El continente perdido de Zelandia ha sido cartografiado por primera vez

Este enorme trozo de corteza continental sumergida se encuentra entre la Antártida y Australia, donde conectó las masas continentales como parte de un supercontinente hace unos 300 millones de años.

Por Liz Kruesi
Publicado 25 ene 2024, 12:26 CET
Pancake Rocks, en la costa oeste de la Isla Sur de Nueva Zelanda

Pancake Rocks, en la costa oeste de la Isla Sur de Nueva Zelanda. Este país insular es la punta de un vasto continente sumergido llamado Zealandia que la comunidad científica ha terminado de cartografiar.

Fotografía de Joana Kruse, Alamy Stock Photo

Tras años de exploración e investigación, los científicos han terminado de cartografiar un continente hundido que se esconde bajo el Pacífico Sur. Este trozo de corteza continental, arrastrado a las profundidades hace millones de años, se conoce como Zelandia, o por el nombre indígena maorí Te Riu-a-Māui.

Uniendo muestras de rocas con mapas magnéticos, los geólogos han desvelado la extensión de Zelandia, oculta bajo el océano que rodea Nueva Zelanda. Hace siete años, el geólogo Nick Mortimer y sus colegas revelaron la existencia de este continente, en su mayor parte sumergido, y en 2021 cartografiaron la porción meridional.

Ahora, en un estudio publicado en Tectonics, los científicos han terminado de cartografiar todo este continente: 4,9 millones de kilómetros cuadrados (más o menos del tamaño de la Unión Europea). "Hemos puesto Zelandia en el mapa", afirma Mortimer, que trabaja para la institución de investigación neozelandesa GNS Science.

Este nuevo estudio "demuestra que Nueva Zelanda no es sólo un par de islas", afirma el geólogo James Scott, de la Universidad de Otago (Nueva Zelanda), que no participó en la investigación. "En realidad es un continente enorme que tiene casi la mitad del tamaño de Australia, sólo que la mayor parte está bajo el agua".

Zelandia es una pieza que faltaba en la corteza continental, afirma la geocientífica Maria Seton, de la Universidad de Sídney (Australia). Encaja como una pieza de puzzle entre los otros continentes cercanos, la Antártida y Australia, lo que permite a los geólogos estudiar cómo se formó Zelandia y cómo se separó de las masas continentales cercanas en la historia geológica.

Ahora que los científicos han trazado los límites de este trozo oculto de la corteza terrestre, pueden empezar a desvelar cómo y por qué se formó en primer lugar, preguntas que tienen implicaciones mucho más allá de las fronteras del continente.

Rocas desde abajo

Durante una videollamada, Mortimer sostiene una roca gris, manchada y del tamaño de un puño: un granito extraído del viaje que el equipo realizó en 2016 a la parte norte de Zelandia. Durante la expedición a un lugar llamado Fairway Ridge a bordo del buque australiano R/V Investigator, los investigadores dragaron cientos de kilogramos de granito y muestras sedimentarias del continente submarino.

Esos trozos de granito, explica Mortimer, se trituran, se tamizan y los restos se introducen en líquidos pesados que permiten que algunos de los trozos floten y otros se hundan. Los trozos que se hunden se pasan por un imán para separar los minerales no magnéticos que buscan los investigadores. A continuación, los científicos observan el material restante al microscopio y seleccionan a mano los cristales de circón.

Éstos son los minerales que buscan, porque en su estructura cristalina hay encerrado un reloj geológico. Comparando esos cristales con rocas bien estudiadas de Nueva Zelanda, explica Mortimer, los científicos pueden saber qué masas de tierra se formaron juntas. Con muestras suficientes, esos diminutos cristales (cada uno de un tercio de milímetro de largo) pueden utilizarse para esbozar la geología de Zelandia.

Los circones se formaron al enfriarse y solidificarse el magma volcánico. Su composición química incluye uranio, un elemento radiactivo, explica Rose Turnbull, geocientífica de GNS Science (un instituto de investigación neozelandes) y coautora del nuevo estudio.

"En cuanto cristaliza, el uranio empieza a descomponerse", explica Turnbull. Los átomos de uranio se convierten en plomo con el tiempo y, midiendo la proporción de ambos átomos en los circones, los científicos pueden determinar cuánto tiempo hace que se formaron.

El magma de los granitos de Zelandia tiende a datar de hace unos 100 millones de años, una época que coincide con la desintegración del anterior supercontinente.

Uniendo los puntos

Imagina que agujereas una tela y la arrojas sobre una estatua. Los agujeros revelarían fragmentos de información sobre la estatua, de forma similar a las muestras tomadas en Zelandia, pero no dirían mucho.

"Cuando salimos en los barcos y recogemos nuestras muestras, son como agujeros de alfileres", dice Seton; "tenemos que utilizar otros métodos para intentar unir los puntos".

Para obtener una imagen más completa, el equipo recurrió a la cartografía magnética. Con sensores a bordo de barcos, orbitando en el espacio y estacionados en tierra, los investigadores pueden detectar anomalías del campo magnético. Mortimer y sus colegas buscaron las rocas altamente magnéticas, que solían ser basaltos solidificados por la actividad volcánica del pasado, y luego crearon mapas de estas variaciones magnéticas.

Del mismo modo que la tela sobre la estatua daba una idea general de su forma, estos mapas magnéticos proporcionaban una idea de Zelandia.

Los científicos no tardaron en darse cuenta de que las rocas magnéticas de las regiones volcánicas no estaban dispuestas al azar, explica Mortimer. Por el contrario, eran paralelas o perpendiculares a zonas de fractura en las profundidades de la corteza oceánica, lugares donde los continentes se separaron.

Esas regiones, dice, "parecen estar relacionadas con el estiramiento de la corteza del [supercontinente] Gondwana, justo antes de que Zelandia, la Antártida y Australia se separaran".

Los investigadores han aprendido a lo largo de las décadas que la corteza continental de la Tierra evoluciona a lo largo de vastas escalas temporales. Sigue un ciclo general: la masa terrestre se compacta en un supercontinente, luego ese supercontinente se rompe en varios continentes más pequeños, luego la tierra se fusiona de nuevo, y el ciclo continúa durante cientos de millones de años. Los científicos creen que dentro de unos 250 millones de años los continentes se habrán fusionado de nuevo.

Hace entre 300 y 250 millones de años, el supercontinente era Pangea, formado por dos partes más pequeñas: el trozo meridional, Gondwana, y el septentrional, Laurasia. Hace 200 millones de años, cada uno de esos trozos empezó a alejarse del otro.

"Cuando se separan, se forman nuevos límites de placas y dos trozos de continente se separan, estirando la corteza continental y haciéndola más delgada", explica Seton.

Hace unos 100 millones de años, una grieta dentro de Gondwana, donde la actual Zelanda se encuentra con la Antártida y Australia, se separó y desencadenó una oleada de actividad volcánica. Esto calentó la corteza, que se estiró "como masa de pizza", dice Mortimer, hasta hace unos 60 millones de años.

Después, la zona empezó a enfriarse y lo que hoy es Zelandia se hizo más densa y se hundió en el océano, quedando casi totalmente sumergida hace unos 25 millones de años, explica Mortimer. En la actualidad, sólo el 5% del continente asoma por encima del agua: las islas de Nueva Zelanda, Nueva Caledonia y algunas islas de Australia.

La porción septentrional de Zelandia sigue unida a Australia, mientras que la meridional está fuertemente unida a la Antártida. Para saber más sobre estas uniones, y la historia geológica que pueden revelar, harán falta más muestras y análisis adicionales. Los investigadores, dice Seton, ya han dragado más de 50 muestras durante una investigación de 2019 y todavía están peinando los datos.

"Si miras [Zelandia] ahora, es como una fotografía borrosa, y con más muestreos, eso se vuelve más claro", dice Scott; "por fin se desentraña la imagen, pero sigue estando, ya sabes, bajo un kilómetro de agua".

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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