Por qué los efectos secundarios a largo plazo de las vacunas son improbables

La ciencia demuestra que incluso los efectos secundarios más graves de cualquier vacuna, incluida las de contra la COVID, ocurren en solo unas pocas semanas.

Publicado 28 jul 2021 11:46 CEST, Actualizado 28 jul 2021 13:08 CEST
Una estudiante recibe una vacuna contra la COVID

Una estudiante recibe una vacuna contra la COVID en una clínica de vacunación del campus de la Universidad de Washington, en Seattle (EE UU), el 18 de mayo de 2021.

Fotografía de David Ryder, Getty Images

Siete meses después de que Estados Unidos empezara a administrar vacunas contra la COVID, las últimas cifras de la encuesta de seguimiento de la Kaiser Family Foundation, una organización sin ánimo de lucro, demuestran que el 10 por ciento de los adultos todavía se sienten nerviosos respecto a la vacuna y quieren «esperar y ver» cómo les va a otros antes de ponérsela. Los adultos jóvenes de entre 18 y 29 años y las personas negras e hispanas son unas de las más propensas a expresar este sentimiento.

Los dos motivos principales que se citan para explicar esta indecisión son que las vacunas son «demasiado nuevas» y que podrían desencadenar efectos secundarios peligrosos o inesperados, quizá meses o años después. Es cierto que a veces pueden tardar meses en aparecer informes sobre nuevos efectos secundarios, ya que una vacuna pasa de poblaciones de miles de personas en ensayos clínicos a millones en el mundo real, donde se encuentra con variaciones naturales en las respuestas humanas. Pero millones de personas han superado ya ese punto de la vacunación y ya ha pasado un año para los primeros participantes de los ensayos clínicos.

Hasta ahora, los casos de efectos secundarios graves de las vacunas contra la COVID, como el síndrome de Guillain-Barré y la inflamación cardíaca, son muy raros y se detectaron enseguida porque figuraban en las listas oficiales de posibles problemas a los que prestar atención. Es más, estos y otros efectos secundarios aparecen poco después de que alguien se haya vacunado, lo que sugiere que no hay que preocuparse por las reacciones retardadas a largo plazo.

Esto encaja en la historia moderna de las vacunaciones, que demuestra que la mayoría de las nuevas vacunas han sido muy seguras y que incluso los efectos más graves muestran sus desagradables caras enseguida.

«Los efectos secundarios casi siempre ocurren un par de semanas después de que una persona se vacune», afirma John Grabenstein, director de comunicación científica para la Immunization Action Coalition. Añade que el periodo más largo hasta la aparición de un efecto secundario por cualquier tipo de vacuna han sido seis semanas.

«El temor a que surja algo más adelante con las vacunas contra la COVID no es imposible, pero basándonos en lo que sabemos, es improbable», añade Miles Braun, profesor adjunto de medicina en la Facultad de Medicina de la Universidad de Georgetown y exdirector de la división de epidemiología de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés).

Uno de los principales motivos de este periodo limitado de efectos secundarios es el poco tiempo que permanecen todas las vacunas en el cuerpo, explica Onyema Ogbuagu, especialista en enfermedades infecciosas en Yale Medicina e investigador principal del ensayo de vacunas anti-COVID-19 de Pfizer-BioNTech. A diferencia de las medicinas que toman las personas cada día o semana, en general las vacunas se administran una vez o unas pocas veces a lo largo de la vida. Las moléculas de ARNm utilizadas en las vacunas de Pfizer y Moderna son especialmente frágiles, señala, así que «en un día, más o menos, ya están fuera del cuerpo».

A continuación, las vacunas empiezan a trabajar estimulando el sistema inmunitario para poder memorizar el esquema del virus y organizar una respuesta rápida si más adelante se encuentra con el virus real. «Este proceso se completa en unas seis semanas», dice Inci Yildirim, vacunólogo y especialista en enfermedades infecciosas pediátricas en Yale Medicine. Por eso los efectos adversos graves que podrían derivarse de este proceso aparecen en este periodo, después del cual todo se coloca en un estante de la biblioteca de patógenos conocidos por el cuerpo humano, dice Yildirim.

Históricamente, los efectos secundarios de la vacuna aparecen enseguida

Un recorrido por la historia de las vacunas confirma que incluso los efectos secundarios más perjudiciales han tenido lugar dentro del periodo de seis semanas.

Tras la introducción de la vacuna antipoliomielítica inicial de Salk en 1955, quedó claro que algunas de las primeras remesas contenían accidentalmente virus de la polio vivos y no la forma debilitada que se suponía que debía estar en la inyección. En cuestión de semanas, este error provocó algunas infecciones de polio y, en algunos casos, la muerte. El «incidente Cutter», llamado así por los laboratorios de fabricación que tuvieron los peores contratiempos, dio pie a regulaciones gubernamentales más estrictas en Estados Unidos. En la actualidad, las vacunas antipoliomielíticas se vigilan para garantizar que el virus esté completamente muerto en las inyecciones administradas a niños.

En 1976, aparecieron casos raros del síndrome de Guillain-Barré, un trastorno del sistema nervioso, de dos a tres semanas después de que las personas empezaran a recibir una vacuna antigripal de virus inactivo basada en huevos contra una cepa peligrosa de la gripe porcina H1N1. Finalmente, los científicos determinaron que el efecto ocurría en una o dos personas por cada millón de vacunas. El síndrome de Guillain-Barré es una enfermedad tratable, pero ante el fin de la temporada de gripe de aquel año, enseguida se abandonaron las campañas de vacunación.

Recientemente, esta misma afección se vinculó a la vacuna anti-COVID-19 de Johnson & Johnson (Janssen), con 100 informes preliminares tras aproximadamente 12,5 millones de dosis administradas, según la FDA. En estos casos, el síndrome surgió unas dos semanas después de la vacunación, principalmente en hombres de más de 50 años.

En 2008, de siete a 10 días después de recibir la vacuna triple vírica (contra el sarampión, las paperas y la rubeola) con una contra la varicela, algunos bebés sufrían convulsiones febriles. Estos casos de convulsiones ocurrían en un niño por cada 2300 dosis de la vacuna, por eso actualmente el Comité Asesor sobre Prácticas de Inmunización de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE UU recomienda que la mayoría de los niños reciban las dos vacunas de forma separada.

Semanas después de recibir la vacuna contra la fiebre amarilla, una pequeña cantidad de personas desarrollan inflamación del cerebro (encefalitis), hinchazón en la membrana de la médula espinal (meningitis), síndrome de Guillain-Barré o una disfunción sistémica multiorgánica llamada enfermedad viscerotrópica. Aún se recomienda que las personas que viajen a lugares donde esta enfermedad mortal es endémica se pongan la vacuna, aunque los CDC recomiendan que las personas de más de 60 años sopesen los riesgos y los beneficios con sus prestadores de servicios médicos.

La rara excepción a los eventos adversos que ocurren en el periodo de seis semanas es la vacuna contra el dengue, Dengavaxia, cuyo uso en niños fue aprobado por el gobierno filipino en 2016. Cuando el virus del dengue infecta a las personas, el primer episodio de la enfermedad es relativamente leve. Pero cuando se infectan una segunda vez, con una cepa distinta, la reacción puede ser mucho más grave y, en algunos casos, mortal.

Como predijeron algunos expertos, la vacuna —elaborada con virus inactivados— actuaba como una primera infección, lo que quería decir que a muchos niños picados por un mosquito portador del virus del dengue les iba peor que a aquellos no vacunados. En 2019, la FDA aprobó la vacuna, pero solo para niños en territorios estadounidenses infectados por el dengue que habían sufrido un caso previo de la enfermedad confirmado en un laboratorio.

Así que ninguna vacuna ha causado afecciones crónicas que surjan años o décadas después, dice Robert Jacobson, director médico del programa de salud de la población en la Clínica Mayo. «Un estudio tras otro ha buscado esto mismo en todo tipo de vacunas y ha descubierto que no ocurre», afirma.

Por ejemplo, un metaanálisis de 2016 examinó 23 estudios en busca de pruebas de que las vacunas infantiles comunes como la triple vírica o la vacuna Hib pudieran causar de algún modo diabetes infantil; no descubrieron ningún vínculo. Para poner a prueba la preocupación de que las vacunas podrían causar enfermedades autoinmunes como esclerosis múltiples en adultos, una revisión de 2017 evaluó nueve vacunas comunes, como la del tétano, el papilomavirus humano y la gripe estacional. Se descubrió que los casos de esclerosis múltiple no se producían como resultado del uso generalizado de vacunas.

La vigilancia de la COVID-19 es aún más amplia

Con la COVID-19, los reguladores han añadido más pares de ojos para que vigilen los efectos adversos y los notifiquen lo antes posible.

Yildirim dice que «para todas las vacunas hay una fase cuatro», que consiste en la amplia vigilancia después de que una vacuna complete un ensayo clínico de fase III y sea aprobada. Esta vigilancia ocurre principalmente a través del Vaccine Adverse Reporting System (VAERS), en el que cualquier particular puede rellenar un formulario para indicar posibles efectos secundarios. A continuación, evalúan si cualquier efecto notificado ocurre más allá de lo que se espera generalmente en la población.

Para la segunda parte de esta vigilancia se utiliza la enorme potencia de los ordenadores, el Vaccine Safety Datalink. Este programa es una colaboración entre los CDC y nueve grandes proveedores sanitarios estadounidenses, la mayoría de los cuales forman parte del sistema Kaiser Permanente. Un aspecto de este programa es un análisis rápido de ciclo, que rastrea los registros de millones de participantes inmediatamente después de la administración de una vacuna.

«Este análisis se lleva a cabo de forma semanal. Si hay señales [de un evento adverso] lo vemos enseguida», afirma Nicola Klein, directora del centro de estudio de vacunas de Kaiser Permanente en Oakland, California, que dirige el análisis sobre la COVID-19. El programa Datalink señaló las convulsiones febriles con la vacuna de la varicela y triple vírica, información que se transmitió al público en cuestión de meses, dice Klein.

Algo nuevo para la COVID-19 es que los CDC han desarrollado la aplicación V-safe; una vez descargada, se pregunta acerca de los efectos adversos a las personas vacunadas mediante mensaje de texto y encuestas web. Otros programas consisten en centros de atención de larga duración y grandes aseguradoras encargadas de informar de los problemas que surjan en sus poblaciones de pacientes.

«El alcance de los sistemas de vigilancia de la seguridad de las vacunas quiere decir que las limitaciones de un método se ven compensadas por las fortalezas de otros, por lo que la combinación es bastante robusta», afirma Grabenstein, de la Immunization Action Coalition.

¿Qué efectos secundarios se han indicado sobre las vacunas contra la COVID?

Los expertos empiezan este sólido proceso de supervisión con una lista de posibles efectos secundarios. «Estas afecciones se seleccionan basándose en lo que se observó en ensayos clínicos (aunque no fuera estadísticamente relevante en ellos), aquellos causados por la propia enfermedad y los que han aparecido con vacunas anteriores», dice Frank DeStefano, director de la oficina de seguridad de inmunización de los CDC.

Para las vacunas anti-COVID-19, estos «eventos de especial interés», que son casi dos docenas, incluyen artritis, narcolepsia, encefalitis e ictus.

En esta lista también figura la trombosis. Klein afirma que esta se añadió después de que surgiera el problema con la vacuna de AstraZeneca en Europa, ya que la vacuna de Janssen autorizada en Estados Unidos emplea una tecnología similar de vector con adenovirus. Poco después, los reguladores observaron el efecto en una ínfima cantidad de mujeres jóvenes que recibieron la vacuna de Janssen, con trombos que aparecen en torno a la segunda semana tras la vacunación.

El síndrome de Guillain-Barré siempre estuvo en la lista preliminar, ya que había aparecido con otras vacunas. Asimismo, las inflamaciones cardíacas denominadas miocarditis y pericarditis, que han ocurrido días después de una vacuna en una fracción diminuta de hombres jóvenes que reciben las vacunas de ARNm, ya figuraban en la lista.

Por supuesto, los expertos dicen que también vigilan los efectos inesperados. Grabenstein recuerda una vez en 2004 cuando lideró una campaña de vacunación contra la viruela para el ejército de Estados Unidos. Varios soldados desarrollaron miocarditis, aunque esta afección no había aparecido durante las campañas de vacunación contra la viruela de las décadas de 1940 y 1950. «La mejor explicación es que las vacunas anteriores se administraron a bebés, mientras que nosotros estábamos vacunando a personas de 20 años», afirma.

Con tantas vacunas anticoronavíricas administradas en un periodo tan breve, ha sido más fácil detectar eventos adversos increíblemente raros, dice Yildirim. Los efectos de Janssen se notificaron solo meses después de la autorización de la vacuna, lo que demuestra que el sistema funciona. «No nos gusta enterarnos de efectos secundarios, pero el hecho de que nos enteremos de ellos es una buena señal, porque quiere decir que los identifican», afirma.

Y DeStefano está seguro de que no deberían empezar a aparecer eventos adversos graves para las vacunas autorizadas a finales del año pasado. «Tenemos sistemas para buscar efectos retardados», dice. «Pero nuestra experiencia con otras vacunas demuestra que los efectos diferidos de las vacunas anti-COVID-19 son improbables».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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