Visita los antiguos centros de misiles nucleares de la Guerra Fría

Tener en mente una destrucción catastrófica no es algo precisamente relajante. Entonces ¿por qué visitan miles de turistas estos emplazamientos de misiles clausurados?martes, 2 de octubre de 2018

Por Rachel Brown - National Geographic
Fotografías de Adam Reynolds

Gris, acolchada, cómoda. El sillón no parece haber sido construido para un puesto de combate en el frente de la guerra nuclear. Yvonne Morris se sentó allí, alerta, durante principios de los 80. Ahora guía a grupos de visitantes por simulaciones de los protocolos que nunca tuvo que llevar a cabo: autentificar la funesta orden; retirar los códigos de lanzamiento de la caja fuerte; girar las llaves al unísono junto con el vicecomandante para enviar un misil balístico intercontinental Titan II de siete pisos de alto y su gigantesca carga nuclear precipitándose hacia el mundo.

Es entonces cuando Morris —excomandante de un equipo de combate de misiles y actual directora del Titan Missile Museum— dice a los turistas que han fracasado. Si la misión de mantener la paz mediante la disuasión hubiera sido un éxito, nunca habría lanzado la bomba.

En 2018, es una simulación. Pero en varios momentos de las últimas siete décadas, la mayoría de gente no habría necesitado ayuda a la hora de imaginar el inicio de una guerra nuclear. Algunos años, nadie olvidaba en absoluto de esa amenaza omnipresente. Aunque ha pasado desapercibida durante años, los acontecimientos actuales —y el aumento del turismo nuclear— le están devolviendo protagonismo.

Antiguas guerras

La preocupación y la desatención establecen un patrón repetitivo en lo referente a armas nucleares, según sugiere Paul Boyer en su libro By the Bomb’s Early Light: American Thought and Culture at the Dawn of the Atomic Age.

En los años inmediatamente posteriores a la II Guerra Mundial, en Estados Unidos reinaba una «conciencia obsesiva post-Hiroshima del horror de la bomba atómica», escribe Boyer. Para 1950, había desaparecido. Pero a mediados de esa década, las repercusiones de las pruebas de bombas atmosféricas estadounidenses y rusas —kilómetros de ceniza, pescadores muertos, lluvia radiactiva, leche radiactiva— revivieron el terror público.

La preocupación nacional por la guerra nuclear casi desapareció de nuevo tras la crisis de los misiles en Cuba en 1962, gracias un tratado que prohibía las pruebas y a la creciente impenetrabilidad de la tecnología y la estrategia nucleares. Y aunque los miedos de guerra nuclear resurgieron durante los conflictos globales de los ochenta, se produjo otra ola de desinterés tras el fin de la Guerra Fría en 1991: en el START I (Tratado de Reducción de Armas Estratégicas), los Estados Unidos y la URSS acordaron reducir su despliegue de armas nucleares y la gente quería pensar que la amenaza había pasado.

Mientras tanto, miles de cabezas nucleares permanecían enterradas en alerta máxima bajo granjas, hogares y carreteras.

El frente subterráneo

A nivel del suelo, los misiles eran prácticamente invisibles y su presencia se señalaba con antenas, vallas de alambre de espino y la puerta del conducto de lanzamiento, como una pequeña pista de baloncesto.

«Desde la distancia, no parece nada especial», explica Eric Leonard, superintendente del Minuteman Missile National Historic Site (MMNHS) en Dakota del Sur. Pero si te acercas, puedes leer las señales: Uso de fuerza mortal autorizado. «La distancia entre lo mundano y lo extraordinario es muy corta».

En los años 60, la Fuerza Aérea estadounidense colocó 1.000 misiles Minuteman sobre Great Plains, cada uno de ellos con un cargamento algo superior a un megatón. Solo se desplegaron 54 misiles Titan, la mayoría en el Suroeste, pero cada uno de ellos transportaba una carga de nueve megatones, suficientes para diezmar un área de más de 1.800 kilómetros cuadrados.

«Se han diseñado para borrar una ciudad de la faz de la Tierra», afirma Leonard. «Eso hacen. Pero otra parte perversa de las armas nucleares es que, cuando construyes armas tan potentes, el hecho de que las tengas listas para dispararse pretende servir como factor disuasivo contra los enemigos de Estados Unidos, para que no nos ataquen».

Esa estrategia de destrucción mutua garantizada ha sido imperante en la retórica del mundo nuclearizado. «Nos ha permitido encontrarnos cara a cara, mirarnos a los ojos directamente y no ir a la guerra entre nosotros», afirma Morris, que ha trabajado en alertas en los 18 silos de los Titan en torno a Tucson, Arizona, de 1980 a 1984.

Para garantizar que un misil esté listo para el lanzamiento minutos después de recibir una orden, los equipos hacían turnos de 24 horas conocidos como alertas, un equilibrio discordante de rutina ritualizada, adrenalina constante y domesticidad inquietante.

Tras un informe de seguridad de alto secreto sobre los peligros del día, los oficiales tenían que probar una y otra vez sus identidades antes de entrar al búnker, donde protegían los códigos de lanzamiento en una caja fuerte con sus propios candados personales. Según cuenta Morris, los equipos llenaban las horas con inspecciones extenuantes y exhaustivas de los misiles, examinando de arriba abajo cada indicador, luz, bomba, ventilador y correa.

Tanto en el emplazamiento del Titan como en el de Minuteman, era totalmente inadmisible que una sola persona estuviera sola en la sala de lanzamiento. El enorme poder destructivo de las armas era un riesgo demasiado elevado y una responsabilidad demasiado grande como para confiársela a un solo oficial. El comandante y su vicecomandante siempre actuaban al mismo tiempo.

Sin embargo, la presencia de la violencia convivía con la parafernalia de la vida humana diaria. Las versiones más avanzadas de las armas que mataron a 120.000 personas en segundos formaban parte de los mismos emplazamientos que albergaban camas, cocinas, arte moral y sillas cómodas.

El turismo accidental del fin del mundo

Hoy, Leonard y Morris supervisan los dos únicos misiles balísticos intercontinentales del mundo, preservados para el bien del público.

«El arsenal nuclear estadounidense no ha aumentado, pero tampoco se ha ido a ninguna parte», afirma Leonard. «Y si los parques nacionales son un lugar de diálogo sobre dónde está y cómo funciona Estados Unidos, este es un tema muy importante».

El reconocimiento de una necesidad pública de conservar los emplazamientos de misiles de la Guerra Fría llegó rápidamente. De hecho, el Titan Missile Museum abrió antes del fin de la Guerra Fría y el MMNHS es uno de los pocos lugares históricos nacionales con menos de 50 años. Las visitas a este último se han duplicado desde 2011 y el año pasado 144.000 visitantes aportaron 10 millones de dólares a la economía local. Aunque muchos planifican su viaje con antelación —los tours de verano se reservan con meses de antelación— muchos visitantes son accidentales y hacen una parada al volver desde el parque nacional Badlands, a menos de 10 minutos.

«La mayoría preguntan lo mismo: ‘¿tenemos todavía misiles nucleares?’», afirma Leonard acerca de la incredulidad de la gente. (Sí, todavía tienen bastantes: del arsenal estadounidense de unos 6.800 misiles, unos 1.800 están desplegados, unos 400 son misiles balísticos intercontinentales y la mayoría de ellos pueden dispararse cinco minutos después de la orden del presidente, aunque no todos están completamente de acuerdo con estas cifras.)

No todos los visitantes son neófitos nucleares. Los antiguos equipos de oficiales de misiles de la Guerra Fría acuden para mostrarles a sus familias los misiles con los que trabajaban y los oficiales actuales utilizan estos lugares retro como ejemplos del trabajo de alto secreto al que no pueden llevar a sus familias. Tanto los Titan como los Minuteman tienen grandes programas de voluntariado con veteranos de la Fuerza Aérea.

Pero los supervivientes de la Guerra Fría en Estados Unidos no son los únicos interesados: también aumentan los visitantes internacionales.

«Si no eres de Estados Unidos, tu experiencia de la Guerra Fría suele ser mucho más personal», afirma Leonard. «Las armas nucleares soviéticas no te matarían en media hora, sino en cuatro minutos».

Y la espinosa retórica nuclear entre Estados Unidos y Corea podría estar renovando el interés tanto extranjero como nacional por estos lugares únicos.

El fotógrafo documental Adam Reynolds, que ha pasado dos años sacando estas fotografías, vincula ese interés a la nostalgia por la Guerra Fría. «Pero con la proliferación nuclear convirtiéndose en un problema creciente, lo vemos como algo mucho más simple. Solo había dos facciones».

Reynolds reconoce la importancia de los emplazamientos de misiles, pero también «la extraña sensación» que suscitan: «¿Qué estamos celebrando en realidad? ¿Celebramos nuestra fuerza, nuestra capacidad para destruir el mundo? ¿O es una especie de lección moral o un cuento con moraleja que intentamos conservar?».

Para Morris, el objetivo está más claro:

«Queremos que la gente salga de aquí entendiendo, al menos por encima, qué es un arma nuclear, qué capacidad tiene, lo caro que es su mantenimiento y su operación, y qué se necesita», afirma. «Y para ayudar a la gente a tomar una decisión sobre cómo quiere que sea el futuro de las armas nucleares en Estados Unidos».

«Puedes leer sobre armas nucleares todo lo que quieras, pero es poco probable que surta el mismo efecto que el hecho de encontrarse a pocos metros de un misil balístico intercontinental», añade.

Adam Reynolds es un fotógrafo documental que se centra en los conflictos políticos contemporáneos, con un énfasis particular en Oriente Medio. Sigue a Adam en Instagram @apreynol13 o visita su página web.
Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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