Historia

Una «pista prometedora» marca el final de la expedición de Amelia Earhart

Aunque no han conseguido encontrar el avión de Earhart, un artefacto redescubierto 80 años después podría abrir nuevas vías de investigación.martes, 27 de agosto de 2019

Por Rachel Hartigan Shea
La tripulación saca el vehículo remoto Hércules del agua frente a la isla de Nikumaroro para colocarlo sobre la cubierta del E/V Nautilus tras un día de búsqueda del Lockheed Electra 10e de Amelia Earhart.

El último día de la expedición para encontrar el avión de Amelia Earhart, a primeras horas de la mañana, la tripulación del E/V Nautilus extrajo del mar el vehículo remoto (ROV) Hércules. Mientras el agua del Hércules caía sobre la cubierta, Robert Ballard, científico jefe de la expedición, comprobó las últimas muestras que había traído el ROV. El Nautilus abandonaría la isla de Nikumaroro rumbo a Samoa en una hora.

Ballard, con guantes de plástico negros, extrajo un recipiente de la parte delantera del ROV. Dentro del recipiente lleno de agua había una lámina de plata del tamaño de un ordenador portátil y un fragmento negro en mal estado que había formado parte de algo similar a un barril.

Ballard examinó los objetos en el laboratorio del buque. El fragmento negro no era aluminio, así que no podía proceder del Lockheed Electra 10e de Earhart. La lámina de plata era más prometedora, sobre todo porque parecía tener agujeros de remaches. «Bajo el agua parecía aluminio», explicó Megan Lubetkin, de la tripulación científica del Nautilus.

Ballard cogió el fragmento. «No es su avión», determinó. «Se dobla demasiado».

Bob Ballard y Jeff Dennerline supervisan el trabajo de un vehículo remoto (ROV) desde la sala de control del Nautilus.
El Nautilus visto desde el aire, con el pequeño ROV Hércules a babor.

Era un final apropiado para la que en muchos sentidos había sido una expedición exitosa (filmada por National Geographic para un especial de dos horas que se estrenará este otoño). Se había recuperado algo intrigante en el fondo marino con una tecnología superior a cualquier otra utilizada hasta la fecha en la búsqueda de Amelia Earhart. Con todo, no era lo que buscaban Ballard y su equipo.

El interés de Ballard por esta isla deshabitada se debía a las pruebas recopiladas por el Grupo Internacional para la Recuperación de Aeronaves Históricas (TIGHAR, por sus siglas en inglés). Basándose en el último mensaje por radio de Earhart y las señales por radio posteriores a su desaparición, el grupo cree que Earhart y su copiloto Fred Noonan podrían haber aterrizado en Nikumaroro en 1937 tras ser incapaces de encontrar la diminuta isla Howland, la siguiente parada en su vuelo alrededor del mundo.

La teoría sostiene que Earhart aterrizó con marea baja en el arrecife que rodea Nikumaroro. Unos días después, la marea levantó el avión del arrecife, donde se habría hecho añicos o donde habría flotado un tiempo para acabar hundiéndose en las profundidades.

Los analistas de inteligencia han dicho que el objeto borroso de la izquierda en esta fotografía de la isla de Nikumaroro —sacada apenas unos meses después de la desaparición de Earhart— se parece al tren de aterrizaje de un Lockheed Electra.
Las integrantes de la expedición Allison Fundis y Samantha Wishnak bucean en la zona de búsqueda principal de la isla de Nikumaroro.

El TIGHAR indica que el avión aterrizó en el lado noroeste de la isla, donde naufragó un barco llamado S.S. Norwich City en 1929 y donde la laguna de la isla se abre al mar cuando hay marea alta. Tres meses después de la desaparición de Earhart y Noonan, un oficial británico que estudiaba la isla para colonizarla sacó una fotografía del pecio. Varios analistas sostienen que una forma borrosa en la parte izquierda de la foto podría ser el tren de aterrizaje del Electra. Las personas que vivieron en la isla tras su colonización contaron más adelante a los investigadores del TIGHAR que habían encontrado restos de aluminio cerca de la entrada de la laguna.

El segmento noroeste —desde la boca de la laguna hasta la punta de la isla— se convirtió en la zona de búsqueda principal de la expedición. «La meta es encontrarlo en el lugar principal o demostrar que no está ahí», declaró Ballard en mitad de la expedición.

Para hacerlo, Ballard, que es geólogo, tenía que conocer Nikumaroro. Envió el barco a circunnavegar cinco veces la isla, que mide más de siete kilómetros de largo, para cartografiarla con sónar multihaz. Envió el vehículo autónomo en superficie (ASV) alrededor de la isla dos veces para cartografiar las áreas menos profundas cerca del arrecife. Envió drones a sobrevolar la isla para analizar el agua donde las olas rompen en el arrecife. Envió el Argus, otro ROV, a más profundidad con un sónar de barrido lateral. Y envió tanto el Argus como el Hércules alrededor de la isla para buscar restos de un avión con sus cámaras, supervisadas por su equipo científico por turnos las veinticuatro horas. «Utilizamos el arsenal entero», afirma Ballard. «Es una cobertura total».

Lo que aprendieron fue que Nikumaroro es una isla diminuta en el pico de un monte submarino enorme. Desciende hasta el fondo del mar en una serie de rampas y acantilados empinados, los más espectaculares en la zona de búsqueda principal. Y como arroyos que fluyen desde una montaña, las rampas canalizan los restos ladera abajo. Estas rampas acumulan restos.

El misterio de Earhart

El Hércules y el Argus las peinaron de arriba abajo. Bajo el pecio del Norwich City, los ROV iluminaron hélices, calentadores y otros fragmentos del buque para el vigilante equipo científico. «He aprendido muchísimo sobre el Norwich City», sobre los objetos que se escurren del arrecife, cuenta Ballard.

La historia fue distinta en la zona de búsqueda principal, el sitio donde se hallaba el supuesto tren de aterrizaje de la foto. «Si el avión hubiera estado allí arriba, los fragmentos se habrían movido ladera abajo», afirma Ballard. Sin embargo, ni los ROV ni el equipo de vigilancia encontraron nada.

«Examinamos visualmente el cien por cien de la isla hasta los 750 metros [de profundidad] y no observamos indicios del avión», cuenta Ballard. «Estudiamos visualmente el cien por cien de la zona primaria hasta los 900 metros [de profundidad]».

Ningún avión a la vista.

A Ballard no le decepciona el resultado. «Ha sido divertido», afirma. «Utilizamos todo lo que teníamos».

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Para él, la búsqueda no ha terminado. De hecho, tras esta expedición, el Nautilus se dirigirá a las islas de Howland y Baker para cartografiar las aguas de estos territorios estadounidenses para la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos. Quizá descubran algo en las orillas de la isla donde Earhart quería aterrizar.

Ballard no tiene pensado regresar a Nikumaroro a no ser que el equipo de tierra encuentre pruebas definitivas de que Earhart y Noonan fallecieron allí. Aun así, ya sabe dónde buscaría si volviera a la isla. Las playas del sur, cuyo terreno es bastante plano como para aterrizar y cuya topografía submarina es mucho más suave, según él perfectas para el sónar.

Amelia Earhart junto a su Lockheed Electra en el aeródromo de Parnamirim, Natal, Brasil, en junio de 1937. El copiloto Fred Noonan está detrás.

Eso podría ocurrir antes de lo pensado. En 1940, un administrador colonial halló huesos —entre ellos un cráneo— en Nikumaroro y los envió a Fiji, donde se perdieron. Entonces, se especuló que los huesos pertenecían a Earhart. Un equipo terrestre dirigido por Fredrik Hiebert, arqueólogo de la National Geographic Society,  podría haber hallado fragmentos del cráneo en el Museo y Centro Cultural de Te Umwanibong en Tarawa, Kiribati.

Según Erin Kimmerle, antropóloga forense de la Universidad de Florida del Sur, el cráneo pertenecía a una mujer adulta. «No sabemos si es suyo o no, pero todas las vías de investigación apuntan a que los huesos de 1940 se encuentran en este museo», afirma. Tendrán más información cuando hayan reconstruido y analizado el ADN del cráneo, algo que debería de ocurrir en los próximos meses.

Este también es un final apropiado para una expedición de Earhart. Justo cuando parece que se ha acabado, aparece una prueba prometedora que insta a los investigadores a seguir adelante.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

Expedición Amelia Earhart, estreno en otoño en National Geographic.

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