El intrincado viaje de los diputados de ‘la Pepa’ hasta las Cortes de Cádiz

Un 19 de marzo de 1812 salía a la luz uno de los textos que más profundamente ha marcado el progreso de nuestra historia.

Published 19 mar. 2019 17:36 CET, Updated 5 nov. 2020 7:02 CET
La Pepa Constitucion 1812
Juramento de las Cortes de Cádiz en la Iglesia Mayor Parroquial de San Fernando el 24 de septiembre de 1810.
Fotografía de José Casado del Alisal

Conocida como la Pepa por promulgarse el 19 de marzo de 1812, día de San José, esta Constitución fue uno de los hitos que más profundamente marcó el progreso de la historia de nuestro país. Los renglones de esta Carta Magna abrieron paso hacia el modelo democrático y los derechos fundamentales.

En un contexto enmarcado en la revolución de 1808, donde España estaba inmersa en plena Guerra de la Independencia frente a la invasión de Francia, esta inspiradora Constitución logró aunar los esfuerzos de conservadores, ilustrados y liberales que, tras la constitución de las Cortes, introdujo el progreso en el modelo de estado.

Con el objetivo de tratar de unificar todos los esfuerzos bélicos contra Napoleón, se crea un gobierno alternativo que da vida a la Junta Central, encargada de poner en marcha la convocatoria de Cortes, una ardua tarea teniendo en cuenta el contexto. El vacío de poder desencadenó la creación de 16 juntas que dirigían la resistencia contra los franceses, esparcidas por el territorio español.

La dificultad de llevar las Cortes hasta Cádiz

El primer cambio necesario debía transformar la propia estructura de las cortes, ya que en el Antiguo Régimen eran estamentales, es decir, representaban únicamente a su grupo social. Tras decidir cómo estarían formadas, los diputados debían reunirse a debatir.

Empujada por el avance de las tropas francesas, la Constitución se lleva hasta Cádiz para alejarse de la invasión. Allí, un heterogéneo grupo de conservadores, ilustrados y liberales instauran las Cortes y tras debatir ampliamente al respecto, redactan la Carta Magna.

Uno de los diputados encargados para ello, Joaquín Lorenzo Villanueva, narra en su libro Mi viaje a las Cortes la dificultad que suponía llegar hasta Cádiz en aquella época. Villanueva retrata su viaje a través de la llamada ‘España de los caminos’ entre diversos naufragios y ataques pirata. Estas dificultades provocaron que finalmente solo se reunieran en Cádiz aquellos que pudieron llegar hasta allí: 104 de 240 diputados.

“En virtud de la Real orden de 18 de julio, que señalaba la apertura de las sesiones de Cortes para el mes de agosto, en la tarde del día 26 de julio salí de San Felipe para Cartagena”, comienza su narración, haciendo hincapié en cómo se les propuso embarcarse “en el místico de guerra mandado por Mula que salía aquella noche para Cádiz. Pero teniendo en consideración a los corsarios que cruzaban por la costa de Granada, y á que por esta razou habían desestimado aquel barco los sres. D. Nicolás y D. Isidoro Martinez Fortún, y el P.D. Simón López, Diputados de Murcia, me excusé igualmente”.

En el libro, que fue publicado tras su fallecimiento, Villanueva cuenta cómo algunos diputados iban llegando a Cartagena poco a poco. “A los pocos que nos hallábamos unidos en día 3 de agosto, nos pareció oportuno dirigir una representación a S.M. por medio de un correo extraordinario, pidiendo un buque seguro para nuestro viaje”.

Retrato de Joaquín Lorenzo Villanueva según un grabado aparecido en el número 49 del Semanario Pintoresco Español el 3 de diciembre de 1848.
Fotografía de Hondonera

Un extenso intercambio de cartas con las autoridades narra cómo los diputados exigían un buque de guerra que, aunque fuera de pequeñas dimensiones, con la condición de que “si por desgracia se extraviase, pudiera resistir a los corsarios”.

Pero una nueva circunstancia sobrevino para interponerse entre los diputados y Cádiz: la llegada del ejército del francés Sebastiani a Murcia. “Este apuro era terrible para los diputados a Cortes, que debíamos temer alguna incursión de los enemigos sobre la plaza de Cartagena, con el objeto de sorprender a nuestras personas o trastornar nuestro plan de viaje”.

Finalmente, un brote de fiebre amarilla hizo que la urgencia por salir de la ciudad les llevase a buscar otras formas de viajar. La Junta ordenó que acudieran a Almazarrón, pero se negaron por la posibilidad de ser sorprendidos por el enemigo, que estaba en los obispados de Guadix y Almería. En cambio, pidieron pasaportes para acudir hasta Torrevieja, a donde llegaron el 11 de septiembre en galeras, calesas y carros de campo.

Pero allí se encontraron con que debían entrar en cuarentena, ya que a su llegada, la ciudad se alarmó al sospechar que pudieran traer consigo la enfermedad. Diversas disputas con la junta de sanidad de Alicante retrasaron aún más su viaje hacia el sur, hacia la construcción de la democracia.

Finalmente lograron embarcarse en dos navíos junto a sus familiares, y partieron desde Torrevieja rumbo a Cádiz, pasando por Santa Pola para cambiar de navío y juntarse con algunos otros diputados que trataban de llegar hasta la ciudad gaditana. Tan solo habían pasado dos horas a bordo cuando tuvieron que sacar los cañones y prepararse ante un posible ataque pirata que quedó en un susto.

Tras días de navegación al borde del naufragio por un fuerte levante, los diputados que viajaban en aquel buque vislumbraron Cádiz y llegaron a la isla de León, pero los problemas no terminaron ahí. “Se intentó proceder al nombramiento de las personas que debían componer el Consejo de Regencia. Opusiéronse a ello alguno de los nuevos diputados, alegando no estar enterados de los antecedentes, y menos de las personas en quienes deba recaer esta importante elección”.

La promulgación de la Constitución de 1812, obra de Salvador Viniegra.
Fotografía de Museo de las Cortes de Cádiz

Finalmente, aquellos diputados que no lograron llegar hasta allí fueron sustituidos por algunos que sí se encontraban en Cádiz. Debido a las complicaciones de la guerra y el transporte, el origen social de los diputados que finalmente formaron las Cortes retrataba la gran complejidad social de la época, aunque terminó perfilándose en dos grandes facciones: absolutistas y liberales.

Por todo ello, y a pesar de que se dio un alto valor al hecho de que el diputado acreditase ser natural del territorio que representaba, se entendía como algo prescindible debido a la gravísima situación que España atravesaba y las enormes dificultades del traslado de los diputados hasta Cádiz.

Fueron por tanto la excepcionalidad de las circunstancias y la urgencia de la convocatoria las que dirigieron el proyecto político por encima de la representación territorial.

A este complejo contexto se suma una gran desilusión y desconfianza política, provocadas en parte por la colaboración de la familia real con Napoleón, que produjo un gran vacío de autoridad debido a que muchos líderes estaban colaborando con los franceses.

El progreso de la Pepa

La alianza con Francia a menudo se argumentaba desde el progreso, ya que las ideas que venían del otro lado de la frontera estaban enmarcadas en un liberalismo que muchas personas querían para España, tales como la soberanía en la Nación, la separación de poderes, la abolición de la esclavitud, la monarquía constitucional,​ la limitación de los poderes del rey, el sufragio universal masculino o la libertad de imprenta, entre otros.

Con esta Constitución sobrevino por tanto un completo cambio de mentalidad. Quienes eran súbditos se vuelven ciudadanos y todos los españoles son iguales ante la ley. Además, se reconoce como único rey legítimo a Fernando VII de Borbón, pero por primera vez con competencias limitadas.

Portada de la edición original de la Constitución: Cádiz, Imprenta Real, 1812.
Fotografía de Pedro Nolasco Gascó, F. de Pilar.

Inspirada en la Constitución de 1787 de Estados Unidos, en la Declaración de Derechos de Virginia y en la Constitución Francesa de 1781, la Pepa se convirtió en la tercera constitución del mundo, un modelo a seguir para las nuevas naciones de América y para Portugal. A pesar de ello, no estuvo exenta de controversias que finalmente la llevaron a estar en vigor únicamente durante dos años. Posteriormente, volvería a aplicarte durante los períodos de 1820 a 1823, y de 1836 a 1837.

La contradicción de las Cortes

A pesar de sus ansias de progreso y de querer dejar atrás el Antiguo Régimen, la sociedad estaba muy influida por una Iglesia aún muy hostil al progreso que aislaba cualquier idea que pudiera dirigirse hacia el replanteamiento de la soberanía.

Con una población alfabetizada de poco más del 10% que no podía guiarse por la prensa, la Iglesia jugaba un papel imprescindible en la lucha contra la invasión francesa. Su pensamiento conservador estaba fuertemente arraigado y se extendía por todos los resquicios de la sociedad, incluidas las Cortes, que estaban formadas por muchos eclesiásticos con ideas más conservadoras que aquellas a llevar a cabo, por lo que la obra entraba en cierta confrontación consigo misma.

Fruto de una España que se relevaba contra la familia real y contra Napoleón, las Cortes fueron contradictorias en sí mismas, tratando de plasmar unas ideas más liberales, modernas y justas en un contexto que aún era hostil a este cambio.

Por tanto, el verdadero peso que se oponía a la difusión y representación de las ideas liberales estaba también dentro de las Cortes, personas muy hostiles a cualquier elemento que pudiera desencadenar la modernización liberal española.

Debido a esa presión eclesiástica, la libertad de religión fue una de las que esta pionera Constitución echó en falta: el texto consagraba nuestro país como un Estado confesional católico. Además, la libertad de reunión y la de asociación tampoco fueron reconocidas, un estancamiento a nivel de progreso que a menudo sería argumentado en base a la coyuntura: la iglesia era fundamental para frenar a los franceses.

Un conflicto que surgía de sus propios pilares y servía de eje, por lo que no permitía que el progreso se desarrollase. Finalmente, este vaivén de ideas e intereses fue atajado por el rey, que impuso los suyos contrarrestando la revolución gaditana con una fernandina. A su vuelta a España en 1814, Fernando VII derogó por completo la Constitución y dio un vuelco absolutista que se mantuvo durante 6 años más.

A pesar de ello, el concepto de que la legitimidad del poder debe proceder del pueblo, así como la importancia del parlamento para debatir las propuestas fueron dos de las ideas más imprescindibles que nos dejó, hace más de dos siglos, el vanguardista legado de la Pepa.

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