Las cuatro décadas de investigación de una vacuna contra el VIH ofrecen nuevas esperanzas

Aunque la realidad tiene más matices de lo que sugiere el reciente revuelo, una estrategia innovadora ofrece nuevas herramientas para combatir este virus devastador.

Publicado 4 may 2021 14:33 CEST
Imagen por ordenador del inmunógeno eOD-GT8

Imagen por ordenador del inmunógeno eOD-GT8.

Fotografía de Joseph Jardine, Sergey Menis y William Schief de Scripps Research e IAVI

Cuando el virólogo José Esparza empezó a trabajar con la Organización Mundial de la Salud para combatir la epidemia de sida en la década de 1980, él y muchos de sus colegas estaban convencidos de que una vacuna sería la solución y que se produciría enseguida.

Su optimismo se basaba en una ciencia sólida: los investigadores sabían que las personas producen anticuerpos contra el virus de la inmunodeficiencia humana que causa el sida. Y estimular la producción de anticuerpos ya era una estrategia de vacunas habitual y de éxito que había reducido drásticamente los casos de sarampión, viruela y muchas otras enfermedades. Enfrentarse al sida parecía igualmente factible.

«Creímos que iba a ser pan comido», cuenta Esparza, exasesor principal de la Fundación Bill y Melinda Gates, que ahora está afiliado con la Facultad de Medicina de la Universidad de Maryland. «No conocíamos la complejidad del VIH». Más de tres décadas después, todavía no existe una candidata viable a vacuna contra el VIH, aunque los científicos han producido vacunas eficaces contra el virus SARS-CoV-2 que causa la COVID-19 menos de un año después de su aparición.

Ahora, recientes hallazgos suscitan nuevas esperanzas. En una conferencia internacional sobre el sida en febrero, internacional de Scripps Research e IAVI, una organización sin ánimo de lucro de investigación de vacunas, anunciaron resultados de análisis de sangre prometedores de los ensayos en fase I en humanos de una nueva estrategia de vacunación contra el VIH. Los resultados, que todavía no se han publicado, llamaron la atención del público de una forma que solo podría ser posible en la era de las redes sociales. «ESTO ES IMPORTANTÍSIMO», decía un tuit del usuario @AugustusRotter. El tuit tuvo miles de me gusta y retuits a principios de abril.

Con todo, la realidad tiene muchos más matices de lo que sugiere este revuelo, señala William Schief, inmunólogo de Scripps y director ejecutivo de diseño de vacunas en el Centro de anticuerpos neutralizantes de IAVI. Aunque la respuesta inmunitaria que detectó su equipo es un hallazgo demostrativo importante, advierte que aún quedan años para producir vacunas que hagan que las personas sean menos propensas a infectarse por el VIH. Incluso entonces, es probable que la posible vacuna incluya varias dosis, algo que podría ser difícil de aceptar.

«A nivel científico, es un concepto precioso», afirma Esparza. «A nivel práctico, no será fácil de implementar».

Con todo, tras décadas de reveses, los resultados son una buena noticia y existen algunos vínculos intrigantes con la investigación de vacunas anticovídicas que podrían acelerar el trabajo contra el VIH.

«Es un pequeño paso hacia fabricar una vacuna contra el VIH, pero también un paso gigantesco» que sugiere un camino viable a seguir, dice Schief. «Y, de hecho, en este caso específico, ha funcionado increíblemente bien».

Tres olas de esperanza

La búsqueda de una vacuna contra el VIH comenzó poco después de que los científicos aislaran el virus y confirmaran que causaba el sida en 1984. Desde entonces, la misión científica ha seguido tres olas de investigación, según explica Esparza, que publicó el relato histórico sobre la búsqueda de una vacuna contra el VIH en 2003.

La primera ola se centró en la idea más establecida: intentar estimular el sistema inmunitario humano para producir los denominados anticuerpos neutralizantes, que inactivan virus específicos. Esta es la estrategia que emplean muchas otras vacunas, incluida la anticoronavírica. Durante años, los investigadores trabajaron para identificar anticuerpos producidos por las personas al reaccionar a la infección por el VIH y después desarrollar vacunas que indujeran la producción de anticuerpos similares.

Pero el VIH resultó ser un enemigo esquivo. Los anticuerpos atacan proteínas específicas en la superficie del virus. Sin embargo, el VIH muta rápidamente y produce variantes que los anticuerpos no pueden reconocer, lo que significa que siempre va un paso por delante del sistema inmunitario. Schief explica que, en un estudio clásico, los investigadores analizaron varias veces la sangre de personas infectadas por el VIH y descubrieron que los anticuerpos producidos por sus sistemas inmunitarios iban siempre de tres a seis meses por detrás del virus.

«El VIH es un blanco científico mucho más difícil» que el SARS-CoV-2, señala Larry Corey, experto en virología, inmunología y desarrollo de vacunas en el Centro de Investigación del Cáncer Fred Hutchinson en Seattle e investigador principal de la Red de Ensayos de Vacunas contra el VIH. «El 98 por ciento de los humanos se recuperan del SARS-CoV-2 y estamos en cero de 78 millones recuperados del VIH».

Para principios de la década del 2000, había llegado una segunda ola de vacunas contra el VIH, basadas en la idea de centrarse en los linfocitos T citotóxicos del cuerpo en lugar de tratar de estimular los anticuerpos. La inmunidad humana a largo plazo depende de dos grupos principales de células: los linfocitos B y los linfocitos T. Ambos ayudan a producir anticuerpos, pero los linfocitos T también buscan y destruyen células infectadas. La idea de crear vacunas con linfocitos T consistía en estimular células que reconocen las proteínas internas del virus.

En 2007, esa idea no solo no proporcionó protección en un ensayo doble ciego aleatorizado en fase II llamado STEP, sino que también parecía incrementar el riesgo de infección por el VIH. «El ensayo fracasó estrepitosamente», dice Esparza.

Ese no fue el único intento de crear vacunas que fracasó. Tras décadas de ensayos en humanos, solo uno ha mostrado cierto nivel de eficacia. Se completó en 2009 en Tailandia y consistía en una combinación de dos vacunas, que adoptaron la estrategia de primera ola de inducir anticuerpos. Redujo los índices de infección por el VIH en un 31 por ciento, lo que no basta para obtener la aprobación reglamentaria.

Los linfocitos B indiferenciados

La tercera y actual ola de investigación de vacunas contra el VIH comenzó a finales de la década del 2000, cuando los investigadores descubrieron que una pequeña minoría de personas infectadas por el VIH producen anticuerpos especialmente potentes que pueden neutralizar muchas cepas del VIH al mismo tiempo. Hasta la fecha, se han identificado decenas de estos anticuerpos ampliamente neutralizantes, que atacan partes de la superficie viral (como las proteínas de la espícula del SARS-CoV-2) que son constantes en varias cepas.

Las personas que fabrican estas proteínas no pueden combatir el VIH porque sus cuerpos no fabrican estos anticuerpos hasta después de que la infección viral ha arraigado, y el virus sigue mutando entre tanto, explica Schief. Pero el descubrimiento dio lugar a una nueva idea: quizá una vacuna eficaz podría adelantarse al virus atacando los denominados linfocitos B indiferenciados (también conocidos como células precursoras), que circulan en nuestra sangre, dice Schief. Si una vacuna pudiera hacer que los linfocitos B indiferenciados adquirieran mutaciones que los transformaran en células que producen anticuerpos ampliamente neutralizantes antes de una infección por el VIH, el cuerpo podría ser capaz de combatirlo cuando se encuentre con el virus por primera vez.

En 2010, el grupo de Schief empezó a trabajar con una clase de anticuerpos ampliamente neutralizantes llamados VRC01, los primeros descubiertos por el Centro de Investigación de Vacunas de los NIH (Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos). Primero, desarrollaron una nanopartícula proteica artificial que, según informaron, podía fijarse a los linfocitos B indiferenciados en muestras de sangre humanas. En estudios con ratones, la nanopartícula era capaz de activar estas células y hacer que se multiplicaran y mutaran para producir anticuerpos similares al VRC01. El nuevo estudio aspiraba a descubrir si podría ocurrir lo mismo en personas.

Era una gran incógnita. Schief dice que solo uno de cada 300 000 linfocitos B indiferenciados tiene el potencial de convertirse en células que producen anticuerpos VRC01. Pero en un análisis de sangre complejo, el equipo descubrió que 35 de 36 personas que habían recibido la vacuna, una «nanopartícula proteica artificial», producían los linfocitos B.

Estos hallazgos, que todavía están siendo analizados y aún no se han presentado para su publicación, distan mucho de demostrar cualquier tipo de protección contra el VIH, advierte Schief, aunque muchos usuarios de redes sociales han hecho que parezca que la vacuna contra el VIH se encuentra a la vuelta de la esquina.

«Alguien publicó un tuit hace una semana que indicaba que nuestro ensayo inducía respuestas que podían proteger al 97 por ciento de las personas vacunadas», dice. «Eso es completamente falso».

Schief dice que, a la larga, puede que las personas reciban varias dosis a lo largo de semanas o años, partiendo con la que empieza donde empezó el nuevo ensayo: interactuando con los linfocitos B indiferenciados adecuados para que comience el proceso. Las dosis siguientes guiarían a los linfocitos B para que produjeran anticuerpos ampliamente neutralizantes maduros.

«Intentamos ponernos en el asiento del conductor del sistema inmunitario y educarlo paso a paso con una vacuna», afirma Schief. Algún día, esa misma idea podría dar pie a vacunas contra el Zika, la hepatitis C, la malaria y otras enfermedades, entre ellas una vacuna antigripal universal y contra futuros coronavirus.

Este trabajo también es una señal de que los científicos van por el camino correcto, dice Corey, y se suma a un estudio reciente que descubrió que administrar a las personas niveles elevados de anticuerpos ampliamente neutralizantes puede prevenir el VIH.

Sacando partido de la infraestructura de vacunas contra la COVID-19 

Además de los desafíos científicos, la investigación de vacunas contra el VIH se ha visto obstaculizada porque no hay una sensación de urgencia. Mientras que la voluntad pública y política, además de importantes inversiones del sector, impulsó la iniciativa contra la COVID-19 para que avanzara a velocidad de récord, el VIH es una enfermedad que afecta desproporcionadamente a grupos marginados, señala Esparza, y las empresas farmacéuticas no han querido invertir en ensayos caros sobre el VIH hasta que los científicos establecieron la ciencia básica.

«Si la sociedad realmente valorara una vacuna contra el VIH, habríamos hecho varios ensayos de eficacia de forma paralela, como se hizo con la COVID», dice Esparza. «Caros, sí. Pero el coste de la epidemia del VIH ha sido enorme».

Según un estudio, el gasto sanitario en VIH/sida ascendió a un total de más de 562 000 millones de dólares en 188 países entre el 2000 y el 2015.

Así que, mientras el mundo contempla la llegada de vacunas anticovídicas a velocidades sin precedentes, se espera que el entusiasmo dé impulso al tipo de iniciativas de desarrollo de vacunas a largo plazo que serán cruciales para combatir el VIH.

De hecho, las dos están conectadas. Las iniciativas de vacunación contra la COVID-19 se basaron en la infraestructura clínica, de laboratorio y bioestadística creada por la Red de Ensayos de Vacunas contra el VIH, indica Corey. Schief añade que, durante años, su grupo ha colaborado con Moderna para analizar la administración de ARNm de sus proteínas en modelos animales. Planean colaborar para crear cuanto antes candidatas a vacunas contra el VIH para su uso en ensayos clínicos en humanos.

Ante el entusiasmo por las vacunas anticovídicas y la nueva tecnología de ARNm que puede producir variaciones de las vacunas rápidamente, este podría ser el momento para generar un nuevo interés en la búsqueda de vacunas contra el VIH, que también requerirá la colaboración del público.

«Si conseguimos una vacuna contra el VIH, creo que la experiencia mundial con las vacunas anticovídicas podría facilitar su implantación», dice Schief.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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