% de estas muertes ha tenido lugar entre 2003 y 2011, y 89% de éstas últimas afectaron a ballenatos.

Los científicos no consiguen descubrir los motivos. Para Vicky Rowntree, de la Universidad de Utah (Estados Unidos) y codirectora del Instituto de Conservación de Ballenas de Buenos Aires (Argentina), resulta «muy frustrante».

Se ha hablado de tres posibles causas: la escasez de alimento, las enfermedades y la presencia de toxinas como ácido domoico o saxitoxina como consecuencia de la proliferación de algas nocivas.

«Nuestra investigación se ha centrado en gran medida en estas tres posibilidades», afirma Rowntree, directora del estudio, aunque no se ha conseguido hallar la causa común de la muerte a partir de las cientos de muestras tomadas de restos de ballenatos.

Algunos muestran señales de enfermedad, mientras que otros contienen bajos niveles de toxinas. Saber si murieron por falta de alimento es todavía más difícil de saber, aunque el nivel de grasa y otros marcadores de estrés nutricional de los tejidos pueden ser indicadores eficaces.

Del mismo modo, «el momento en el que murieron podría ofrecernos alguna pista sobre las posibles causas», comenta Rowntree. Si los ballenatos mueren al poco de nacer, podría significar que hay un problema de escasez de alimento a gran escala.

Sin embargo, si mueren durante el siguiente año, cuando empiezan a alimentarse de camarones y copépodos, es posible que fallecieran por la ingesta de toxinas.

«Los adultos pueden sobrevivir a este tipo de contaminación, pero suele ser demasiado potente para los ballenatos», añade la investigadora.

Otra posible explicación sería el acoso que sufren estos animales por parte de las llamadas gaviotas cocineras (Larus domincanus).

«Son muy grandes y se alimentan de la piel y grasa de las ballenas», explica Rowntree. «Hacen un agujero en la piel, abriéndola para comerse la grasa».

Este tipo de ataques comenzaron, al parecer, a principios de la década de los 80 y desde entonces se ha extendido entre otras gaviotas de la zona.

A pesar de que los adultos han aprendido a librarse de estas agresiones, no es así en el caso de los ballenatos. «Muchos tienen heridas por toda la espalda».

Rowntree y sus colegas están investigando también si la falta de alimento podría ser una de las causas de la elevada tasa de mortalidad de estos animales. Hay datos que indican que existe relación entre la baja presencia de un tipo de camarón (Euphasia superba) y la muerte de las ballenas.

Las ballenas francas australes hembras dependen de estos animales para aumentar sus reservas de grasa antes de tener a sus crías. Así, durante los primeros meses de vida de éstas, sus madres no se alimentan; por tanto, si las ballenas no consiguen almacenar grasa suficiente, no estarían garantizando una nutrición adecuada para los ballenatos.

Es todavía pronto para saber cómo afectarán estos datos a las cifras de población mundiales, pero el panorama no parece muy alentador.

Las hembras alcanzan la madurez sexual con 9 años, según Rowntree, por lo que las nacidas en 2005, cuando empezó a registrarse un elevado número de muertes, podrán empezar a reproducirse en 2014.

Sus embarazos duran un año, y luego necesitan otro para cuidar a su cría y otro más para almacenar la cantidad de grasa suficiente para el siguiente. Por lo tanto, harán falta otros tres años antes de que los científicos puedan hacerse una idea clara de cómo se verá afectada la población de ballenas de la Península Valdés.

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