Así eran las colosales cigüeñas que sobrevolaron la isla de los "hombres-hobbit"

Hace más de 60 000 años, la isla de Flores albergaba un pájaro que medía casi el doble que los diminutos homínidos.

Por Riley Black
Publicado 13 jul 2022, 14:37 CEST
Esta reconstrucción muestra Liang Bua, un yacimiento de fósiles en la isla de Flores, tal y ...

Esta reconstrucción muestra Liang Bua, un yacimiento de fósiles en la isla de Flores, tal y como pudo ser hace más de 60 000 años. Una cigüeña gigante desafía a un joven dragón de Komodo por el acceso al cadáver de un estegodonte, un pariente cercano extinto de los elefantes.

Fotografía de Illustration by Gabriel Ugueto

En la antigua Flores, una isla del este de Indonesia, los humanos del tamaño de un "hobbit" compartían el paisaje con un ave inmensa. Con más de metro y medio de altura, la cigüeña Leptoptilos robustus de la Edad de Hielo habría superado al Homo floresiensis, de un metro de altura, que vivió hace más de 60 000 años.

Los paleontólogos pensaban que esta gran ave era una especie no voladora que se había adaptado a vivir en un ecosistema insular aislado. Pero unos fósiles recién analizados que incluyen huesos de las alas, presentados hoy en la revista Royal Society Open Science, han cambiado la historia. A pesar del tamaño de la cigüeña, su envergadura de 3,6 metros probablemente le habría permitido sobrevolar el cielo.

Esta nueva constatación ha llevado a los paleontólogos a revisar lo que pensaban antes sobre la anatomía y el comportamiento de L. robustus. En lugar de ser un cazador de presas pequeñas, el nuevo estudio sugiere que el ave era probablemente un carroñero como otras cigüeñas voladoras prehistóricas que se sabe que se alimentaban de cadáveres de herbívoros, al igual que la cigüeña marabú del África subsahariana. La preferencia de la cigüeña de Flores por los cadáveres puede incluso explicar por qué el animal acabó extinguiéndose.

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Además de las enormes aves, la isla albergaba una especie de estegodonte, un pariente cercano de los elefantes, ya extinguido, que sólo alcanzaba el metro y medio de altura en la cruz. "Las cigüeñas gigantes dependían de ellos para gran parte de su dieta", afirma la paleontóloga de la Universidad de Bergen (Noruega) Hanneke Meijer, autora principal del nuevo estudio. Señala que los huesos del estegodonte se encontraron junto a los de las aves en una cueva, en la que era poco probable que las aves se aventuraran sin un aliciente.

Meijer y sus colegas proponen que cuando el estegodonte desapareció, también lo hizo el L. robustus. Otros animales de la isla que dependían de los mamíferos como fuente de alimento, como los dragones de Komodo, lograron sobrevivir en otros lugares. Pero la extinción de L. robustus coincidió con grandes cambios en Flores, desencadenados por un periodo de calentamiento cerca del final de la Edad de Hielo. "Nuestra hipótesis es que cuando el estegodonte se extinguió, todo el ecosistema se colapsó", dice Meijer.

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Los paleontólogos pudieron crear esta nueva visión de la cigüeña gigante de Flores gracias a 21 huesos, incluyendo partes del ala, encontrados en la cueva de Liang Bua. Este refugio rocoso podría haber sido una forma de escapar del calor y beber para animales como el estegodonte, pero los carnívoros podrían haber aprovechado la situación para conseguir una comida fácil. Los restos de las presas matadas por un dragón de Komodo o un Homo floresiensis habrían sido un tentador bocado para las cigüeñas carroñeras, que podrían haber perecido en el interior de la cueva y haber quedado enterradas allí, conservadas en el registro fósil hasta que los científicos desenterraron los huesos decenas de miles de años después.

Evolución de las islas

Las islas pueden ser intensos laboratorios naturales para la evolución. El relativo aislamiento puede llevar a los organismos a adaptarse de forma muy diferente a los que se encuentran en las grandes extensiones de los continentes de la Tierra. Según un fenómeno llamado la regla de la isla, por ejemplo, las especies grandes suelen hacerse más pequeñas para subsistir con recursos más limitados, mientras que los animales que suelen ser pequeños (como los roedores y los lagartos) crecen hasta alcanzar tamaños sin precedentes.

Cuando se describió por primera vez en 2010, se pensó que la cigüeña de Flores formaba parte de este patrón. En un principio, el ave se imaginaba como un gigante único y no volador que se había adaptado a acechar presas más pequeñas en los bosques de la isla. Sin embargo, al revelar que la cigüeña de Flores podía volar, el nuevo estudio sugiere que el animal probablemente no era un caso de evolución insular inusual, sino que formaba parte de una familia de cigüeñas gigantes que antaño volaban por gran parte del mundo.

"Creo que mi percepción de L. robustus ha cambiado mucho a lo largo de mi carrera", dice Meijer, que estudió algunos de los primeros ejemplares del ave gigante. El conjunto original de huesos, dice, era grande y extraño, y parecía encajar con la idea de que la vida en las islas altera a las criaturas de forma inesperada.

Pero el descubrimiento de los huesos de las alas del animal presentó una imagen diferente.

Un gigante en el cielo

La cueva de Liang Bua conserva un tesoro de especímenes paleontológicos y arqueológicos, entre los que se encuentran restos de Homo floresiensis y Homo sapiens, herramientas de piedra utilizadas por ambas especies y una colección de huesos de animales.

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Los primeros huesos de L. robustus se descubrieron en 2004, pero los expertos tardaron muchos años más en recoger y catalogar más restos del animal. No fue hasta el nuevo estudio que Meijer y sus colegas juntaron todas las piezas para montar una imagen más completa del animal.

Si la cigüeña de Flores no hubiera volado, los huesos de las alas del ave habrían sido más pequeños y habrían mostrado signos anatómicos de que ya no se utilizaban para volar. Los paleontólogos han visto esto una y otra vez entre las extintas "aves del terror" carnívoras, los emús y sus parientes, y varias otras aves terrestres que evolucionaron tras la extinción de los dinosaurios hace 66 millones de años.

Cuando se identificaron los huesos de las alas de la cigüeña de Flores en la colección de la cueva de Liang Bua, dice Meijer, "parecían huesos de alas funcionales y nada parecidos a los de las especies no voladoras". Esos hallazgos inspiraron a Meijer y a sus colegas a replantearse la vida del ave gigante.

"Piensas en cómo se habrían comportado e interactuado con las otras especies en Liang Bua", dice, "casi como si llegaras a conocer a un animal a nivel personal". Cada pieza esquelética recuperada de la cueva es otra parte del rompecabezas.

El nuevo análisis "demuestra que nuestra comprensión del registro fósil mejora constantemente, y que nuestras interpretaciones iniciales sobre la anatomía y el comportamiento de un animal fósil son hipótesis preliminares sujetas a reevaluación", dice el paleontólogo de la Universidad de Cambridge Daniel Field, que no participó en el estudio. Estas revisiones no sólo ayudan a los paleontólogos a comprender mejor cómo y por qué evolucionaron las especies, sino que también aportan nuevos conocimientos sobre la extinción de un organismo.

Al examinar la distribución de las cigüeñas gigantes en el África y Eurasia prehistóricas, por ejemplo, el nuevo estudio también descubre que L. robustus fue probablemente una de las últimas especies supervivientes de estas aves, antaño abundantes. Aferradas a una isla refugio entre los océanos Índico y Pacífico, las aves gigantes acabaron por desaparecer, pero dejaron pistas de su historia en el suelo de la cueva de Liang Bua.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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