Así logró David Lama encumbrar en solitario un pico no escalado

Tras años de intentos y el ataque al corazón de un compañero, David Lama alcanzó en 2018 la cima de la montaña no escalada más alta de Nepal.miércoles, 16 de enero de 2019

Por Redacción National Geographic

El momento en que David Lama se tambaleó sobre una vertiginosa cordillera cubierta de nieve hacia una espada de granito que se elevaba majestuosamente sobre el Himalaya supuso el fin de una misión que había emprendido en 2015 y que había implicado tres expediciones de peligro extremo, entre ellas una que estuvo a punto de acabar con la vida de su compañero de escalada Conrad Anker.

Pero también fue la primera ocasión en que alguien pisaba el Lunag Ri, de 6.907 metros, que antes del pasado octubre ostentaba el privilegio de ser la montaña no escalada más alta de Nepal, o al menos el pico más alto que el gobierno nepalí permitía escalar. A lo largo de casi un siglo de alpinismo de exploración en el Himalaya, las montañas más altas han sido conquistadas una a una, entre ellas el Everest y las restantes cumbres de más de 8.000 metros, seguidas por las de 7.000.

En Nepal, que alberga algunas de las montañas más altas del planeta —ocho de los 10 picos más altos del planeta, entre ellos el Everest, están ubicados en este país relativamente pequeño—, encontrar picos vírgenes es cada vez más difícil. Se cree que las casi 40 montañas de 7.000 metros del país han sido escaladas. (La cifra exacta depende de la prominencia topográfica, que mide la independencia de una cumbre en relación con los picos cercanos. Pero no todos están de acuerdo en el grado de prominencia requerido para una montaña independiente, de ahí la disparidad respecto a la cantidad de montañas de 7.000 metros que hay en Nepal.)

El último pico de 7.000 metros cuya escalada fue reconocida oficialmente por Nepal fue el Thulagi Chuli, de 7.059 metros, encumbrado por un equipo de alpinistas rusos en 2015.

Aunque estos temas parezcan intrascendentes, son importantes para los montañeros serios y la economía de Nepal, que depende del alpinismo, una gran fuente de ingresos. Desde 1949, el Departamento de Turismo de Nepal ha abierto 414 montañas a la escalada, y solo en 2014 se añadieron 104. Se exigen permisos de escalada en todas las montañas, cuyo precio oscila de los 250 dólares para picos por debajo de los 6.500 metros a 11.000 dólares para el Everest en temporada alta.

Aunque cada primavera llegan hordas de escaladores que esperan añadir su nombre a la lista de casi 5.000 personas que ya han escalado el Everest, los alpinistas de élite como Lama y Anker escudriñan mapas e imágenes por satélite en busca de riscos recónditos e intactos entre el laberinto montañoso y los valles glaciares de Nepal.

Sin embargo, algunas de las montañas de Nepal han permanecido cerradas por tratarse de lugares religiosos o ubicarse en áreas fronterizas sensibles. En particular, el Machapuchare (6.993 metros), apodado «montaña Cola de Pez» por su singular cumbre en forma de cola de pez, se considera el hogar de Shiva en la fe hindú. (En la década de 1950, el rey de Nepal concedió permiso a un equipo de escaladores británicos para que subieran al Machapuchare siempre y cuando prometieran detenerse justo por debajo de la cima. Llegaron a 150 metros bajo la cima y dieron la vuelta. La montaña ha permanecido cerrada desde entonces.)

Conforme más montañas se escalan por primera vez, la oportunidad de ascender por primera vez una montaña de altitud significativa es cada vez más insólita y codiciada.

«Es el último vestigio de exploración que queda», afirma Anker, que ha llevado a cabo diversos primeros ascensos en sus 30 años de carrera como escalador. «El deseo de ser el primero lo impulsan los egos de los escaladores. Un primer ascenso es como hincar el diente a la inmortalidad».

Hincar el diente a la inmortalidad

El macizo de Lunag, una cordillera montañosa y escarpada cubierta de una línea irregular de casi siete cumbres diferentes, parece una montaña donde un alpinista obtendría la inmortalidad, si no muere primero. Fue «descubierto» por el mundo del alpinismo en 2008, cuando los montañeros estadounidenses David Gottlieb y Joe Puryear contemplaron el macizo desde la cima de su primer ascenso al cercano Kang Nachugo (6.734 metros).

«Sobresalía un macizo monstruoso y no teníamos ni idea de qué era», escribió más adelante Puryear en el American Alpine Journal. «Era más bajo que los gigantes circundantes, pero su volumen y su escarpado relieve vertical en todas las laderas resultaban impresionantes».

Cuando Puryear y Gottlieb escribieron al respecto, diversos equipos de escalada experimentados organizaron expediciones para escalar el Lunag Ri, pero nadie logró llegar al punto más alto.

«Sabía que no era un pico sin escalar cualquiera», afirma Lama, que vio la primera foto del Lunag Ri en 2013. «Era una montaña que sería difícil de escalar y eso era lo que más me interesaba: ponerme a prueba en una ruta difícil y, con suerte, llevar a cabo el primer ascenso en el proceso».

Nacido para escalar

Si alguien lleva la escalada en los genes, ese es David Lama. Su madre, Claudia Werglef, era una turista austriaca amante de las montañas que acababa de terminar la carrera de enfermería en 1988 y que visitaba Nepal cuando conoció a Ringi Lama, el guía de escalada. Se casaron y, dos años después, en 1990, David nació en Innsbrook, Austria.

Peter Habeler, el famoso alpinista austriaco que en 1978 alcanzó por primera vez la cumbre del Everest sin oxígeno suplementario junto a Reinhold Messner, le introdujo en el mundo de la escalada en un campamento infantil de aventura. Habeler, que conocía al padre de Lama, se encariñó con David, que entonces tenía solo cinco años, y le permitió asistir a su campamento de aventuras durante el verano a pesar de que la edad mínima exigida era ocho años.

A los 10 años, Lama era un famoso prodigio de la escalada y, tras diversas escaladas en roca de gran dificultad, atrajo la atención de las revistas de escalada europeas. En 2005, ganó por segundo año consecutivo el Campeonato Mundial Juvenil de la Federación Internacional de Escalada Deportiva. Al año siguiente, pasó a la división adulta y se convirtió en la persona más joven en ganar el título de la Copa del Mundo de escalada deportiva y bouldering, demostrando una insólita maestría tanto en resistencia como en fuerza.

Con todo, pese a su talento obvio y su éxito temprano, Lama empezó a sentirse desencantado con la monotonía de las competiciones interiores. «Pasaba tanto tiempo entrenando para competiciones que no me quedaba mucho tiempo para escalar al aire libre», afirma.

En 2007, pasó de la Copa del Mundo y viajó por primera vez a Yosemite con sus padres. «Fue mi primera experiencia en una pared grande», afirma Lama, que ha escalado El Capitán y otros monolitos emblemáticos. «Fue un viaje en el que pude comprobar que hay formas de escalada más aventureras».

«Su interés dio un giro de 180 grados», cuenta Jorg Verhoeven, escalador austriaco y amigo de Lama. «No más entrenar en interiores, no más competiciones, las montañas eran su nuevo patio de juegos».

Para 2011, Lama se centraba exclusivamente en el alpinismo. Poder llevar sus habilidades de primera clase en escalada deportiva a las montañas —donde las piernas fornidas y la capacidad pulmonar son más importantes que unos dedos fuertes— le capacitó para lograr metas que pocos montañeros habían considerado posibles, como el primer ascenso libre de la cordillera sureste de Cerro Torre, Patagonia.

Anker, que entonces era capitán del equipo de atletas de The North Face y se mantenía cerca de escaladores emergentes, había seguido los éxitos de Lama en alta montaña. «Él es la siguiente generación de escaladores», insistió Anker. «Tiene aguante en términos de dificultad en todas las disciplinas de escalada. Además, tiene un legado único que le permite leer y analizar la roca como un europeo y moverse con la fluidez y resistencia de un sherpa».

Ataque al corazón a gran altura

En 2015, Lama y Anker, un dúo improbable de procedencias y generaciones diferentes, unieron fuerzas para intentar escalar el Lunag Ri por primera vez.

Lama, de 28 años, era un hombre con una mata de pelo oscuro, de 1,70 y musculoso. Por su parte, Anker, de 56 años, era un californiano de pelo rubio y constitución robusta que medía más de 1,80. El equipo que forman parece extraño, salvo por el temperamento constante y reflexivo que comparten y que resulta inestimable cuando se desencadena un caos imprevisto en la montaña.

En su primer intento, algunos errores tácticos —como pasar por alto un vivac que les habría permitido descansar antes de intentar alcanzar la cima— hicieron que se dieran la vuelta a casi 400 metros de la cumbre. Más adelante, Anker resumió la experiencia: «la montaña era más alta y dura que nosotros».

Comprendiendo mejor el terreno, Lama y Anker regresaron a Lunag Ri al año siguiente, pero no les fue mejor. Su ascenso casi terminó en tragedia en dos ocasiones. En un momento dado, mientras Anker escalaba para salir de un conducto vertical, evitó por poco una pequeña avalancha de bloques de hielo. Si hubiera tardado un minuto más en escalar esa pared, lo habría aplastado.

Echando la vista atrás, ese casi accidente podría considerarse un presagio, una señal desfavorable para que se dieran la vuelta, ya que Anker pronto sufriría un ataque al corazón provocado por la altitud que estaría a punto de costarle la vida.

En la siguiente cornisa de agarre, Lama se dio cuenta de que algo iba mal. Anker se movía con lentitud, algo inusual en él. «No me encuentro bien, pero sigamos», dijo Anker sin aliento.

Lama escaló 30 metros más y Anker, que lo seguía, sintió un dolor profundo en el pecho. Anker intentó olvidarlo y siguió adelante, pero cada vez más despacio.

Lama empezó a preocuparse, ya que Anker tuvo que descansar en la cuerda varias veces. Lama sostenía la cuerda con firmeza para intentar ayudarlo conforme escalaba. Finalmente, Anker alcanzó la cornisa y se vino abajo.

«Decía que le dolían el corazón o los pulmones», cuenta Lama. «Pensé que no habría forma de hacerle la RCP allí. Si salía mal, moriría allí».

Anker insistió en que pronto empezaría a encontrarse mejor. Según él, no había necesidad de descender.

«Conrad, tienes cinco minutos», le dijo Lama. «Si no te encuentras mejor, bajamos».

No esperaron tanto. Lama se preparó para descender en rápel y ambos bajaron 150 metros por la ladera. Tras llegar al glaciar, Lama cogió la mochila de Anker, le dio un piolet y caminaron juntos mientras Anker llegaba con dificultad al campamento base avanzado, a pocos kilómetros de distancia.

Sobre el glaciar, Anker dijo: «Siempre me he preguntado si iba a pillar el mensaje de que ya es hora de que me retire del juego. Creo que ya lo pillo».

Lama pidió un helicóptero. Anker fue trasladado al hospital de Siddharta en Katmandú, donde le practicaron una angioplastia de inmediato para retirar un bloqueo. Antes de ser evacuado por el helicóptero, Anker dio a Lama un mensaje que se le quedó grabado:

«Bueno, David, creo que ahora depende de ti».

En solitario

En 2016, cuando Lama se enteró en el campamento base del Lunag Ri de que Anker estaba sano y salvo en el hospital de Katmandú y que iba a recuperarse, reflexionó sobre las palabras de Anker.

«Me había dado permiso», afirma Lama. «Lo intenté por primera vez en solitario cuando supe que Conrad iba a recuperarse».

Optó por una ruta diferente por la montaña, empezando por una rampa de nieve de 900 metros. Sobre la ruta se cernía un enorme serac —una pared vertical de hielo de la que suelen desprenderse bloques de gran tamaño— como una espada de Damocles alpina. Anker y él habían evitado este camino precisamente por ese peligro, pero Lama supuso que, como iba solo, podría escalar lo bastante rápido como para pasar antes de que saliera el sol y aumentaran las temperaturas, cuando las probabilidades de derrumbamiento serían mayores.

Alcanzó la cordillera occidental, un terreno familiar por el intento de 2015. Desde allí, se abrió paso entre la nieve profunda a lo largo de la cordillera. Conforme la roca se volvía más escarpada, empezó a agarrarse para ascender, introduciendo los punzones y las puntas de sus crampones en las diminutas grietas del granito.

Escalar solo mientras colocas el equipo para sostener la cuerda, un proceso conocido como escalada en solitario con cuerda, es mucho más seguro que el «solo integral» o escalar sin cuerda, pero es lento y engorroso. Lama empleó esta técnica en diversos tramos de la ruta. Un tramo de nueve metros en lo alto de Lunag Ri le llevó más de una hora, a un ritmo que lo debilitaba y desmoralizaba a tal altitud, donde engulles el aire y cada movimiento se hace pesado.

Finalmente, el intento en solitario de Lama acabó justo por debajo del suyo con Anker en 2015. De nuevo, una combinación de errores tácticos —como llevar una mochila demasiado pesada— y la dificultad general de la cordillera hicieron que Lama se diera la vuelta con la cima a una proximidad tentadora. En su tienda, un Lama visiblemente agotado que intentaba respirar el aire enrarecido, se apuntó con la cámara y dijo: «Creo que esto acaba aquí, porque seguir adelante sería un suicidio».

En 2017, Lama se tomó un descanso del Lunag Ri para dar a Anker la oportunidad de unirse a él en un nuevo intento. «Quería darle la oportunidad de cambiar de idea», cuenta Lama. «Al final, la razón de ir solo no era hacerlo más difícil ni espectacular. Simplemente me pareció la forma más hermosa de finalizar este proyecto de escalada, tanto por mí como por Conrad. Sentí que era lo correcto».

Lama volvió a Nepal el pasado octubre y, el 23 de octubre, emprendió su viaje en torno a la medianoche y con condiciones difíciles. La ladera de nieve que recordaba de hacía dos años se había convertido en roca desnuda, lo que le ponía más difícil encontrar la ruta. Los vientos de 80 kilómetros por hora bajaban la temperatura a -29 grados Celsius. Pacientemente, Lama ascendió por el escarpado terreno, pasando el punto de la expedición de 2015 antes de montar la tienda para pasar la noche. A partir de este punto, no tenía ni idea de qué esperar. Nadie había llegado tan alto en el Lunag Ri.

Al tercer día en la montaña, comenzó su intento final de alcanzar la cima. Dejó todo el equipo pesado en su tienda para avanzar más ligero y, con suerte, más rápido, pero mientras escalaba se dio cuenta de que los dedos de los pies se le entumecían. Esto empeoró conforme ascendía e hizo que cada apoyo fuera más inseguro. Se detuvo varias veces intentando recuperar la sensación en los pies. Pensó en uno de sus compañeros de escalada, que había perdido los dedos de los pies por congelamiento en el Denali recientemente. Además, tampoco estaba seguro de la ruta que le conduciría a la cumbre.

Finalmente, confió en que su instinto le llevaría a la cima. «Me decidí por una línea de hielo, sin estar seguro de adónde llevaría», explica. «Conforme el terreno se volvía menos empinado, supe que lo lograría».

Unas seis horas después de abandonar el campamento, Lama se convirtió en la primera persona en alcanzar la cima del Lunag Ri. Al final, las condiciones fueron más opresivas que en sus intentos anteriores, pero Lama era más fuerte que en los últimos años. Él cree que la diferencia real fue que estaba más dispuesto a presionarse para llegar a esa delgada línea que separa el éxito del desastre.

«Es complicado ver la línea hasta que la cruzas», afirma Lama. «No la crucé, pero sentí que estuve cerca».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

Seguir leyendo