Viaje y Aventuras

Estos exploradores han emprendido una carrera épica por la Antártida

Dos hombres arrastran trineos pesados por el paisaje amenazador de este continente gélido en un duelo extremo para hacer historia en la exploración.viernes, 14 de diciembre de 2018

Por Aaron Teasdale
El explorador polar Louis Rudd practica tirando de su trineo de carga. Rudd es un veterano de las travesías antárticas y ya ha esquiado un total de 4.000 kilómetros por el continente en expediciones previas. Compite para convertirse en la primera persona en cruzar el continente solo y sin ayuda.

En este momento, dos hombres muy distintos, solos pero unidos para siempre, se enfrentan en una carrera para hacer historia en los confines del mundo. Uno de ellos, Colin O’Brady, es un joven estadounidense con una historia inspiradora y un don para la autopromoción. El otro, Louis Rudd, es un inglés de mediana edad que continúa la grandiosa tradición de los exploradores de su país. Ambos intentan convertirse en la primera persona en esquiar por la Antártica en solitario, sin asistencia técnica y sin ayuda. Solo dos hombres lo han intentado, ambos en los dos últimos años. Uno se rindió tras 52 días, el otro murió.

El 12 de diciembre, O’Brady pasó por el Polo Sur, casi un día por delante de Rudd, marcando el punto medio del brutal viaje.

No es la primera vez que el continente más frío y remoto del planeta alberga una carrera épica. En 1911, durante la que se conoce como la Era Heroica de la Exploración de la Antártida, el noruego Roald Amundsen y el británico Robert Falcon Scott emprendieron expediciones rivales para convertirse en los primeros humanos en alcanzar el Polo Sur. Tras dos meses y medio de viaje por tierra, Scott llegó allí para ver decepcionado la bandera noruega: Amundsen había llegado un mes antes. Scott y sus cuatro compañeros no sobrevivieron al viaje de vuelta. Sus cadáveres congelados se encontraron en su tienda casi un año después, a solo 17 kilómetros del puesto de reabastecimiento. Su competición, una de las mayores carreras de la historia, cautivó al mundo.

“En la «Gran Reina Blanca», como llaman a la Antártida los exploradores polares, hay lugares a los que los aviones no pueden llegar y donde las tormentas de nieve pueden durar días e impedir los rescates.”

En los últimos años se ha producido una serie de travesías heroicas autónomas en el que podría ser el paisaje más traicionero del planeta. Los que lo han logrado han tenido que recurrir a puestos de abastecimiento, grupos con varias partidas o cometas para aumentar la velocidad. Pero todavía no se ha logrado realizar una travesía en solitario y sin apoyo técnico por medios humanos, lo que el explorador polar Pen Hadow denominó «la forma de viaje más difícil posible sobre la faz de la Tierra». O’Brady y Rudd esperan cambiar eso. De nuevo, una competición antártica cautiva al mundo.

«El comienzo fue una locura», escribió Rudd, de 49 años, en uno de sus informes nocturnos. «El peso era enorme. Nunca había tirado de algo tan pesado y no soy precisamente joven».

Rudd, de 49 años, es el más experimentado, con más de 4.000 kilómetros antárticos a la espalda recopilados en expediciones anteriores. Hace poco, este veterano de 33 años y actual capitán del ejército británico, lideró un equipo de cinco veteranos británicos por el continente en 2016 (con un punto de reabastecimiento en el Polo Sur). Tras haber estado destinado en Afganistán e Irak, Rudd puso en perspectiva los desafíos de su trayecto actual cuando contó al New York Times que «nadie estará disparándome».

Refiriéndose a Scott y Ernest Shackleton, los primeros en concebir una travesía antártica, y a los dos aventureros anteriores que intentaron la travesía —todos ingleses—, Rudd contó al periódico británico The Daily Telegraph: «es importante que un británico sea el primero».

Al comienzo de la travesía de casi 1.450 kilómetros, tanto Rudd como Colin O’Brady, de 33 años y que también hace un intento en solitario y sin asistencia de cruzar la Antártida, se vieron abrumados por la enorme dificultad del reto. O’Brady escribió en una publicación de Instagram que el cuarto día de travesía fue el primer día que no lloró dentro de sus gafas.

Fue toda una sorpresa que O’Brady, de 33 años y relativo novato en la comunidad de la aventura polar, declarase en octubre su intención de intentar una travesía. Quizá sea fácil descartarlo por ser un joven neófito con el vocabulario de un gurú de la autoayuda, pero O’Brady esconde mucho más que el poder de pensar en positivo bajo la manga. Dieciocho meses después de que le dijeran que no volvería a caminar tras un accidente casi mortal en el que se quemó las piernas y los pies en 2008, acabó ganando la división amateur del Triatlón de Chicago, pasó los seis años siguientes como triatleta profesional y llegó a ser miembro del equipo estadounidense. En 2016, volvió la vista al montañismo y enseguida batió el récord mundial de escalada más rápida de las Siete Cumbres, que consiste en escalar el pico más alto de cada continente, y el Explorers Grand Slam. Este verano, batió el récord de velocidad del 50 High Points Challenge, o encumbrar el punto más alto de cada estado de los Estados Unidos en 21 días. Este hombre sabe cómo enfrentarse a un reto.

“Se despidieron, posiblemente su último contacto con otra persona hasta que sus viajes concluyan o, si algo va mal, su último contacto de sus vidas.”

O’Brady, alegre, experto en la autopromoción por redes sociales, da charlas Ted muy populares y dice ser la primera persona en haber utilizado Snapchat en la cima del Everest. Comparte actualizaciones diarias de las expediciones con sus 66.000 seguidores en Instagram. Mientras tanto, Rudd da las novedades por teléfono, noticias que aparecen en la página web de su patrocinador, la casa británica de diseño de ropa de aventura llamada, cómo no, Shackleton. Ambos hombres recaudan grandes sumas para la beneficencia: Rudd para los veteranos, O’Brady para la salud infantil.

Se conocieron cara a cara por primera vez a finales de octubre mientras se preparaban en Punta Arenas, Chile. Cualquier tensión inicial entre ellos desapareció mientras tomaban algo en un bar. El 3 de noviembre, un avión Twin Otter los dejó a un kilómetro y medio de distancia en la barrera de hielo Filchner-Ronne, a pocos kilómetros del comienzo del continente antártico. Se dieron un abrazo de despedida, posiblemente el último contacto con otra persona durante más de un mes hasta que lleguen a la estación de investigación del polo norte o, si algo va mal, el último contacto de sus vidas. Si parece una exageración, pensemos en el caso de Henry Worsley. En 2016, fue el primero en intentar una travesía antártica en solitario a la que nadie se había atrevido. Superó los 1.400 kilómetros, a solo 202 kilómetros de la meta, antes de llamar un vuelo de rescate. Se presionó demasiado. El esfuerzo extenuante le había hecho adelgazar 18 kilos y sucumbió a un fallo orgánico antes de llegar a casa. Para algunos, su muerte indicaba que el viaje superaba las capacidades humanas.

Rudd, capitán del ejército británico que ha servido en Afganistán e Irak, dirigió un equipo de cinc veteranos británicos por el continente en 2016 (reabasteciéndose en el polo sur).

Worsley, también militar británico, fue quien instruyó a Rudd en la orientación polar cuando siguieron la ruta de Amundsen juntos en 2012. En una ocasión, cuando el viento salpicó el agua que bebía Rudd a su mano enguantada, congelándose al instante, Worsley impartió una lección vital: «Si te mojas, te mueres». Cuando anunció sus planes de llevar a cabo la travesía la pasada primavera, Rudd declaró que era «un tributo adecuado al legado de Henry».

“Durante los primeros días, ambos experimentaron dificultades con el peso de sus cargas: el trineo de Rudd pesaba 150 kilos; el de O’Brady, 170.”

Cuando comenzaron la travesía por la gran reina blanca, ambos llevaban todo lo que necesitaban para sobrevivir durante unos 70 días en sus pulk (o trineos de carga), la duración estimada de su viaje de 1.600 kilómetros. Durante esos primeros días, ambos experimentaron dificultades con el peso de sus cargas: el trineo de Rudd pesaba 150 kilos; el de O’Brady, 170.

«El principio fue una locura», afirmó Rudd en uno de sus informes, publicado en la web de su patrocinador, Shackleton. «El peso era enorme. Nunca había tirado de algo tan pesado y no soy precisamente joven».

El cuarto día, O’Brady subió su publicación diaria a Instagram: «Ha sido el primer día que no he llorado dentro de las gafas».

La ganancia de altitud solo complicó las cosas: su ruta comienza al nivel del mar y sube a ritmo constante hasta el Polo Sur, a 2.834 metros, situado sobre un caparazón de hielo continental de 2.700 metros. Con todo, O’Brady optó por la estrategia de transportar una carga más pesada, ya que cree que el punto débil de los intentos anteriores había sido la comida insuficiente. El británico Ben Saunders desistió de su intento en 2017 de llegar al Polo Sur tras 52 días, al darse cuenta de que no tendría la comida necesaria para acabar. Con el plan de devorar entre 7.000 y 8.000 calorías al día, a O’Brady le gusta decir que lleva 100 kilos de comida, pero solo un par de calzoncillos.

Durante los cinco primeros días, Rudd tomó la delantera, como muchos habían esperado, pero al sexto día ocurrió algo sorprendente. O’Brady lo alcanzó y, tras una breve charla, Rudd explicó que dejó pasar a su rival porque estaba «muy interesado en maximizar la experiencia en solitario y me mantuve a un kilómetro de distancia durante el día entero».

O’Brady esquía 12 horas la mayoría de los días, mientras que Rudd esquía 11. Cada día, ambos tienen que colocar sus tiendas con cuidado, hacer agua con nieve y secarse la ropa. En el continente más frío y ventoso del planeta, donde la temperatura puede descender por debajo de los -45 grados Celsius, cualquier avería en sus tiendas —su único refugio— podría resultar letal.

Tras un trayecto arduo y largo de 29 kilómetros, Rudd decidió dejar de intentar mantener a O’Brady a la vista, explicando en su informe que «todavía queda un largo camino y pueden ocurrir muchas cosas, así que permaneceré centrado en mi plan. Espero que nos separemos de forma natural, sería mejor pensar que estamos aquí fuera solos y que experimentamos el viaje en solitario tal y como debería hacerse».

Aunque Rudd esquía entre 10 y 11 horas diarias, O’Brady registra unas 12 horas. Cuando Rudd salió de su tienda la mañana del séptimo día, O’Brady ya había recogido el campamento y partido. Rudd respiró aliviado y dijo que «en realidad es algo bueno para ambos, queremos viajar solos y por separado. Ahora puedo centrarme en mi expedición, mi viaje, y hacerlo a mi manera. Por eso he venido».

Las semanas siguientes les han planteado un abanico de retos. Primero aparecieron los sastrugi, una superficie nevada irregular creada por el viento, que llega a la altura de las rodillas y que puede ralentizar el avance hasta convertirlo en paso de tortuga. Los vientos en contra de 48 kilómetros por hora se combinaron con las temperaturas bajo cero y produjeron peligrosas sensaciones de temperatura de -45 grados Celsius. Las máscaras faciales se congelaron, la respiración formó colmillos de hielo y beber y comer se convirtió en todo un desafío. Rudd tuvo que derretir cubos de queso en la boca durante varios minutos antes de poder masticarlos.

Rudd tiene la motivación de finalizar la expedición que su amigo Henry Worsley intentó en 2016, cuando pidió rescate y falleció. Worsley estaba a solo 202 kilómetros de hacerse con la primera travesía en solitario y sin asistencia por la Antártida. En honor a su amigo, Rudd lleva la bandera familiar de Worsley consigo.

Además de ser el continente más frío, la Antártida también es el más ventoso, lo que hace que Rudd y O’Brady pendan de un hilo. Pueden aparecer situaciones potencialmente letales en un instante. Si se les rompieran las tiendas o, peor aún, salieran volando mientras las colocan, su supervivencia estaría en juego. Conforme el viento crea condiciones de tormentas de nieve, mantienen la cabeza baja y esquían hacia la vorágine guiándose con brújulas.

Como es lógico, ambos han cometido errores. El 30 de noviembre, Rudd esquiaba entre los cegadores vientos, que levantaban nieve y ocultaban hasta el suelo bajo sus pies, cuando tropezó con un borde de sastrugi de casi un metro, se cayó de bruces sobre el hielo y rompió la punta de su esquí (ambos llevan kits de reparaciones y Rudd tiene un par de esquís de repuesto). Por suerte para él, su trineo permaneció en equilibrio sobre el sastrugi y no se le cayó encima. O’Brady también tropezó varias veces y despegó la piel de foca (una tira que se fija a la parte inferior de los esquís para crear suficiente fricción para moverse cuesta arriba) de la base de su esquí. Sin la tracción que le permite la piel, cargar con el pesado trineo es imposible. Pero el feroz viento hizo que fuera imposible pegar de nuevo la piel, así que, por primera vez en lo que iba de expedición, O’Brady montó la tienda de día y descansó.

Perder equipo fundamental o sufrir una lesión podría poner fin al viaje de cualquiera de los dos hombres, o algo aún peor. En la «Gran Reina Blanca», como llaman a la Antártida los exploradores polares, hay lugares a los que los aviones no pueden llegar y donde las tormentas de nieve pueden durar días e impedir los rescates.

Cuando monta campamento en medio de los fuertes vientos de la tarde, Rudd ata una cuerda a la tienda y la ata con un mosquetón al trineo de carga antes de quitarla del trineo. A continuación, la retira con cuidado, la coloca, mete dentro todo su equipo y se dispone a pasar la noche. Si el tiempo se lo permite, Rudd también planta una bandera de la familia Worsley en el campamento, una bandera que transportará durante todo el trayecto y que le ha prestado la viuda de Worsley. Rudd afirma que coloca su tienda en 10 minutos. O’Brady tarda 20 minutos, con buen tiempo. Una noche peligrosa, con vientos de 64 kilómetros por hora, tardó una hora y media.

Una vez dentro de la tienda, su primera tarea consiste en encender un hornillo en el vestíbulo para derretir nieve y obtener agua, que almacenan en termos para evitar que se congele. (O’Brady usa ollas de campamento de titanio; Rudd, una tetera.) Ambos preparan batidos de proteínas antes de prepararse la cena a base de comida liofilizada. Mientras la nieve se derrite, Rudd lleva a cabo su ritual de higiene más fundamental: se quita las botas y los calcetines, se lava los maltrechos pies con la nieve del vestíbulo, se los seca y se pone talco y calcetines limpios para dormir.

Obtener agua a partir de nieve en polvo no es un proceso rápido. La Antártida es el mayor desierto del planeta y las áreas por las que esquían Rudd y O’Brady apenas reciben 10 centímetros de precipitación al año. Aunque, como la nieve nunca se derrite —la mayor temperatura registrada jamás en el Polo Sur ha sido de -12,2 grados Celsius—, nunca hay escasez. Para contar con un suministro de agua, partieron con suficiente combustible para hornillos, unos 22 kilos de gas blanco.

Para cargar los aparatos electrónicos, como los teléfonos por satélite que son su único vínculo con el mundo humano y que podría salvarles la vida, colocan paneles solares dentro de la tienda, que captan suficiente luz del sol estival constante de la Antártida para cargarse a través de las paredes de nylon. No es de extrañar que O’Brady duerma con una máscara, aunque el sueño puede ser escaso. Rudd ha descrito varias noches con vientos tan fuertes que tuvo que examinar y estabilizar las paredes y los postes de su tienda cada hora para que se mantuviera en pie.

Las mañanas también plantean desafíos físicos. Imagina despertarte en un saco de dormir caliente, la tienda tiembla con el viento y sabes que la temperatura exterior es de -28 grados Celsius. Como dice Rudd, «suena la alarma y tienes una sensación de vacío, sabes que tienes que salir a sudar la gota gorda durante todo el día». (Si el perpetuo optimista O’Brady se siente así, no lo deja ver.) Desde su saco de dormir, Rudd enciende el hornillo y empieza a derretir nieve para tomarse un desayuno de mil calorías de «gachas» liofilizadas. Para dar algo de alegría a sus mañanas, y aportarse otras 500 calorías, Rudd también lleva siete kilos de chocolate caliente.

Si te preguntas cómo llevan a cabo otro ritual habitual en la gélida mañana antártica, Rudd describe salir de la tienda para «hacer el número dos» como algo «tristísimo». En lugar de papel higiénico, usa trozos de nieve del agujero que cava. En total, Rudd calcula que pasan 90 minutos desde que suena la alarma hasta que se pone los esquís y emprende su viaje, momento en que «urge empezar a moverse para generar calor corporal».

Mientras Rudd usa una bolsita de frutos secos, salami y queso para nutrirse cuando esquía, O’Brady ha optado por una opción hiperestratégica. Durante meses, ha colaborado con los expertos en nutrición de una empresa de alimentos suplementarios integrales, Standard Process, para desarrollar unidades de comida altas en calorías y diseñadas a medida llamadas «barritas Colin», diseñadas para optimizar su rendimiento y recuperación. Partió con 280 en el trineo. Son cuatro barritas al día, más de la mitad de las calorías de su viaje. Aunque aventureros antárticos anteriores han perdido dientes por comer barritas congeladas, O’Brady está convencido de que «son algo mágico y confío en que serán la clave del éxito».

Si esto parece difícil, es porque lo es. El trineo de Rudd pesa 150 kilos, el de O’Brady, 170. Los hombres fijan pieles a la parte inferior de sus esquís para obtener tracción sobre la nieve.

Y quizá tenga razón porque, a 12 de diciembre, va un día y medio por delante de Rudd. Ambos hombres han logrado recorrer más de la mitad de la distancia prevista y han completado la gran mayoría de su escalada, aún con frecuentes tormentas y una cantidad inusual de nieve fresca. Antes de dejar atrás el calor de la civilización, O’Brady declaró que «este proyecto es para cualquiera a quien le hayan dicho que sus sueños son imposibles». Mientras se prepara para llegar al Polo Sur, habiendo resistido 933 kilómetros a lo largo de una zona muerta polar, su declaración de objetivos es más fuerte que nunca.

“Según la ética estricta de la aventura moderna, si aceptaran un mero vaso de agua, renunciarían a su derecho a afirmar que la travesía ha sido sin asistencia.”

Al cuadragésimo día de su trayecto, tras avanzar en condiciones de resplandor blanco, O’Brady subió una foto con el marcador blanco y rojo que designa oficialmente el Polo Sur, que alberga la estación Amundsen-Scott, una instalación de investigación estadounidenses de alta tecnología y 150 millones de dólares que incluye un invernadero y una pista de baloncesto. Pero ninguno ha buscado calor ni ayuda al pasar junto a ella. Según la ética estricta de la aventura moderna, si Rudd o él aceptaran un mero vaso de agua, tendrían que renunciar al derecho de afirmar que la travesía ha sido sin asistencia.

Además, probar la civilización podría mellar la voluntad de hierro necesaria para completar una expedición tan hercúlea. Como dijo Rudd antes de partir: «cuando viajo, acepto mi vida por lo que es. Esquío y sigo. Ese será mi único objetivo. Intentaré olvidar el mundo exterior, cosas como una cama cómoda o una ducha caliente. Fingiré que no existen».

Tras casi una hora sacando fotos y «disfrutando del momento», O’Brady volvió a atarse el arnés, se puso los esquís y empezó a tirar de su trineo.

El 13 de diciembre, O’Brady se convirtió en el primero en llegar al polo sur en este épico viaje en los confines del mundo.

Los dos necesitarán ese tipo de determinación para el mes y casi 643 kilómetros de resistencia que les quedan. Tras haber viajado desde la manga más meridional del océano Atlántico, todavía tienen que esquiar un pasaje de peligros hasta alcanzar el hielo del Pacífico. Poco después del polo, tendrán que pasar alrededor de Titan Dome, una enorme cúpula de hielo con una elevación de 3.100 metros. Desde allí, marcharán hacia las montañas Transantárticas, donde esperan abrirse paso entre los picos en rampas glaciares con peligrosos campos de grietas. Por el camino, pasarán una Navidad fría y solitaria, como dice Rudd, «en un lugar cualquiera». Al menos Rudd tiene un regalo «superligero» para su mujer que lleva desde el comienzo de la travesía. Independientemente de las condiciones, la mayor batalla será la interna.

Si pueden hacer frente a todo eso sin venirse abajo ni sufrir contratiempos, en un mes aparecerán en la barrera de hielo de Ross, al sur de Nueva Zelanda, y se habrán ganado el título de ser los primeros humanos en atravesar la Antártida solos y con sus propias fuerzas.

Por su parte, Rudd parece sentir cada vez más el peso de la gravedad. Ya ha notado que su ropa interior le queda más floja. «Me siento bastante letárgico y siento que tengo dificultades», dijo en un informe a 96 kilómetros del polo. «Supongo que pasar 37 días seguidos aquí —sin un día de descanso adecuado— empieza a pasarme factura».

Antes de partir, Rudd dejó claro que «nunca me permitiré pensar que es hora de rendirse, que puedo llamar al avión para que me recojan... La única forma de sobrevivir y salir de esto con vida es esquiar hasta la meta, y punto».

Claro está, esta mentalidad de seguir adelante a cualquier precio fue lo que provocó la muerte de su buen amigo Worsley. Pero si O’Brady, que hasta ahora no muestra señales de haber frenado, tiene razón en que «todo el mundo tiene reservas de potencial sin explotar en su interior», quizá ambos aventureros lo logren. Sea como fuere que acaben las cosas entre el americano testarudo y el británico curtido, se están escribiendo nuevas historias de aventura, sufrimiento y triunfo en el lienzo gélido y en blanco de la Antártida.

Puedes seguir las novedades de Rudd aquí y las de O’Brady aquí.

Aaron Teasdale, de Bozeman, Montana, es un escritor galardonado que se especializa en viajes de aventura, naturaleza y conservación.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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