Sumérgete en la naturaleza de Chile

En un país rebosante de una impresionante belleza natural, la aventura abunda en cada rincón.

Publicado 28 jul 2021 15:10 CEST, Actualizado 2 ago 2021 18:02 CEST
Cada noche pueden observarse las estrellas en la región chilena de Atacama, famosa por la ausencia ...

Cada noche pueden observarse las estrellas en la región chilena de Atacama, famosa por la ausencia de contaminación lumínica y por sus cielos despejados.

Fotografía de KRISTA ROSSOW/NATIONALGEOGRAPHIC

Todo es más intenso en Chile. El viento no sopla, aúlla. Las montañas no se alzan sobre el paisaje, reinan sobre todo lo que se encuentra a sus pies. Incluso la forma de este país, larga y estrecha, se suma a su carácter agreste y recompensa a todos aquellos que no se desaniman ante las largas distancias por recorrer. Ir del oeste al este de este país ubicado entre el océano Pacífico y los Andes es un trayecto relativamente fácil, pero viajar del norte al sur es una aventura de casi 4270 kilómetros que te lleva desde áridos y escarpados desiertos hasta verdes montañas todavía esculpidas activamente por glaciares.

La primera vez que visité Chile, sentí al instante una punzada en el corazón. Como si ya hubiera estado allí antes. Era un sentimiento casi de nostalgia, pero a la inversa: un inmenso deseo de vivir todas las aventuras en las que estaba a punto de embarcarme. He visitado Chile de arriba a abajo en varias ocasiones mientras impartía clases de fotografía en National Geographic Expeditions. En cada uno de estos viajes, una combinación de barco, autobús y avión me permitió explorar los variados paisajes chilenos y unos cuantos de los más de 40 espectaculares parques nacionales del país. Recojo aquí algunos de mis recuerdos favoritos de la región desértica de Atacama, las regiones de la Patagonia, más al sur, y de Tierra del Fuego.

El afamado desierto de Atacama se encuentra en el norte, cerca de la frontera con Bolivia. De camino en coche hasta San Pedro de Atacama, un lugar con bastante actividad en esta región tan poco poblada, tuve tiempo de disfrutar de las extensiones rocosas y de color ocre de uno de los lugares más secos del mundo. A pesar de las duras condiciones, me topé con ejemplares de la fauna silvestre como la vicuña, prima de la llama, cuya preciada lana solo podía llevarla la realeza inca, y la vizcacha, un roedor similar a un conejo pero que está emparentado con la chinchilla.

Los géiseres de El Tatio son visita obligada en Atacama; mereció mucho la pena el trayecto en furgoneta antes del amanecer para llegar antes de que saliese el sol. A pesar de que los visité en la primavera austral, en pleno mes de octubre, el invierno todavía ejercía su gélida influencia a una altitud de más de 4267 metros. Las columnas de vapor se elevaban sobre el campo de géiseres frente a un cielo color pastel, haciendo que grupos enteros de personas pareciesen desaparecer a medida que el vapor se desplazaba con el viento. En un momento dado, el sol traspasó el aire al elevarse por encima del horizonte, y animó a algunos valientes a darse un chapuzón en las aguas termales. Yo me ajusté más el gorro y decidí permanecer perdida entre las nubes de vapor.

Las mañanas son el lugar ideal para contemplar los géiseres de El Tatio, en Atacama. A más de 4267 metros de altitud, el vapor que sale de las fumarolas hace que uno se sienta como si estuviera caminando por las nubes.

Fotografía de KRISTA ROSSOW/NATIONAL GEOGRAPHIC

Después de la visita a los géiseres, el día continuó con una caminata vespertina por el accidentado paisaje extraterrestre del Valle de la Luna, cuyo nombre no puede ser más acertado. La magia del desierto siguió tras la puesta de sol, mientras me maravillaba con la constelación de la Cruz del Sur en uno de los cielos más oscuros que he visto nunca. Atacama atrae a aficionados a la astronomía de todo el mundo, que vienen a visitar sus observatorios debido a la poca contaminación lumínica y a su clima árido y despejado.

La geología sin igual del Valle de la Luna en Atacama se vuelve aún más dramática al atardecer, momento en que las largas sombras que se proyectan acentúan este paisaje rocoso y árido.

Fotografía de KRISTA ROSSOW/NATIONAL GEOGRAPHIC

Casi en el lado opuesto del país, donde el extremo del continente sudamericano comienza a curvarse hacia el este, pude observar las estrellas en el Parque Nacional Torres del Paine. Aquella noche, la silueta de las torres de granito del macizo, icónicas en la región de la Patagonia, invadieron el horizonte como un gigante durmiente mientras la Vía Láctea atravesaba el cielo.

Esas icónicas cumbres dentadas marcarían toda mi experiencia en Torres del Paine. Hice varias caminatas por el paisaje circundante, desde simples paseos hasta excursiones de día completo, y cada minuto que pasé allí resultó ser un festival de belleza, tanto para mis ojos como para mi cámara. Una mañana, al amanecer, cuando salía a hacer fotos, rompí a llorar inesperadamente contemplando los lagos glaciares de color turquesa, los monolitos de granito cubiertos de nieve y las ondulantes praderas. Ya estaba soñando con volver para poder hacer una excursión de varios días o para explorar las montañas de la región, cubiertas de glaciares.

Los visitantes del Parque Nacional Torres del Paine verán por qué el nombre del macizo se traduce como “Torres de Azul” en tehuelche.

Fotografía de KRISTA ROSSOW/NATIONAL GEOGRAPHIC

Pero antes de abandonar la región de la Patagonia tenía que probar la experiencia de montar a caballo por las pampas, las llanuras de césped que rodean el parque nacional. Mi oportunidad llegó en una tarde muy gris, pero decidí que el tiempo no iba a disuadirme. Mientras trotaba junto a un gaucho, la lluvia y el barro me salpicaban la cara, y se me arremolinaba el pelo con el famoso viento de la Patagonia, pero disfruté como una niña. Aquella tarde, galopando por ese mar de hierba, sentí lo que era volar. No hice ninguna foto, algo raro para alguien que se dedica a la fotografía, pero lo emocionante de esa experiencia se me ha quedado grabado en la memoria.

Un gaucho lleva a los visitantes a caballo por las onduladas praderas, o pampas, de la región de la Patagonia chilena, cerca del Parque Nacional Torres del Paine.

Fotografía de KRISTA ROSSOW/NATIONAL GEOGRAPHIC

En dirección sur desde la Patagonia, Tierra del Fuego es la región más remota de Chile. Aquí es donde el extremo de Sudamérica se transforma en un país de maravillas acuáticas formado por enormes islas montañosas, fiordos color esmeralda y antiguos glaciares. Recorrí la zona en barco, lo cual facilitó llegar a los épicos paisajes de este parque natural tan lejano.

El barco National Geographic Orion parece de juguete en comparación con el inmenso glaciar Garibaldi, situado en la región más meridional de Chile, en Tierra del Fuego.

Fotografía de KRISTA ROSSOW/NATIONAL GEOGRAPHIC

En el Parque Natural Karukinka, en el lado chileno de la isla principal, vi a los elefantes marinos pelear frente a las majestuosas montañas nevadas y caminé por un bosque de hayas barrido por el viento. En el Parque Nacional Alberto de Agostini, me sentí muy pequeñita, como si hubiera encogido ante el épico y prístino paisaje de fiordos y glaciares. Sin embargo, el recuerdo más especial y hermoso que guardo de la naturaleza es del sur, en el cabo de Hornos.

Elefantes marinos del sur descansan en una pintoresca playa en el Parque Natural Karukinka hasta que una pelea inicia su particular cacofonía de rugidos.

Fotografía de KRISTA ROSSOW/NATIONAL GEOGRAPHIC

El cabo de Hornos marca el límite norte del pasaje de Drake, las a menudo turbulentas aguas situadas entre Chile y la Antártida. Estaba explorando el cabo a pie y me cayó encima una lluvia torrencial mientras caminaba hasta el faro. Me escondí en una pequeña capilla de madera junto a la casa del farero para esperar hasta el último momento posible para regresar al barco. Cuando volví a toda prisa, esquivando gotas de lluvia, el sol atravesó las nubes e iluminó sobre el faro el arcoíris más hermoso que he visto en mi vida. Me di cuenta de que, cuando la magia de la naturaleza se muestra en todo su esplendor, no te mueves de ahí, incluso si te estás calando hasta los huesos y arriesgándote a perder la última zódiac de regreso al barco. Te deleitas con lo que tienes ante ti.

El poeta Pablo Neruda dijo sobre su tierra natal: “Quien no haya estado en el bosque chileno no conoce este planeta”. Me atrevería a decir que su sentimiento se aplica a todos los lugares salvajes de Chile, ya que ahora mi corazón también está atado a esos lugares.

El faro del cabo de Hornos, que marca la conjunción de los océanos Atlántico y Pacífico, es testigo de todo tipo de climas y arcoíris.

Fotografía de KRISTA ROSSOW/NATIONAL GEOGRAPHIC
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