Así fue el auge y la caída del Imperio otomano

Los otomanos reinaron con uno de los mayores imperios de la historia durante más de seis siglos hasta sucumbir en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial.

Friday, December 13, 2019,
Por Erin Blakemore
Tughra
La «tughra» (insignia) del emperador otomano del siglo XVI Solimán el Magnífico. Normalmente, la «tughra» incluye el nombre del sultán y el de su padre con la frase «siempre victorioso».
Fotografía de The Metropolitan Museum of Art

El Imperio otomano, uno de los más poderosos de la historia, pasó de ser un bastión turco en Anatolia a convertirse en un estado vasto que, en su apogeo, abarcaba hasta Viena (Austria) al el norte, hasta el golfo Pérsico al este, hasta Algeria al oeste y hasta Yemen al sur. El éxito del imperio se debió a su estructura centralizada tanto como a su territorio: poseía riquezas gracias al control que ejercía sobre algunas de las rutas de comercio más lucrativas del mundo y ostentaba poder militar gracias a la impecable organización de su ejército. Pero todos los imperios que ascienden están destinados a caer, y seis siglos después de que el Imperio otomano surgiera en los campos de batalla de Anatolia, se desmoronó de forma catastrófica en el escenario de la Primera Guerra Mundial.

Retrato de Osmán del siglo XVI. Osmán fue el primer sultán del Imperio otomano.
Fotografía de Bridgeman Images

Osmán I, el líder de una tribu túrquica nómada de Anatolia (actual Turquía), empezó a conquistar la región a finales del siglo XIII mediante incursiones contra el Imperio bizantino cristiano, que estaba cada vez más debilitado. En torno a 1299, se autodeclaró líder supremo de Asia Menor y sus sucesores siguieron expandiéndose por territorio bizantino con la ayuda de mercenarios extranjeros.

En 1453, los descendientes de Osmán, ahora denominados otomanos, derrotaron al Imperio bizantino cuando capturaron la ciudad supuestamente inconquistable de Constantinopla. La ciudad que llevaba el nombre de Constantino, primer emperador cristiano de Roma, pasó a denominarse Estambul (una versión de stin polis que en griego significa «en la ciudad» o «a la ciudad»).

El Imperio otomano, que ya era un imperio dinástico con capital en Estambul, siguió expandiéndose por los Balcanes, Oriente Medio y el norte de África. Aunque era una dinastía, solo un papel —el del sultán, gobernante supremo— era hereditario. El resto de la élite del Imperio otomano debía ganarse sus puestos independientemente del nacimiento.

Esta miniatura del siglo XVI representa al ejército de Solimán el Magnífico marchando hacia Europa.
Fotografía de Bridgeman Images

Durante el reinado de Solimán el Magnífico en el siglo XVI, cuya vida representó el periodo de apogeo del poder y la influencia de los otomanos, las artes prosperaron, la tecnología y la arquitectura alcanzaron nuevas metas y en general el imperio disfrutó de paz, tolerancia religiosa y estabilidad política y económica. Pero la corte imperial también dejó víctimas a su paso: mujeres obligadas a convertirse en esclavas sexuales como concubinas; esclavos que debían desempeñar tareas domésticas y militares; y hermanos de sultanes, muchos de ellos asesinados o encarcelados para proteger al sultán de desafíos políticos.

En su apogeo, el Imperio otomano fue un actor importante en la política europea y albergaba más cristianos que musulmanes. Sin embargo, en el siglo XVII empezó a perder fuerza. Hasta entonces, siempre había habido nuevos territorios por conquistar y nuevas tierras que explotar, pero cuando fracasó un segundo intento de conquistar Viena en 1683, empezó a debilitarse.

La intriga política en el sultanato, el fortalecimiento de otras potencias europeas, la competencia económica debido a las nuevas rutas de comercio y el comienzo de la Revolución Industrial desestabilizaron un imperio antaño sin igual. Para el siglo XIX, habían puesto al imperio el mote burlón de «el hombre enfermo de Europa» por su territorio disminuido, su recesión económica y su mayor dependencia del resto de Europa.

Haría falta una guerra mundial para poner fin de una vez por todas al Imperio otomano. El sultán Abdul Hamid II, ya muy debilitado, flirteó brevemente con la idea de una monarquía constitucional antes de cambiar de rumbo a finales de la década de 1870. En 1908, los Jóvenes Turcos reformistas organizaron una revolución y restauraron la constitución.

Los Jóvenes Turcos que ahora gobernaban el Imperio otomano querían fortalecerlo, lo que asustó a sus vecinos de los Balcanes. Las subsiguientes guerras de los Balcanes provocaron la pérdida del 33 por ciento del territorio restante del imperio y de hasta un 20 por ciento de su población.

Con la Primera Guerra Mundial al acecho, el Imperio otomano estableció una alianza secreta con Alemania. La guerra posterior fue desastrosa. Durante la Gran Guerra, el ejército otomano perdió más de dos tercios de sus soldados y murieron hasta tres millones de civiles. Entre ellos figuraban 1,5 millones de armenios, asesinados en masacres y en marchas de la muerte durante su expulsión del territorio otomano. En 1922, los nacionalistas turcos abolieron el sultanato y acabaron con el que en su día había sido uno de los imperios más prósperos de la historia.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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