Historia

Del Dáesh a las Naciones Unidas: el viaje de Nadia Murad

Nadia Murad pasó 11 meses secuestrada por el Dáesh en Mosul, Irak. Como muchas mujeres yazidíes, fue obligada a ser esclava sexual antes de lograr escapar. Acaba de ser galardonada con el premio Nobel de la Paz 2018. Viernes, 5 Octubre

Por Romy Roynard

Nadia Murad es una mujer joven, esbelta y delicada. Tiene modales suaves y su voz es serena y clara.

Nos reunimos en septiembre de 2017. La joven acababa de llegar a París para participar en el Global Positive Forum, un debate internacional organizado para fomentar las iniciativas positivas que harán del mundo un lugar mejor.

Un técnico de sonido le coloca con cuidado un micrófono de solapa en el vestido. Insiste en que «está bien», que «no le importa». Pero se estremece cuando la tocan.

En su mirada se distinguen las cicatrices de un horror indescriptible. Sus ojos de color castaño oscuro reflejan una juventud que se vio empañada por el horror de la guerra y la violencia perpetradas por el Estado Islámico contra su comunidad.

Nadia Murad, que nació en 1993 en el seno de una familia pobre del norte de Irak, pertenece a la comunidad yazidí, una minoría religiosa monoteísta, vinculada a antiguas religiones mesopotámicas. Los yazidíes forman parte de la población kurda; han sido objeto de varios actos de persecución a lo largo de años y figuraban entre las 180.000 víctimas del genocidio de 1988 organizado por el régimen autoritario de Sadam Hussein. 

La familia Murad habla kurmanji, el dialecto local. Nadia Murad ha aceptado a dar esta entrevista a National Geographic en ese idioma.

En agosto de 2014, los yihadistas del Dáesh atacaron Sinyar, en el distrito de Shingal, gobernación de Nínive, la mayor ciudad yazidí de Irak que entonces estaba defendida por peshmergas kurdos. Tras la retirada de los peshmergas de las montañas de Sinyar, los civiles quedaron a merced de los yihadistas, que no les dejaron opción: para salvar sus vidas, debían convertirse al islam. Durante doce días, un mulá trató en vano de convencerlos para que se convirtieran, pero la mayoría de yazidíes se negó a hacerlo.

Fue entonces cuando tuvo lugar el horror: los convocaron a los habitantes de la aldea y mujeres, niñas y niños fueron separados de los hombres. Tras llevarla por la fuerza a una escuela local, Nadia, impotente, presenció el asesinato de seis de sus hermanos, abatidos a tiros o decapitados. Dos mil hombres yazidíes fueron asesinados durante la que se conoce como la masacre de Sinyar.

Nadia Murad fue secuestrada y transportada a Mosul, al cuartel general del Dáesh, donde la convirtieron en esclava sexual. Durante meses, al menos un guardia la violaba y la golpeaba a diario. Como su último amo quería venderla en el mercado negro, salió a comprarle un manto de abaya, la forma tradicional de hiyab. Se aprovechó de su ausencia para huir y se refugió en una casa vecina. Allí, una familia suní iraquí aceptó darle un carné de identidad islámico con el nombre de uno de los miembros de su familia en él y sacarla del área controlada por el Estado Islámico por la frontera con Kurdistán, donde podría reunirse con su hermano.

Durante su estancia en el campo de refugiados de Rwanga, Nadia contactó con una organización de ayuda a refugiados yazidíes, lo que le permitió beneficiarse de un programa de refugiados del gobierno de Baden-Württemberg, Alemania, en septiembre de 2015. La historia de Nadia atrajo la atención de la abogada especialista en derecho internacional y derechos humanos Amal Clooney. Amal Clooney la ha representado desde entonces. En diciembre de 2015, Nadia Murad informó al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre el problema de la trata de personas y el conflicto, acusando al Dáesh de genocidio.

La joven que se reúne con nosotros dos años después mezcla la seriedad y una perspectiva más leve con una fuerza cautivadora. Responde a las preguntas de Susan Goldberg, editora jefa de National Geographic. Aguarda pacientemente a que nos traduzcan sus palabras del kurmanji al inglés.

Nos habla de su vida secuestrada por el Dáesh, cómo huyó y cómo es su vida actual en Alemania. Ahora, esta embajadora de buena voluntad de las Naciones Unidas comparte su deseo de volver a vivir en Irak algún día y su sueño de convertirse en maquilladora profesional.

Si su mirada habla de la violencia y las atrocidades que presenció, su sonrisa nos recuerda que Nadia Murad solo tiene 24 años. Su lucha por hacer justicia a las víctimas yazidíes va mucho más allá del interés personal. Ya no lucha solo para honrar la memoria de sus hermanos, su madre o sus sobrinos y sobrinas. Lucha para que se reconozcan los crímenes de guerra del Dáesh contra toda la comunidad yazidí.

«Podemos hacer justicia», concluyó.

La entrevista se acaba. Nadia Murad sale de la habitación, dejándonos una sensación inquietante y confusa, como si toda la oscuridad del mundo hubiera sido iluminada de repente por la esperanza.

Susan Goldberg, editora jefa de National Geographic y directora editorial de National Geographic Partners, llevó a cabo la entrevista.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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