Así se preparan los animales para el otoño

Los alces macho luchan por las hembras, las mariquitas engullen sin parar y la única ave «hibernante» se prepara para su periodo de letargo.lunes, 30 de septiembre de 2019

El otoño ha llegado oficialmente al hemisferio norte y para nosotros los humanos significa pasar más tiempo acurrucándonos en el sofá y esperar la llegada de las próximas festividades. Por su parte, para los animales se trata de una estación de preparación intensa para el invierno inminente.

Los días más cortos provocan un cambio en especies como ciervos, aves u osos, que empiezan a recolectar comida o buscar pareja de forma frenética, entre otras cosas.

Estudiar dichos comportamientos animales puede aportarnos una idea de cómo se han adaptado para enfrentarse a los retos medioambientales —como las bajas temperaturas— y cómo dicha resiliencia puede ayudarlos a resistir futuros contratiempos, como el aumento de las temperaturas por el cambio climático.

Estas son algunas especies que se ponen manos a la obra cuando las hojas empiezan a caer.

Cérvidos en celo

Para los miembros de la familia de los cérvidos —cuyo integrante de mayor tamaño es el alce—, la llegada del otoño anuncia el comienzo del periodo de celo. Entre septiembre y mediados de octubre, los alces macho —una especie distribuida por el norte de Estados Unidos, Canadá, Alaska y el norte de Europa— buscan otros machos y pelean con ellos para acceder a las hembras.

El aumento de la testosterona hace que la piel suave de las astas del alce, denominada terciopelo, se caiga. De este modo, las astas se convierten en armas afiladas que blanden durante la batalla.

Una investigación a lo largo de 40 años en el parque nacional de Denali, Alaska determinó que los machos victoriosos —normalmente los más grandes y de más alta categoría— son responsables del 88 por ciento de los apareamientos.

Las hembras dan a luz en primavera, normalmente a finales de mayo.

Aves que descansan

Mientras las aves vuelan al sur para pasar el invierno, varias especies hacen paradas otoñales por el camino.

Por ejemplo, tras abandonar el Pacífico Noroeste y el Medio Oeste de los Estados Unidos, grandes grupos de zampullines cuellinegros (Podiceps nigricollis) se congregan para comer y mudar en el lago Mono de California y en el Gran Lago Salado de Utah. Entre otras especies que se detienen a descansar figuran las gaviotas de Franklin en las Grandes Llanuras, los patos joyuyos en los Grandes Lagos y los correlimos gordos y otras aves limícolas en varias playas.

Los correlimos gordos, que migran cada año desde el Ártico al hemisferio sur y viceversa, recorren más de 2400 kilómetros por etapa y se detienen para descansar, comer y mudar en estos lugares, a los que regresan cada año.

Osos resilientes

Estos murciélagos hibernan en madrigueras de nieve para sobrevivir al invierno
El murciélago japonés Murina ussuriensis pasa a ser, junto al oso polar, el único animal que hiberna en nieve.

Para las especies de osos norteamericanas, el otoño es la época de la denominada hiperfagia, es decir, comer y beber lo máximo posible para ganar peso antes de la larga hibernación.

Aunque un humano podría sufrir graves consecuencias durante un proceso prolongado de obesidad e inactividad, un estudio reciente publicado en Communications Biology determinó que los genes del oso grizzly se regulan de forma distinta durante el otoño y el invierno para soportar estas pruebas físicas.

Por ejemplo, durante la hibernación, sus genes se expresan de forma que reducen la sensibilidad a la insulina, así que la glucosa en sangre se mantiene en niveles normales y se ahorra para su uso en el cerebro, que la necesita durante este largo sueño.

Esto también permite que estos grandes mamíferos metabolicen la grasa durante la hibernación, algo que los humanos en reposo no pueden hacer, según indica la coautora del estudio Joanna Kelley, genetista evolutiva de la Universidad del Estado de Washington.

Mariquitas glotonas

Existen unas 5000 especies de mariquitas (coccinélidos) y muchas —como las mariquitas asiáticas multicolores (Harmonia axyridis), especie invasora en Norteamérica— «engordan engullendo miles de áfidos y presas de cuerpo blando» conforme se acerca el otoño, según explica Mike Raupp, entomólogo de la Universidad de Maryland. Tras este banquete, los insectos se congregan, a veces en grandes masas, y entran en un estado latente para aguardar a que pase el largo invierno.

Las mariquitas prefieren resguardarse en las grietas de los afloramientos rocosos, pero a veces se congregan en los muros de las casas pensando que «se parecen a gran pared de roca», explica Raupp.

Los depredadores no suelen advertir estos montones de mariquitas, pero si un animal hambriento se topase con uno de estos grupos y no prestara atención a sus colores de advertencia, los insectos pueden recurrir a la hemorragia refleja. La apestosa hemolinfa, o «sangre de bicho», supura de las «rodillas» y repele al depredador decepcionado.

El ave que «hiberna»

Mientras otras aves se dedican a volar hacia el sur para pasar el invierno, el chotacabras pachacua del oeste de Norteamérica y México pasa las vacaciones en casa.

Estos miembros nocturnos de la familia Caprimulgidae son la única especie de ave que presenta torpor o letargo, un estado similar a la hibernación durante el cual los animales pueden reducir la temperatura corporal a 5 grados centígrados.

Los chotacabras «hibernan» igual que anidan: en el suelo, donde su camuflaje de motas marrones los vuelve prácticamente invisibles. Mark Brigham, biólogo de la Universidad de Regina en Saskatchewan, explica que, al igual que los mamíferos, alcanzan su peso máximo antes del periodo de torpor.

En su investigación en Arizona, Brigham ha descubierto que los chotacabras pachacua hibernantes se colocan en dirección sudoeste, probablemente para que el sol de la tarde los caliente y complemente el propio metabolismo corporal.

Brigham es el coautor de un estudio publicado este año en la revista Oecologia que determinaba que el torpor medio de estos chotacabras dura unos cinco días, pero documentó un torpor de 45 días en un ave particularmente aletargada.

Que alguien me dé el mando de la tele y veremos si puedo superar ese tiempo.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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