¿Cuál es la diferencia entre una serpiente, una víbora y una culebra?

A menudo son términos utilizados como si fueran sinónimos, pero estos reptiles serpenteantes tienen algunas diferencias.

Una serpiente Atheris de la República Democrática del Congo

Mostrando su lengua viperina, una serpiente Atheris de la República Democrática del Congo olfatea su entorno. La mordedura de estas pequeñas serpientes arbóreas, que viven en las regiones tropicales de África, puede provocar fallo renal, hemorragias externas e internas lo bastante graves como para causar anemia y, a veces, la muerte.

Fotografía de Thomas Nicolon

También conocidas como ofidios, en el mundo existen más de 3000 especies de serpientes, una familia de reptiles que pertenece al orden Squamata junto a camaleones e iguanas. De ellas, más de un 10 por ciento son venenosas y, según datos de la Organización Mundial de la Salud, 138 000 personas mueren por mordeduras de serpiente cada año.

Estos serpenteantes animales se caracterizan por tener una mandíbula inferior móvil que les permite devorar presas de gran tamaño, además de una curiosa ausencia de extremidades que les hace reptar para desplazarse. Pero estos extraños reptiles también pueden saltar, volar e incluso trepar, según han descubierto los investigadores a lo largo de los últimos años.

Por ejemplo, la llamada serpiente voladora utiliza la velocidad de la caída y las contorsiones de su cuerpo para atrapar el aire y generar un impulso ascendente. Así, cambian la forma de su cuerpo para planear, según un estudio publicado en la revista Journal of Experimental Biology.

Los expertos sabían que las serpientes también son capaces moverse de lado sobre la arena, saltar entre árboles y nadar bajo el agua. Sin embargo, no fue hasta 2021 cuando un grupo de científicos documentó una forma de moverse completamente nueva: formar una especie de lazo con su cuerpo para trepar por un poste.

Aún es mucho lo que queda por conocer de estos escamosos animales; tanto, que a menudo no se tiene claro siquiera el significado de los diferentes términos que utilizamos para referirnos a ellas. ¿Qué distingue a una serpiente de una víbora o de una culebra?

Vídeo: Así devora esta anaconda una enorme presa
La anaconda verde es la serpiente más pesada del mundo y atrapa a sus presas de forma sigilosa. Imágenes del programa “Serpientes monstruosas”.

Estos términos suelen ser tomados como sinónimos cuando no lo son. Las serpientes son un suborden de los reptiles, llamado sauróptidos, que engloba a todas las especies de ofidios en general. Incluidas dentro de esta agrupación están las víboras y las culebras.

¿Inofensivas o venenosas?

Sobre el papel, distinguir a las culebras de las víboras es sencillo, pero en la práctica la complicación deriva de la dificultad de observarlas en malas condiciones de visibilidad o cuando están en movimiento.

Por su parte, las víboras son serpientes venenosas y tienen la cabeza algo más ancha y triangular, a veces con un hocico terminado en punta, según explica el herpetólogo e investigador Fernando Martínez Freiría, que investiga la biogeografía, ecología y conservación de las víboras ibéricas.

Las culebras, por su parte, suelen ser algo más grandes de tamaño, aunque también las hay más pequeñas y tienen la cabeza más redondeada que las víboras. Sin embargo, la principal diferencia es que las culebras no son venenosas, mientras que las víboras sí lo son.

Otro de sus principales rasgos distintivos son sus ojos, ya que las pupilas de las culebras son amplias y casi siempre circulares, al contrario que las víboras, que suelen tener una pupila lineal parecida a la de los gatos. Pero debe recordarse que las pupilas se adaptan a la cantidad de luz que hay, por lo que la pupila de una víbora podría parecer redonda en condiciones de oscuridad.

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Aunque es más difícil de observar, las culebras también suelen ser más finas y alargadas, mientras las víboras se llevan el papel más grueso, una cola de forma cónica y más corta. Además, los patrones de sus escamas también sugieren pistas: los diseños en zig-zag son típicos de las víboras.

A nivel taxonómico, la denominación víbora se suele referir de manera específica a la familia Viperidae, mientras que el término culebra es específico de la familia Colubridae, aunque de forma coloquial a veces se utiliza el término para referirse a las serpientes que son inofensivas para el ser humano.

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La última de las diferencias entre ambos grupos no proviene, sin embargo, de su anatomía, sino de nuestra relación con estos animales. Martínez-Freiría, que dirige varias líneas de investigación relacionadas con la biogeografía, ecología y conservación de las víboras ibéricas, asegura que “todos estos estudios tienen siempre una aplicación directa o indirecta en la conservación de las especies que, por ser serpientes y venenosas, también se dirigen a reducir el conflicto existente entre seres humanos y serpientes”.

La culebra que se disfraza de víbora

En Europa viven 45 especies de serpientes y 14 de ellas habitan en la península ibérica. De ellas, 11 son culebras no venenosas y las otras 3, víboras. “Todas ellas son importantísimas en nuestros campos, y son además un patrimonio natural para disfrutar y conservar”, afirma Alberto González, divulgador de Bicheando. “España es uno de los países con mayor riqueza ofidia de toda Europa”.

De hecho, las diferencias entre ambos grupos son tan marcadas que, curiosamente, por el comportamiento que adopta cuando se siente amenazada, la culebra más común de nuestro territorio ha sido bautizada como culebra viperina. Cuando esta serpiente es atacada, el patrón de sus escamas puede asemejarse al de una víbora mientras su cabeza adopta una forma triangular y la lanza hacia adelante en actitud defensiva.

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Según Martínez-Freiría, al contrario que las culebras y a pesar de que son ecológicamente muy similares, las tres especies de víbora “están adaptadas a distintas condiciones climáticas y presentan una distribución parapátrica entre sí, esto es que cada una está distribuida en una región y apenas solapan sus distribuciones”.

Para investigar estas diferencias, dependiendo de los objetivos del estudio y de la proximidad del lugar de muestreo, este investigador plantea distintas estrategias de trabajo de campo. “No es lo mismo hacer trabajo de campo para el seguimiento de una población localizada en las proximidades de nuestro centro de trabajo, que ir a obtener datos y muestras para un estudio de dinámicas poblacionales en las zonas de contacto o un estudio de variación de veneno realizado a escala regional”.

Amenazas y conservación

“Varios estudios señalan a la víbora hocicuda como el ofidio ibérico más amenazado”, afirma Martínez-Freiría. “La destrucción, fragmentación y pérdida de hábitat natural debido al desarrollo de infraestructuras para el ser humano como carreteras, viviendas o núcleos turísticos, la intensificación de la agricultura, con la destrucción de las márgenes de los bosques y muros de piedra, la roturación de terrenos para plantaciones extensivas de pinos y eucaliptos, o el incendio continuado de matorrales, son sin duda las amenazas más importantes que afectan a la conservación”.

Distintos trabajos han puesto en relieve la vulnerabilidad de nuestras especies al cambio climático. “Probablemente, ya está alterando las condiciones climáticas de sus actuales hábitats, favoreciendo, de forma general, la contracción de los rangos de distribución de las especies e incrementando, aún más, la fragmentación de las poblaciones y su desconexión”.

Además, la expansión de enfermedades emergentes como es el caso del hongo Ophidiomyces ophiodiicola, que es específico de serpientes y ha sido detectado en el norte y este de Europa, podría ser también nefasta. 

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Además, otras amenazas como la mortalidad directa de ejemplares por parte del ser humano, ya sea debido a aversión por los ofidios o por atropellos en la red de carreteras, así como la colección de ejemplares para fines terrariófilos o por superstición, pueden jugar un papel muy negativo a nivel local para todas las serpientes, ya sean culebras o víboras.

“Mis líneas de investigación pretenden proporcionar una mejor comprensión de cómo las fuerzas evolutivas y ecológicas interactúan a distintas escalas para producir los patrones de variación que pueden reconocerse en la naturaleza y, en consecuencia, identificar los factores de amenaza y anticipar las necesidades de conservación de la biodiversidad”, concluye Martínez-Freiría.

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