Cómo evaluar los riesgos de una pandemia y de la COVID-19

Hay muchos factores psicológicos influyen en las respuestas individuales que damos a los peligros y amenazas, pero también en nuestra capacidad de tomar decisiones menos arriesgadas.

Publicado 2 ago 2021 14:51 CEST, Actualizado 3 ago 2021 16:01 CEST
Cerebro humano

Los seres humanos han evolucionado para juzgar los riesgos basándose en muchos factores psicológicos y eso está influenciando en las distintas reacciones que está teniendo la gente ante la pandemia de COVID-19.

 

Fotografía de Scott Camazine, Science Source

Llevamos meses a vueltas con la obligatoriedad de llevar mascarillas como método de control de la COVID-19, un debate que se ha vuelto a poner de relieve con la relajación de medidas en muchos países pese a la amenaza que parece suponer la variante Delta. Algunos abogan por relajar las medidas ante el aumento de vacunados, otros piden que no se baje la guardia.

Si en España el Gobierno limitó a finales de julio el uso de la mascarillas a cuatro supuestos - espacios cerrados, al aire libre si no hay una distancia social de 1,5 m, medios de transporte y eventos multitudinarios al aire libre-, en Estados Unidos los responsables sanitarios se se enfrentaron a bastantes críticas por el cambio de su política. El Centro de Control de Enfermedades (CDC, en sus siglas en inglés) ha pedido a la gente que vive en zonas de alta transmisión que se pongan la mascarilla en interiores incluso si tienen la pauta de vacunación completa. Tampoco han pasado desapercibidos los planes de algunas empresas y gobiernos locales en EE. UU. de implementar la vacunación obligatoria.

El debate es global. Muchos políticos y actores sociales piden que las decisiones de vacunarse y llevar mascarilla debería ser individual. El 29 de julio, el Tribunal Superior de Justicia de Canarias paralizó, provisionalmente, la medida del Gobierno regional que exigía un certificado de vacunación o una prueba diagnóstica para entrar en los locales de hostelería y restauración.

La gente se ha acostumbrado a evaluar los riesgos a lo largo de la pandemia, y muchas veces cada uno ha llegado a sus propias conclusiones. A medida que las variantes Delta y Lambda amenazan con retrasar la reanudación de ciertas actividades sociales, la apertura de fronteras y la vuelta a la normalidad escolar, la gente tendrá que seguir afrontando nuevos riesgos, decidiendo cómo responder a ellos y qué evitar. 

Pero en un mundo lleno de amenazas, obvias y sutiles, el peligro puede fácilmente ser ignorado, malinterpretado y provocar desacuerdo. "No es solo que la gente perciba el riesgo de manera diferente, sino que cada persona reaccionará de manera diferente ante un peligro que ante otro", afirma Paul Slovic, psicólogo que estudia riesgos y fundador del Instituto de Estudios Científicos de Decisión, una organización sin ánimo de lucro de Oregón (EE. UU.). 

Decidir qué acciones conllevan un riesgo es un desafío cognitivo constante, asegura Valerie Reyna, codirectora del Centro de Economía del Comportamiento y Estudio de las Decisiones de la Universidad de Cornell (Nueva York, EE. UU.). "Estamos hablando de algo incierto, no ha pasado todavía u se basa en nuestro mejor cálculo, que cambia a medida que cambian las condiciones. Eso es muy difícil", afirma.

Los expertos intentan explicar porqué los humanos tenemos problemas para evaluar riesgos, cómo responde el cerebro a los riesgos y cómo nuestra necesidad de valorar los riesgos ha cambiado a los largo de la actual pandemia.

Responder desde la intuición

Algunos científicos creen que la gente tiene dos maneras de evaluar los riesgos y tomar decisiones: de manera instintiva, a menudo llamada experimental o pensamiento intuitivo, o de una manera más lenta y analítica. "La mayoría del tiempo, respondemos de manera experimental", explica Slovic, aunque enseguida puntualiza que todos podemos usar las dos vía; "pero el cerebro humano es perezoso. Si creemos que podemos responder a situaciones complejas de forma fácil -con nuestros sentimientos- optamos por ese camino".

Eso no siempre es malo. El modo de pensamiento analítico es más tedioso y consume más tiempo, a menudo explicado como "razonamiento, matemáticas y análisis coste-beneficio", comenta Slovic. Esa manera de pensar es "importante y potente, pero también difícil". Por eso, las personas nos decantamos por evaluar los riesgos de manera rápida; al fin y al cabo, no quieres estar mucho tiempo dándole vueltas a si salir corriendo de un león rugiendo o intentar luchar contra él.

El papel del miedo y la ansiedad en la evolución humana
Sentir miedo y ansiedad no es agradable, pero ambas son emociones importantes que impulsan la evolución humana. Nuestros cerebros reaccionan a las amenazas y preparan nuestros cuerpos para lo que podría avecinarse. Pero ¿cuál es la ciencia responsable de esta reacción inherente? ¿Tiene consecuencias?

“Si alguna vez has intentado sacar la raíz cuadrad de 285, sabes cómo te sientes al racionalizar", explicas Ralf Schmälzle, un neurocientífico de la comunicación de la Universidad Michigan State (EE. UU). La racionalización "consume muchos recursos de nuestra memoria operativa", mientras que la intuición permite a las personas llegar a la respuesta instáneamente. 

Y normalmente funciona. Usando la intuición "gestionamos, sobrevivimos y llegamos al final del año o al final de las dos próximas décadas", continúa Slovic; "en un mundo complejo y peligroso, no nos está yendo mal". Pero añade: "Hay veces que lo hacemos terriblemente mal".

En 2013, Schmälzle estudió la percepción de los riesgos que tenía la gente antes otra amenaza vírical: la pandemia de H1N1, más conocida como gripe porcina. Junto con unos colegas de la Universidad de Constanza (Alemania), preguntó a unas 130 personas una serie de preguntas relacionadas con la evaluación de riesgos y dividió a los participantes en dos grupos: los que veían el H1N1 como un riesgo y los que no.

Los participantes después veían un documental basado en datos sobre la gripe porcina mientras Schmälzle escaneaba su actividad cerebral midiéndola con imágenes de resonancia magnética. El equipo encontró que el cortex del cíngulo anterior - la parte del cerebro que se suele asociar con el proceso de amenazas- se disparaba de manera sincronizada en los que ya veían el H1N1 como un riesgo.

"La gente está notando algún tipo de señal de alarma intuitiva" derivada de las emociones, explica.

Si hablamos de la COVID-19, "si careces de este tipo de característica intuitiva para la percepción de riesgos, no verás necesario llevar mascarilla o vacunarte", explica Slovic.

Más allá del instituto visceral

La teoría de que las personas usamos el llamado sistema dual para el análisis de riesgos es "una teoría muy buena que apoyan muchos datos", afirma Reyna de la Universidad de Cornell. Aunque, como apunta la experta, obvia muchos factores que influyen en la toma de decisiones.

Uno de estos factores es el prejuicio optimista, apunta Marie Helweg-Larsen, psicóloga social del Dickinson College (Carlisle; EE. UU). Este tipo de prejuicio hace que el individuo se sienta que está a salvo de posibles consecuencias. "Reconocemos que las cosas le pueden pasar a las personas, pero creemos que somos especiales. Pensamos que tenemos menos probabilidades de vivir las consecuencias negativas".

Por ejemplo, los fumadores saben que el tabaco es perjudicial para su salud, pero algunos pueden pensar que el riesgo de contraer cáncer de pulmón es menor que el de otros fumadores, explica Helweg-Larsen. “Creen que si comen más verduras, si aspiran menos del cigarro, si fuman tabaco más sano", que pueden evitar las consecuencias negativas de fumar, continúa la experta."Pero comer más verdura no implica que no vayas a tener cáncer de pulmón".

“Si eres una persona que decía que debemos fiarnos de la ciencia, intenta aferrarte a esa idea en estos momentos. ”

por MARIE HELWEG-LARSEN
DICKINSON COLLEGE

El mismo prejuicio optimista puede haber sido clave cuando la gente ha reflexionado sobre los riesgos de la COVID-19. Las personas que se han negado a llevar la mascarilla posiblemente entiendan que es posible que se contagien e incluso mueran por la enfermedad, pero también piensan que su riesgo personal es inferior al del otros.

"Es fácil pensar que la gente es una ilusa", dice Helweg-Larsen, pero es más probable que vean el mundo de color de rosa. "Es lo que los psicólogos llamamos 'cognición motivada', que significa que llegamos a las conclusiones que deseamos porque conllevan los resultados que nos gustarían".

El optimismo puede ser útil, pero muchas cosas humanas conllevan cierto riesgo. Si la gente pensara que se va a morir en un accidente siempre que se montara en un coche, nadie conduciría. "Sería muy difícil vivir nuestro día a día si temiéramos los riesgos posibles pero menores", añade.

Las consecuencias que mueven a las personas - tanto en términos de esperanza o miedo - también motivan a las personas a tomar o evitar riesgos, afirma Slovic. Un bote de 100 millones de euros pueden llevar a alguien a desperdiciar su dinero en un boleto de lotería aunque las posibilidades de que gane sean ínfimas. Igualmente, las noticias de una accidente aéreo mortal puede hacer que alguien tenga miedo a volar, aunque estadísticamente sea más seguro que conducir.

Una sensación de control, o su ausencia, también influye en la habilidad de una persona para evaluar los riesgos, explica Helweg-Larsen. "Sobrevaloramos nuestra capacidad para controlar las consecuencias", afirma. En el ejemplo del miedo a volar, alguien puede sobrevalorar el riesgo de vivir un accidente porque no pilotan el avión.

"No es que la gente crea que ellos podrían pilotar el avión, pero sienten cierta incertidumbre porque no tienen el control. Pero, es una ilusión, por supuesto, porque muchos de los accidentes no vienen provocados por el conductor del coche".

Durante la pandemia, "mucha gente está sufriendo ansiedad por volver al mundo y confiar en la voluntad del resto para hacer bien las cosas y esto ha sido un problema durante toda la pandemia y sigue siéndolo", continúa Helweg-Larsen; "queremos controlar las consecuencias y por eso da más miedo".

A más a más, nos podemos ver influenciados por nuestra experiencia directa con un peligro en particular, incluida la posible infección por la COVID-19. Un nuevo estudio de la Universidad de Alabama (EE. UU) demuestra que la gente que se contagió con COVID-19 y se recuperó está menos predispuesta a apoyar medidas preventivas como llevar mascarilla o mantener la distancia social. En cambio, aquellos que tienen un amigo o familiar que ha contraído la enfermedad son más favorables a las medidas preventivas.

Wanyun Shao, coautor del estudio y profesor de geografía en la misma universidad, sospecha "que escuchar 'historias de terror' de otros provoca preocupación, mientras que una experiencia directa con la COVID-19 puede reducir el temor como si el suspense se hubiera pasado".

Libertad de elección

Los expertos afirman que hay maneras de evaluar mejor los riesgos a medida que la pandemia avanza. Coinciden en que el más importante es seguir los descubrimientos científicos a través de fuentes creíbles. "Si eres una persona que asegura que debemos confiar en la ciencia, intentar quedarte con ese concepto", dice Helweg-Larsen.

También es importante saber que los juicios hechos por intuición suelen hacerse en fracciones de segundo, pero no todas las situaciones requieren una reacción inmediata. Sin embargo, "es inteligente no reaccionar de manera inmediata, sino pararse y reflexionar sobre la información que estamos escucando", añade Slovic.

Pero con el fin de la pandemia todavía borroso, algunos responsables sanitarios están apostando porque que la sociedad como conjunto puede que no sea capaz de fiarse de la habilidad de los individuos para valorar los riesgos y tomar las decisiones más seguras e inteligentes.

En las últimas semanas, muchos gobiernos locales y empresas, incluidas grandes multinacionales como Facebook, Google, Morgan Stanley y más de 600 universidades en EE. UU. han puesto en marcha medidas para requerir una pauta completa de vacunación. En el pasado, este tipo de acciones han sido clave para superar otras pandemias. Entre 1919 y 1928, 10 estados en EE. UU. obligaron a la vacunación contra la viruela, mientras que cuatro estados prohibieron ese tipo de medidas; un estudio de febrero de 2021 señaló que los casos de viruela eran 20 veces más numerosos en los estados sin obligatoriedad que vacunación que en los estados con vacunación obligatoria.

"El problema con las personas que intentan hacer un análisis de coste-beneficio a la hora de vacunarse es que parece lógico pero la gente se equivoca", explica Helweg-Larson. “Es muchísimo mejor para la mayoría vacunarse. Los beneficios personales [y sociales] son mucho mayores que los costes".

Pero psicológicamente, es mejor darle a la gente libertad para decidir, puntualiza Helweg-Larson. "Estamos dispuestos a limitar y restringir las elecciones de la gente cuando nuestro comportamiento daña a otros. Por eso incentivamos dejar de fumar y limitamos y restringimos dónde puedes fumar, pero no prohibimos fumar".

En el caso de la COVID-19, concluye, la elección podría ser vacunarse o "aguantar los inconvenientes de llevar mascarilla y hacerse pruebas de manera regular".

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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