Historia

Los ingeniosos juguetes que fabrican los niños refugiados

En un remoto campo de refugiados de Uganda, los niños sudsudaneses crean sus propios juguetes con barro, papel y plástico.lunes, 17 de diciembre de 2018

Por Nina Strochlic
Fotografías de Nora Lorek
Isaac Lemi, un refugiado de 13 años de Sudán del Sur que vive en Uganda, sostiene un autobús de juguete hecho con una caja del Programa Mundial de Alimentos. Los juguetes escasean en Bidibidi, de forma que los niños se entretienen con creaciones hechas a mano.

Antes de ver nuestro coche avanzar por la carretera principal envuelto en una nube de polvo rojo ya lo han oído. El polvo es tan denso que, unos días después, vi cómo una niña lo recogía y se pintaba la boca con él como si fuera pintalabios. Para cuando aparcamos a la sombra de un árbol, los niños están listos para su sesión de fotos con figuritas de arcilla en las manos. Las enseñan, primero nerviosos, después orgullosos. Los niños sin juguetes se marchan y vuelven enseguida con montones de arcilla que moldean para crear coches, extremidades y otras formas.

Estos niños habrían sido la primera generación que habría crecido en un Sudán del Sur independiente si la guerra no los hubiera expulsado. En la actualidad, más de un millón de niños han huido del país y se labran nuevas vidas en campos de refugiados repartidos por Uganda y otros vecinos de Sudán del Sur. Los niños son capaces de aprender a entretenerse incluso en los lugares más remotos y, para los casi 200.000 niños que viven en Bidibidi, el polvo rojo maleable les aporta algo con lo que jugar.

Peter Mandela (izquierda), Wane Samuel y Cosmas Amule (centro), y Joghua Burkene (derecha) posan en Bidibidi con camiones de juguete. La mayoría de los ocupantes del campo son niños.

Bidibidi, un extenso asentamiento en el norte de Uganda, alberga casi un cuarto de millón de refugiados de Sudán del Sur. La Zona 5 es la más alejada del centro original del campo, a más de una hora de la primera zona donde Naciones Unidas y organizaciones de ayuda humanitaria establecieron su base. Y la aldea 19, donde acabamos de llegar, está casi al borde del campo, que tiene el tamaño de Londres.

El asentamiento de refugiados de Bidibidi se abrió en 2016, cuando miles de sursudaneses que huían de la guerra civil entraron en Uganda.

La fotógrafa Nora Lorek y yo hemos venido a esta aldea para reunirnos con un grupo de mujeres sudsudanesas que elaboran sábanas decorativas denominadas milayas cuyos llamativos diseños de aves, flores y árboles se bordan a mano. En Sudán del Sur, las mujeres aprenden esta habilidad de sus madres y abuelas y guardan cajas llenas de ellas para las dotes o para decorar la casa en ocasiones especiales. Se tardan semanas o meses en coser cada milaya y, para ello, las mujeres se inclinan sobre pequeños círculos de tela tensa rodeados de aros de bordar. Ahora, la tarea se lleva a cabo por hábito o quizá por aburrimiento; en Bidibidi hay pocos clientes. Las milayas decoran iglesias al aire libre y patios donde se celebran funerales. Las madres cosen mientras sus hijos van a la escuela, a recoger agua o a elaborar juguetes nuevos para su colección.

Cerca, Nora ve a un niño que juega con un juguete hecho con barro marrón oscuro. Le pregunta si puede sacarle una foto y él se coloca sobre el fondo de color similar de una cabaña cercana con la mano extendida mostrando el juguete. Otros niños acuden con camiones fabricados con cajas del Programa Mundial de Alimentos, coches de botellas de plástico y varios aparatos electrónicos hechos con barro. En el remoto campo, donde hay muy poco que hacer y comprar, los niños han creado su propia diversión.

Las cajas de cartón de los envíos de suministros humanitarios tienen una segunda vida como coches, camiones y autobuses de juguete.

Nuestra intérprete, una chica de 24 años llamada Asha que parece estar emparentada con la mitad del campo, nos cuenta que, de niños, ella y su hermano pasaban horas elaborando juguetes de arcilla en Sudán del Sur. Los fabricaban cuidadosamente, pero después los golpeaban hasta aplanarlos para convertirlos en algo nuevo. Más adelante, su madre le enseñó a tejer milayas, una creación que todavía conserva: una sábana rosa con flores violetas, amarillas y rojas rodeadas de montones de hojas.

Un niño juega con una bolsa de plástico fijada a una cuerda.
James Lokusan, de 10 años, tira de un camión de juguete por un camino lleno de baches en Bidibidi.

Si preguntas a los residentes de Bidibidi qué se llevaron al marcharse de Sudán del Sur, la mayoría cuenta que metieron unos cuantos objetos en una sábana, cerraron sus casas y empezaron a caminar. Asha nos contó que, de camino a Uganda, los niños morían de cansancio o desnutrición y los padres los enterraban bajo montones de hojas al pie de los árboles. Cuando paraban para dormir por las noches, temía tumbarse por accidente sobre un niño muerto.

En 2011, Sudán del Sur fue declarado el país más reciente del mundo tras medio siglo de guerra contra Sudán. Las esperanzas de la libertad ganada con esfuerzo fueron breves. Una guerra civil estalló en el país en 2013 y de nuevo en 2016. Para huir de la masacre, la gente cruzó la frontera con Uganda. En agosto, llegaban 6.000 refugiados al día. Un denso bosque salpicado de aldeas de cabañas de barro se transformó en el mayor campo de refugiados del mundo. Hoy, Bidibidi es el segundo más grande solo por detrás de Cox’s Bazar, en Bangladesh, con unos 225.000 residentes.

En Uganda, a diferencia de la mayor parte del mundo, los ciudadanos temporales tienen derecho al trabajo y a la educación. Dada esta política de refugiados progresista, el campo no se parece a las ciudades de tiendas de campaña que te encontrarías ante las crisis de refugiados de otras partes. Las familias viven en grupos de cabañas con pequeños terrenos para cultivar maíz, arroz y verduras. La mayor parte del agua procede de grifos; más de la mitad de las escuelas son estructuras permanentes; y se están construyendo clínicas de salud con ladrillos y mortero.

Susan James, de 10 años, sostiene su muñeca de arcilla.
Simon Ayole, de 13 años, puso mechones de pelo trenzado a su muñeca de arcilla.

De este modo, los residentes viven seguros, pero en la pobreza. Las casas están llenas de las donaciones de ONG: un colchón de espuma fino, sillas de plástico y lámparas que funcionan con energía solar. Pocas cosas pueden comprarse: en los puestos del mercado se venden pastillas de jabón y refrescos calientes. Cualquier otra cosa se hace a mano, pero los niños se han adaptado empleando el material más abundante: el polvo. Ahora hemos llegado para admirar su ingenio. Asha los coloca uno a uno frente a la cámara y hace retroceder al círculo de curiosos que amenaza con bloquear la luz de la tarde.

Un teléfono móvil, una radio y un helicóptero, todos hechos de barro, son prueba del ingenio de los residentes más jóvenes de Bidibidi.

Un par de días después, los niños escuchan la llegada de nuestro coche a la aldea y se disponen en formación. Decenas de ellos se colocan al borde de la carretera cuando aparco frente a una tiendecita de té. En cuanto cogemos nuestras mochilas y abrimos la puerta, nos bombardean con sus últimas creaciones: un hombre de arcilla que empuja una carretilla con palillos a modo de mangos. Una muñeca con pelo negro que le sale de la cabeza. Un diminuto conductor con casco sobre una motocicleta cuyas dos ruedas se sostienen con ejes de palitos.

Un niño con una pistola de arcilla de tamaño real la sostiene delicadamente ante la cámara de Nora mientras Asha insta al resto a que se pongan en fila tras ella. Los niños se apretujan, ríen, chillan. Algunos todavía dan los toques finales a sus creaciones. Al final de la fila, un niño con una camisa a cuadros y una amplia sonrisa aguarda tras los demás mientras trabaja con un pedazo de arcilla fresca para crear algo nuevo.

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El reportaje de Nina Strohlic en Uganda ha contado con el apoyo de la International Women's Media Foundation. 
Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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