El sapo que lleva los huevos fertilizados bajo la piel y otras rarezas reproductivas del reino animal

Los mamíferos no son los únicos: algunos reptiles, anfibios e insectos también tienen crías vivas.

Tuesday, June 9, 2020,
Por Jake Buehler
Sapo de Surinam

Un sapo de Surinam (Pipa pipa) en el Zoo de San Luis. Las hembras de esta especie tienen a sus crías por los agujeros de su espalda.

Fotografía de Joel Sartore, National Geographic Photo Ark

De las muchas formas de llegar al mundo, nacer vivos es la más familiar para los humanos. Los mamíferos damos luz a bebés vivos y pensamos que gran parte de los animales restantes son ovíparos, pero la realidad es que los animales han descubierto múltiples formas de traer al mundo a sus crías.

El viviparismo es habitual en todo el reino animal, no solo en los mamíferos. Ha aparecido en peces, anfibios, insectos y arácnidos, entre otros.

De hecho, el viviparismo ha evolucionado de forma independiente en unas 150 ocasiones en diversas especies de animales. Por ejemplo, se ha desarrollado unas 115 veces en reptiles vivos, una cifra que triplica al resto de vertebrados juntos, señala Henrique Braz, herpetólogo del Instituto Butantan de São Paulo, Brasil.

El viviparismo y el ovoviviparismo tienen sus ventajas y desventajas, pero estos modos de reproducción no son mutuamente excluyentes. Poner huevos y tener crías vivas son dos puntos en un continuo y muchas especies se encuentran en el medio.

A medio camino

Todas las madres tienen que hacer algo por sus crías: proporcionarles sustento. Eso se saca del vitelo en un huevo o directamente del cuerpo de la madre, como suele ser el caso de los animales vivíparos. (En el caso singular de los caballitos de mar, es el cuerpo del padre el que alimenta a las crías.)

Algunas especies dan a luz a crías vivas, pero la madre apenas aporta sustento en el útero. Se hace reteniendo los huevos de las crías dentro de los cuerpos de las madres, lo que permite que las crías crezcan y se desarrollen usando el vitelo como fuente de alimento. Después, cuando las crías están plenamente formadas y listas para salir al mundo, eclosionan dentro de su madre.

Este tipo de reproducción, denominada ovoviviparismo, es habitual en unas serpientes venenosas denominadas víboras, aunque no en el resto de las serpientes, que ponen nidadas de huevos. También hay algunos peces —como los molly y los guppy— que se reproducen de esta manera.

Uno de los ejemplos más surrealistas es el sapo de Surinam (Pipa pipa), un anfibio plano con aspecto de hoja que vive en las selvas de Sudamérica. Durante el apareamiento, el macho deposita decenas de huevos fertilizados en la espalda de la hembra y después la piel crece alrededor de los huevos, creando una especie de plástico de burbujas invertido. Las crías se desarrollan en estos pequeños vientres durante meses. Finalmente, salen al agua de la espalda de la madre como ranas en miniatura plenamente formadas, saltándose por completo la etapa de renacuajos.

¿A qué se debe este extraño sistema? Al igual que otras especies ovovivíparas, el sapo de Surinam puede proteger los huevos transportándolos con él, algo que resulta útil en un mundo plagado de depredadores hambrientos.

Canibalismo intrauterino

La mayoría de los animales vivíparos proporcionan algún tipo de sustento a sus crías de forma directa.

Esto es habitual en los mamíferos. Pero el sapo Nimbaphrynoides occidentalis, una especie en peligro crítico de extinción de África occidental, es el único sapo que se alimenta por completo de los recursos de su madre en el útero. Los sapos N. occidentalis hembra tienen un embarazo de nueve meses y alimentan a los fetos con «leche uterina» nutritiva.

Incluso hay algunas madres vivíparas que recurren a la creatividad para alimentar a sus crías durante el embarazo. Las moscas tsé-tsé africanas (Glossina morsitans) transportan una sola larva en el útero y la alimentan con una especie de «leche» segregada por una glándula especial. La cucaracha escarabajo del Pacífico (Diploptera punctata) da a luz a crías en miniatura completamente formadas tras alimentarlas con un elixir uterino similar.

El fenómeno de los fetos que se alimentan dentro del útero puede ser aún más raro. Algunas cecilias —unos anfibios con forma de gusano que suelen vivir bajo el suelo o en los fondos de los arroyos— se alimentan de su madre desde dentro. Consumen el revestimiento engrosado del oviducto, el canal de paso por el que viajan los óvulos desde el ovario.

Este proceso puede ser aún más macabro. Varias especies de tiburón libran una batalla en el útero en la que las crías matan y consumen a sus hermanos para subsistir.

Un vínculo más profundo

Algunos animales llevan el viviparismo al extremo y entrelazan su propio sistema circulatorio con el de las crías en desarrollo. A través de esta conexión, las nutren y eliminan los desechos. Esto puede adoptar la forma de un órgano temporal especializado, como la placenta. Aunque las placentas suelen asociarse a los mamíferos «placentarios» como los humanos, los gatos, los perros y las ballenas, estos grupos no monopolizan el órgano.

«El órgano no se compone solo de los tejidos de la madre o del bebé», explica Camilla Whittington, bióloga evolutiva de la Universidad de Sídney. Técnicamente, un órgano compuesto de tejidos tanto maternos como fetales que intercambia nutrientes cuenta como placenta. Incluso los marsupiales, los mamíferos que transportan a sus crías en bolsas, tienen placentas rudimentarias. Y las placentas también han evolucionado en algunos grupos sorprendentes.

Por ejemplo, Washington señala que los cazones picudos del género Rhizoprionodon nutren a sus fetos con un órgano que se parece mucho a una versión de la placenta humana en tamaño reducido. También existen algunas especies de lagarto que desarrollan un vínculo placentario con sus crías, aunque el Trachylepis ivensi, una especie africana de escinco o eslizón, es la única especie de reptil cuyos embriones pueden penetrar la pared del oviducto, lo que se asemeja en cierto modo a la implantación observada en los embarazos de los mamíferos.

El esfuerzo vale la pena

Está claro que el viviparismo no es un todo o nada, sino una condición en la que hay flexibilidad. Por ejemplo, algunos lagartos y serpientes son ovíparos en una parte de su área geográfica, pero vivíparos en otra. De hecho, se ha observado un lagarto poner huevos y tener crías vivas en la misma nidada.

Pero ¿por qué desarrollar viviparismo si tiene desventajas?

«Si le preguntas a cualquier mujer embarazada cuando le quedan dos semanas para dar a luz, te dirá que le cuesta moverse», afirma Whittington. «Y puedes imaginar que, si eres un lagarto embarazado y eres grande, puede ser difícil huir de los depredadores».

Transportar a crías que se desarrollan en tu interior también aumenta el riesgo si un depredador devora a una madre. Si has depositado los huevos en otro lugar, al menos cabe la posibilidad de que tu linaje genético sobreviva, aunque tú perezcas.

Con todo, mantener a las crías dentro de ti puede protegerlas y permite un control más directo sobre las condiciones del desarrollo, como la temperatura. Ese podría ser el motivo por el que las regiones frías albergan una proporción más elevada de especies vivíparas que las regiones cálidas.

«Si vives en un clima frío o variable y dejas los huevos en el nido y te vas, corres el riesgo de que haga demasiado frío», afirma Whittington.

Sean cuales sean las ventajas que sacan las madres vivíparas de quedarse embarazadas y dar a luz, esta capacidad ha evolucionado en varias ocasiones en todo el reino animal, lo que sugiere que quizá el esfuerzo valga la pena.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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