Fotografía

Descubre la «Isla Burkini», donde a las niñas musulmanas se les permite por fin aprender a nadar

Los trajes de baño enteros y las clases de natación permiten a las niñas de Zanzíbar aprender acerca de seguridad en el agua y experimentar cómo es estar en el océano. Jueves, 9 Noviembre

Por Sarah Stacke

En Zanzíbar, una isla frente a las costas de Tanzania, la vida diaria transcurre en torno al mar. Sin embargo, la gran mayoría de niñas zanzibareñas nunca aprenden a nadar. Se estima que el 98 por ciento de la población es musulmana, y la cultura islámica conservadora, junto con la ausencia de trajes de baño más discretos, ha impedido que las niñas naden. Hasta que llegó el Proyecto Panje.

«Panje» es una palabra en swahili que significa algo así como «pez grande». Durante los últimos años, el Proyecto Panje ha hecho posible que las mujeres y niñas locales puedan meterse en el agua, enseñándoles natación y seguridad en el agua, así como técnicas de prevención de ahogamiento. El grupo ha empoderado a sus estudiantes para que enseñen a otras, creando un ciclo sostenible. También les ha proporcionado burkinis, trajes de baño completos, para que puedan meterse en el agua sin comprometer sus creencias culturales y religiosas.

Esta iniciativa cautivó a la fotógrafa Anna Boyiazis por una serie de razones. Siendo niña, su amor por el aguahizo que la apodasen «psaroukla», una palabra griega que significa «pez grande».

Pero no fue solo la coincidencia de su nombre lo que atrajo a Boyiazis a esta historia. La misión del Proyecto Panje tenía que ver con sus intereses sobre los derechos humanos, la salud pública y los problemas que afectan a mujeres y niñas.

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La tasa de ahogamientos en el continente africano es la más alta en el mundo. Pese a ello, en Zanzíbar, según afirma Boyiazis, muchos miembros de la comunidad tienen que hacerse a la idea de que las mujeres están aprendiendo a nadar. La introducción del burkini está permitiendo que las personas entren en el agua. «En Zanzíbar, el burkini está salvando vidas», dice ella.

Las clases de natación también desafían el sistema patriarcal que se opone a que las mujeres hagan otras cosas diferentes a las tareas domésticas. Es precisamente esta tensión de la libertad la que se siente dentro y debajo del agua, yuxtapuesta con las limitaciones impuestas a las mujeres zanzibareñas, la que subyace en el corazón de la serie de fotografías de Boyiazi: «La Isla Burkini».

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Obtener acceso a esta historia no fue fácil. Mandar un email al Proyecto Panje desde lejos para explicarles sus intenciones fotográficas fue en vano. Después, en un festival fotográfico anual en Perpiñán, en Francia, escuchó al fotógrafo Brent Stirton decir: «21 días atrapada… no dejes que la espera se te meta en la cabeza». Lo que significa que si estás esperando durante mucho tiempo a que te den acceso, tienes que permanecer tranquilo, centrado y persistente. Una vez reconfortada, Boyiazis compró un billete a Zanzíbar desde Perpiñán, y siguió el consejo de su compañero: permanecer tranquila, centrada y persistente.

Después de presentarse en persona, la ONG comenzó un proceso de un mes en el que se comunicaron con la comunidad —ancianos, padres, líderes— para asegurarse de que estaban cómodos con la idea de que las niñas fueran fotografiadas.

Cuando le concedieron permiso, Boyiazis pasó la siguiente semana junto a las mujeres en el agua sin una cámara y las dos siguientes fotografiándolas. Finalmente, pasó dos semanas enseñando inglés a las instructoras de nado entre clases. Pese a haberlo intentado, nunca pudo encontrar a alguien que tradujera del inglés al swahili, la lengua nacional. Pero Boyiazis se quedó con la impresión de que a las mujeres les encantaba estar en el agua. Cuando no estaban enseñando a nadar, las instructoras pasaban las tardes nadando, según observó.

Una imagen, la favorita de Boyiazis, presenta a cuatro niñas flotando de espaldas sobre el mar de color turquesa. Llevan consigo garrafas de plástico con tapones rojos para poder flotar más y sus burkinis amarillos están ligeramente pegados a sus cuerpos. Con el rostro relajado y los ojos cerrados, las jóvenes representan la encarnación de la libertad a medida que el agua las mece en silencio y paz.

«Como mujer, para mí habría sido una tortura crecer en Zanzíbar y no poder nadar», dice ella. «Este proyecto fue la mezcla definitiva de mis dos mundos favoritos: estar en el agua y sacar fotos».

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Puedes ver más fotografías de Anna Boyiazis en su página web.

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