Los científicos afirman que aún no se necesitan dosis de refuerzo de las vacunas anti-COVID-19

Para las personas ya vacunadas, la vacuna de Pfizer genera una respuesta inmunitaria que podría durar años y protege contra la enfermedad grave y la muerte.

Publicado 19 jul 2021 10:50 CEST
Elvin Toro organiza las jeringuillas

Elvin Toro (26), un exmédico del ejército, organiza las jeringuillas antes de administrar la siguiente dosis a un residente local en el Instituto de Central Falls en Central Falls, Rhode Island.

Fotografía de Joseph Prezios, AFP via Getty Images

La semana pasada ha sido como una montaña rusa para los estadounidenses totalmente vacunados que quieren saber si necesitarán dosis de refuerzo contra la COVID-19, ya sea ahora o en el futuro, sobre todo a medida que surgen más variantes contagiosas.

El 8 de julio, Pfizer y BioNTech anunciaron que planeaban solicitar la autorización de emergencia para una dosis de refuerzo de su vacuna, afirmando que sus datos demuestran que la eficacia de su vacuna está disminuyendo y que una dosis de refuerzo «podría ser necesaria de seis a 12 meses después de la pauta completa». Los representantes de Pfizer se reunieron con las autoridades estadounidenses para plantear su caso para la autorización de emergencia de una tercera dosis.

Sin embargo, los reguladores estadounidenses han rebatido las afirmaciones de Pfizer. En un comunicado conjunto, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) afirmaron que los estadounidenses que han sido completamente vacunados «no necesitan una dosis de refuerzo en este momento» e insistieron en que las vacunas siguen siendo muy eficaces contra la enfermedad grave y la muerte.

Un portavoz del Departamento de Salud y Servicios Humanos contó a National Geographic que los reguladores están teniendo en cuenta todos los datos, incluidos los de los laboratorios de investigación, los ensayos clínicos y las farmacéuticas como Pfizer. «Apreciamos la información que compartieron y las autoridades siguen llevando a cabo un proceso riguroso basado en la ciencia para plantearse si, cuándo o para quién podría ser necesaria una dosis de refuerzo».

De hecho, contradiciendo el estudio de Pfizer, se han publicado nuevos datos de laboratorio que sugieren que la vacuna de Pfizer proporciona una protección que podría durar años. Entonces, ¿qué está pasando exactamente? Te explicamos que indican los datos sobre la duración de la inmunidad en personas que han recibido la pauta completa y lo que quieren saber los científicos antes de recomendar la administración de otra dosis.

Los anticuerpos no lo son todo

En primer lugar, te explicamos rápidamente la respuesta inmunitaria del cuerpo humano. Normalmente tiene dos fases: la inmunidad innata es la primera línea de defensa, que genera inmediatamente una respuesta inmunitaria capaz de destruir las sustancias foráneas o gérmenes. Después, el sistema inmunitario adaptativo —que ataca a bacterias y virus específicos— entra en acción para fabricar anticuerpos que nos protejan contra ese patógeno a corto y largo plazo.

Lo hace con la ayuda de los linfocitos T y B, dos tipos de glóbulos blancos. En palabras de E. John Wherry, director del Instituto de Inmunología de la Universidad de Pensilvania, los linfocitos T «son como los organizadores de estas complejas respuestas inmunitarias». Nutren a los linfocitos B, que maduran y se transforman en células de plasma con una misión: «Son fábricas de anticuerpos», dice Wherry.

Pero varios estudios han demostrado que los niveles de anticuerpos neutralizantes generados por las vacunas anticovídicas sí disminuyen con el tiempo. En su comunicado la semana pasada, Pfizer declaró que una tercera dosis de su vacuna desencadena una respuesta de anticuerpos cinco a 10 veces mayor que tras dos dosis. Sin embargo, Pfizer no ha publicado sus datos; un portavoz contó a National Geographic que la empresa está preparándolos para su publicación.

Wherry afirma que no cabe duda de que la presencia de anticuerpos neutralizantes es importantísima, pero que no lo son todo.

Jane O’Halloran, profesora adjunta de medicina en la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington en St. Louis, Missouri, está de acuerdo y señala que los científicos prevén ver un descenso de los niveles de anticuerpos. «Si tuvieras niveles elevados de anticuerpos contra cada patógeno con el que te topas, tu sangre sería como el fango», afirma.

Así que no se trata de la cantidad de anticuerpos. Se trata de su calidad: asegurarse que los anticuerpos presentes estén haciendo su trabajo y que tu cuerpo tenga las herramientas para crearlos rápidamente cuando los necesita.

Campamentos de entrenamiento para el sistema inmunitario

O’Halloran formó parte de un equipo de investigación cuyo fin era estudiar si las vacunas realmente preparaban al cuerpo para combatir la COVID-19 a largo plazo. En su estudio, tomaron muestras de nódulos linfáticos —que contienen linfocitos T y B— de 14 adultos sanos que recibieron la vacuna de Pfizer.

Cuando los linfocitos T y B responden a una enfermedad e interactúan los unos con los otros, crean algo conocido como centros germinativos, que básicamente son como campamentos de entrenamiento para el sistema inmunitario. Los centros germinativos, presentes en los nódulos linfáticos, son donde las células plasmáticas aprenden a fabricar anticuerpos que serán eficaces para combatir un patógeno.

Los centros germinativos también producen linfocitos de memoria que pueden permanecer durante más tiempo para ayudar al cuerpo a crear una respuesta inmunitaria si se encuentra con el virus o la bacteria más adelante. A diferencia de los anticuerpos, los linfocitos de memoria no pueden «ver» un virus hasta que infecta las células en parte del cuerpo. Sin embargo, cuando eso ocurre, entran en acción y eliminan la infección.

A finales de junio, O’Halloran y su equipo de investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington publicaron su estudio en la revista Nature donde demostraron que los centros germinativos todavía se formaban en los participantes hasta 15 semanas después de la vacunación. Aunque quizá no parezca mucho tiempo, O’Halloran afirma que la idea es que esos centros germinativos «podrían producir estas células de memoria longevas que necesitamos para la inmunidad a largo plazo». El autor principal del estudio, Ali Ellebedy, contó al director de los Institutos Nacionales de Salud, Francis Collins, que la respuesta de los centros germinativos es tan intensa que cree que podría durar años.

«Esto nos dice que el cuerpo está haciendo lo que tiene que hacer», dice O’Halloran. Wherry, que no participó en el estudio, está de acuerdo. «Ahora estamos seguros de que ocurre de forma muy robusta con estas vacunas», afirma.

Pero el estudio proporciona un conjunto de datos bastante pequeño, sobre todo cuando se compara con los abundantes estudios que miden los niveles de anticuerpos. Esto se debe a que estudios como este son mucho más difíciles y llevan más tiempo, lo que significa que menos investigadores han podido realizarlos.

«A veces la parte fácil de medir no es la que nos da la mejor información sobre lo que ocurre en el cuerpo», afirma O’Halloran.

O’Halloran también señala que el estudio solo habla de la durabilidad de la vacuna de Pfizer. Algunos observadores han extrapolado que la vacuna de Moderna podría tener una durabilidad similar, ya que se basa en la misma tecnología de ARNm. Pero para esa y para la vacuna de Johnson & Johnson, O’Halloran dice que habrá que estudiar su rendimiento en el mundo real.

Datos reales alentadores

Otro argumento que Pfizer ha propuesto a favor de las dosis de refuerzo señala datos de la vida real de Israel que demuestran que la eficacia de su vacuna disminuye seis meses después de la pauta completa. El 5 de julio, el Ministerio de Sanidad de Israel declaró que había observado un «marcado descenso» en la eficacia de la vacuna hasta un 64 por ciento en la prevención de la infección y la enfermedad sintomática.

También hay indicaciones de que las protecciones están desapareciendo en las personas inmunodeprimidas, lo que ha hecho que Israel empiece a administrar una tercera dosis a pacientes sometidos a trasplantes.

Wherry afirma que el drástico descenso de la eficacia en Israel podría atribuirse en parte al robusto programa de pruebas de COVID-19 del país. «Hacen pruebas a todo el mundo todo el tiempo», afirma. «Están detectando las infecciones asintomáticas».

Señala que los datos de Israel demuestran que la vacuna conserva una eficacia del 93 por ciento en la prevención de la enfermedad grave y la hospitalización. Esto sugiere que, aunque las vacunas quizá ya no produzcan niveles elevados de anticuerpos que protejan del todo de la infección, la respuesta de memoria a largo plazo todavía entra en acción e impide que se expanda la infección.

Los datos de salud pública de otras partes parecen respaldarlo: a principios de este mes, la directora de los CDC Rochelle Walensky declaró que más del 99 por ciento de las muertes en EE. UU. debido a la COVID-19 en junio fueron en personas no vacunadas. O’Halloran afirma que ese es el objetivo de la vacunación.

«No se ha dicho en ningún momento que las vacunas prevengan la infección al cien por cien», dice O’Halloran. «Lo más importante es su impacto en la enfermedad grave y la muerte».

Se ha demostrado que las vacunas de PfizerModernaJohnson & Johnson son eficaces contra la delta y otras variantes de preocupación. Por supuesto, eso podría cambiar o podrían surgir nuevas variantes que evadan las protecciones de las vacunas. Pero O’Halloran señala que las dosis de refuerzo no son la mejor forma de abordar la amenaza de las variantes.

«La mejor forma de hacerlo es vacunar a todo el mundo una vez, en lugar de refinar el posible beneficio incremental que obtendrías de una dosis de refuerzo en un grupo cuando hay un grupo entero de personas que no está vacunado», afirma O’Halloran.

Lo que no demuestran los datos

Aunque los datos existentes sí ofrecen la seguridad de que las vacunas siguen siendo eficaces —y que no se necesitan dosis de refuerzo—, los científicos y reguladores señalan la necesidad de más estudios académicos para desentrañar exactamente cómo responde el sistema inmunitario a las vacunas anticovídicas.

«Creo que lo que observaremos en los próximos seis meses, más o menos, será muchos estudios que describan cómo son esos componentes de la respuesta inmunitaria en personas sanas y algunas de nuestras poblaciones vulnerables», afirma Wherry. «Solo necesitamos mucha más información sobre varias capas de la respuesta inmunitaria a la vacunación».

También es importante seguir atentos a los datos de salud pública, sobre todo el índice de hospitalizaciones y muertes en personas vacunadas. Wherry afirma que lo ideal sería ser capaces de saber cuándo se vacunaron las personas infectadas para identificar cuándo parece que empieza a disminuir la inmunidad.

El portavoz del Departamento de Salud estadounidense afirma que los reguladores también están supervisando estos datos. «El gobierno está preparado para dosis de repuesto si la ciencia demuestra que se necesitan y cualquier recomendación de los CDC y la FDA llegaría tras un minucioso proceso de revisión».

Sea como fuere, Wherry dice que no hará daño estar preparados para cuando se necesiten dosis de refuerzo. «Ahora mismo estamos seguros de que, si se está completamente vacunado, las probabilidades de caer gravemente enfermo con la COVID son extremadamente bajas en Estados Unidos».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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