Estas son las bases de lanzamiento de cohetes activas del mundo

Para llegar al espacio, la humanidad depende de bases de lanzamiento fundamentales repartidas por el mundo. Aquí están estos enclaves.

Por Michael Greshko
Publicado 5 oct 2018, 14:20 CEST

El espacio es la última frontera, pero a veces el camino hasta allí supone la mitad de la diversión. Hoy, decenas de emplazamientos de todo el mundo albergan cosmódromos, instalaciones especializadas construidas para enviar y recibir vehículos propulsados por cohetes en vuelos al cosmos.

Sputnik 1, el primer satélite artificial en orbitar alrededor de la Tierra, despegó hace 61 años desde el actual cosmódromo de Baikonur en Kazajistán. Entre entonces y el 2017, un total de 29 bases espaciales han logrado enviar naves a la órbita terrestre y más allá, según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales. Hoy 21 permanecen activas, incluidas las tres únicas que han enviado humanos al espacio.

La geografía y la física conspiraron para colocar las primeras puertas de entrada al espacio en latitudes medias, en zonas escasamente pobladas tan cerca del ecuador como fuera posible. Debido a la rotación terrestre sobre su eje, el suelo bajo tus pies se mueve más rápido cuanto más cerca te encuentras del ecuador, como el borde exterior de un vinilo cuando gira. Esto significa que los lanzamientos ecuatoriales abandonan el planeta con más brío, lo que aumenta la eficiencia del lanzamiento.

Las bases de lanzamiento situadas más cerca de los polos, como el cosmódromo de Plesetsk en el norte de Rusia, ofrecen ventajas diferentes. Cuanto más al norte o al sur te encuentres, más fácil es lanzar un satélite a una órbita que pase sobre los polos de la Tierra.

Las primeras bases espaciales se inauguraron en el punto álgido de la Guerra Fría, cuando los Estados Unidos y la Unión Soviética pugnaban por la supremacía en el espacio. En los 70 y los 80, países como China, India y Japón construyeron bases espaciales propias, con lo que consiguieron independencia para lanzar sus propias misiones y acceso al grupo exclusivo de naciones espaciales.

Ahora, las bases espaciales atraviesan una época de transición. A medida que la órbita baja terrestre se comercializa cada vez más, las empresas privadas compiten por ofrecer viajes relativamente baratos a la órbita terrestre y también necesitan espacio de lanzamiento.

«Todo se reducía a una batalla por el prestigio», afirma el experto en política espacial Michael Dodge, profesor del Departamento de Estudios Espaciales de la Universidad de Dakota del Norte. «[Hoy] vivimos en un mundo geopolítico diferente. La motivación principal es la cooperación y el moldeado económico del futuro».

SpaceX ha alquilado la plataforma de lanzamiento 39A del Centro Espacial Kennedy, el lugar que envió al espacio a la Apolo 11 para su viaje lunar en 1969. La empresa usará las instalaciones de la NASA al menos hasta la década de 2030 y está construyendo una base espacial privada en Brownsville, Texas. La competencia de SpaceX, Blue Origin, también tiene instalaciones de lanzamiento en Texas y ha alquilado la plataforma de cabo Cañaveral. En enero de 2018, la startup estadounidense Rocket Lab logró lanzar pequeños satélites en órbita desde su propia base de lanzamiento en la península Mahia, Nueva Zelanda.

Por todo Estados Unidos, los estados intentan fomentar la contratación construyendo nuevas bases espaciales. Según la Administración Federal de Aviación, Estados Unidos cuenta con 11 bases espaciales genuinas, y una en Colorado que obtuvo la licencia en agosto. Aunque su construcción podría alimentar la futura economía espacial, la oferta rebasa la demanda actual. Como señaló WIRED en septiembre, se produjeron 90 lanzamientos orbitales en 2017, pero solo 29 de ellos salieron desde suelo estadounidense y lo hicieron desde solo tres instalaciones.

Si la economía espacial acaba despegando, las bases espaciales tendrán que lidiar con su nueva popularidad. Para empezar, los bulliciosos cosmódromos complicarían el espacio aéreo de los países, planteando retos para el control del tráfico aéreo. Dodge también señala que, como cualquier instalación importante, las bases espaciales tendrán impactos medioambientales, como contaminación acústica o posibles vertidos de combustible de cohetes.

Por ahora, las bases espaciales estadounidenses están obligadas a informar de sus impactos medioambientales por la construcción y las operaciones en curso. Pero, a medida que se expande nuestra presencia en el espacio, ¿cómo afectará a la Tierra la exploración de las estrellas?

«A medida que proliferan, estas bases espaciales deberán ser conscientes del impacto que tendrán», afirma Dodge. «Son un elemento necesario para el futuro, pero debemos garantizar el equilibrio de nuestra relación con el medio ambiente».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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