Identifican nuevos medicamentos como posibles herramientas para combatir la COVID-19

Es probable que nunca exista un tratamiento perfecto para curar la COVID-19, pero administrar la medicación adecuada para los pacientes adecuados puede salvar vidas.

Publicado 25 feb. 2021 11:24 CET
Un trabajador sanitario ayuda a un paciente de coronavirus

Un trabajador sanitario ayuda a una paciente de coronavirus en una unidad de cuidados intensivos de un centro de tratamiento y aislamiento para las personas con COVID-19 en Machakos, Kenia, el martes, 3 de noviembre del 2020.

Fotografía de Brian Inganga, AP

Tras más de un año enfrentándose al virus SARS-CoV-2, los médicos todavía afrontan la misma realidad que hace unos meses: no existen soluciones fáciles y rápidas para tratar la COVID-19.

«No me sorprende que no tengamos una solución mágica», afirma Adarsh Bhimraj, que trabaja en la Clínica Cleveland y es uno de los autores principales de las pautas de tratamiento de la COVID-19 de la Sociedad de Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos (IDSA, por sus siglas en inglés). «Ninguna de las infecciones respiratorias virales que hemos conocido estas últimas décadas y siglos tiene una solución mágica».

Los avances en el tratamiento de la COVID-19 han llegado de forma gradual, con una combinación de medicamentos desarrollados originalmente para combatir otros virus y tratamientos cuya seguridad y eficacia se han probado para abordar síntomas en fases avanzadas de la enfermedad, como los esteroides que se utilizan para combatir la inflamación.

Pero en los últimos meses, los ensayos clínicos han sugerido varios medicamentos que podrían añadirse a la caja de herramientas contra la COVID-19. Por sí solos, cada uno de estos tratamientos ofrece un beneficio modesto. Su fuerza se deriva de la acumulación de varios tratamientos, el tipo de método aditivo que, tras años de investigación, ha dado buenos resultados en otras enfermedades.

«Pensemos en la forma en que tratan a las personas con infarto de miocardio: están los stents, la aspirina, los agentes anticoagulantes, los tratamientos para la tensión arterial, las estatinas, cada uno de los cuales elimina la parte siguiente del riesgo de muerte», afirma Martin Landray, cardiólogo de la Universidad de Oxford y coinvestigador principal del ensayo RECOVERY del Reino Unido, el mayor ensayo del mundo con fármacos para tratar la COVID-19.

Expandir la caja de herramientas contra la COVID-19

Por ahora, solo se ha consensuado que dos fármacos son eficaces contra la COVID-19. El primero es el caro medicamento antiviral remdesivir, que acorta las estancias hospitalarias al impedir que el virus se reproduzca, pero no parece reducir el riesgo de fallecer de COVID-19. El otro, el esteroide dexametasona, es barato y es la única medicación que reduce el riesgo de muerte en pacientes de COVID-19 graves, tal y como se ha confirmado en ensayos clínicos. «La gente cree que los esteroides son útiles, con diferencia», afirma Bhimraj.

Pero los investigadores podrían estar cada vez más cerca de identificar otros tratamientos que son seguros y eficaces. De las decenas de medicaciones que Bhimraj y sus colegas especialistas están examinando, unos cuantos parecen posibles candidatos a tratamientos. Uno de ellos es el modulador inmunitario tocilizumab, un anticuerpo que actualmente se utiliza para tratar la artritis reumatoide.

Al igual que la dexametasona, el tocilizumab mitiga la respuesta inmunitaria exagerada que, en casos graves de COVID-19, puede causar inflamación dañina. Sin embargo, funcionan de formas diferentes. La dexametasona reduce la hinchazón y modera la respuesta inflamatoria del cuerpo. El tocilizumab suprime un receptor celular que puede estar implicado en las frenéticas «tormentas de citocinas» que pueden causar inflamación dañina en la COVID-19.

El tocilizumab se ha estudiado en ensayos previos que no hallaron ningún beneficio destacable. Pero en las últimas semanas, dos grandes ensayos aleatorizados han desvelado que el medicamento reducía el riesgo de muerte en pacientes de COVID-19 hospitalizados.

En enero, el ensayo REMAP-CAP, realizado en 19 países, anunció los resultados de una prueba con tocilizumab y sarilumab, un medicamento relacionado, en 803 personas. Los resultados probaban que los pacientes de COVID-19 en estado crítico que habían recibido los medicamentos eran menos propensos a necesitar un respirador y sobrevivían con más frecuencia que los pacientes en estado crítico que no recibieron el medicamento.

En el ensayo RECOVERY, que ha seleccionado a personas de 180 lugares del Reino Unido, los investigadores identificaron a un grupo de 4116 pacientes de COVID-19 hospitalizados y administraron aleatoriamente tocilizumab a la mitad y un placebo a la otra mitad. En los pacientes que tomaron tocilizumab, el riesgo relativo de muerte por la COVID-19 disminuyó un 14 por ciento y las probabilidades de recibir el alta hospitalaria aumentaron aproximadamente un 20 por ciento frente a los pacientes que no habían recibido el medicamento.

Bhimraj dice que, aunque los resultados son prometedores, tendrán que ser examinados. «Son prepublicaciones, no han sido revisadas por expertos externos. Así que hay que cogerlas con pinzas», afirma.

A diferencia de ensayos previos, que podrían haber incluido a decenas o cientos de personas, el ensayo RECOVERY ha seleccionado a más de 37 000 pacientes que han recibido los múltiples tratamientos que ha probado. La magnitud del ensayo aporta a estos estudios —que incluían las primeras pruebas de la eficacia de la dexametasona— suficiente peso estadístico para comprobar si un medicamento cualquiera ayuda o perjudica a los pacientes de COVID-19. «Si sumaras todos los ensayos previos [del tocilizumab], son mucho más pequeños», afirma Landray.

Por ahora, los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH, por sus siglas en inglés) y la IDSA no recomiendan el tocilizumab como tratamiento para la COVID-19 fuera de un ensayo clínico.

Otro medicamento que ha resultado prometedor recientemente es el baricitinib, un fármaco que se suele utilizar para tratar la artritis reumatoide. Los NIH recomiendan administrar baricitinib con remdesivir en los casos en que los pacientes graves con COVID-19 no pueden recibir esteroides como la dexametasona porque son alérgicos o padecen otras afecciones. De media, añadir el fármaco reduce el tiempo de recuperación de los pacientes un día, ya que contiene las respuestas desenfrenadas del sistema inmunitario, comparado con el uso del remdesivir por sí solo, según un ensayo publicado en diciembre en el New England Journal of Medicine.

También están cambiando recomendaciones de tratamientos con plasma de convalecientes, que es el plasma sanguíneo con anticuerpos extraído a supervivientes de COVID-19 y administrado a los pacientes. El 4 de febrero, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) limitó la autorización del tratamiento al plasma que contuviera niveles elevados de anticuerpos, citando pruebas de que el plasma con niveles bajos de anticuerpos no ayudaba. Las recomendaciones actualizadas también limitan los tratamientos con plasma de convalecientes a pacientes de COVID-19 hospitalizados que todavía están en las primeras fases de la enfermedad.

Otros tratamientos en el horizonte

Los ensayos clínicos no concluidos siguen estudiando fármacos nuevos y conocidos para comprobar su eficacia contra la COVID-19. Es demasiado pronto para determinar si estos tratamientos tendrán éxito.

Un tratamiento prometedor son anticoagulantes como la heparina, que podrían reducir el riesgo de coágulos sanguíneos e impedir que los pacientes empeoren. En un comunicado del 22 de enero, Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre de Estados Unidos anunció que entre 1000 pacientes con casos moderados hospitalizados durante tres ensayos clínicos, los anticoagulantes reducían el riesgo de que necesitaran respiradores. Sin embargo, el instituto insistió en que los anticoagulantes no parecían ayudar —e incluso podrían perjudicar— a los pacientes de COVID-19 que ya se encontraban en estado crítico, reflejando hallazgos publicados en diciembre.

«Este es un ejemplo concluyente de lo importante que es estratificar a los pacientes con gravedades diferentes en los ensayos clínicos. Lo que podría ayudar a un subgrupo podría no beneficiar o incluso perjudicar a otro», escribió Francis Collins, director de los NIH, en una entrada de blog el 2 de febrero acerca de los resultados de los anticoagulantes.

Mientras los investigadores estudian las diferentes gravedades de los casos de COVID-19, algunos se centran en impedir que los casos leves acaben en el hospital. El ensayo COLCORONA del Instituto del Corazón de Montreal, por ejemplo, está examinando el antiinflamatorio colquicina, que se emplea para tratar la gota y algunas cardiopatías.

En un comunicado de prensa y una prepublicación complementaria publicados a finales de enero, los investigadores de COLCORONA declararon que, entre 4488 participantes con casos leves que habían pasado en casa, la colquicina reducía casi un 21 por ciento el riesgo combinado de hospitalización o muerte, comparado con los pacientes que no habían recibido el medicamento.

Sin embargo, los facultativos todavía ven la colquicina con un escepticismo sano, ya que la estadística clave del estudio —la reducción del 21 por ciento— se basa en un grupo pequeño de personas. En general, el ensayo presentaba tasas de mortalidad y de hospitalización bajas, lo que significa que una muerte u hospitalización cualquiera podrían tener un efecto desmesurado en los resultados. De los 4488 pacientes que participaron, solo 235 acabaron en el hospital o fallecieron, entre ellos 104 que habían recibido colquicina y 131 que no habían recibido el fármaco.

Tampoco está claro si el medicamento reduce el riesgo de muerte. De los 4159 pacientes del estudio con casos de COVID-19 confirmados en laboratorios, cinco de la mitad que recibió colquicina fallecieron, frente a nueve en la mitad sin colquicina.

En febrero, el INESSS, el instituto de investigación clínica de Quebec, declaró que era «prematuro apoyar el uso de colquicina en personas no hospitalizadas con un diagnóstico de COVID-19», según la CBC.

Entretanto, otros investigadores están empezando a estudiar si la colquicina puede ayudar a pacientes con COVID-19 hospitalizados en estado grave. Landray dice que el ensayo RECOVERY está expandiéndose para probar la colquicina, la aspirina, el baricitinib y el cóctel de anticuerpos utilizado para tratar al presidente Donald Trump a finales del 2020.

Sin embargo, los expertos insisten en que, a corto plazo, la mayor ayuda para reducir la tasa de mortalidad de la COVID-19 no vendrá de la mano de las opciones terapéuticas, sino de las vacunas. Todas las vacunas autorizadas actualmente son muy eficaces en la prevención de los casos graves de COVID-19.

«El virus está adaptándose a nosotros, pero por suerte nosotros nos adaptamos a él tecnológicamente con nuestros cerebros y podemos adaptarnos a él relativamente rápido», afirma Bhimraj.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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