Las futuras vacunas anti-COVID-19 podrían administrarse por la nariz

Estimulados por la pandemia, los científicos están estudiando los beneficios de vacunas intranasales y qué las hace más potentes que las inyecciones en el brazo.

Publicado 22 jul. 2021 12:44 CEST
Vacuna intranasal

Los investigadores están explorando hasta qué punto protegen las vacunas intranasales contra las infecciones del SARS-CoV-2.

Fotografía de RJ Sangosti, The Denver Post, Getty Images

La actual remesa de vacunas anti-COVID-19 previene la enfermedad y la muerte y ofrece una protección considerable contra las variantes. Pero las vacunas autorizadas no son eficaces al cien por cien a la hora de bloquear todas las infecciones. Para abordar este déficit, los científicos están explorando nuevas formas de administrar vacunas que proporcionen una inmunidad más potente y duradera contra el SARS-CoV-2. Un enfoque prometedor podría consistir en pasar de una inyección en el brazo a una vacuna administrada por la nariz.

En los últimos meses, mientras algunos fabricantes preparan dosis de refuerzo para entregar una tercera dosis, algunos estudios prometedores han revelado la eficacia de las vacunas intranasales en ratones, hurones, hámsteres y primates no humanos. También han avanzado mucho seis candidatas a vacunas anti-COVID-19, administradas como espráis nasales, que actualmente se encuentran en ensayos clínicos en fase I. Esta semana, en la reunión de la Sociedad Estadounidense de Virología, Meissa Vaccines anunció que una sola dosis de su candidata a vacuna anticovídica intranasal mostraba resultados prometedores en primates no humanos. Si estas vacunas llegan al mercado, los inmunólogos afirman que podrían ofrecer una mejor protección, ya que imitan mejor la forma en que el virus nos infecta de manera natural, a través de las membranas mucosas de la nariz y las vías respiratorias superiores. Los inmunólogos afirman que esto supone una diferencia en la respuesta inmunitaria.

«Si quieres generar una respuesta inmunitaria duradera y sostenible, quieres una vacuna local», afirma José Ordovas-Montañes, un inmunólogo de la Universidad de Harvard que estudia la inmunidad en el intestino y en los tejidos mucosos nasales. Ordovas-Montañes afirma que cuando nos inyectan la vacuna en el brazo, inducimos inmunidad a una escala sistémica de todo el cuerpo en la que nuestros anticuerpos y linfocitos T se distribuirán por los vasos sanguíneos. Aunque suene bien, este enfoque es «insuficiente» porque las células inmunitarias están «distraídas» y no se concentran en el lugar en el que el virus entra en el cuerpo. Por su parte, una vacuna por la nariz proporciona un gran impulso inmunitario en las vías respiratorias altas y posiblemente los pulmones, incitando la producción local de anticuerpos y linfocitos T. Esto permite que las células inmunitarias capturen y destruyan el patógeno nada más llegar.

«Creo que el gran beneficio es que generas inmunidad en el lugar de la infección», afirma Donna Farber, inmunóloga de la Universidad de Colombia. «Ahí es donde necesitas la inmunidad, donde entra el virus».

Una inyección en el brazo es como vacunarnos desde dentro hacia fuera. Generamos inmunidad por todo el cuerpo y algunos de esos anticuerpos gotean hasta las vías respiratorias y las fosas nasales. Pero el espray nasal funciona al revés, protegiendo la zona de la infección primero y el resto del cuerpo después. «Básicamente es un dos por uno», afirma Paul McCray, neumólogo pediatra de la Universidad de Iowa.

McCray y sus colegas publicaron un estudio este mes en la revista Science Advances que demuestra que ratones y hurones están protegidos de enfermedades graves tras una sola dosis de una vacuna intranasal. Comenzarán un ensayo clínico este mes para 80 adultos sanos de entre 18 y 75 años en tres lugares de Estados Unidos.

Una vacuna más práctica

Las vacunas dirigidas a las membranas mucosas no son nuevas. Existen muchas vacunas orales aprobadas para combatir infecciones como la polio o el cólera. La idea es que preparan los tejidos mucosos del aparato digestivo del mismo modo que las vacunas intranasales preparan el aparato respiratorio. En muchos casos, como la vacuna atenuada contra la polio, estas vacunas atenuadas funcionan mejor que la inyección. Pero las vacunas intranasales siguen siendo raras en el panorama de las vacunas en general. Muchos esperan que la pandemia lo cambie.

«La COVID ha acelerado mucho el desarrollo de algunas cosas que estaban delante de nuestras narices, ocultas a plena vista», afirma David Curiel, investigador de terapia génica en la Universidad de Washington en St. Louis. A principios de este año, publicó un estudio que demostraba una respuesta sólida tras una dosis de una vacuna intranasal en primates no humanos. Señala que otro beneficio del desarrollo de este tipo de vacunas es que podrían ser más fáciles de administrar, sobre todo en lugares del mundo que carecen de sistemas sanitarios sólidos.

La actual remesa de vacunas aprobadas es muy eficaz, pero no hay dosis suficientes para vacunar a todo el mundo y la pandemia no ha terminado, sobre todo en la India y en varios países de África y Sudamérica. Dejar de lado las agujas, algo que podría escasear, supondría una ventaja. Las vacunas anticovídicas podrían marcar una nueva era en la inmunidad de la mucosa.

¿Dónde vive nuestra inmunidad?

Cuando se debate el sistema inmunitario, la mayoría de la gente piensa en la sangre. Las células inmunitarias suelen describirse como las vigilantes diminutas que patrullan los vasos sanguíneos en busca de invasores. Pero a lo largo de la última década o más, la comprensión del sistema inmunitario ha evolucionado y los investigadores saben que muchas células inmunitarias residen en los tejidos.

Más del 95 por ciento de los linfocitos T, por ejemplo, residen permanentemente en los tejidos y los órganos, con poblaciones distintivas que habitan en la piel, el intestino, el cerebro, el hígado y los pulmones. Los linfocitos citolíticos naturales, que están relacionados con los linfocitos T y B, pasan sus vidas en el útero remodelando el tejido durante el embarazo. Incluso hay algunas células inmunitarias, llamadas microglías, que viven en el cerebro y nunca viajan a los vasos sanguíneos. En su lugar, migran al sistema nervioso central en las primeras fases de la embriogénesis y se quedan ahí durante el resto de la vida del organismo.

Estas células inmunitarias específicas pueden funcionar a nuestro favor en lo que a vacunas se refiere, ya que no solo recuerdan el patógeno, sino también dónde invadió el cuerpo.

El sistema inmunitario ha desarrollado una forma elegante de hacerlo llamada «impronta inmunitaria», dice Ulrich von Andrian, profesor de inmunología en Harvard. Von Andrian fue el primero que demostró, en ratones, cómo el sistema inmunitario mantiene un registro de dónde ha entrado en el cuerpo un patógeno específico.

El sistema inmunitario recibe alertas de nuevas amenazas cuando unas células especializadas, denominadas «células presentadoras de antígenos», como los macrófagos, capturan fragmentos del virus en el cuerpo y se los presentan a los linfocitos T. Este proceso se denomina «educación linfocitaria» y es la versión del sistema inmunitario de un informe de inteligencia. Tiene lugar en los ganglios linfáticos, donde se drenan todos los fluidos linfáticos, así como las células y los fragmentos de virus. Estos pequeños centros de adiestramiento se encuentran por todo el cuerpo y, como podrá contarte cualquiera que haya enfermado y sufrido inflamación en los ganglios linfáticos, son particularmente abundantes en el cuello, las axilas y la entrepierna. Von Andrian demostró en su experimento fundamental que el informe de inteligencia no solo contiene información sobre la amenaza específica, sino también el lugar donde se detectó por primera vez.

En un experimento de su laboratorio en 2003, se extrajeron linfocitos T de ratones y se colocaron en diferentes placas de Petri donde se mezclaron con células presentadoras de antígenos de los ganglios linfáticos, la piel y los intestinos. Tras casi una semana en las placas de Petri, los linfocitos T se reinyectaron en los ratones. Los linfocitos T que habían sido educados con células presentadoras de antígenos del intestino volvieron de inmediato al intestino. Como una paloma mensajera que vuela largas distancias para volver a casa, estas células tenían un sentido innato de a dónde ir. Se quedaban ahí durante mucho tiempo, haciendo guardia en caso de invasión.

Von Andrian afirma que los ganglios linfáticos enseñan a los linfocitos T como regresar a la parte del cuerpo donde encontraron el patógeno por primera vez. Los ganglios linfáticos más cercanos a los tejidos nasales residen en el cuello; y los ganglios linfáticos conectados al brazo, donde se administran las vacunas, están «en una parte diferente de la ciudad».

«Cuando te contagias, entra por las superficie mucosas de tus fosas nasales y preparas tus linfocitos T y el sistema inmunitario entero de las vías respiratorias altas, lo que significa que estas células se quedarán ahí, se volverán residentes y actuarán como centinelas», afirma Marcus Bugger, inmunólogo e investigador de linfocitos T en el Instituto Karolinska en Suecia. «Si te vacunas en el brazo, no induces ese tipo de respuesta de linfocitos T».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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