Esta ciudad siberiana es la más fría del mundo

Con temperaturas que rondan los -40°C en invierno, el frío dicta la vida en Yakutsk, Siberia.martes, 23 de enero de 2018

Por Laurence Butet-Roch
Fotografías de Steeve Iuncker
Una figura solitaria en una esquina de una calle de Yakutsk, Siberia. El fotógrafo Steeve Iuncker fue capaz de fotografiar durante solo 15 minutos en una época con temperaturas bajo cero antes de que su cámara se congelara, arriesgándose a que su película fotográfica se agrietara.
Una figura solitaria en una esquina de una calle de Yakutsk, Siberia. El fotógrafo Steeve Iuncker fue capaz de fotografiar durante solo 15 minutos en una época con temperaturas bajo cero antes de que su cámara se congelara, arriesgándose a que su película fotográfica se agrietara.
foto por Steeve Iuncker, Agence Vu/Redux

Con temperaturas que rondan los -40°C durante al menos tres meses al año, Yakutsk, en Siberia oriental, ostenta el título de la ciudad más fría del mundo. Otros lugares han registrado un clima más gélido, como el asentamiento de 500 personas de Oimiakón,  a 925 kilómetros al este, que recientemente sufrió una ola de frío de -66°C, o la Antártida, donde la temperatura media en invierno es de -60°C, pero ninguno de ellos cuenta con una ciudad plenamente funcional como Yakutsk, hogar de más de 280.000 personas. Puesto que el suelo está permanentemente congelado, la mayoría de los edificios están erigidos sobre pilares. Los que no, se hunden lentamente, ya que el calor generado en el interior de los edificios derrite el permafrost.

Sin embargo, las riquezas del subsuelo de la región compensan los problemas que plantea el tiempo. Las minas locales representan en torno a una quinta parte de la producción de diamantes del mundo, mientras que otros lugares contienen gas natural, petróleo, oro, plata y otros minerales muy codiciados.

En 2013, Steeve Iuncker, que creció en los Alpes suizos (de media -4°C entre diciembre y finales de febrero) decidió presenciar de primera mano cómo afectan al cuerpo, al alma y a la vida social esas temperaturas glaciales. Al aterrizar, según recuerda, la hija de su anfitrión, que vino a buscarlo al aeropuerto, lo miró de arriba abajo. ¿Gorro? Sí. ¿Guantes? Sí. ¿Bufanda? Sí. ¿Botas? Sí.

«¿Quién iba a saber que sencillamente salir para coger un taxi requería tanta precaución?», recuerda. En Yakutsk, cada salida se planea minuciosamente. No hay desvíos innecesarios. No se vaga sin rumbo ni se observan escaparates. «El frío lo dicta todo», añade. «O mejor dicho, la forma en que tu cuerpo reacciona al frío define tus actos».

Un buen ejemplo: Iuncker se dio cuenta de que los habitantes locales solían visitarse mucho, pero solo unos minutos. «Entraban, se quitaban la primera capa, bebían una taza de té caliente y se tomaban una tostada con mermelada antes de volver a ponerse el abrigo y salir. Era como si las casas de sus vecinos sirvieran como puntos de relevo en su trayecto». Como ellos, Iuncker tuvo que adaptar sus hábitos de trabajo a los elementos. Su cámara, una Rolleiflex de doble lente, solo le permitía fotografiar durante periodos de 15 minutos. Tras eso, el mecanismo de la bobina se congelaba y corría el riesgo de que la película se agrietara. Pero eso daba igual; para entonces, sus dedos ya estaban entumecidos.

Como nadie se queda fuera demasiado tiempo, la presencia humana es esquiva en sus fotografías. Los yakuts, vestidos con pieles, parecen exploradores míticos en medio de un paisaje helado y vidrioso que se hace todavía más espectral debido a la densa niebla que se aferra a la ciudad y envuelve la mayoría de los monumentos. Pero, pese a que puede parecer de otro mundo, no te dejes engañar, advierte Iuncker. No es un paraíso de invierno, sino un terreno traicionero. «Es fácil perderse cuando no puedes ver a 10 metros delante de ti y cada calle se parece a la siguiente». Eso es lo último que quieres cuando te arriesgas constantemente a quemaduras por frío.

La exploración de Iuncker de Yakutsk forma parte de un proyecto más grande para el que ha visita una «ciudad récord» cada año durante 10 días con el mismo presupuesto. Hasta ahora ha estado en Tokio, Japón (la más poblada) y Ahvaz, Irán (la más contaminada). Esto le sirve como ejercicio para comprobar cómo responde ante tales ambientes. ¿Se queda en la habitación del hotel? ¿Cuánto tiempo pasa fuera? ¿Y cómo afecta esto a su oficio? Y en el proceso ha confirmado que «sí, la gente en Siberia siente el frío igual que nosotros; solo que ellos están mejor preparados».

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