Los ualabíes que se exponen a un herbicida común sufren alteraciones reproductivas

Un nuevo estudio sobre la atracina se suma a un conjunto de datos cada vez mayor que indica que el plaguicida puede interferir en el desarrollo sexual de varios animales.

Thursday, September 10, 2020,
Por Corryn Wetzel
Ualabíes

Al nacer, los ualabíes tienen el tamaño de un haba y acaban de desarrollarse en las bolsas de sus madres. Esto los hace más vulnerables que otros animales a los peligros externos, como los contaminantes químicos.

Fotografía de Auscape, Getty Images

Según un conjunto de investigaciones cada vez mayor, un herbicida de uso habitual puede interferir en el desarrollo sexual de los animales. La atracina, que se utiliza en campos agrícolas, césped residencial y otras zonas para matar las malas hierbas, suele hallarse en bajas concentraciones en arroyos, lagos y agua potable en Estados Unidos y Australia, los dos mayores usuarios del mundo.

Un estudio publicado en agosto en la revista Reproduction, Fertility and Development desveló que la atracina afectaba al desarrollo genital de los ualabíes de Tammar (Macropus eugenii), un marsupial australiano que pertenece a la misma familia que los canguros. Cuando los investigadores dieron a ualabíes hembra agua potable con el herbicida a lo largo del embarazo y la lactancia, sus crías macho desarrollaron penes más pequeños y cortos.

La investigación proporciona más pruebas de que la atracina «altera el equilibrio hormonal dentro de nuestros cuerpos», afirma Andrew Pask, autor del estudio y genetista de la Universidad de Melbourne. No solo se refiere a los ualabíes, sino a todos los mamíferos, humanos incluidos.

El estudio es el primero que explora las repercusiones de la atracina en marsupiales, que dan a luz a crías subdesarrolladas que maduran en la bolsa de su madre. El desarrollo genital de los marsupiales se produce tras nacer, lo que significa que son más propensos a la influencia de factores externos, como la contaminación química, señala Jennifer Graves, investigadora de marsupiales en la Universidad de La Trobe, Melbourne, que no participó en este estudio. Por eso los animales son más propensos a mostrar efectos más evidentes de la atracina que podrían darse de forma más sutil en mamíferos placentarios, señala Graves.

Syngenta, una empresa con sede en Suiza y mayor productora de atracina, insiste en que el producto es seguro. Syngenta ha llevado a cabo sus propios estudios sobre los efectos de la atracina y sostiene que «no existen evidencias compatibles ni convincentes para concluir que la atracina afecte de forma adversa a la fauna y flora silvestres en concentraciones ambientalmente pertinentes», escribió por email Chris Tutino, portavoz de la empresa.

Tutino señala que la concentración de atracina en el estudio de Pask es superior a la que encontrarían los ualabíes en el medio ambiente y lo describe como una «hipótesis de exposición improbable». Pask no está de acuerdo y cita evidencias de picos elevados de atracina en los arroyos australianos. Aunque la mayor concentración documentada en aguas australianas es casi una octava parte de la empleada en el estudio, los animales pueden exponerse a más atracina al consumir plantas rociadas con este producto químico, indica Pask.

Los ualabíes, como estos del parque nacional de Narawntapu, pueden exponerse al herbicida atracina en los arroyos y al consumir plantas rociadas con el producto químico, lo que puede afectar a su desarrollo sexual.

Fotografía de Ewen Bell, Nat Geo Image Collection

Desarrollo alterado

La atracina es el segundo herbicida más utilizado en Estados Unidos, donde cada año se rocían 31,7 millones de kilogramos sobre cultivos como el maíz, la caña de azúcar y el sorgo. Australia, el segundo mayor mercado de este producto químico, emplea 2,7 millones de kilogramos al año. Por su parte, la Unión Europea prohibió la atracina en 2004 por la falta de pruebas de que el producto fuera seguro y la preocupación por regular su concentración en las cuencas hidrográficas.

En Estados Unidos, la atracina es el plaguicida que se detecta más habitualmente en el agua corriente, según el Environmental Working Group, una organización sin ánimo de lucro que defiende reducir el uso de plaguicidas y una normativa más sólida sobre el agua potable. En 2010, el Consejo de Defensa de los Recursos Naturales de Estados Unidos analizó 153 sistemas de agua potable del país y descubrió que más de un tercio presentaban picos de atracina superiores a tres partes por mil millones, el límite establecido por la Agencia de Protección Ambiental (EPA). Algunos sistemas de Ohio, Illinois e Indiana presentaban picos superiores a 10 partes por mil millones en agua potable.

Pask explica que la atracina suele incrementar la conversión de testosterona en estrógeno, lo que puede empujar a un animal a desarrollar rasgos femeninos. La investigación sugiere que puede alterar el sistema endocrino, la red de glándulas y hormonas del cuerpo que gobierna desde el desarrollo de los órganos sexuales a la función nerviosa.

Como el sistema endocrino de los mamíferos es similar, estudios como este pueden tener posibles consecuencias para los humanos, según señala Jennifer Freeman, toxicóloga ambiental de la Universidad Purdue que no participó en el estudio.

Aunque no se han investigado de forma exhaustiva los efectos de la atracina en la salud humana, un estudio de 2013 de niños nacidos en Texas vinculó la exposición prenatal a altos niveles de atracina con las malformaciones genitales, como los penes pequeños, y un estudio del año anterior demostró que las mujeres que vivían en zonas con elevado uso de atracina eran más propensas a tener partos prematuros. Una evaluación de 2003 de la Agencia para Sustancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades del gobierno estadounidense reveló que «la exposición materna a la atracina en agua potable se ha asociado al bajo peso fetal y a anomalías cardíacas, urinarias y de las extremidades».

Se ha demostrado que la atracina tiene efectos nocivos en animales, incluso en niveles inferiores a los que figuran en la normativa para el agua potable en Estados Unidos. Un estudio de 2002 reveló formaciones genitales anormales en ranas macho expuestas a agua con solo una parte por mil millones de atracina. Otro estudio de 2010 describía que la atracina podía alterar el desarrollo de los órganos reproductivos en ranas macho en una concentración de 2,5 partes por mil millones. La mayoría de estas ranas tenían baja testosterona, un número de espermatozoides anormal y una fertilidad reducida. Una de cada diez de las ranas que anteriormente eran macho se convertía en hembras plenamente funcionales.

Los investigadores señalan que cualquier cosa que interfiera con la salud reproductiva de los ualabíes de Tammar podría ponerlos en riesgo, aunque por ahora sus poblaciones son relativamente estables.

Fotografía de imageBROKER, Alamy Stock Photo

En un estudio anterior dirigido por Pask, publicado en 2019, su grupo descubrió que los ratones expuestos a una concentración de atracina que se consideraba «sin efectos observados» en humanos provocaba un aumento de peso y un menor número de espermatozoides en los animales.

La potabilización puede reducir los niveles de atracina en humanos, pero los animales pueden encontrar concentraciones muy superiores en el medio natural. En los arroyos australianos cerca de tierras de cultivo, se han medido concentraciones de atracina de hasta 53 partes por millón (53 000 partes por mil millones) tras la temporada de pulverización.

En los campos de cultivo del sudoeste de Australia, donde viven los ualabíes de Tammar, los arroyos y los estanques con escorrentía de atracina «son unos de los únicos lugares donde hay una fuente de agua permanente para estos animales», afirma Pask. «Así que recorren largas distancias para beber de fuentes de agua contaminadas, por desgracia».

Efectos drásticos

Los ualabíes de Tammar pueden ingerir atracina cuando consumen plantas rociadas o cuando beben agua contaminada. Pask y sus colegas dieron a 20 ualabíes embarazados agua normal y a otros 20 agua con una concentración de atracina de 450 partes por millón (450 partes por mil millones). Se trata de una concentración elevada, pero es un nivel que los ualabíes podrían encontrar en el medio natural, apunta Pask. Las hembras bebieron esa agua durante el embarazo, el parto y la lactancia.

El equipo de Pask quería comprobar si los genitales de las crías macho nacidas de hembras que consumían atracina se desarrollaban de forma diferente. El desarrollo del pene es un buen indicador del equilibrio hormonal general de un animal durante la gestación, ya que los cambios hormonales le afectan fácilmente, señala Pask.

Las crías nacidas de madres que bebían agua contaminada tenían penes un 20 por ciento más cortos y mucho más delgados que los del grupo de control, y los genes responsables de la función testicular normal también presentaban alteraciones. Según el estudio, estos resultados sugieren que se había producido un desequilibrio hormonal durante el desarrollo embrionario.

«La verdad es que fue sorprendente observar efectos tan drásticos», afirma Pask.

La gestión de los marsupiales

Los ualabíes de Tammar macho tardan dos años en alcanzar la edad reproductiva, así que los investigadores aún no saben si la exposición a la atracina afectará a la reproducción, pero Pask prevé que el tamaño inferior de los penes dificultará la inseminación.

«Lo que describen son efectos muy drásticos», afirma Jenifer Sass, científica jefa y toxicóloga del Consejo de Defensa de los Recursos Naturales de Estados Unidos. Descubrir anomalías del desarrollo notables en ualabíes, incluso con una dosis elevada, es «escalofriante», dice Sass, en parte por el uso habitual de este producto químico y porque no se han comprenden del todo sus efectos en el desarrollo de los mamíferos.

En cambio, Tutino no está de acuerdo y señala que «casi 7000 estudios han concluido que la atracina es segura para los humanos y el medio ambiente a niveles de exposición pertinentes».

Actualmente, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza clasifica a los ualabíes de Tammar como «preocupación menor», pero es una especie que está cada vez más amenazada a medida que sus hábitats de pastizales se convierten en granjas de ganado y tierras de cultivo. «Cualquier presión adicional a la que se someta a una especie que dificulte que se reproduzca tendrá repercusiones graves», afirma Pask.

El próximo paso de su investigación, según dice, será estudiar concentraciones más pequeñas de atracina para determinar la dosis mínima con la que surgen los problemas. Indica que espera que su investigación pueda informar cuándo y dónde se rocían plaguicidas en las tierras de cultivo rurales de Australia, donde más se usa la atracina y donde viven muchos marsupiales.

«Como mínimo, debemos tener esto en cuenta en algunos de los planes de gestión de marsupiales para algunas de estas especies amenazadas».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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