60 horas en la isla Canguro, asediada por el fuego

Desde Australia, nuestro reportero describe la catástrofe que suponen los incendios de récord para la fauna silvestre del continente.lunes, 20 de enero de 2020

15:00 (hora de Nueva Zelanda), 5 de enero

Este es el día del cielo anaranjado. Estamos en pleno verano, a media tarde, y el cielo de Auckland (Nueva Zelanda) se ha teñido de naranja oscuro, como si viviéramos un eclipse. Los conductores encienden las luces. Los residentes preocupados llaman a emergencias para enterarse de qué está pasando. El humo de los incendios de Australia flota sobre el mar y tiñe el cielo del color del fuego. Hemos visto los titulares: «Australia arde», «Australia en llamas», e incluso «Australia comete un suicidio climático». Hemos visto las fotografías: un tornado de fuego, ciudadanos evacuados refugiándose en la playa, canguros saltando para salvarse, llamas volviendo los bosques incandescentes, cacatúas cayendo muertas de los cielos abrasadores. Y ahora, el desastre sobre nuestras cabezas, extrañamente presente a 2200 kilómetros de distancia. El símbolo del cambio climático en el Pacífico Sur solía ser un atolón asfixiado; ahora es un continente en llamas.

Mediodía, 9 de enero

Me subo en un avión a Adelaida, en Australia Meridional. En el avión ponen la miniserie sobre Chernóbil. La veo enganchado durante las cuatro horas siguientes. Tiene una relevancia inquietante. Un accidente nuclear en preparación para un accidente climático, cada cataclismo rodeado por su propio ecosistema político de engaño y negación, promulgado, en las palabras del narrador de Chernóbil, por «una congregación de necios obedientes». Chernóbil fue una locura. El cambio climático es una locura. ¿Cuándo alcanzaremos un punto de inflexión? ¿Cuándo recuperaremos la cordura?

11:00 (hora de Australia Meridional), 9 de enero

Camino sobre el asfalto y siento el aliento del dragón en el cuello y la cabeza. La temperatura es de 37 grados centígrados. El cielo tiene el aspecto descolorido de una atmósfera sin humedad. Un taxi me lleva desde las afueras de la ciudad hasta el campo. Una señal indica un «refugio de último recurso contra incendios». El mensaje no es una exageración. En febrero de 1983, el Miércoles de Ceniza, los incendios arrasaron las afueras de Adelaida y otras partes de los estados de Australia Meridional y Victoria, destruyendo a su paso miles de hogares, matando a miles de ovejas y vacas, y cobrándose las vidas de 65 personas, entre ellas 17 bomberos. El Sábado Negro, en febrero de 2009, resultó aún más mortal, con 173 víctimas. En aquellas fechas, algunos incendios superaron velocidades de 112 kilómetros por hora. Algunas personas que conducían al límite de velocidad por las autopistas vieron cómo el frente de incendio las adelantaba. Los incendios de esta temporada han quemado más de 168 000 kilómetros cuadrados —una superficie superior a la de toda Grecia—, quemado más de 2200 hogares y matado a 28 personas. Han perecido mil millones de animales.

Una calzada polvorienta en una ladera seca me lleva hasta la casa de los fundadores de SAVEM (las siglas en inglés de Gestión de Emergencias Veterinarias de Australia Meridional), una organización de voluntarios formada tras el Sábado Negro para coordinar la respuesta de recuperación, triaje y tratamiento de animales domésticos y salvajes durante una emergencia. Los veterinarios de las clínicas locales se han reunido para desplegarse durante tres días por la isla Canguro, a 112 kilómetros de Adelaida, que se ha visto arrasada desde que los incendios se propagaron de forma catastrófica el viernes, 3 de enero.

Emilis Prelgauskas, que lleva la logística del grupo, me recibe en la puerta con sus dos galgos. Me cuenta que lo que ha ocurrido en la isla, de unos 145 kilómetros de largo y 88 kilómetros en su punto más ancho, no tiene precedentes. «Nadie esperaba que ardiera el 30 por ciento de la isla Canguro de una vez», afirma. «Este nivel de destrucción no se había previsto. Hablamos de una nueva realidad. Y si no llueve lo suficiente, algo que quizá no pase hasta mayo, entonces el fuego seguirá hasta mayo».

Explica que la labor de los voluntarios es peligrosa, compleja y traumática. «El incendio del 3 de enero ha quemado al 85 por ciento de los animales en el terreno incendiado, tanto ganado como fauna silvestre. O bien los ha matado directamente o los ha dejado tan moribundos que lo mejor que podemos hacer por ellos es dispararles. Y sí, nuestros equipos han utilizado balas. La verdad es que si un animal salvaje está traumatizado por el fuego, traumatizado por sus heridas... ¿vas a traumatizarlo más con la manipulación humana? Esto va del bienestar del animal, no de hacer que nosotros nos sintamos mejor».

El equipo está listo. Tomarán un avión privado que les ha proporcionado un patrocinador. A mí me dejan en el aeropuerto para mi vuelo comercial.

17:15, 9 de enero

Oliver Funnell, otro veterinario del SAVEM, viaja en el mismo avión turbopropulsor. Le pregunto cuáles son las dificultades a la hora de tratar a animales salvajes de gran tamaño. Dice que es casi imposible hospitalizar y tratar a un canguro adulto. Son demasiado grandes y huidizos. «Es probable que se maten si tratas de contenerlos y también es posible que te hieran o te maten a ti», afirma.

Galería: Especies australianas afectadas por los incendios

Los koalas también tienen sus problemas. «Son inquietos y requieren grandes cantidades de ramaje muy específico», afirma. «Es más, hoy pueden rechazar el ramaje que masticaban ayer». En el continente en general, los koalas son unos de los mamíferos autóctonos de Australia más afectados por los incendios, ya que son lentos y solo consumen hojas de eucalipto, llenas de aceites aromáticos que convierten al árbol en un pedernal y un lanzallamas.

Salimos de Adelaida y nos adentramos en un banco de humo que se extiende hasta la isla Canguro. Me han dicho que el incendio del 3 de enero fue tan cálido que derritió el hormigón de un hotel de lujo, cuya plantilla sobrevivió refugiándose en un búnker. En Remarkable Rocks, un punto turístico del parque nacional de Flinders Chase, se han desprendido fragmentos de granito. Ahora, el parque ha quedado reducido a cenizas. «Pompeya», lo describe un rescatador de fauna silvestre. Flinders Chase celebró su centenario en octubre de 2019. Menudo regalo de aniversario.

20:00, 9 de enero

Una luna sangrienta se eleva entre el humo al este de Flour Cask Bay, en la costa meridional de la isla. John Hofmann, propietario de un motel, y yo contemplamos las motas de ceniza que se lleva la brisa. No muy lejos, los canguros beben de los cuencos de agua que ha colocado. Se desplazan con precaución, caminando con una extraña combinación de codos diminutos y patas traseras gigantescas. Pero cuando saltan, son la encarnación de la elegancia.

«Quizá tengamos que evacuar», advierte Hofmann. Los servicios antiincendios han emitido una notificación de «vigilar y actuar» para esta zona, donde los vientos desplazan el frente de incendio en nuestra dirección.

Al otro lado del mundo y sin que nosotros nos enteremos, Patti Smith lee en un programa nocturno estadounidense un poema sobre los «incendios que arrasan la Tierra» y canta la canción After the Gold Rush de Neil Young, cambiando la última frase por «La Madre Naturaleza huye en el siglo XXI». Podría ser el himno de una isla incendiada.

3:45, 10 de enero

Me despiertan los pasos de Hofmann en el porche. Llama a la puerta de cristal. «Tenemos que irnos», dice. Está cargando un remolque con equipo de acampada, comida, agua, linternas y un generador. Quién sabe cuándo volveremos. Junto a su hermana y su cuñado, los únicos huéspedes, contemplo el resplandor naranja del cielo. Hace mucho calor y reina el silencio. La ceniza ha dejado de caer. Las notificaciones indican que el fuego amenaza el aeropuerto. La carretera a Kingscote, la localidad principal de la isla con 1800 habitantes, está cerrada. Nuestra parte de la isla se ha quedado aislada. Deliberamos. Hofmann, un bombero capacitado, consulta el pronóstico del viento. Aún sopla desde el oeste, en nuestra dirección, pero se prevé que cambie hacia el sur. Eso reducirá el peligro. Tenemos una ruta de evacuación hacia la costa si el incendio empeora. ¿Nos quedamos o nos marchamos?

«Creo que tenemos que irnos», concluye Hofmann. Sigo su cuatro por cuatro a Penneshaw, el segundo mayor asentamiento de la isla, en la península oriental. Aparcamos en un campo deportivo y nos alineamos con otros vehículos y tiendas. Inclino el asiento e intento dormir.

6:00, 10 de enero

Una bandada de cacatúas chillonas se posa en un árbol cercano, lo que pone fin a cualquier posibilidad de seguir descansando. La carretera a Kingscote se ha reabierto, así que sigo una hilera de vehículos de rescate y emergencias que viajan en esa dirección. Llego hasta una cafetería llamada Cactus, donde los camareros alternan entre anotar pedidos y abrazar a los clientes. En épocas como esta, las cafeterías ofrecen tanta terapia como sustento. Una camarera me cuenta que hoy no tenía que trabajar, «pero cuando viene gente que lo ha perdido todo, quieres estar aquí». El editor del periódico de la isla llega y pide el desayuno. Ha trabajado sin descanso para mantener a la comunidad al corriente y positiva. «Invita la casa, Stan», dice la camarera. «También al batido de col rizada».

A la cafetería llega un goteo continuo de soldados de reserva, bomberos, personas que prestan asistencia agrícola, guardabosques y reporteros. Entablo una conversación con una familia local y, minutos después, me llevan a su casa, donde están cuidando de una cría de canguro y una zarigüeya australiana joven. La zarigüeya está en una jaula para pájaros. El cangurito salta por el salón. Robyn Karran sale al jardín para recoger rosas, que la zarigüeya engulle con avidez. Su hija Lisa, rescatadora de fauna silvestre casada con un policía local, me enseña las fotos de los animales a los que han ayudado. Calcula que han conducido unos 965 kilómetros por toda la isla desde el comienzo de los incendios, recogiendo supervivientes.

Un miembro de la Fuerza de Defensa Australiana sostiene un koala tratado por quemaduras el 14 de enero en un hospital de campaña improvisado en el parque de fauna de la isla Canguro. Se cree que han fallecido la mitad de los 50 000 koalas de la isla en los incendios y la mayoría de los supervivientes sufren quemaduras en las plantas de los pies. El personal veterinario trata y venda las extremidades, y los animales son trasladados a corrales donde permanecerán hasta que se curen.
Fotografía de Peter Parks, AFP/Getty Images

«Hay mucha vida ahí fuera», afirma Lisa. La que hay puede romperte el corazón: animales paralizados en el momento en el que los atrapó el fuego, una cría de koala que sigue aferrada a una rama de eucalipto caída del árbol. «Este pequeñín estaba fuera del marsupio, pero aún mamaba de su madre», cuenta mientras me enseña la foto de una cría de canguro. «No tenía comida. Se habría muerto de hambre. Lo recogí y lo llevé al coche, pero tenía las patas quemadas hasta el hueso. No habría sobrevivido. Así que tuve que decirle adiós. Me destrozó». Dejó comida y agua para la madre y se llevó a la cría al parque de fauna de la isla Canguro para sacrificarlo.

Dice que a veces, cuando van en coche por ahí, ni siquiera sabe dónde están. «Todo tiene el mismo aspecto. Evaporado». Los incendios normales dejan esqueletos de árboles en pie en el paisaje. En algunas zonas, el fuego apenas ha dejado palillos y ceniza.

Mientras hablo con los Karran se celebra una conferencia de prensa en Kingscote. El alcalde de la isla, Michael Pengilly, cuenta a los periodistas que no existe vínculo alguno entre los incendios y el cambio climático.

13:00, 10 de enero

Conduzco hacia el oeste por la localidad de Parndana al parque de fauna de la isla Canguro, que se libró de la destrucción cuando los incendios del viernes afectaron al centro de la isla. El humo aún ondea sobre la carretera. En un prado arden hileras de fardos de heno redondos, algunos de ellos reducidos a bultos carbonizados. Las señales que hay junto a la carretera se doblan derretidas como flores caídas. Son ilegibles. En un viñedo, todas las viñas y las hojas están chamuscadas, y hay un poste de apoyo que aún arde. Quiero llamar a alguien. «Extínganlo». Pero llamaradas mucho peores que esta que incinerado más de 2000 kilómetros cuadrados de la isla Canguro.

Es un milagro que el parque siga intacto y sus animales, vivos. Los incendios han arrasado tres extremos, pero no se han unido. El personal ha convertido el comedor en un hospital de campaña y los veterinarios del SAVEM cambian las vendas de los pies de los koalas. Tres médicos por animal, trabajando sin cesar de paciente en paciente. Les inyectan anestesia para reducir el trauma de ser manipulados, les desenvuelven los pies, los limpian, les aplican crema antiséptica y les ponen un vendaje nuevo. Administran suero salino para hidratar a los animales y les ponen un analgésico en la boca. Llegan nuevas víctimas en carretillas mientras trasladan a los koalas tratados a unos recintos construidos con prisa. Allí, conmocionados, permanecen sentados sobre ramas de eucalipto. Traumatizados, pero vivos.

19:00, 10 de enero

El entomólogo Richard Glatz vive en un mundo de criaturas pequeñas, poco considerado cuando se producen desastres. Conduzco hasta su casa en D’Estrees Bay, que comparte con Janine Mackintosh, una artista que obtiene sus materiales y su inspiración de los 3,2 kilómetros cuadrados de bosque, brezal y humedal que rodean la costa sur de la isla. Desea con todas sus fuerzas proteger estos paisajes naturales.

Hoy, su propia casa necesita protección. Las puertas y las ventanas están cubiertas de aislamiento de aluminio para reflejar el calor si se acercan las llamas. La noche anterior, los dos habían metido sus posesiones más preciadas en sus coches y los habían aparcado en un campo de cultivo cerca de una presa. Glatz se aseguró de tener acceso al espacio del techo de su cabaña de investigación, donde almacena decenas de miles de especímenes de insectos, para poder combatir un incendio en caso de que se desatara.

“Normalmente, los cantos de las aves son constantes en esta zona. Ahora el único sonido es un viento indiferente.”

Me enseña la colección, sacando bandejas cubiertas de vidrio con especímenes clavados y etiquetados, cada uno una obra de arte del entomólogo, un registro meticuloso de la vida de este lugar. Señala una polilla a la que han puesto su nombre, Aenigmatinea glatzella, la polilla enigma. Su nombre se refiere al desconcierto de los taxónomos a la hora de averiguar dónde encajaba en el linaje de las polillas. Esta especie endémica de la isla es tan antigua que se clasificó como familia en sí misma.

Junto a las enigmas se disponen unas preciosas y grandes mariposas Ogyris halmaturia. Estas mariposas ponen los huevos en los nidos de una especie de hormiga. Cuando eclosionan, las hormigas engañadas llevan las larvas al nido, donde las alimentan o, según se especula, devoran las crías de las propias hormigas. Las larvas de mariposa pupan en el nido y emergen brevemente para aparearse y comenzar el ciclo de nuevo. Glatz dice que, en esta época, las larvas aún están bajo tierra. ¿Habrán sobrevivido al calor abrasador de los incendios?

Glatz coge otro insecto de su bandeja: una Xylocopa aerata (abeja carpintera verde), una de las más de cien especies autóctonas de abeja de la isla, por la que siente un afecto especial. Está extinta en Australia Meridional y Victoria, pero resiste en unos pocos emplazamientos de la isla Canguro y tiene áreas de distribución en torno a Sídney. Con un verde metálico y el doble de grande que una abeja melífera, es una criatura llamativa con un estilo de vida recluida: para anidar, perfora los tallos de la flor muerta de la planta de yacca —la icónica xantorroeoidea australiana que parece un pompón verde gigante— y en los troncos podridos de los banksias añosos, de ahí la denominación de «carpintera».

Glatz dice que los banksias son cruciales. Aunque las plantas de yacca se recuperan y florecen rápidamente tras un incendio, los tallos se desintegran enseguida y es posible que las plantas no vuelvan a florecer durante años. Las abejas carpinteras necesitan los banksias antiguos para sobrevivir varias estaciones. Glatz quiere comprobar si los banksias permanecen en pie tras los incendios y me invita a acompañarlo al día siguiente para buscar supervivientes.

8:00, 11 de enero

El entomólogo, la artista y el reportero conducen en dirección oeste. Llevamos dos coches por razones de seguridad. Pasamos frente a una bandada de gansos cenizos en un prado. Pasamos frente a colmenas chamuscadas. En la isla Canguro se han perdido casi mil colmenas comerciales. Cuando arde una colmena, la cera de abeja se derrite y la miel brota a borbotones. Un apicultor descubrió, consternado, que unas aves denominadas mieleros de Nueva Holanda habían acudido a ese río de dulzura, se habían quedado atrapadas en la miel densa y habían muerto.

Llegamos a Church Road, pero apenas distinguimos las letras ampolladas de la señal ennegrecida. Pero esta no es Church Road, es el «callejón de la desolación». Junto a las líneas geométricamente rectas de una plantación de eucaliptos quemada, el suelo está plagado de cadáveres de koalas. Como los pandas, los koalas son un emblema global de todo lo adorable del mundo natural. Sus cuerpos carbonizados y sin pelo yacen sobre las cenizas a mis pies. Según uno de los dueños del parque de fauna de la isla Canguro, podría haber sucumbido la mitad de los casi 50 000 koalas de la isla.

Más adelante, paramos en la propiedad de unos amigos de Glatz y Mackintosh. El hogar es una pila de escombros cubiertos del hierro retorcido de un tejado derrumbado. Las ventanas han explotado, expulsando cristal a decenas de metros. El tejado del garaje de la propiedad está al otro lado de la carretera, cubierto de esqueletos de árboles. Los tanques de agua de plástico se han derretido como el caramelo.

“Esta no es la Madre Naturaleza. Esto no es natural.”

por PAT HODGENS, ECÓLOGO DE FAUNA SALVAJE

La propiedad de al lado no ha corrido mejor suerte. Vemos algo que nos conmueve. Alguien ha colocado una hilera de tazas de café rescatadas sobre una lámina de hierro y las ha llenado de agua. Pese a haber perdido sus casas, los dueños se han asegurado de que los animales tengan agua. Junto a lo que había sido la casa hay un huerto rodeado de malla metálica para proteger la cosecha de criaturas amantes de la fruta. Los árboles —llenos de nectarinas, manzanas y ciruelas— son de color marrón calcinado y la fruta, encogida, aún se aferra a sus ramas. Antes de abandonar las ruinas, los dueños habían dejado abierta la puerta del huerto para que las aves tuvieran fruta.

Volvemos a los vehículos solemnes, consternados y conmovidos por estos actos de bondad. Mis compañeros comentan el silencio. Me cuenta que, normalmente, los cantos de las aves son constantes en esta zona. Ahora el único sonido es un viento indiferente que suspira entre los árboles oscurecidos.

Conducimos al oeste, hasta la entrada del área de conservación Kelly Hill, uno de los lugares donde Glatz ha documentado abejas carpinteras, y caminamos unos metros hasta un paisaje cubierto de cenizas en busca de los árboles huéspedes. Pero los troncos de los banksias antiguos han desaparecido. No vemos ni uno. Esto supone un duro golpe: con estas desapariciones perdemos especies y los ecosistemas se desmoronan.

Con todo, aquí hay vida. El fuego ha abierto los conos de un pequeño matorral, un Petrophile pulchella autóctono de la isla Canguro que está expulsando semillas blancas en la tierra cenicienta. Glatz se arrodilla para recoger algunas. Uno de los miedos de los ecólogos es que, con incendios de esta intensidad, los bancos de semillas que albergan la llave de la regeneración queden destruidos, calentados por encima de su tolerancia. Veronica Bates, una botánica de la isla, me cuenta que tendrán que pasar el otoño, el invierno y la primavera hasta saber qué semillas han sobrevivido y cuáles pueden formar las bases de la recuperación de vegetación.

Es bien sabido que gran parte de la flora de Australia está adaptada al fuego. Lo que no se reconoce en general es que, históricamente, los incendios no ardían con tal intensidad. Los habitantes de Australia Meridional me cuentan una y otra vez que estos incendios no son comparables. Han surgido en medio de las temporadas de incendios, que se han extendido de seis a nueve meses. Son más hornos que incendios. Sí, habrá recuperación. Pero ¿qué se perderá? Bates me cuenta algo que cuesta creer: que las granjas de la mitad occidental de la isla Canguro eran insignificantes en invierno porque eran demasiado húmedas. Ahora, ese parece un recuerdo distante. Mientras contemplo el paisaje asolado de Kelly Hill, me pregunto si las abejas carpinteras de Glatz también son solo un recuerdo.

12:50, 11 de enero

Pat Hodgens, ecólogo de fauna salvaje, me conduce a los restos de un bosque en la costa norte, uno de los pocos lugares documentados donde viven los dunnarts de la isla Canguro, unos marsupiales del tamaño de ratones al borde de la extinción. Hodgens explica que la especie solo se ha documentado en 13 emplazamientos en el oeste de la isla Canguro y la mitad de esos lugares se han visto afectados por el fuego, algunos de forma radical. Este ha tenido suerte. Ardió en el incendio de diciembre, pero eso resultó ser una bendición, según Hodgens. La pérdida de sotobosque se tradujo en una menor disponibilidad de combustible que alimentara el incendio más intenso del 3 de enero, por lo que se salvó este lugar. Esta es una zona ferruginosa, es decir, de suelos ricos en hierro que cubren gran parte de la isla. La piedra ferruginosa es un pararrayos geológico y fue la caída de un rayo lo que provocó los incendios que han quemado casi la mitad de la isla.

«Vi cómo se acercaba la tormenta y pensé: “Allá vamos”», cuenta. «Este podría ser el final. Nadie podría haber predicho lo que ocurrió el viernes pasado, que el resto de los sitios donde hay dunnarts se chamuscarían».

Ante la destrucción de gran parte de la maleza circundante, hay un peligro diferente: los depredadores, sobre todo los gatos salvajes, los peores predadores de la fauna autóctona de la isla Canguro. «Cuando un marsupial ingenuo se topa con un depredador avanzado como un gato, no tiene posibilidades», me cuenta Hodgens.

Los incendios forestales asedian el sureste de Australia

En las semanas siguientes, se instalará una valla a prueba de gatos alrededor de este hábitat fundamental. Por su parte, Hodgens y su compañera, Heidi Groffen, han instalado dos tipos de trampas para gatos para que los dunnarts, los peramélidos y otros marsupiales tengan una oportunidad. Comprobamos varias trampas en las que Hodgens coloca alitas de pollo como cebo. No encontramos gatos atrapados, pero liberamos a dos goannas. Los lagartos de 60 centímetros de largo salen despedidos hacia lo poco que queda de sotobosque. Hodgens me enseña un dispositivo más avanzado diseñado para identificar un gato salvaje y disparar una pasta tóxica al pelaje del animal. Cuando el gato se lame la pasta, esta lo mata.

Sigo a Hodgens entre los arbustos calcinados, donde comprueba las tarjetas de memoria de unas cámaras activadas por el movimiento. Me enseña la pantalla de una cámara, donde distinguimos la forma de un dunnart que pasó frente a ella por la noche. Es una gran noticia: la especie vive. Con todo, incluso este alivio parece frágil y provisional.

Mientras volvemos a la carretera, Hodgens expresa su frustración. «La gente suele decir que los matorrales se recuperan. Que se regeneran. Que el fuego es natural. Que todo va bien. Que la Madre Naturaleza sabe lo que hace. Esta no es la Madre Naturaleza. Esto no es natural. Los matorrales no se recuperan. A nivel superficial, sí, estarán verdes y tendrán flores y aves, pero quizá no tengan dunnarts nunca más si no cuidamos de los restos que nos queden. Los dunnarts necesitan una variedad de hábitats. Necesitan rodales viejos, necesitan sotobosque denso, necesitan un poco de todo. No sabemos si se recuperarán de esto».

17:00, 11 de enero

Se ha organizado un concierto para levantar el ánimo a los isleños. Un cantante se coloca ante el micrófono y dice: «Me llamo Craig. Nací aquí. Lo he perdido todo. De eso va esta canción».

Lo sigue Glatz, que canta Smoke de Ben Fold y, fiel a su profesión, otra canción sobre una mosca y una máquina de escribir. En un momento de la tarde, el público canta a coro: «Bring back the bush».

Conozco a la pareja del huerto de Church Road. Mañana van a llevar pellets de comida y heno para los ualabíes. «Aún hay supervivientes saliendo de la maleza», cuentan. «Son nuestra prioridad».

8:30, 12 de enero

De camino al aeropuerto, visito un yacimiento sobre un acantilado llamado Red Banks, uno entre decenas de sitios arqueológicos de la isla donde las primeras personas dejaron pruebas de ocupación que se remontan a hace más de 10 000 años. Me gustaría preguntar a aquellas personas cómo vivían, soportaban y sobrevivían en esta isla, en esta Tierra. Creo que me dirían que los humanos no somos independientes de la naturaleza, que la tierra, el agua, las personas, las plantas y los animales forman un tejido vivo.

Gran parte del parque nacional de Flinders Chase, que celebró su centenario en octubre, ha quedado reducido a cenizas. La pérdida extrema de hábitat ha puesto en peligro la supervivencia de los canguros, los koalas, los ualabíes, los peramélidos y otras criaturas endémicas. En la isla Canguro, el personal del parque, los servicios de emergencia, los rescatadores de animales y los residentes proporcionan heno, comida y agua a los animales afectados.
Fotografía de Lisa Maree Williams, Getty Images

A mis pies, unas hormigas de poco más de un centímetro trabajan en torno a la entrada de su nido. No conozco el temperamento de estos insectos, así que mantengo las distancias. En el mundo aborigen, son mis semejantes y yo soy su custodio. En palabras del escritor aborigen Tyson Yunkaporta: «Por esto estamos aquí. Cuidamos de las cosas de la tierra y del cielo y de todo entre medias».

Me llama la atención que casi todas las personas que he conocido en la isla Canguro «cuidan de las cosas», de los bomberos a los camareros, de los rescatadores de koalas a los ecólogos de dunnarts, de los veterinarios dedicados a los propietarios devastados que dan agua y fruta a la fauna silvestre. ¿Cómo empezamos a hacerlo cuando no es una emergencia? ¿O cuando hay una emergencia permanente? Esta última década, 2010 a 2019, ha sido la más calurosa del planeta desde que se mantienen registros y el termómetro no baja.

11:45, 12 de enero

En la puerta desde la que sale mi vuelo a Auckland, veo en la pantalla de una televisión una entrevista a Scott Morrison, primer ministro australiano. El entrevistador acaba de plantearle un comentario del ex primer ministro Malcolm Turnbull: «si ha habido alguna crisis que no se debe desperdiciar, es esta». Morrison ignora el comentario e insiste en la importancia de una economía fuerte y «los intereses nacionales generales de Australia», como ser el principal exportador de carbón del mundo. Señalo a los pasajeros que escuchan la entrevista a mi lado la lógica de necesitar ganar dinero con industrias que perjudican el clima para financiar la recuperación de las repercusiones de las industrias que perjudican el clima.

12:15, 12 de enero

En el vuelo de vuelta a casa, veo el último episodio de Chernóbil. El narrador afronta la aparente futilidad de su profesión como científico. «Ser científico es ser un ingenuo. Nos obcecamos tanto en descubrir la verdad, que olvidamos que muy pocos quieren que lo hagamos. Pero la verdad siempre está ahí, la veamos o no. La elijamos o no». ¿No es esta la historia de la climatología?

Algunas personas —incluido el exlíder soviético Mijaíl Gorbachov— creen que Chernóbil fue el punto de inflexión que provocó el colapso de la Unión Soviética y derrocó una institución basada en secretos y mentiras. ¿Cuál será el punto de inflexión que abrirá los ojos de la humanidad a sus situación actual y pondrá final a la negación de la crisis climática? Chernóbil hizo que el pueblo soviético cuestionase la realidad política de su época. Su gobierno no pudo ni quiso protegerlos. Acabaron considerándolo un sistema incorregible. ¿Cuántos incendios harán falta para llegar a ese punto?

Kennedy Warne cofundó el New Zealand Geographic en 1988 y lleva escribiendo para National Geographic desde el año 2000.
Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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