Por qué las vacunas tienen efectos secundarios y cuándo deberían preocuparnos

Los escalofríos, el dolor de cabeza y la fatiga tras una vacuna son perfectamente normales. Pero las reacciones pueden variar mucho y no reflejan cómo respondería tu sistema inmunitario a una infección por COVID-19.

Publicado 14 may 2021 11:41 CEST
Una sanitaria recibe una dosis de la vacuna de Pfizer-BioNTech

BOGOTÁ, COLOMBIA - 10 DE ABRIL: Una trabajadora sanitaria recibe una dosis de la vacuna de Pfizer-BioNTech en un centro de vacunación sin salir del coche en el centro comercial de Bima durante un confinamiento estricto reinstaurado para frenar la propagación del coronavirus.

Fotografía de Guillermo Legaria, Getty Images

Los efectos secundarios de las vacunas pueden ser un poderoso elemento disuasorio para algunas personas. Para abordar este problema, en 1991 un grupo de científicos de Minnesota —del Departamento de Asuntos Veteranos y la Clínica Mayo— diseñó un experimento para comprobar con qué frecuencia se producen estas reacciones desagradables.

En el estudio participaron más de 300 veteranos de más de 65 años que habían recibido la vacuna antigripal seguida dos semanas después por un placebo con agua salada, o un placebo seguido dos semanas después por la vacuna real.

Cuando los investigadores desenmascararon el estudio para comprobar quién había recibido la vacuna y quién el placebo, los efectos secundarios se dividían a partes iguales entre ambos grupos, explica Robert Jacobson, director médico del programa de ciencias de la salud y población de la Clínica Mayo. «Casi un cinco por ciento dijo que se había puesto más enfermo que nunca», afirma Jacobson. Aunque la mitad de estas personas habían recibido el placebo, se habían quejado de sufrir las peores jaquecas o las peores fiebres de sus vidas. El mensaje, según Jacobson es que «es fácil confundir una reacción alérgica con los nervios o las emociones o incluso con tener el estómago revuelto por la ansiedad».

Estudios recientes demuestran que algunos efectos secundarios, incluso aquellos causados por las vacunas anticovídicas, no se deben a las vacunas, sino a nuestros propios miedos. «Lo hemos visto en el ejército, cuando los reclutas jóvenes, que creen que pueden tolerar cualquier cosa, se desmayan cuando les ponen las inyecciones porque su cuerpo reacciona de forma exagerada», afirma Jacobson.

Es una lección que podría resultar útil a los profesionales sanitarios, que pueden asegurar a los pacientes que la mayoría de los efectos secundarios son normales y predecibles, y que ni siquiera podrían ser causados por la vacuna. Por ejemplo, en estudios de la vacuna de Pfizer/BioNTech, el 23 por ciento de las personas de entre 16 y 55 años que recibieron el placebo se quejaron de haber sufrido fatiga tras la segunda dosis y un 24 por ciento, de dolor de cabeza.

Los estudios sí sugieren que hasta siete de cada diez personas que reciben la segunda dosis tienen algún tipo de reacción. Algunas sienten dolor en el lugar de la inyección. Pueden sufrir picor o urticaria, o una amplia gama de síntomas gripales, como escalofríos y fiebre, dolor de cabeza o fatiga, que puede obligarlas a permanecer en la cama durante uno o dos días. Con todo, es importante poner en perspectiva estos efectos secundarios, señala Jacobson, «porque estas son reacciones transitorias, temporales y leves que desaparecen en pocos días».

¿Qué causa las reacciones inmunitarias?

En el caso de las vacunas anticovídicas autorizadas —Pfizer, Moderna y Johnson & Johnson—, todas contienen instrucciones genéticas para la fabricación de proteínas de la espícula, que se encuentran en la superficie del coronavirus y permiten que infecte células humanas. Cuando las células humanas reciben estas instrucciones, producen copias de la proteína de la espícula. Pero como las células sólo fabrican una parte del virus, y no todo el patógeno, no enfermamos. Aunque la espiga extraña no puede causar la enfermedad, sí puede desencadenar una respuesta inmunitaria de dos pasos, tal y como se supone que debe hacer.

La reacción física inmediata a la vacuna anticovídica es causada por el sistema inmunitario innato. Cuando una persona se vacuna, una oleada de glóbulos blancos llamados macrófagos y neutrófilos acuden al lugar de la inyección y empiezan a generar sustancias químicas llamadas citocinas. Esta respuesta desencadena una amplia gama de síntomas, como inflamación e hinchazón en el lugar de la inyección, fiebre, fatiga y escalofríos.

Por consiguiente, los efectos secundarios son una reacción natural a la vacunación. Esta respuesta —denominada «reactogenia»— quiere decir que las vacunas provocan una respuesta inmunitaria inicial intensa y desencadenan una amplia gama de síntomas. De aproximadamente 3 600 000 personas vacunadas que participaron en una encuesta en febrero, casi el 70 por ciento dijo haber sentido dolor en el lugar de la inyección, el 33 por ciento se sintió fatigado, el 29 por ciento tuvo dolores de cabeza, el 22 por ciento sufrió dolor muscular, y el 11 tuvo fiebre y escalofríos tras la primera dosis de la vacuna anticovídica. Los síntomas eran aún más pronunciados tras la segunda dosis. Con todo, la respuesta inmunitaria innata es breve y solo dura unos días.

¿Por qué difieren las reacciones a las vacunas y qué nos revelan?

Pero no todo el mundo sufre efectos secundarios tras vacunarse contra la COVID-19. Algunas personas se encuentran perfectamente después de las dos dosis. Los científicos no saben el porqué, dice Sujan Shresta, inmunóloga del Centro de Investigación de Enfermedades Infecciosas y Vacunas del Instituto de Inmunología de La Jolla, en California. «Pero no es una sorpresa que cada persona tenga una respuesta inmunitaria diferente».

Hay varios factores que pueden contribuir a esta gran variación. Por ejemplo, las mujeres suelen presentar reacciones inmunitarias más intensas que los hombres, lo que podría explicar por qué son más propensas a sufrir los efectos secundarios de las vacunas.

«Cada persona tiene su propio sistema inmunitario individual», explica John Wherry, director del instituto de inmunología de la Universidad de Pensilvania, en Filadelfia. «Es casi como nuestra huella dactilar inmunológica, impulsada por la genética, el género, la dieta, nuestro entorno e incluso nuestra historia de la vida, que es todo aquello a lo que se ha expuesto nuestro sistema inmunológico en el pasado y a lo que se ha preparado para reaccionar con el paso de los años».

Con todo, aunque no sufras una reacción desagradable, las vacunas funcionan porque el trabajo real del sistema inmunitario —y de las vacunas— tiene lugar durante la segunda fase de la respuesta inmunitaria, la adaptativa. Durante esta fase, la proteína de la espícula generada mediante la vacuna enseña a los linfocitos B a producir anticuerpos que puedan enfrentarse al virus y a los linfocitos T a localizar y destruir células infectadas. Pero tarda días o semanas en proporcionar esta protección duradera contra el virus.

Este también es el motivo por el que se suelen tener reacciones más intensas a la segunda dosis. Tres semanas después de la primera dosis, el sistema inmunitario ya ha sido preparado y los linfocitos B y T están preparados para el combate. Cuando alguien se pone la segunda dosis, responden tanto la inmunidad innata como la adaptativa.

Con todo, todavía se desconoce si sufrir una reacción grave a las vacunas es una medida de la fuerza del sistema inmunitario. Tampoco sabemos si quiere decir que alguien que no tiene una respuesta innata fuerte será más vulnerable o más resistente a la COVID. «Realmente no contamos con datos sobre el terreno sobre si una persona que sufre efectos secundarios intensos tendrá una infección de COVID más grave y viceversa», afirma Wherry.

Las mujeres tienen más efectos secundarios

En un estudio de febrero que analizó los datos de los primeros 13,7 millones de personas vacunadas contra la COVID-19, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades descubrieron que casi el 80 por ciento de las personas que sufrieron reacciones eran mujeres, aunque solo el 61,2 por ciento de las dosis se habían administrado a mujeres. Del mismo modo, los CDC informaron de que todas las reacciones anafilácticas a la vacuna de Moderna han sido en mujeres; 44 de las 47 personas que han tenido estas reacciones a la vacuna de Pfizer también eran mujeres.

La mayoría de las personas que han sufrido problemas graves de trombosis con la vacuna de Johnson & Johnson, y también con la vacuna de AstraZeneca en Europa y el Reino Unido, han sido mujeres. «Se ha especulado respecto a si las hormonas están implicadas, que es siempre el primer culpable que se analiza cuando se observa una diferencia sexual importante», afirma Wherry.

Varios factores más podrían contribuir a este desequilibrio de sexos. También parece que las mujeres tienen un sistema inmunitario más robusto, tanto en sus respuestas innatas como en sus reacciones inmunitarias adaptativas. «Las mujeres tienen una producción de anticuerpos más fuerte que los hombres, pero es un arma de doble filo porque este es el motivo por el que las mujeres tienen más enfermedades autoinmunes que los hombres», afirma Shresta.

Otros estudios han demostrado que la reacción de una mujer a media dosis de la vacuna antigripal era la misma que la de un hombre a una dosis completa, así que quizá las mujeres no necesiten dosis completas de las vacunas anticovídicas. «Tenemos esta idea de que existe un modelo único para todos, pero quizá eso forme parte de lo que contribuye a la mayor tasa de reacciones entre mujeres», afirma Rosemary Morgan, científica especializada en investigación de género en la Facultad de Bloomberg Salud Pública de la Universidad Johns Hopkins. «También hay un componente conductual: las mujeres son más propensas a ir al médico y ser más proactivas a la hora de informar sobre síntomas desagradables».

Efectos secundarios versus acontecimientos adversos

«Pero los efectos secundarios y los acontecimientos adversos —que suelen meterse en el mismo saco— no son lo mismo», afirma Wherry. «Los efectos secundarios son muy habituales y ocurren entre el 50 y el 70 por ciento de las veces. Pero los acontecimientos adversos son raros e inesperados, como los trombos».

Inmediatamente después de ponerse la vacuna, de dos a cinco personas por millón sufren anafilaxia, una reacción alérgica grave que causa un descenso drástico de la tensión y dificultad para respirar. Pero incluso esta reacción es fácil de tratar con un EpiPen y antihistamínicos, por eso se pide a la gente que se quede durante 15 minutos después de vacunarse contra la COVID-19.

Los trombos asociados a la vacuna de Johnson & Johnson, que han ocurrido de seis a 13 días después de recibir la vacuna, pueden ser peligrosos e incluso potencialmente mortales. Pero la incidencia es bastante baja; solo hay 23 casos confirmados entre 8,4 millones de dosis de la vacuna.

«Es muy raro», dice Ofer Levy, director del programa de precisión de vacunas en el Hospital Infantil de Boston y profesor de pediatría en la Facultad de Medicina de Harvard. «El riesgo de contraer la COVID y de, posiblemente, morir es mucho más elevado que el de sufrir trombos por las vacunas».

¿Estamos registrando todos los efectos adversos?

Se teme que pueda haber otros efectos adversos que no se hayan documentado.

Las vacunas contra la COVID-19 autorizadas se han probado en decenas de miles de personas en ensayos clínicos y los fabricantes están obligados a realizar un seguimiento en al menos la mitad de las personas vacunadas durante dos meses o más tras recibir ambas dosis. Pero ahora que millones de personas han sido vacunadas con ambas dosis, pueden aparecer efectos secundarios raros que no han surgido en ensayos clínicos en humanos, por eso los sistemas de vigilancia son tan importantes.

Todos los sistemas tienen limitaciones, como que «alguien tiene que sospechar que estos desenlaces están relacionados con la vacunación y molestarse en rellenar el formulario», explica Katherine Yih, bióloga y epidemióloga de la Facultad de Medicina de Harvard que se especializa en enfermedades infecciosas, inmunización y vigilancia de la seguridad de las vacunas. «Tenemos un sistema de vigilancia fuerte. Pero no podemos estar seguros de que lo detecte todo».

Es más, estos incidentes solo demuestran correlación. En otras palabras, si alguien fallece o sufre un ictus después de vacunarse, los médicos no saben si lo ha causado la vacuna. Solo podrá revelarse con más estudios.

La rápida identificación de los casos de trombosis relacionados con la vacuna de J&J fue tranquilizadora. Inicialmente, se documentaron seis casos, lo que hizo que la FDA y los CDC detuvieran su uso temporalmente. Cuando el Comité Asesor sobre Prácticas de Inmunización de los CDC se reunió a finales de abril para determinar el destino de la vacuna, se habían detectado 15 casos entre siete millones de personas vacunadas. «El descubrimiento de este vínculo con la vacuna de J&J —que es muy raro— es una demostración real de lo bueno que es nuestro programa de seguridad», afirma Jacobson. «En este momento de la pandemia, el riesgo de menos de tres por millón no debería entrar en nuestros cálculos de cómo proceder».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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