Estos tiburones prehistóricos se alimentaban de reptiles voladores

El hueso del ala de un Pteranodon que surcaba los cielos hace 83 millones de años demuestra que la criatura acabó sus días en las fauces de un depredador marino.

Publicado 4 oct. 2018 16:01 CEST, Actualizado 5 nov. 2020 7:02 CET
Pteranodon
Un Pteranodon devorado por el tiburón primitivo Squalicorax kaupi en una ilustración.
Fotografía de Mark Witton

Una serie de marcas de mordiscos en el hueso del ala de un pterosaurio revelan que es probable que acabara convirtiéndose en la comida de varios peces depredadores de gran tamaño, entre ellos el tiburón prehistórico llamado Squalicorax.

El fósil de 83 millones de años, descubierto en 2014 en un yacimiento paleontológico de Alabama, se suma al creciente corpus de pruebas de que estas raras criaturas con alas eran el aperitivo ocasional de dinosaurios, parientes prehistóricos de los cocodrilos y peces grandes. Al fin y al cabo, los pterosaurios no eran solo sacos de huesos de piel curtida, como puede pensarse.

«En realidad, los pterosaurios tenían mucha carne sobre el esqueleto», afirma Michael Habib, un experto en pterosaurios de la Universidad de California del Sur que no participó en este reciente hallazgo. «No eran animales delgaduchos, como suele representarse en las películas y el arte. Los músculos de vuelo en particular habrían sido una comida fantástica».

El hueso del ala mordisqueado de este pterosaurio en particular, un Pteranodon, sugiere que tenía una envergadura de 4,5 metros. Pero es posible que el animal hubiera pesado solo 30 o 40 kilos, convirtiéndolo en presa fácil para un gran pez óseo o un Squalicorax, un tiburón extinto que alcanzaba más de cuatro metros de largo.

Además, según el nuevo estudio, publicado en la revista Palaios, las marcas del hueso coinciden con el espacio entre los dientes de dos peces fósiles: el Squalicorax y una especie de 1,8 metros parecida a una barracuda llamada Saurodon.

«Esta era inusual, porque mostraba lo que interpretamos como marcas de mordiscos de dos grupos de animales diferentes», explica el autor principal Dana Ehret, paleontólogo del Museo del Estado de Nueva Jersey en Trenton.

«Es un hallazgo prometedor, porque descubrir huellas en huesos de pterosaurio es poco habitual», añade Habib.

Un montón de tiburones

Mientras preparaba el fósil en el museo de la Universidad de Alabama, al coautor y entonces estudiante de posgrado T. Lynn Harrell le preocupó haber dañado el hueso al retirar la tiza superficial. Pero pronto quedó claro que la serie de surcos paralelos y oscuros eran las marcas de un depredador.

«Pensaba que me iba a enfadar con él», recuerda Ehret. «Pero mientras lo preparaba, reconoció cuatro marcas paralelas que representaban indicios de depredación».

Para seguir investigando, extrajeron las mandíbulas fosilizadas de varios peces carnívoros de la colección del museo para compararlas con las marcas. Se dieron cuenta de que los surcos oscuros y las marcas serradas más sutiles coincidían de forma casi idéntica con los dientes del Saurodon y del Squalicorax.

Una imagen del hueso de Pteranodon junot a las mandíbulas fosilizadas del antiguo pez óseo Saurodon leanus.
Fotografía de Dana Ehret, PALAIOS

Muchos fósiles de la Alabama del Cretácico Superior parecen haber sido mordisqueados por tiburones, como tortugas marinas y dinosaurios, que suelen estar «cubiertos de marcas de depredación», afirma Ehret. Partes de Alabama estaban entonces sumergidas en aguas cálidas y poco profundas, una puerta de entrada al mar Interior Occidental, una gigantesca masa de agua que atravesaba el centro de Norteamérica y dividía el continente en dos.

Basándose en el registro fósil, en esta región altamente productiva abundaban los tiburones: «Nunca había visto tantos dientes de tiburones, y eso que he recopilado [fósiles] por todo el mundo», afirma Ehret. «Abundaban tiburones diferentes».

El hallazgo de los dientes

El Pteranodon también vivió en este ecosistema costero durante el Cretácico Superior, subsistiendo a base de peces más pequeños en las aguas infestadas de tiburones. Habib añade que los pterosaurios podían flotar, pero al tener menos flotabilidad que las aves, es probable que no se posaran en la superficie durante mucho tiempo. Es probable que algunas especies, como el Pteranodon, sí se zambulleran en el agua en busca de presas.

«Después podían volver a despegar fácilmente desde la superficie. Sin embargo, estos pterosaurios buceadores podrían haber sido vulnerables a los tiburones poco después de entrar en el agua», afirma.

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Según Ehret, es posible que un pez depredador saltase del agua para atrapar a este Pteranodon o que lo atrapase en la superficie. También sería posible que el animal hubiera muerto cerca de la orilla y que hubieran devorado su cadáver tras ser arrastrado por la marea.

Los misterios perduran en parte porque los pterosaurios con estos tipos de marcas de depredación son muy inusuales, según explica Mark Witton, experto en pterosaurios de la Universidad de Portsmouth en Reino Unido. Los animales tenían huesos frágiles y llenos de aire que probablemente se habrían partido ante la fuerza de un mordisco de tiburón.

«El registro es pequeño, pero creciente», afirma Witton, coautor junto a Habib de un futuro estudio sobre una vértebra de Pteranodon con un diente incrustado en su interior perteneciente a un tiburón aún más grande llamado Cretoxyrhina, que alcanzaba los siete metros de largo.

De los más de 1.100 especímenes conocidos de Pteranodon, Witton estima que quizá media docena presentan marcas de mordiscos de tiburón, la mayoría de las cuales no han sido estudiadas en detalle.

Alaba la reciente investigación de Ehret y Harrell porque «han hecho todo lo posible para demostrar la identificación de los animales [depredadores]. Es emocionante saber qué especies interactuaban de esta manera».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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