Así regulaba el T. rex la temperatura cerebral

Cuesta mantener frías las cabezas grandes. En algunos dinosaurios, los tejidos abundantes en vasos sanguíneos podrían haber resuelto este problema.jueves, 5 de septiembre de 2019

Reconstrucción artística que representa el Cretácico Superior de Norteamérica en infrarrojo, mientras un tiranosaurio Daspletosaurus y un cocodriliano Deinosuchus se acercan al cadáver de un ceratópsido. Los cráneos de los animales de la región irradian el calor excesivo, una adaptación que podría haberlos ayudado a mantener el cerebro frío.
Reconstrucción artística que representa el Cretácico Superior de Norteamérica en infrarrojo, mientras un tiranosaurio Daspletosaurus y un cocodriliano Deinosuchus se acercan al cadáver de un ceratópsido. Los cráneos de los animales de la región irradian el calor excesivo, una adaptación que podría haberlos ayudado a mantener el cerebro frío.
foto por BRIAN ENGH/ DONTMESSWITHDINOSAURS.COM

Para protegerse del sobrecalentamiento, los animales grandes como los elefantes y los rinocerontes tuvieron que desarrollar estrategias de enfriamiento. Es probable que dinosaurios como el Tyrannosaurus rex tuvieran el mismo problema: una nueva investigación determina que estos enormes carnívoros lo resolvieron desarrollando «aires acondicionados» gigantes en la cabeza.

Un equipo de investigadores dirigido por Casey Holliday analizó los orificios de la parte superior de los cráneos de dinosaurios carnívoros, denominados fenestras dorsotemporales. Un detallado estudio anatómico reveló que era probable que las cavidades contuvieran tejido rico en grasa y vasos sanguíneos.

Estas estructuras podrían haber resultado útiles para expulsar calor cuando los dinosaurios se sobrecalentaban y absorber calor cuando se enfriaban, según informa el equipo en la revista The Anatomical Record.

«Hemos descubierto que los grandes dinosaurios terópodos —e incluso algunos de los pequeños, como el Velociraptor— tenían este tipo de embolsamientos que probablemente contenían vasos sanguíneos y eran útiles para la regulación térmica», afirma Holliday, paleontólogo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Misuri.

Ocultos a plena vista

Durante más de un siglo, los paleontólogos pensaron que estos orificios ayudaban a sostener los músculos de la mandíbula de especies como el T. rex, ya que en dinosaurios y en sus parientes vivos, las aves, las depresiones se sitúan justo frente a importantes aperturas de los músculos de la mandíbula.

«Casi todos asumían que no eran más que puntos prolongados donde se expandían dichos músculos», afirma Thomas Holtz, experto en tiranosaurios de la Universidad de Maryland, que no participó en el estudio.

Pero cuando Holliday estudió los espacios de los cráneos en dinosaurios, aligátores y otros animales, esa antigua explicación no cuadraba. Si el espacio anclaba los músculos de la mandíbula del T. rex, el músculo tendría que haber procedido de la mandíbula, dado un giro de 90 grados y serpenteado a lo largo del techo del cráneo. Además, la superficie lisa de los huesos apuntaba a que las fibras musculares y los tendones no se fijaban en ese lugar.

Cuando los investigadores estudiaron la anatomía de los aligátores y las aves modernas —algunos de los parientes vivos más cercanos de los dinosaurios no aviares—, observaron que en estos animales la región tendía a estar llena de vasos sanguíneos y grasa. De forma similar al intercambiador de calor de una unidad de aire acondicionado, la estructura podría haber permitido que la sangre irradiara o absorbiera el calor del entorno.

Para poner a prueba esta interpretación, los investigadores emplearon cámaras térmicas para observar las cabezas de los aligátores modernos en el parque zoológico y granja de aligátores de St. Augustine, en Florida. Las imágenes mostraron que, en momentos diferentes del día, la zona del cráneo que contenía las fenestras dorsotemporales estaba relativamente más caliente o más fría que el resto de la cabeza del animal, dependiendo de si los animales necesitaban disipar calor o absorberlo.

«Uno de los mayores problemas fisiológicos de los animales de gran tamaño es poder deshacerse del calor», afirma Holliday. «Si los grandes dinosaurios terópodos eran de sangre caliente, entonces es probable que también tuvieran problemas para disipar el calor en algunos casos».

En grandes dinosaurios terópodos como el T. rex, las grandes estructuras de enfriamiento en la cabeza habrían resultado de gran ayuda para mantener una temperatura cerebral constante, sobre todo si se sobrecalentaban.

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La exhibición de colores

En un estudio similar en 2018, Jason Bourke, paleontólogo del Instituto de Tecnología de Nueva York, descubrió que un grupo de dinosaurios con armadura denominados anquilosaurios podrían haber tenido fosas nasales grandes y retorcidas llenas de vasos sanguíneos. Cuando los animales respiraban, los vasos los habrían ayudado a disipar el calor excesivo. Bourke afirma que esta nueva investigación resulta convincente, sobre todo porque su equipo no halló pruebas de cavidades nasales expandidas similares en terópodos carnívoros.

«Este nuevo estudio sugiere una forma alternativa de regulación de la temperatura cerebral y ocular en los terópodos», afirma.

Holliday espera que los hallazgos inspiren a otros a poner a prueba la hipótesis de la estructura de enfriamiento. También es posible que una concentración de vasos sanguíneos en esta región del cráneo hubiera ayudado a sostener las estructuras de exhibición en las cabezas de algunos dinosaurios.

Holliday indica que, en dinosaurios extintos, las estructuras podrían haber sido proporcionalmente más grandes que las de los animales vivos. Y en terópodos como el T. rex, las estructuras llenas de vasos habrían cubierto una gran área sobre la cabeza. Holliday también aclara que algunos dinosaurios ceratópsidos, como el Triceratops y el Chasmosaurus, presentan indicios de estructuras similares en el techo del cráneo que están tentadoramente cerca de la expansión nucal.

Es posible que los dinosaurios hubieran empleado estas redes de vasos sanguíneos para las exhibiciones de cambio de color, «aunque fuera tan simple como unas escamas que se sonrojaban o palidecían con el flujo de la sangre subyacente», afirma Bourke.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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