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Tailandia: cómo resucitar la maquinaria turística en tiempos de COVID

El gobierno tailandés anuncia una importante relajación en los requisitos de entrada al país. Recorremos Bangkok, Phuket y Pattaya en la semana grande del país: el Año Nuevo tailandés.

Estatua del ser mitológico Tosagirithorn, hijo de Tosakanth y un elefante, instalada en el aeropuerto de Suvarnabhumi de Bangkok. De no ser por la mascarilla, podríamos observar su nariz con forma de trompa. Es un formidable resumen del estado actual del uso de mascarillas en Tailandia: aunque su uso en exteriores no es obligatorio, es extremadamente raro ver a un tailandés con la cara cubierta. Caso distinto es el de los farangs (extranjeros).

Fotografía de Anthony Coyle
Por Anthony Coyle
Publicado 29 abr 2022, 17:15 CEST

Aún faltaba un año para la COVID-19, pero la mascarilla ya estaba ahí. Ahí estaba Tailandia, el llamado “país de la sonrisa”, el país del “sabai sabai”, el país del "todo está bien". Desde el inicio de la pandemia, Tailandia ha demostrado un espíritu creativo similar al de su lucha contra la contaminación -que ha pasado por drones aspersores hasta bombardear el cielo de Bangkok, la capital- a la hora de regular la entrada de extranjeros: una suerte de malabarismos normativos con los que no espantar del todo al turismo (12% de su PIB) y contener nuevos rebrotes de COVID-19. Pero estas trabas burocráticas (muchas en proceso de desaparecer) pueden hacer de 2022 el mejor momento para visitar el país.

En 2019, Bangkok fue la ciudad más visitada del mundo con 22,7 millones de llegadas. Luego, pasó lo que pasó. Después de 18 meses de cierre total, Tailandia comenzó a plantearse su reapertura progresiva en octubre del 2021. Superados los tiempos de circuitos burbuja (sólo para ciudadanos de ciertos países), paquetes "caja de arena" en Phuket y cuarentenas obligatorias en hoteles designados por el Ministerio de Sanidad, puede que por fin Tailandia haya pulsado la tecla adecuada para desatascar su industria turística: desde el 1 de mayo, el encierro obligatorio post PCR ha sido revocado para turistas vacunados, y para los no vacunados, bastará con una PCR negativa hecha hasta 72 horas antes de llegar.

Sentado en Nakkerd Hill, cerca de Chalong, el Gran Buda de Phuket (al fondo de la imagen) mide 45 metros de altura y es uno de los lugares de mayor interés turístico en Tailandia. Aunque la ausencia de visitantes no es total, resulta llamativo ver que apenas haya 20 personas visitándolo durante el atardecer.

Fotografía de Anthony Coyle

 

Un camión cisterna riega con agua las calles de Bangkok para tratar de contrarrestar la ola de polución el 1 de febrero de 2019 cerca del edificio Thani Nopparat, del Bangkok City Hall 2, que luce una inmensa fotografía del rey Maha Vajiralongkorn (en el trono desde 2016). Aunque aún faltase un año para la llegada de la pandemia de coronavirus, por aquel entonces ya era muy habitual ver a personas con mascarillas.

Fotografía de Anthony Coyle

¿Cómo es viajar a Tailandia en 2022?: llegada a Bangkok

Tras 19 horas de vuelo desde Madrid, por fin había llegado, aunque fuera para estar enclaustrado en una habitación de hotel. Bangkok entera se desplegaba ante mi enorme ventana escaparate de la planta 23 del colosal (y vacío) Royal Benja de cuatro estrellas en la avenida Sukhumvit mientras yo no podía hacer otra cosa que quedarme en la cama, teléfono en mano y observar los últimos rayos anaranjados escapándose por el horizonte. La recepcionista acababa de confirmarme que tendría que esperar hasta las nueve de la mañana para conocer los resultados de la PCR que me habían hecho de camino del aeropuerto, en una parada en un hospital en el que ni siquiera me dejaron bajar de la furgoneta. Minutos después, alguien tocó a mi puerta. Abrí, y me encontré sobre una silla una bandeja envuelta en plástico con una ensalada, pollo, sopa y una tortilla. A la mañana siguiente, puntual, la recepcionista me concedió la libertad. Un proceso tedioso que, por lo que parece, los turistas vacunados no tendrán que volver a pasar.

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El sol cae en la playa de Nai Harn, al sur de Phuket, mientras los turistas descienden de un barco tras una jornada de ruta turística. Casi todos los tour operadores del sur de la isla ofrecen, por 3500 THB (96 euros) un día de excursión por enclaves muy populares de las Phi Phi islands pero con una ausencia de turistas inédita que los propios empleados se encargan de remarcar a la hora de ofrecerte el paquete de una excursión que cubre, entre otros puntos de interés, Maya Bay, Pileh Lagoon, Viking Cave, Monkey Bay y Bamboo Island.

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El Big Buda de Phuket mide 45 metros de alto y es una de las atracciones más visitadas de todo Tailandia, pues permite una visión de 360 grados de toda la isla.

fotografías de Anthony Coyle

Un grupo de tailandeses reza en el céntrico santuario de Erawan en Bangkok en la víspera del primer día del año 2565. A pesar de la popularidad de este altar hindú (que sufrió un atentado terrorista en 2015 que dejó 20 muertos), estos días resulta muy llamativa la ausencia de turistas extranjeros.

Fotografía de Anthony Coyle

Antes del 1 de mayo, si resultabas ser positivo, tú única opción era esperar la buena nueva encerrado en el hotel. O marcharte en el siguiente vuelo de vuelta a casa, como le pasó hace unas semanas a un periodista británico después de que su hijo diese positivo en Bangkok.

Aunque Tailandia le lleve cinco siglos de ventaja con respecto al Mundo Occidental (acaban de entrar en el año 2565), cuando caminas por Bangkok, Pukhet o Pattaya tienes la sensación de estar transitando por los primeros días de la pandemia: es harto difícil ver a un tailandés sin mascarilla (incluso en exteriores, donde no son obligatorias). Pero también, uno se siente un invitado en un país que parece haber sido devuelto a su gente: sí, la concurrida ciudad de Pa Tong (en Phuket) sigue infestada de turistas en busca de fiesta barata, zapatillas Nike a precio de saldo y bares de gogós. Pero basta con escarbar un poco y saber decirle no al bus turístico para ver que las cosas han cambiado desde 2019. En 2022, en cuanto uno pone un pie en una zona algo menos concurrida, puede incluso llegar a experimentar el milagro de viajar por la Tailandia de los tailandeses. La mala noticia (para aquel que busque dicha vivencia) es que, a cada hora que pasa, esta ausencia de farangs (extranjeros, del inglés foreigners) también será cosa del pasado.

La buena noticia es que el Thai Pass sigue siendo obligatorio para los que lleguen por aire al país: una suerte de validación previa por parte del Ministerio de Exteriores (que puede demorarse hasta siete días laborales, aunque el mío tardó cuatro horas) y para la cual hay que contratar un seguro sanitario que cubra gastos de hasta 9500 euros - en mi caso, encontré enlaces desde la propia web del gobierno, y una póliza de 30 días me costó unos 15 euros-.

Un joven muestra un letrero en el que se anuncia un "pinp pong show" decorado con una hoja de marihuana en la calle Bang La, en Pa Tong, isla de Phuket.

Fotografía de Anthony Coyle

Las reclamaciones del sector turístico tailandés

En los alrededores del ajetreado distrito de Asok, en el corazón de la avenida Sukhumvit, la vida sigue más o menos igual, con beer gardens repletos de tailandeses y extranjeros que viven ahí. En un bar de la Soi 11, junto a la mesa de billar y un estruendo de hip hop estadounidense, conozco a Marc Moriarty, un británico que lleva desde 2019 trabajando como profesor de inglés en Bangkok y Phuket. Se muestra muy poco optimista con el horizonte turístico: "Tailandia tardará mucho tiempo en recuperarse, mucho más de lo necesario debido a los errores casi constantes del Gobierno, a los cambios de última hora, a la falta total de transparencia en la regulación de la COVID y al desprecio absoluto por las empresas del sector".

La Asociación de Empresarios del Turismo de Tailandia (TCT) ha asegurado que la eliminación del Thai Pass traerá 10 millones de turistas al país este mismo verano. Ha exigido que el trámite desaparezca para el 1 de junio, alegando que supone una pesadilla administrativa para los touroperadores que organizan viajes en grupo.

Pero, ¿de verdad es para tanto? “Sí que es verdad que al principio parece un mundo, pero hay mucha información en internet y en realidad es muy muy fácil de conseguir”, comenta Cristina Masegosa, una turista española que acaba de llegar a Bangkok junto a su pareja, Pau Limiñana: “En Vietnam, en cambio, tienes que estar varios días encerrado en un hotel y es obligatorio moverse por el país con un guía”.

El Santuario de la Verdad, ubicado en Pattaya, es un templo-castillo que puede visitarse a pesar de que aún está en construcción. 

Fotografía de Anthony Coyle
Izquierda: Arriba:

Un turista espera para cruzar la Ratchadaphisek road, en el concurrido nudo de Asok en el centro de Bangkok. Aunque el uso de mascarilla en exteriores no es obligatorio, en abril de 2022 resulta difícil ver a un tailandés que no la lleve puesta. Caso contrario es el de turistas y residentes extranjeros: lo más habitual es verles con la cara al descubierto.

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Pau Limiñana y Cristina Masegosa disfrutan de su primer día de vacaciones en Bangkok tras haber recibido los resultados negativos de su PCR esta misma mañana, Por delante les esperan tres meses en los que visitaran el norte (Chiang Mai y Chiang Rai) para luego volar rumbo a Phuket para bucear, luego Krabi y finalmente Camboya.

fotografías de Anthony Coyle
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A pesar del notorio descenso de turistas, los conocidos monos ladrones de Phuket siguen ingeniándoselas para conseguir aquí y allá refrescos y helados de manos de los incautos desconocedores de sus artes criminales (está prohibido alimentarles voluntariamente). En la imagen, un mono con el hocico manchado de refresco descansa con la isla de Phuket al fondo.

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Muchos hoteles de Tailandia publicitan su condición de alojamiento "Covid free" desde que el gobierno puso en marcha el programa Test & Go, para el cual seleccionó una lista de alojamientos exclusivos con importantes medidas sanitarias. En la imagen, un hotel de la soi 2 de Sukhumvit, en Bangkok.

fotografías de Anthony Coyle

Costumbres inmutables y tradiciones alteradas

Mi encuentro con Cristina y Pau es meramente fortuito: caminando por Khaosan, he detectado nuestro inconfundible inglés españolizado mientras trataban de quitarse de encima a un taxista que acaba de soltarles el clásico “de dónde sois, adónde vais". Estamos en medio del ubicuo barullo que, incluso en tiempos de pandemia, asola las inmediaciones de Khaosan Road, habitual zona cero de todo turista primerizo.

Khaosan Road es un frasco en miniatura de Tailandia, con lo mejor y lo peor de una nación suministrado en dosis lowcost: restaurantes de tumbona y plato de pad thai a menos de tres euros, hoteles-mazmorra a 10 euros la noche y con bar-piscina, puestecillos de pantalones holgados y camisetas de cerveza Chang y Leo… En Tailandia hay dos formas de distinguir al turista novato del farang empadronado: su desidia para con el incesante interrogatorio de los taxistas, y su nulo interés por pisar Khaosan Road, un lugar para el que la revisita está de más.

Pero hoy no es un día más: hoy es 13 de abril, día de Songkran, cuando Tailandia celebra su Año Nuevo. En circunstancias normales, esto se traduciría en una guerra de agua de tres días de duración. Pero no vivimos circunstancias normales.

En la víspera, me cité con un empresario tailandés: Karn Mingmesuk, en uno de los cinco bares de Khaosan de los que es propietario. Muy molesto con la decisión anunciada a última hora de cancelar toda festividad relacionada con el agua (por miedo a que impulse los contagios de COVID), Mingmesuk recita una retahíla de improperios dirigidos al Gobierno del primer ministro Prayut Chan-o-cha (en el poder desde el golpe de estado que comandó en 2014, y reelegido democráticamente en 2019). Tengo que cerciorarme hasta en tres ocasiones que de verdad no le importa que pueda publicar la vomitera de insultos que salen por su boca [que hemos editado por cuestiones de estilo y corrección]. Como colofón, me asegura saber con seguridad qué va a suceder al día siguiente: "Pues claro que va a haber fiesta del agua. La gente está muy cansada, ya son tres años. Somos 10 000 ¿qué van a hacer para frenarnos?".

Y acierta.

Durante horas, los bares de Khaosan Road ejecutan una suerte de encendido y apagado de luces, música y chorros de agua en función de la cercanía de las patrullas policiales. Dos días después, seré testigo del mismo fenómeno en la Soi Bangla de Pa Tong (en la isla de Pukhet), una calle famosa por ser un hervidero de bares que, oficialmente, deben cerrar a las 11 de la noche (si bien la realidad de lo que sucede tras las puertas cerradas es bien distinta).

Tommy Yeets, un canadiense de 34 años que lleva dos viviendo en Bangkok trabajando como desarrollador web, trata de darme su particular explicación: "Esto es lo que amo de Tailandia. Cuando ellos pasan, puedes esconder el rabo entre las piernas... pero en Tailandia hay ciertas cosas que son un poco más... informales. No digo necesariamente que lo apoye, pero creo que son cosas como estas las que hacen de Tailandia un sitio tan maravilloso en el que estar". He estado observándole un buen rato mientras chapoteaba de bar y bar y le digo algo así como que "tienes cara de ser alguien importante". Algo avergonzado, me reconoce que es youtuberMe comparte su cuenta de Instagram, en cuyo perfil encontraré la descripción de lo que parece ser su empleo real: "Documentando una era de decadencia global sin precedentes. Producto de un Occidente moralmente arruinado".

Algo me dice que Bangkok no es el sitio más idóneo para pasar unas vacaciones en Tailandia en su mes más caluroso. Pienso en Phuket, y en mi amigo David Martínez, afincado en Bangkok desde 2015, y dueño de la Academia del Español. Quedamos para vernos al día siguiente y el encuentro nunca se produce: recibo por mensaje la fotografía de su prueba positiva de antígenos y una nota de voz repleta de consejos que me ayudan a entender mejor dónde me encuentro.

“Hasta hace poco, salir de Tailandia suponía arriesgarse a no poder volver a entrar. Incluso si vives aquí.”

por David Martínez, profesor de español afincado en Bangkok desde 2015
Izquierda: Arriba:

Detalle de la fachada de un banco en Phuket Town cuya arquitectura es de herencia chino-portuguesa.

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La soi Romanee es una de las calles más coloridas y atractivas de Phuket Town debido a su particular arquitectura de origen luso. Debido a su posición estratégica entre India y China, la ciudad se convirtió en una importante parada en la ruta comercial entre Europa y Asia a partir del siglo XVI entre holandeses, británicos franceses y sobre todo portugueses.

fotografías de Anthony Coyle

Su pareja, una mujer singapurense, se pasó varios días a la deriva sin poder regresar a Tailandia (donde vive) después de una serie de errores burocráticos y correos electrónicos no respondidos a su regreso de un viaje a Singapur: “Vosotros en España habéis estado mucho mejor, aquí hemos tenido más cuarentenas en 2021, con restaurantes que sólo servían comida para llevar y toques de queda (primero hasta las nueve y luego hasta las 11). En los dos últimos años no ha habido turismo en Tailandia. Yo sólo he vuelto a poder viajar hace seis meses, con la segunda dosis de la vacuna, y lo que veo es que sólo hay turismo local. Está todo vacío”. "Vete a Phuket, que está casi vacío. El mejor sitio para desaparecer de las multitudes son las islas Ko Yao Yai y Ko Yao Noi y, todo al sur, la playa de Nai Harn".

Phuket: paraíso irreconocible

A 25 euros y hora y media de distancia, Phuket me recibe con temperaturas algo más bajas y una ausencia de turistas aún más notoria (salvo por la concurrida Pa Tong, capital por excelencia del vicio junto con Pattaya). 

Viajo a Phuket Town, una pintoresca ciudad del interior que es muy popular entre turistas locales debido a las coloridas fachadas de su casco histórico, de herencia china y portuguesa. Ahí conoceré a Paiwan Nomsaksee, taxista de 43 años que ha vuelto a trabajar desde hace cosa de un mes tras pasar dos años en paro. Aunque le pido que me lleve a la playa de Ra Wai, me responde con una contraoferta: me ofrece ser mi conductor para todo el día por 1200 THB (33 euros) a lo largo de un tour que iremos improvisando por el camino. Sólo le rechazo la oferta de ir a un campo de tiro con armas de fuego reales. "No hay clientes, no hay dinero. Tuve que vender mi coche y uso el de mi hermana", me confiesa rumbo al Big Buda. A pesar de estar a decenas de kilómetros de Pa Tong, la ciudad donde vive, mi conductor hace una parada técnica en un merendero (casi desierto) en el cual le saludan como si trabajase ahí. Devora un plato de arroz con una vista prodigiosa de Phuket desde su punto más alto, con un cúmulo de montañas con todos los tonos de verde apelotonándose una detrás de otra.

Concluida la jornada, le pago y nos despedimos mientras me asombro ante su gratitud. "Eres mi amigo, yo cuido de ti", me dice. Aunque nuestros caminos se separen a mi regreso a Bangkok, recibiré llamadas diarias y mensajes preguntándome: "¿A dónde vas hoy, amigo". A mi regreso a España, me deshago de la tarjeta SIM con cierta desazón y culpa.

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Paiwan Nomsaksee, taxista de 43 años que ha estado en paro desde que comenzó la pandemia, come en un pequeño bar a las afueras del Big Buda de Phuket.

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Paiwan Nomsaksee engulle un plato de arroz en cosa de cinco minutos mientras contempla el atardecer en una de las vistas más hermosas de la isla de Phuket.

fotografías de Anthony Coyle

Ubicado en el centro de la isla de Phuket, el complejo de templos budistas de Wat Chaithararam es uno de los lugares de culto más visitados por los tailandeses, que acuden para pedir un futuro de buenos augurios.

Fotografía de Anthony Coyle

No será hasta mi llegada al pueblo de Ra Wai (la localidad más sureña de la isla de Phuket) cuando localice el santo grial que desconocía que buscaba: un pueblo pesquero en el que sólo me encuentro con tailandeses y en el que, más que en ninguna otra parte, me siento invitado de excepción. Los locales de masaje y el mercado central sólo ofrecen información en el idioma nativo. No queda otra que preguntar (y negociar) por el precio del pescado, recién extraído del mar verdoso que se extiende a las espaldas del mercado: un kilo de calamares, 100 THB (2,77 euros), y de atún, 250 THB (6,92 euros).

En el atardecer de uno de mis últimos días en el país, veo como familias enteras se arremolinan junto a la orilla para limpiar las conchas que acaban de encontrar mientras los hombres se embarcan en busca de calamares al paso de varias expediciones de mujeres que, cargadas con un cubo en cada brazo, regresan al pueblo para limpiar y vender sus capturas.

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Una niña le trae un recipiente con agua a su madre, que limpia conchas y caracolas en la playa de Ra Wai, al sur de Phuket.

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Familias enteras se sientan en la costa de Ra Wai a limpiar los recipientes de conchas que han encontrado en busca de alimento que poder vender.

fotografías de Anthony Coyle
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Un joven pescador se dispone, mascarilla mediante y con unos noodles como cena, a embarcarse en solitario en busca de calamares en la playa de Ra Wai, al sur de Phuket.

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Situada en el pueblo más al sur de la isla de Phuket, la localidad costera de Ra Wai es uno de los santos griales de todo aquel que busque viajar por una Tailandia sin turistas extranjeros. Uno de los lugares de veraneo por excelencia del tailandés medio, en Ra Wai los establecimientos sólo se anuncian en tailandés.

fotografías de Anthony Coyle

Pattaya: la desolación de la capital del vicio

Otro punto geográfico de obligada mención es Pattaya. A hora y media al este desde Bangkok, esta ciudad costera de unos 100 000 habitantes es conocida como la capital del pecado de Tailandia y fue la 15º ciudad más visitada del mundo en 2019 según Mastercard. Si bien sus 53 kilómetros cuadrados abarcan todo tipo de negocios y quehaceres (a cinco minutos del centro de encuentra el espectacular Santuario de la Verdad, un templo-museo de hasta 105 metros de altura hecho enteramente de madera), la zona turística está inevitablemente enfocada al negocio de los bares con sobrepoblación de camareras jóvenes extraordinariamente dicharacheras. Como en el resto de negocios del país, hay un termómetro de pie instalado en prácticamente cada entrada. Pattaya es, con diferencia, el rincón de Tailandia con menos tailandeses enmascarillados por metro cuadrado. Si tenemos en cuenta que, hace menos de un año, esta ciudad organizaba repartos de comida multitudinarios en sus plazas, la estampa actual de Pattaya invita a pensar que la vuelta a la Tailandia prepandémica está más cerca.

Lecciones locales que deja la pandemia

De vuelta en Bangkok, me cito con Pannipa Jumpadong, una periodista tailandesa especializada en viajes que, de nuevo en aquel 2019 tan lejano en el que el mundo era otro, decidió dejarlo todo para abrir un hostal de mochileros en Koh Tao, famosísima isla predilecta para los aficionados al buceo. La pandemia le obligó a cerrarlo todo y a regresar a su Bangkok natal, de la cual creía haberse despedido para siempre.

Me recibe en el West Wing, el ala más lujosa del centro comercial Siam Paragon (el centro de Bangkok es, en esencia, una yuxtaposición kilométrica de malls frescos con los que calmar la pegajosa humedad que asola a la ciudad todo el año). Le pido prestado gel hidro alcohólico porque, de lo contrario, la señora de la limpieza no me permite ir al lavabo.

Aunque la bulliciosa Pattaya (célebre por su walking street repleto de bares subidos de tono) empieza poco a poco a despertar de su letargo, es sencillo encontrarse con complejos de cuatro, cinco o seis bares cerrados en su totalidad y acumulando polvo.

Fotografía de Anthony Coyle

La Soi 6 de Pattaya, bien conocida por albergar un solo tipo de negocio, presenta un aspecto desolado, con apenas clientela y muchos negocios cerrados.

Fotografía de Anthony Coyle

“Al principio, pocos tailandeses se vacunaron. Mucha gente optó por prevenir el virus con hierbas tailandesas como el kariyat o la chalota. El gobierno apoya esta idea también, porque es una manera fácil y barata de cuidarnos. Creo que la diferencia entre Tailandia y otros países a la hora de manejar COVID es que aquí tenemos que cuidar más de nosotros mismos.”

por Pannipa Jumpadong, periodista

Su vestimenta surfera de camiseta y pantalones anchísimos contrasta con la de la clientela que, a pocos metros, abandona las tiendas de Cartier y Rolex. Pannipa piensa que será la eliminación del Thai Pass (y de su seguro médico obligatorio) lo que hará que la situación remonte de verdad. Mientras tanto, se muestra comprensiva: "Nuestra sanidad no es como la de España o Francia. Si aquí enfermas de COVID, tienes un problema serio. Es por eso que la mayoría de la gente acata el uso de mascarillas y acata los confinamientos. El gobierno debe hacer lo que debe hacer".

Unas 350 000 personas han visitado Tailandia en el mes de abril, y parece que las visitas de 2022 se quedarán lejos de los 86 millones de 2019, según un estudio de McKinsey. De los turistas que han ido en abril de 2022, un 0,49% dieron positivo en PCR. La nueva propuesta de imponer el pago de una tasa de 300 THB (8,29 euros) a los turistas va en sintonía con los globos sonda que, desde el inicio de la pandemia, están emitiendo ciertas autoridades de cara a una evolución del modelo turístico del país (al igual que pretende hacer Bali) que priorice calidad a cantidad.

Tailandia quiere dejar de ser un parque de atracciones, y ya se habla de un Neo Pattaya que pretende emular a Miami o de, como especificó Supattanapong Punmeechaow, ministro de Energía, captar a un millón de turistas en lugar de a 40 millones. Teniendo en cuenta que caminar por Bangkok, Phuket o Pattaya supone internarse en un perpetuo paseo custodiado por taxistas hiperactivos, bares happy hour y decenas de miles de puestecillos de los que cuelgan desde ristras de patos asados a vestidos, sacacorchos souvenir o camisetas del Real Madrid, el desafío no es menor.

Pannipa tiene pensado volver a las playas de Koh Tao dentro de cinco años para intentarlo de nuevo con el hostal. De alguna manera, Tailandia entera está sumida en cierto limbo del que sólo el Gobierno (y la evolución de la pandemia) podrá sacarla. Ya sea en forma de Miami o de parque de atracciones.

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