Las Naciones Originarias de Canadá luchan para proteger al oso Kermode de los cazadores

Los pueblos indígenas del bosque tropical del Gran Oso están reconectando con su patrimonio cultural protegiendo al extraño oso Kermode, así como a los osos negros y grises.

Por Krista Langlois
Publicado 27 oct 2017, 11:36 CEST

Existen historias sobre los osos blancos que se esconden en el frondoso bosque de la costa de la Columbia Británica. Los antiguos relatos han sido transmitidos de generación a generación durante miles de años, desde que la última Edad de Hielo envolvió el mundo y los glaciares se deslizaron por los límites del bosque lluvioso.

Un relato de la tribu Kitasoo/Xai'Xais afirma que, cuando las capas de hielo comenzaron a retirarse, Raven —el creador de todas las cosas— creó al animal conocido como oso espíritu como recordatorio del hielo y la nieve. Es una historia que habla no solo de la conexión de las Naciones Originarias con la vida silvestre, sino también de sus profundas raíces en el bosque del Gran Oso, una zona del tamaño de Suiza, hogar de 20.000 personas de las Naciones Originarias de Canadá.

Sin embargo, en la década de 1980, cuando Doug Neasloss, jefe electo de los Kitasoo/Xai'Xais, era pequeño, no había oído la historia sobre el origen del oso espíritu. De hecho, nunca había oído hablar de los osos espíritu porque, durante décadas, la historia sobre estos parientes blancos de los osos negros habían sido un secreto. Los ancianos temían que si se sabía de su existencia, los osos espíritu serían perseguidos y asesinados por cazadores de pieles o de trofeos, como ocurría con los osos negros y grises. 

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Por ello a finales de la década de 1990, cuando Neasloss comenzó a trabajar como guía del bosque y su jefe le dijo que saliera a buscar un oso blanco, se mostró escéptico. «Se os va la olla», recuerda haber pensado, «no existe ningún oso blanco».

Pero Neasloss, obediente, se aventuró en el bosque. Justo cuando se bajaba la cremallera de los pantalones para orinar, un oso fantasmal apareció en el bosque y se tumbó en un lecho de musgo a unos 9 metros de él. El oso empezó a masticar un salmón que había atrapado en un arroyo cercano, indiferente ante la presencia de Neasloss. Un rayo de sol atravesó momentáneamente las nubes. «Fue mágico», relata.

Los osos espíritu, conocidos como osos Kermode, son unos de los úrsidos más raros del mundo y solo se pueden encontrar en el remoto archipiélago de la costa central de la Columbia Británica. Son una subespecie del oso negro que desarrollan un pelaje blanco cuando dos progenitores con pelaje oscuro transmitían una extraña mutación genética. El gobierno de la Columbia Británica estima que existen unos 400 osos Kermode en la provincia y cazarlos es ilegal. 

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    Un osezno Kermode con su hermano. Durante muchos años, las Naciones Originarias mantuvieron en secreto la existencia de estos osos blancos. Los ancianos temían que, si el mundo sabía que existían, serían perseguidos y asesinados por cazadores de pieles y trofeos.
    Fotografía de Ian McAllister, National Geographic Creative

    No sería una exageración afirmar que el encuentro de Neasloss con el oso contribuyó a reorientar el destino de su comunidad. En aquel momento, su ciudad natal, Klemtu, pasaba una época de dificultades con casi un 80 por ciento de paro y un conjunto de problemas sociales. La diminuta ciudad —en una isla a la que solo se puede acceder en avión o en barco— todavía luchaba para recuperarse de la pérdida de su fábrica de conservas de pescado décadas atrás y las compañías madereras presionaban a las autoridades locales para talar el bosque circundante y así crear empleos.

    Neasloss tuvo otra idea. Creía que el bosque tenía más valor intacto y que los osos que albergaba —grises, negros y Kermode— eran más valiosos para los Kitasoo/Xai'Xais si estaban vivos que si eran asesinados por los cazadores de trofeos. Si Klemtu capitalizaba la afición de los turistas por los osos e invertía en el ecoturismo que comenzaba a afianzarse en la región, quizá la aldea podría recuperarse sin tener que sacrificar sus recursos naturales. Valía la pena intentarlo.

    Más vale oso en mano

    En 1999, Neasloss contribuyó a poner en marcha el Spirit Bear Lodge a partir de una pequeña casa flotante con un tejado rojo, anclada a los muelles de Klemtu. Hoy en día, un lujoso establecimiento nuevo acomoda a visitantes de todo el mundo, la mayoría de los cuales vienen para recorrer las islas cercanas con la esperanza de ver y fotografiar a los osos. Todos los beneficios se destinan a la tribu. El ecoturismo es la segunda industria más grande de Klemtu y el paro ha descendido al 10 por ciento

    Doug Neasloss, jefe electo de la nación Kitasoo/Xai'Xais, ayudó a inaugurar el Spirit Bear Lodge, en Klemtu, que reactivó el ecoturismo en la región.
    Fotografía de Krista Langlois

    En parte debido a esta dependencia creciente del ecoturismo y por su duradera conexión con la tierra, Kitasoo/Xai’Xais fue una de las 27 Naciones Originarias que negociaron con el gobierno canadiense para conservar de forma permanente el 85 por ciento del bosque del Gran Oso. La legislación al respecto, finalizada en 2016, fue un éxito para los activistas indígenas y los grupos medioambientales internacionales.

    Pero en opinión de Neasloss, tiene una enorme laguna. No ha puesto fin a la caza de trofeos de osos grises y negros.

    Los Kitasoo/Xai’Xais y otras Naciones Originarias costeras nunca habían firmado tratados para renunciar a sus derechos sobre la tierra, y en 2012 decidieron prohibir la caza de trofeos en sus territorios tradicionales. Sin embargo, el gobierno de la Columbia Británica tiene competencias jurisdiccionales sobre gran parte del bosque tropical del Gran Oso y, pese a la prohibición de las naciones, el gobierno provincial ha seguido emitiendo identificaciones y licencias para matar a osos grises y negros por sus cabezas o sus pieles. Muchos indígenas consideran que esta supone una afronta a su soberanía y sus valores.

    «Nuestra gente no cree en matar a un animal, a menos que sea por comida», afirma MaryAnn Enevoldsen, jefa electa de la nación Homalco, que gestiona una zona de avistamiento de osos grises a unos 320 kilómetros al sur de Klemtu. «Podemos enseñar a los osos en su hábitat natural sin dañarlos o estresarlos. Por otra parte, el "placer" de matar a un oso solo ocurre una vez y resulta gratificante para pocas personas».

    Un oso Kermode devora un pez en un bosque cubierto de musgo. La nación Kitasoo/Xai’Xais ha estado luchando para hacer que los cazadores sean prohibidos en el bosque y en su lugar promocionan el turismo para avistar osos.
    Fotografía de Paul Nicklen, National Geographic Creative

    Un estudio del Centro de Turismo Responsable de Washington D.C. y la Universidad de Stanford descubrió que en 2012 los visitantes del bosque del Gran Oso gastaron 12 veces más dinero en observación de osos que en caza de trofeos, y la experiencia de Doug Neasloss sugiere que las dos actividades no pueden coexistir. Hace varios años, estaba guiando a un grupo de turistas entre el laberinto de islas cerca de Klemtu cuando vislumbró algo oscuro e inmóvil en un estuario. Pensó que se trataba de una foca muerta. A medida que se acercaba en barco, el objeto se volvió visible: era el cadáver decapitado de un oso gris. Sus clientes estaban horrorizados. Neasloss afirma que los cazadores hacen que los osos sean más asustadizos, lo que significa que los turistas tienen menos probabilidades de verlos.

    Según el gobierno de la Columbia Británica, unos 250 de los 15.000 osos grises de la provincia mueren cada año a manos de cazadores. También está permitida la caza de los 100.000 osos negros de la provincia, pero no existe un sistema de cuotas anual. Las matanzas se notifican de forma voluntaria, por eso no está claro cuántos han sido cazados. Sin embargo, las autoridades gubernamentales llevan mucho tiempo afirmando que el número de osos cazados es sostenible, pero algunos biólogos de las Naciones Originarias cuestionan los argumentos del gobierno.

    Entre ellos está William Housty, biólogo de la nación Heiltsuk. Housty afirma que, aunque los datos del gobierno son estimaciones aproximadas extrapoladas a partir de una serie de vuelos sobre el terreno, su departamento dirigió un proyecto de localización de seis años sobre el terreno empleando ADN de osos grises. Dicho proyecto descubrió una amplia variación en las poblaciones de osos, especialmente con el descenso del número de saltos de salmón en los últimos años.

    Ahora, en reacción a una indignación pública creciente, la Columbia Británica ha anunciado que prohibirá la caza de trofeos de osos grises en el bosque del Gran Oso a partir del 30 de noviembre. Neasloss y muchos otros señalan que estas son buenas noticias para las Naciones Originarias costeras, pero no significa que la lucha para proteger a los osos del bosque tropical del Gran Oso haya acabado.

    Por una parte, todavía hay escasas autoridades de fauna silvestre que puedan imponer el cumplimiento de las regulaciones, lo que significa que gran parte del trabajo será responsabilidad de los vigilantes de la guarda costera, una red de personas de las Naciones Originarias que supervisan, patrullan y hacen que se cumpla la ley indígena en algunas zonas del bosque tropical del Gran Oso que son demasiado remotas para que las autoridades federales y provinciales acudan de forma regular. Los Kitasoo/Xai’Xais están aumentando la presencia de vigilantes para disuadir a cazadores furtivos en los últimos días de caza de oso gris, pero sus esfuerzos cuestan unos 210.000 dólares (177.780 euros) al año, una fracción de los fondos que necesita la red, según los activistas. 

    Los osos Kermode solo pueden encontrarse en el remoto archipiélago de la costa central de la Columbia Británica. Una mutación genética en algunos osos negros da lugar al pelaje blanco de los Kermode.
    Fotografía de Paul Nicklen, National Geographic Creative

    Además, mientras el gobierno de la Columbia Británica siga permitiendo la caza de trofeos de osos negros, el trabajo de Neasloss no habrá acabado. Eso se debe a que los osos negros de la zona son los progenitores de los osos Kermode. «Cada vez que concedes una identificación para que alguien dispare a un oso negro, este podría ser portador del gen recesivo que produce el oso Kermode», afirma. Actualmente, se reúne con autoridades gubernamentales y trabaja con otras Naciones Originarias para convencer a la provincia de que prohíba la caza de trofeos de osos negros en el bosque del Gran Oso.

    Salvar la cultura salvando a los osos

    Para muchos pueblos de las Naciones Originarias, poner fin a la caza de trofeos no solo tiene que ver con salvar a los animales o con beneficiarse del dinero que aporta la observación de osos a sus comunidades. También tiene que ver con la supervivencia cultural. Al igual que muchos pueblos indígenas, las Naciones Originarias en el bosque tropical del Gran Oso han quedado marginadas durante los últimos dos siglos. Las ceremonias religiosas tradicionales, denominadas potlatches, fueron prohibidas por el gobierno canadiense hasta la década de 1950, y las vestimentas sagradas se quemaban como castigo por llevarlas. Miles de niños fueron enviados a escuelas «residenciales» administradas por el gobierno, donde sufrieron maltrato físico y se les obligó a abandonar su cultura. Pero las lenguas, la comida, las costumbres, las historias y los rituales no se han perdido. 

    Las manzanas salvajes son uno de los alimentos favoritos de los osos espíritu de la Columbia Británica. La ciudad costera de Klemtu solía tener una tasa de paro del 80 por ciento, pero el ecoturismo para la observación de osos ha contribuido a reducirla hasta el 10 por ciento.
    Fotografía de Paul Nicklen, National Geographic Creative

    En la actualidad, las Naciones Originarias de la costa están reclamando su cultura, y el ecoturismo basado en los osos forma parte de ella. Muchas tribus están reconstruyendo las grandes casas donde se celebraban los potlatches y otras ceremonias, en ocasiones con dinero generado por la actividad turística.

    Los vigilantes de la guardia costera están reconectando con sus tierras tradicionales mientras patrullan para evitar la caza ilegal. Y los ancianos que ya no temen a la caza furtiva empiezan a compartir de nuevo las historias sagradas acerca de los osos, relatos que habían guardado en secreto durante mucho tiempo.  

    Camino abajo desde el Spirit Bear Lodge se encuentra la gran casa de Klemtu, un enorme edificio de madera de cedro construido en 2001. Se encuentra al borde del mar, rodeado de cedros y abetos envueltos de niebla, con una abertura en el tejado para dejar salir el humo de la leña. En el interior, Barry Edgar, de 24 años, dirige un tour. Habla sobre una nueva base de datos en línea que conserva grabaciones digitales de historias tradicionales y sobre la nueva generación de niños que crecerán escuchando antiguos relatos sobre la singular relación de los Kitasoo/Xai’Xais con los osos, historias contadas bajo los tótems tallados de la gran casa.

    «La cultura es como una flor», explicaba Edgar mientras los visitantes sacaban fotos de los intrincados grabados. «Necesita estar al sol para crecer. El turismo nos ha ayudado a sobrevivir porque nos ha obligado a recordar cosas».

    Krista Langlois, escritora freelance que vive en el suroeste de Colorado, escribe sobre ciencia, medio ambiente y justicia social para High Country News, Outside, Adventure Journal, entre otras publicaciones. Puedes seguirla en Twitter.

    Esta historia ha sido posible en parte gracias al Instituto de Periodismo y Recursos Naturales

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