Viaje y Aventuras

Este escalador ha logrado el mayor solo integral del año (y no es Alex Honnold)

Este escalador de 25 años ascendió y descendió un pico emblemático de la Patagonia solo con sus zapatillas de escalada, una bolsa de tiza y su habilidad.Monday, April 1, 2019

Por Andrew Bisharat
El escalador Jim Reynolds se familiariza con el terreno de la Patagonia argentina en enero de 2019. Aquí lo vemos acercándose a la cima de Aguja Guillaumet en el macizo de Fitz Roy con equipo de seguridad tradicional. Tres meses después, el 21 de marzo, Reynolds escalaría en solo integral las tres agujas del macizo, entre ellas Fitz Roy.

Un escalador en roca californiano ha logrado uno de los solos integrales más creativos y vanguardistas en la Patagonia argentina, en el que no solo escaló un tramo técnico de 1.500 metros en Fitz Roy (3.359 metros) sin equipo ni cuerda de seguridad, sino que también descendió la ruta sin asistencia artificial.

Pero no es Alex Honnold.

Te presentamos a Jim Reynolds. Es un escalador de 25 años procedente de Weaverville, California. En verano, trabaja en el equipo de búsqueda y rescate de Yosemite (YOSAR, por sus siglas en inglés), lleva gafas rectangulares sin montura, interpreta canciones de Slayer en una mandolina y considera que el entrenamiento mental consiste en blandir una catana samurái de madera bajo la luz dorada en un bosque de pinos ponderosa tras el campamento de YOSAR.

Reynolds es más famoso por haber batido brevemente la marca de velocidad en la Nariz de El Capitán con Brad Gobright —con una marca de 2:19:44 en la ruta de 914 metros en 2017—, hasta que Tommy Caldwell y Alex Honnold lo lograron en menos de dos horas en junio de 2018.

Este pasado verano austral, Reynolds emprendió su primera expedición a las temidas agujas escarpadas que forman el cerro Chaltén de la Patagonia.

«Tras pasar tres meses aquí, al fin me he encauzado», afirma Reynolds. «He encontrado la mejor manera de expresarme».

Reynolds escaló la cara norte del Fitz Roy por la ruta Afanassieff, a la izquierda. Había intentado ascender esta ruta una semana antes, pero su intuición le dijo que se diera la vuelta. El ascenso y el descenso completos le llevaron 15,5 horas.

El 21 de marzo, ascendió —y descendió— un tramo de escalada en roca de unos 1.524 metros llamado Afanassieff en Fitz Roy en unas 15,5 horas, un periodo física y mentalmente agotador, al estar en una posición tan vulnerable en la que cualquier error o resbalón supondría una muerte directa.

La ruta de solo integral de Reynolds tiene un grado de dificultad de 5.10c según el Sistema Decimal de Yosemite, que mide la dificultad de escalada. Técnicamente, es mucho más fácil que, por ejemplo, el solo integral de Honnold en el Free Rider (5.13a) de El Capitán. Pero lo que distingue el solo integral de Reynolds en el Fitz Roy no es la dificultad técnica per se, sino la naturaleza de la escalada (una ruta de montaña larga con nieve y hielo), su longitud, su ubicación remota y esta curiosa decisión de no llevar cuerda para descender en rápel en pos de la pureza estilística y una mayor sensación de aventura.

«Es increíble que lo haya conseguido», afirma Rolo Garibotti, un escalador argentino de talla mundial y experto en la Patagonia. «La declaración que ha hecho Jim aquí es enorme. Hablaremos de esto durante muchísimo tiempo. Me cuesta imaginar cómo alguien podrá aumentar la apuesta».

Reynolds en la cima del Fitz Roy, de 3.359 metros, tras 6,38 horas de escalada mixta. No se quedó mucho tiempo, ya que eran las 3:13 de la tarde y aún le quedaba la mitad del trayecto. Reynolds escaló las partes más bajas en plena oscuridad.

Gritos de batalla en plena noche

Si has visto el documental Free Solo, quizá recuerdes que uno de los largos más terroríficos para Honnold no fue el de mayor dificultad técnica. Era el primer largo de «losas», una sección casi vertical de granito liso, sin grietas, lo que le hacía sentir una inseguridad aterradora.

Así eran las secciones más complejas de la ruta Afanassieff: losas de roca lisas sin la seguridad que aportan las grietas en las que un escalador puede introducir las manos o los pies.

Mientras Reynolds escalaba las losas, iba colocando un poco de tiza para marcar los agarres en pequeñas protuberancias de granito difíciles de ver que sobresalían como si fueran tarjetas de crédito pegadas contra una pared, con la esperanza de poder verlos durante el descenso. En las secciones más fáciles del cerro, se cambió sus zapatos de escalada técnica y se puso deportivas con suela de goma. Dejó montones de piedras para no perderse durante el descenso y bajó encontrando la ruta por instinto y por lo que recordaba de la descripción de una guía que había estudiado detenidamente en las semanas anteriores a este momento, pero que se había olvidado en casa.

Aparte de lo que había recorrido en un intento anterior de solo integral en esta ruta una semana antes —que suspendió cuando su intuición le dijo que no era el momento adecuado—, estaba moviéndose por terreno que desconocía. Llevó consigo una cuerda corta y algo de equipo solo para aumentar su margen de seguridad en caso de que se desatara una rápida tormenta de la Patagonia o necesitara rescate. Su intención, claro está, era no utilizar ni cuerda ni equipo durante el descenso y el ascenso. Solo sus zapatos de escalada, una bolsa de tiza y su habilidad.

Las emblemáticas torres del cerro Fitz Roy han tentado a muchos escaladores. En 2002, el difunto Dean Potter escaló en solo integral el pico más alto, Fitz Roy, y descendió en rápel. Él lo consideró uno de sus mejores ascensos. La ascensión de Reynolds en solo integral incluyó un descenso por la misma ruta.

Aunque llevaba una cuerda, se había olvidado su arnés y su dispositivo de amarre, por lo que la cuerda era prácticamente inútil, algo de lo que se daría cuenta más tarde.

Cerca de la cima, escaló una cárcava de la que se desprendían bloques de hielo conforme se derretían bajo el sol de la tarde. No llevaba casco y tenía miedo de que un fragmento de hielo lo derribase a las fauces del abismo. Descubrió una línea de agarres que ascendía por una pared empinada de granito a la derecha y decidió seguir ese nuevo camino. Allí, la escalada se hizo más difícil e insegura de lo que esperaba, quizá hasta una dificultad de 5.11b, pero logró llevar a cabo todos los movimientos y alcanzó una ladera nevada con un ángulo poco pronunciado que conducía hasta la cima. Con crampones y un piolet, prosiguió hasta la cima.

«Fue increíble, casi surrealista, estar sobre la cima del Fitz Roy solo», afirma Reynolds, describiendo una vista asombrosa de montañas y glaciares que se disipaban en todas las direcciones, como si se encontrara en el fin del mundo. «Pero sabía que no podía pasar mucho tiempo allí arriba. Eran las 3:13 de la tarde. Había tardado seis horas y 38 minutos en ascender. Si pasaba demasiado tiempo allí arriba, iba a acabar rodeado de oscuridad. Sabía que solo había escalado la mitad».

Tardó más en descender que en ascender. Se salió de la ruta y se obligó a retroceder en lugar de tomar atajos que podrían ponerle en peligro.

Cuando llegó a las rocas más bajas, era de noche. La luz de su linterna frontal barría la roca oscura mientras trataba de encontrar las marcas de tiza que había dejado, como si fueran miguitas de pan. Sin embargo, ahora la roca estaba húmeda y parte de la tiza se había borrado.

Reynolds (izquierda) y Rolo Garibotti, experto en escalada en la Patagonia y escritor, examinan la ruta de escalada.

«Entonces, el miedo y la incertidumbre se hicieron reales», cuenta Reynolds. «Nunca tuve la sensación de estar al borde de la muerte, pero tenía una sensación aplastante de que quería sobrevivir. Quería regresar con las personas que están en mi vida y mi comunidad. Quería vivir».

Reynolds apenas podía ver tres agarres por debajo. Se había comprometido con esos agarres, sin la certeza de que fueran el camino correcto. Entonces, aparecían tres agarres más. Y descendió, de forma lenta y constante.

Aún quedaba un largo empinado de 5.10b entre Reynolds y el terreno fácil que llevaba hasta el suelo. «Sentí un impulso momentáneo de descender en rápel esta sección», cuenta Reynolds, sabiendo lo difícil que sería en la oscuridad, por no mencionar lo cansado que estaba. «Es empinado y descender roca empinada dificulta que te veas los pies».

Casi se rindió a la tentación del rápel, pero decidió que había llegado demasiado lejos como para no intentarlo.

«Tenía que intentarlo con todas mis fuerzas y descendí, dando gritos primitivos de batalla en plena noche, solo para aumentar mi fuerza y eficacia», cuenta. «No me sentí al borde de la inseguridad, sino que gritaba para concentrarme en descender de la mejor manera posible».

Cuando llegó al suelo, 15,5 horas después de salir, había conseguido un solo integral completo del Fitz Roy en el mejor estilo posible. «Cuando llegué al pie, literalmente me dije: “Buen trabajo, Jim. Buen trabajo”».

Reynolds combate los vientos en la cima de Aguja Poincenot con el Fitz Roy de fondo en enero de 2019.

¿Un primer ascenso libre verdadero?

No cabe duda de que la clasificación de la ascensión de Reynolds en el contexto del historial de escaladas del Fitz Roy será un tema de debate en la comunidad de alpinismo. El Fitz Roy ha sido ascendido en solo integral unas cuantas veces por escaladores solitarios que han utilizado mínimamente las cuerdas y el equipo como ayuda en sus ascensos.

Dean Potter es el único escalador conocido que ha escalado el Fitz Roy en solo integral real, sin cuerdas ni equipo durante su ascenso. En 2002, escaló en solo integral una ruta llamada Supercanaleta. Potter, que falleció en un accidente de salto base en 2015, siempre dijo que Supercanaleta había sido uno de sus mejores ascensos.

Pero Potter descendió en rápel.

«Creo que lo especial sobre [el ascenso de Reynolds] es su pureza ética», afirma Garibotti. «Técnicamente, podría decirse que es el primer ascenso libre del Fitz Roy».

Garibotti cita otro momento famoso en la historia de la escalada como argumento: el primer ascenso libre del Dawn Wall. En un largo, Tommy Caldwell optó por descender 300 metros de terreno nuevo en lugar de hacer rápel. Los escaladores no escatiman esfuerzos para escalar «libres» en sus ascensos, es decir, sin caerse, sin ayuda del equipo y usando solo manos y pies para ascender. En una montaña de la que uno no puede irse a pie, ¿no se aplicarían esas normas en el descenso?

Esta es una cuestión que surgió cien años antes del ascenso de Reynolds. Paul Preuss era un alpinista austriaco que empezó a proponer ideas acerca de adherirse a normas éticas estrictas en la montaña a principios del siglo XX. Sus ascensos y sus obras son muy influyentes, y prácticamente fundamentaron todos los debates éticos de la escalada en adelante.

«Con ayudas artificiales de escalada, han transformado las montañas en un juguete mecánico», escribió Preuss en 1911. (Preuss falleció en un solo integral años después.) «Al final, se rompen o se desgastan, y no te queda nada por hacer salvo tirarlas a la basura».

Uno de los «teoremas» más importantes de Preuss sobre la escalada planteaba la idea de que los escaladores solo deberían intentar rutas por las que pudieran descender de forma segura.

Reynolds disfruta del espectáculo celeste en lo alto de Aguja Poincenot en enero de 2019. «Estas cosas exigen mucho respeto por las montañas», afirma. «Las montañas son hermosas, pero también brutales».

«Siempre he creído que mola más poder descender escalando o a pie un solo integral», afirma Honnold. «Creo que el rápel es un último recurso, aunque no lo consideraría un estándar ético ni nada por el estilo. Creo que lo ideal es descender escalando una ruta más fácil al otro lado de lo que hayas encumbrado».

Reynolds se muestra indiferente respecto a cómo caracterizar sus solos en la Patagonia este año, que no solo incluyen Fitz Roy, sino también otras dos montañas más pequeñas en el mismo cerro. A mediados de marzo, escaló en solo integral la vertiente oeste (5.10c) de Rafael Juárez (2.450 metros), quizá el primer solo integral de esta formación. También escaló en solo integral el Saint-Exupéry (2.550 metros) por una ruta llamada Chiara di Luna (5.11a). Como con este solo en Fitz Roy, descendió ambas formaciones, aunque optó por rutas distintas para descender.

Para él, haber optado por ascender y descender sin apenas equipo ni cuerdas es una cuestión de lo que él denomina «expresar mi arte en la naturaleza».

«Para mí, el solo es una forma de combinar la belleza de la humanidad con la belleza del mundo natural para crear un arte superior», cuenta Reynolds. «Eso es lo que vale la pena intentar conseguir en una era moderna en la que muchos no tienen propósitos».

El amor es mayor que el miedo

Tras cuatro años en el YOSAR, en el que ha llevado a cabo más de 70 rescates, Reynolds sabe muy bien qué ocurre cuando alguien se cae.

«Estas cosas exigen mucho respeto por las montañas», afirma Reynolds. «Las montañas son hermosas, pero también brutales. He visto las consecuencias de lo que te pasa cuando te caes 30 metros hasta el suelo. Esas imágenes de muerte forman parte de mí».

Reynolds no se describe como un adicto a la adrenalina. De hecho, según Garibotti, una de las cosas que más le llamaron la atención fue la tranquilidad de Reynolds, que observó cuando vio los vídeos que grabó Reynolds en plena escalada. «No había estrés», afirma Garibotti. «Su virtud principal es su comodidad en este terreno. Parecía alegre y tranquilo».

Con todo, a Garibotti, de 48 años y exescalador en solo integral, le preocupan las consecuencias de fomentar este peligroso juego, sobre todo con la gran atención que ha recibido este peligroso deporte tras el documenta Free Solo. «Me preocupa cómo afectará a los jóvenes», afirma Garibotti. «Porque yo me sentí influenciado de joven. Pero es importante saber que hay otras formas de crear una vida provechosa sin recurrir al riesgo».

Sin embargo, Reynolds parece tener un enfoque sano. «Vivo por muchas más cosas que la escalada», afirma. «Tengo amigos, una buena familia que me importa y que son parte de mi razón para vivir. Digo que quiero vivir para siempre. Vivir una vida plena y buena. Pero no estoy dispuesto a ceder mi amor por la escalada por el miedo. El miedo a la muerte es sin duda uno de los mayores que tenemos, pero el amor es mayor que el miedo».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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