Esta es la historia de las 999 jóvenes trasladadas en el primer transporte oficial a Auschwitz

«Creía que íbamos a la aventura». Las supervivientes del campo de exterminio polaco recuerdan sus vidas como prisioneras.miércoles, 15 de enero de 2020

Por Heather Dune Macadam

«Abrimos y cerramos Auschwitz», afirma Edith Grosman. Edith y yo estamos en una habitación de hotel de estilo soviético en esta pintoresca localidad eslovaca. Fuera, los picos nevados del Alto Tatra acechan en la distancia. Dentro, Edith, que ahora tiene 95 años, habla de los acontecimientos fatídicos que le cambiaron la vida.

«Una mañana, nos levantamos y fuera vimos carteles pegados a las paredes de las casas que anunciaban que todas las chicas judías, chicas solteras de más de 16 años debían ir al colegio el 20 de marzo de 1942 para trabajar», relata Edith, flexionando sus manos artríticas y dando palmaditas en el aire.

Edith Friedman, que entonces solo tenía 17 años, soñaba con ser médica; Lea, su hermana de 19 años, quería ser abogada. Pero esas aspiraciones quedaron frustradas dos años antes, cuando la Alemania de Hitler anexionó Eslovaquia. El gobierno colaboracionista de la República Eslovaca empezó a aplicar leyes draconianas contra los judíos, como la que revocaba su derecho a la educación después de los 14 años. «Ni siquiera podíamos tener un gato», cuenta Edith, levantando las cejas con incredulidad.

Edith hace una pausa y suspira profundamente recordando aquel decreto. «Mis padres tenían dos chicas listas para ir».

Edith recuerda que su madre, Hanna, objetó: «Dijo: “¡Es una mala ley!”».

Pero las autoridades de su localidad, Humenné, aseguraron a los padres preocupados que las niñas trabajarían como «voluntarias contratadas» en una fábrica de botas para los soldados. Así que Hanna metió las escasas pertenencias de sus hijas en bolsas y mandó a Edith y Lea a registrarse como parte de esta nueva mano de obra femenina. Pensó que volverían a la hora de comer.

Edith reconoció a la mayoría de las casi 200 mujeres, muchas de ellas adolescentes, que estaban haciendo cola. «Humenné era una gran familia, todo el mundo se conocía», cuenta. Las autoridades locales y el personal militar dirigían el registro, pero entre ellos había un hombre con el uniforme de las SS, la Schutzstaffel (Escuadras de Protección). «Me pareció raro que un SS estuviera allí», explica Edith.

Después de darles sus nombres, un médico ordenó a las chicas que se desnudaran para un chequeo. Desvestirse frente a hombres desconocidos era algo inaudito, pero ¿quiénes eran ellas para cuestionar a la autoridad? «No fue un chequeo real», dice Edith. «No rechazaron a nadie».

Los padres se habían congregado frente a la escuela. La hora de comer pasó y se preguntaron por qué tardaban tanto un viernes, cuando las familias se preparan para el sabbat, el día sagrado de los judíos. Entonces, alguien se dio cuenta de que los guardias habían sacado a las niñas por una puerta trasera y las estaban conduciendo hacia la estación de tren. Los padres inquietos los persiguieron, gritando sus nombres y exigiendo saber a dónde se llevaban a sus hijas. Nadie les dijo nada.

En la estación, subieron a las niñas a vagones de pasajeros sin darles la oportunidad de despedirse de sus padres. Edith pudo oír la voz de su madre entre la multitud: «Lea no me preocupa nada, pero Edith es minúscula». La familia siempre decía en broma que los vientos de las montañas se llevarían por delante a la menuda Edith si no tenía cuidado.

Mientras el tren salía de la estación, las chicas mayores intentaron sostener a las pequeñas. «Pensé que íbamos a la aventura», me contó una de las amigas de Edith, Margie Becker. «Cuando vimos las preciosas montañas, los montes Tatra, todas cantaron “The Beautiful Mountains” y el himno nacional de Eslovaquia».

En Poprad, a unos 120 kilómetros al oeste de Humenné, Edith y sus amigas se bajaron del tren y las condujeron a barracones vacíos. Al día siguiente, los guardias las pusieron a trabajar limpiando los barracones. «Pensábamos que a lo mejor era eso. Quizá ese era el trabajo que teníamos que hacer», afirma Edith. Después llegó otro tren cargado de jóvenes. Al día siguiente, llegaron más trenes de la región circundante, llena de chicas judías solteras.

Cinco días después de la llegada del grupo de Edith, casi mil chicas habían llegado a Poprad. Los guardias les ordenaron hacer el equipaje. Mientras pasaban frente a los barracones, vieron vagones de ganado dispuestos sobre las vías del tren. «Estábamos llorando. Y muy asustadas», afirma Edith.

Edith cuenta que se resistieron cuando les ordenaron subirse a los vagones y los guardias las apalearon hasta que se montaron en aquellas cajas húmedas y fétidas. «Estaba con mi hermana y nuestras mejores amigas, queríamos estar juntas», explica. «Dentro no había nada. Ni un cubo. Ni agua. Nada. Solo una ventanita». Edith dibuja un rectangulito con los dedos para mostrar lo pequeña que era la ventana. «Y cerraron por fuera».

No tenían ni idea de a dónde iban, pero pese al miedo que sentía Edith, le reconfortaba estar con Lea y Margie, de la tienda del barrio; Adela Gross, con su ardiente pelo rojo; Anna Herskovic, que adoraba ir al cine con Lea; y otras chicas a las que conocía del colegio, la sinagoga y el mercado.

Tras horas de trayecto, en plena noche, el tren se detuvo en la frontera entre la Polonia ocupada y Eslovaquia. Se había completado una transacción secreta entre dos gobiernos: los eslovacos habían pagado a los nazis 500 marcos imperiales (unos 225 euros) por cada joven capturada como mano de obra esclava. Y así llegó al extremo sudoccidental de Polonia el primer envío oficial por ferrocarril de las víctimas de la «solución final» de Hitler.

La vida —y la muerte— en Auschwitz

¿Por qué comenzó con 999 chicas el plan de Hitler de erradicar a los judíos con campos de trabajos forzados en Polonia? El gobierno fascista quería eliminar a las portadoras fértiles de la próxima generación de judíos, pero además, según el historiador eslovaco Pavol Mešťan, era más sencillo hacer que las familias entregaran a sus hijas que a sus hijos. Asimismo, Mešťan explica que se creía que las niñas harían que sus familias las siguieran a los campos de reubicación, donde los judíos estaban siendo «trasladados» o «reinstalados», eufemismos nazis que querían decir «asesinados».

Cuando el tren se detuvo, Edith, Lea y sus amigas se toparon con lo que parecía ser un páramo, nada salvo nieve hasta donde alcanzaba la vista. «Era un lugar vacío, no había nada», exclama Edith.

Los guardias ordenaron a los hombres de uniformes a rayas que usaran palos para bajar a las mujeres del tren. Un superviviente polaco recuerda cómo susurraban a las niñas: «Rápido, no queremos haceros daño». Tras casi 12 horas en el gélido vagón, Edith y las demás tuvieron dificultades para transportar sus pertenencias por los campos nevados hacia lo que una superviviente describió como «cajas y luces parpadeantes». Hasta ahora, Auschwitz había sido un campo de concentración para hombres, la mayoría prisioneros de guerra y miembros de la resistencia. Edith no tenía ni idea de que los hombres con palos eran prisioneros. Tampoco era consciente de que era prisionera, aunque sí se preguntó por qué había alambre de espino.

Mientras las niñas entraban en el campo, Linda Reich, una de las supervivientes a las que entrevisté, susurró a una amiga: «Esta debe de ser la fábrica donde vamos a trabajar». La estructura era una cámara de gas.

Durante los tres años siguientes, se construyeron cinco cámaras de gas y crematorios dentro de un complejo de barracones que abarcaba 40 kilómetros cuadrados. Aunque la cámara que Reich había señalado aquel día de marzo no empezó a funcionar hasta julio, los nazis tenían otros métodos para matar a las jóvenes. Una dieta mísera de casi 600 calorías al día combinada con trabajos agotadores que incluían demoler edificios y vaciar pantanos con sus propias manos las dejaba exhaustas. «Empezaron a morir niñas», afirma Edith.

“¿Para qué sobrevivimos si no para contarlo?”

por EDITH GROSMAN, SUPERIVIVIENTE DE AUSCHWITZ

Edith prosigue con voz suave y reflexiva: «Algunas personas dicen que los ángeles tienen alas. Mis ángeles tenían pies». Uno de los trabajos menos arduos del campo era clasificar las ropas y las pertenencias para nuevos prisioneros. A Margie Becker se le había asignado esa tarea y, cuando a Edith se le rompieron los zapatos, Margie le trajo un buen par. «Los zapatos pueden salvarte la vida», afirma Edith.

Pero los zapatos no bastarían para salvar a la hermana de Edith. En agosto de 1942, las mujeres fueron trasladadas a otro campo del complejo de Auschwitz: Birkenau. Las condiciones de vida eran pésimas y enseguida se desató una epidemia de tifus en los bloques de hombres y mujeres, matando tanto a prisioneros como a guardias de las SS.

Cuando Lea enfermó, formaba parte de un destacamento de trabajos forzados que la obligaba a estar en agua fría todo el día limpiando fosos. Durante semanas, Edith le dio a Lea su sopa porque Lea no podía tragar el pan. Después, su hermana ni siquiera fue capaz de levantarse. Tenía fiebre.

De algún modo, Edith había tenido la suerte de ser asignada al grupo que clasificaba la ropa y una tarde, tras volver a su bloque después de trabajar, se enteró de que habían trasladado a Lea al Bloque 22, el ala de enfermos. Nadie salía del Bloque 22, donde los prisioneros eran almacenados hasta que los camiones los transportaban a las cámaras de gas.

Un día, Edith entró sigilosamente y se encontró a Lea, que yacía sobre el suelo de tierra. «Le sostuve la mano, la besé en la mejilla. Sabía que podía oírme. Estaba sentada con ella, contemplando su preciosa cara y sentí que tenía que ser yo y no ella. La culpa del superviviente nunca desaparece».

Al día siguiente, el 5 de diciembre, era el sabbat de Janucá. Edith se coló otra vez en el Bloque 22 antes de ir a trabajar. Lea aún estaba en el suelo. Estaba «consumiéndose», cuenta Edith. «Hacía mucho frío. Estaba en coma». Edith no tuvo más remedio que abandonar a su hermana.

Aquel día, los nazis tomaron medidas para sacar del campo a los prisioneros enfermos de tifus. Cuando el grupo de Edith volvió del trabajo, les ordenaron que se desvistieran y marcharan desnudas por las puertas frente a los guardias de las SS. Las mujeres con las reveladoras manchas del tifus fueron conducidas a las cámaras de gas.

La imagen dentro del recinto dejó a Edith atónita. «El campo estaba vacío», cuenta. La superviviente Linda Reich recuerda que en su bloque solo quedaban 20 mujeres de las mil que habían estado allí aquella mañana. Las habían llevado a todas a las cámaras de gas. Lea estaba entre ellas.

Edith no quería vivir una vida sin Lea, pero era una luchadora. «¿Por qué sobrevivimos si no para contarlo?», dice. Para Edith, el coraje para seguir luchando —la voluntad de sobrevivir— se debió a uno de sus ángeles con pies, Elsa Rosenthal, de 16 años. Las Lagerschwestern, hermanas de campo, eran como hermanas reales para las mujeres que necesitaban que alguien las cuidara, sobre todo tras la muerte de una hermana o hermano. Elsa, la hermana de campo de Edith, se aseguró de que Edith comiera. Durmió junto a Edith por la noche para que entrara en calor. También le dijo a Edith: «Yo puedo sobrevivir sin ti».

«Así que tuve que vivir», cuenta Edith.

La salida de Auschwitz: «la sangre había teñido la nieve de rojo»

Casi tres años después de llegar a Auschwitz siendo adolescentes, Edith y las pocas amigas que sobrevivieron se enfrentaron a una última prueba. Los nazis planeaban evacuar el campo y huir del ejército soviético que se acercaba. En la distancia, los cielos se teñían cada noche de rojo y dorado mientras Cracovia ardía. El 18 de enero de 1945, en plena ventisca, los últimos prisioneros de Auschwitz fueron conducidos hacia la frontera alemana en lo que pasaría a denominarse «marcha de la muerte». Se estima que 15 000 prisioneros del complejo de campos de Auschwitz murieron en marchas de varios días por Polonia hacia los pasos fronterizos de Alemania.

De todos los horrores y obstáculos que sufrieron las niñas del primer transporte, «este fue el peor», dice Edith. «La sangre había teñido la nieve de rojo». Si un prisionero tropezaba y caía, le disparaban. La sororidad pendía de un hilo. Si una de sus amigas caía en la nieve, Elsa y Edith la levantaban antes de que un soldado de las SS le disparase. Cuando Edith creyó que no podría dar un paso más, su amiga de la infancia Irena Fein la instó a seguir. No había comida y dormían en graneros. «Con mi pierna, cojeando todo el camino, ¿cómo sobreviví cuando otras que estaban sanas no lo lograron?», se pregunta Edith.

Los soldados soviéticos liberaron Auschwitz el 27 de enero de 1945. Encontraron a 7000 prisioneros esqueléticos, 4000 de ellos mujeres, y cientos de muertos abandonados. Durante las semanas siguientes, cientos más sucumbirían al hambre y las enfermedades.

Por su parte, los alemanes esclavizaron a Edith y a miles de supervivientes más en Ravensbrück —el infame campo de exterminio de mujeres— y en campos como Bergen Belsen, en Alemania, y Mauthausen, en Austria. El hacinamiento y el hambre pusieron en peligro sus vidas. Linda Reich recuerda que cuando se derramaba una olla de sopa, las mujeres se arrodillaban e intentaban lamerla.

Edith y Elsa fueron trasladadas a un campo de trabajos subsidiario donde repararon pistas de aterrizaje que los Aliados bombardeaban continuamente. Edith cuenta que cuando los aviones atacaron el complejo y los guardias de las SS corrieron hacia los búnkeres, los prisioneros fueron corriendo a la cocina: «Tuvimos una vida mejor. Conseguimos comida».

El 8 de mayo de 1945 se declaró el armisticio en Europa. De las 999 jóvenes del primer transporte a Auschwitz, se estima que menos de 100 sobrevivieron para ver la libertad, entre ellas ocho de las amigas de la infancia de Edith. Edith y Elsa tardaron seis semanas en regresar a su hogar en Eslovaquia. Allí, Edith se enfrentó a otra prueba. Había contraído tuberculosis osteoarticular en Auschwitz y, tras la liberación, cayó gravemente enferma. «Auschwitz me dejó con una discapacidad física», cuenta. «A Elsa, con una discapacidad psicológica», condenada a vivir con miedo y ansiedad el resto de su vida.

Pese a su enfermedad, Edith cuenta que «albergaba mucha esperanza por el mundo, por la humanidad, por nuestro futuro. Pensé: “Ahora el mundo cambiará”». También se había enamorado. En 1948, se casó con el guionista y novelista Ladislav Grosman, cuya película La tienda de la calle Mayor ganó el Óscar a la mejor película extranjera en 1965. Ladislav falleció en 1981.

Aunque el sueño de Edith de ser médica se había visto frustrado, terminó el instituto y trabajó como bióloga investigadora en la Checoslovaquia comunista y, más adelante, en Israel. Ahora vive en Toronto, Canadá, cerca de sus hijos y nietos.

«He vivido en pequeños infiernos, pero también en pequeños paraísos», dice Edith sobre su vida. «He vivido de todo en esta Tierra».

Pero 75 años después de Auschwitz, a Edith le preocupa que el mundo no haya estado a la altura de la esperanza que sintió en 1945. El antisemitismo está aumentando. Los delitos de odio contra las minorías aún frecuentan las noticias. «¿Por qué todavía hay guerras?», pregunta. «Por favor, deben comprenderlo: en una guerra no hay ganador». Su voz es frágil pero urgente. «Una guerra es lo peor que puede pasarle a la humanidad».

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