Estas islas de Alaska podrían formar parte de un mismo volcán

Un análisis preliminar de un archipiélago remoto sugiere que los que se consideraban pequeños volcanes independientes podrían en realidad formar parte de una enorme caldera.

Published 28 ene. 2021 13:57 CET
Fotografía de las Islas de las Cuatro Montañas

Las Islas de las Cuatro Montañas, en Alaska, constan de seis volcanes, varios de los cuales aparecen en la foto. El agitado monte Cleveland (centro) es uno de los más activos de las islas Aleutianas. Estudiar los riesgos volcánicos de este archipiélago es de vital importancia para el frecuente tráfico aéreo que lo sobrevuela. «Decimos que es una zona muy remota, y lo es, pero cuando asciendes a 30 000 pies hay [decenas de miles de] personas que pasan por ahí a diario», afirma el geofísico John Power.

Fotografía de NASA

Un archipiélago volcánico en la costa meridional de Alaska podría formar parte de una misma caldera gigante, según evidencias presentadas en la reunión de otoño de la Unión Estadounidense de Geofísica. De ser así, es posible que el nuevo gigante volcánico entrara en erupción y causara una explosión tan grande que eclipsaría a la catastrófica erupción del monte santa Helena en 1980.

Este monstruo en cuestión se caracteriza por un cúmulo semicircular de picos en las islas Aleutianas conocidas como Islas de las Cuatro Montañas (IFM, por sus siglas en inglés). Aunque durante años se consideraron volcanes independientes, los seis picos —Herbert, Carlisle, Cleveland, Tana, Uliaga y Kagamil— podrían ser una serie de respiraderos conectados a lo largo del borde de una gran caldera volcánica.

Con todo, aunque la idea se confirme, los resultados no presagiarían necesariamente una catástrofe futura.

«El resultado de esta nueva investigación no cambia los riesgos», afirma John Power, geofísico del Servicio Geológico de Estados Unidos y del Observatorio de Volcanes de Alaska que presentó el trabajo en la reunión. «No estamos pronosticando un fenómeno peligroso».

En busca del gigante

Los científicos no buscaban pruebas de la explosión cuando visitaron las IFM por primera vez en 2014, sino que se centraron en la arqueología de la región. Durante los dos años siguientes, un segundo grupo las visitó para estudiar las bases tectónicas de los volcanes.

Los investigadores examinaron la geología local y emplearon una serie de tecnologías para estudiar la región, como sismómetros para captar temblores diminutos y análisis químicos para determinar la composición de los gases que emanaban del suelo. Sin embargo, al repasar los datos empezaron a aparecer rasgos sorprendentes que, como han averiguado hace poco, podrían deberse a una antigua erupción enorme.

La primera pieza del rompecabezas fue la curiosa forma de medio anillo de los volcanes de las IFM. Una explicación podría ser una caldera.

Las calderas se forman cuando un gran depósito de magma se vacía de repente y el suelo que había sobre él se derrumba, creando una depresión en la superficie terrestre que puede medir de 1,5 a 48 kilómetros de diámetro. La formación de una caldera produce una serie de fracturas por las que puede filtrarse el magma a la superficie, así que es habitual que se formen cúmulos volcánicos en sus bordes o centros.

En este caso, los investigadores sospechaban que los volcanes de las IFM podrían representar una serie de estructuras geológicas conectadas alrededor de una posible caldera de 19 kilómetros de diámetro, que creen que yace a decenas de metros bajo la superficie de las gélidas aguas del Pacífico.

«Este sería un problema sencillo si estuviera en tierra», afirma Diana Roman, vulcanóloga del Instituto Carnegie para la Ciencia y una de las investigadoras principales del proyecto. «Pero está bajo el agua, así que complica mucho la situación».

Otra pieza del puzle fue el hallazgo de unas rocas llamadas ignimbritas soldadas. Estos materiales se forman cuando una gran erupción deja capas de ceniza volcánica candente tan gruesas que los granos se sueldan y forman rocas sólidas, explica Pete Stelling, que participó en la temporada de investigación de 2015, pero no en el nuevo análisis.

Con estos datos enigmáticos, el equipo empezó a buscar información que explicara el fenómeno. Recopilaron una amplia selección de pruebas, entre ellas anomalías gravitatorias obtenidas de datos por satélite y estudios batimétricos realizados en la zona poco después de la Segunda Guerra Mundial. Aunque no era en alta resolución, la cartografía del fondo marino sugería la existencia de varias estructuras curvas en los bordes y una depresión de más de 120 metros de profundidad que podría formar parte de una caldera.

De confirmarse sus sospechas, el equipo cree que la posible cuenca submarina podría haberse creado tras una explosión volcánica a la que le faltó poco para ganarse la etiqueta de «supererupción».

«Cualquier pieza de estas evidencias es cuestionable», afirma Power. «Pero a medida que obtenemos más y más, el argumento se fortalece».

Grande, pero no la más grande

El equipo advierte que aún quedan muchas incógnitas sobre la estructura. Por ejemplo, aún no están seguros del tamaño de la caldera ni saben si fue la consecuencia de una sola explosión o de varias erupciones más pequeñas.

Aunque hubiera sido una sola erupción, habría sido mediana comparada con otras en la historia geológica mundial, señala Roman. Por ejemplo, un cálculo muy aproximado situaría la erupción de las IFM en una décima parte del tamaño de la que sacudió Yellowstone hace unos 640 000 años, afirma Adam Kent, vulcanólogo de la Universidad del Estado de Oregón que no formó parte del equipo del estudio. «Podría haber provocado cambios en el mundo», dice. «Pero no habría provocado el fin del mundo».

Con todo, las investigaciones preliminares aportan algunas pistas tentadoras que ayudarán a los científicos a entender mejor los riesgos actuales y futuros en esta región.

«Esto sienta las bases de una historia para la investigación futura», afirma Jackie Caplan-Auerbach, vulcanóloga y sismóloga de la Universidad de Washington Occidental que no formó parte del equipo del estudio.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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