La trágica historia de María tifoidea sacó a la luz las repercusiones sanitarias de los «supercontagiadores»

Rastrear a la responsable de un brote de fiebre tifoidea en el Nueva York de principios del siglo XX supuso un avance a la hora de entender cómo propagan las enfermedades los portadores asintomáticos.miércoles, 18 de marzo de 2020

George Soper no era un detective normal y corriente. Se había formado en ingeniería civil, pero se había convertido en una especie de experto en higiene. Por eso lo llamaron cuando en 1906 un casero de Long Island intentó rastrear la fuente de un brote de fiebre tifoidea. El casero había alquilado su casa de Long Island a la familia de un banquero y a sus sirvientes aquel verano. Para finales de agosto, seis de los 11 inquilinos habían contraído fiebre tifoidea.

El estado de Nueva York había contratado a Soper para investigar los brotes de enfermedades («Me llamaban el luchador epidémico», escribió más adelante) y creía que una sola persona que actuara como portadora podía propagar la fiebre tifoidea. En Long Island, centró su atención en la cocinera, Mary Mallon, que había llegado a la casa tres semanas antes de que la primera persona cayera enferma.

Los hallazgos de Soper demostrarían cómo un portador inconsciente podía causar brotes de enfermedades y, más adelante, suscitó un debate sobre la autonomía personal frente a la salud pública.

Cuando analizó la lista de neoyorquinos ricos para quienes había trabajado Mallon en sus casas de verano entre 1900 y 1907, descubrió una estela de 22 infectados. La fiebre tifoidea es una infección bacteriana que suele propagarse a través de la comida y el agua contaminadas por la salmonela. Los pacientes enferman con fiebre alta, diarrea y a veces, antes de que se desarrollaran antibióticos para tratarla, delirios y muerte.

En aquella época, ante la ausencia de prácticas de higiene reguladas en vigor, la enfermedad era bastante habitual y Nueva York tuvo que enfrentarse a varios brotes. En 1906, el año en que Soper comenzó su investigación, se habían documentado 639 muertes por fiebre tifoidea en Nueva York. Pero ningún brote se había rastreado hasta una sola portadora, sobre todo a una asintomática.

Soper descubrió que Mallon solía servir helado con melocotones frescos los domingos. Comparándolo con sus platos calientes y cocinados, dedujo que «no había mejor modo de que una cocinera se limpiara los microbios de las manos e infectara a la familia».

En busca del portador

Cuatro meses después de comenzar las pesquisas, Soper descubrió que Mallon estaba trabajando en una casa de Park Avenue. La cocinera irlandesa de 37 años «medía 1,67 metros, era rubia con ojos azules claros, tenía un color sano y una boca y unas mandíbulas definidas», describió más adelante. Cuando se encaró con ella y le presentó sus pruebas, exigiéndole muestras de orina y heces, amenazó a Soper con un tenedor de trinchar.

Enviaron a Dra. S. Josephine Baker, una prometedora defensora de la higiene y la salud pública, para que convenciera a Mallon de que proporcionara las muestras, pero Mallon también la ahuyentó. Baker, cuyo padre había fallecido de fiebre tifoidea, asumió la misión de fomentar la medicina preventiva (y se convirtió en la primera mujer que consiguió un doctorado en salud pública). «La tragedia de Mary fue que no podía confiar en nosotros», escribió Baker más adelante.

Finalmente, Baker y cinco agentes de policía acompañaron a Mallon a un hospital donde (tras un intento de huida casi exitoso) dio positivo como portadora de Salmonella typhi, la bacteria que causa la fiebre tifoidea. Las pruebas posteriores lo confirmarían. La pusieron en cuarentena en una casita en los terrenos del Hospital Riverside. El centro se encontraban aislado en el islote North Brother, en la costa del Bronx.

Mallon no mostró síntomas de fiebre tifoidea y no creía que pudiera contagiarla. Es probable que Mallon nunca llegara a entender qué significaba ser una portadora, sobre todo porque nunca llegó a mostrar síntomas. Los médicos dijeron a Mallon que la única cura era la extirpación de la vesícula biliar, pero rechazó la operación. En 1909, el New York American la apodó «María tifoidea» («Typhoid Mary») y el mote perduró.

Mallon se quejó en una carta que escribió a su abogado en junio de ese año. «El hecho es que he sido un espectáculo erótico para todo el mundo. Incluso los residentes vinieron a verme y a preguntarme datos que ya conoce el mundo entero. Los hombres con tuberculosis me decían “Ahí está, la mujer secuestrada”», escribió. «El Dr. Park hizo que me ilustraran Chicago. Me pregunto si al tal Dr. William H. Park le gustaría que le insultaran y lo pusieran en una revista y lo llamaran a él o a su mujer William Park el tifoideo».

En 1909, demandó al Departamento de Sanidad de la ciudad de Nueva York y el caso llegó al Tribunal Supremo. En el tribunal de la opinión pública, Mallon había suscitado un debate sobre la autonomía individual y la responsabilidad estatal en una crisis de salud pública. En los juzgados, su abogado argumentó que la habían encarcelado sin garantías procesales.

El tribunal se negó a liberarla con el argumento de que «debe proteger a la comunidad contra la reaparición de la propagación de la enfermedad», pero el nuevo comisario de sanidad de la ciudad liberó a Mallon a principios del año siguiente por. Lo permitió con la condición de que dejara de cocinar.

Sin otras habilidades y sin estar del todo convencida de que su condición fuera un peligro, Mallon regresó a su antiguo trabajo en Nueva York y Nueva Jersey. Cocinó para un hotel, un restaurante de Broadway, un balneario y una pensión. Cuando un brote de fiebre tifoidea infectó a 25 personas en el Hospital de Maternidad Sloane en 1915, volvieron a llamar a George Soper para que lo investigara. Descubrió que la cocinera, la «señora Brown», era en realidad Mallon.

Una vida en el exilio

Mallon regresó a la isla North Brother, esta vez de forma permanente. Pasó sus días leyendo y trabajando en el laboratorio preparando pruebas médicas. Falleció en 1938 por un accidente cerebrovascular, tras 25 años en cuarentena. Nunca admitió ser portadora de la fiebre tifoidea y es posible que, sin la educación para entenderlo, nunca llegara a creer que lo fuera. Nueve personas asistieron a su funeral en la iglesia de San Lucas, en el Bronx.

Durante los dos brotes, al menos 51 personas contrajeron fiebre tifoidea a través de Mallon y tres fallecieron, aunque es probable que el número de casos fuera mucho mayor. «La historia de María tifoidea pone de manifiesto lo difícil que es enseñar a las personas infectadas a evitar infectar a otros», advirtió Soper. Sin embargo, las autoridades ya habían cambiado la forma de responder a dichas amenazas. Para cuando Mallon murió, las autoridades de Nueva York habían identificado más de 400 portadores sanos de fiebre tifoidea y no obligaron a ninguno a recluirse.

El legado de «María tifoidea» como vehículo asintomático de una enfermedad condujo a la teoría de los «supercontagiadores» que ha reaparecido en los brotes de enfermedades que han surgido desde entonces. «Desde que descubrieron a “María tifoidea”, el problema de los portadores en relación con enfermedades infecciosas ha cobrado una importancia inmensa, una importancia reconocida en cada país donde se lleva a cabo un trabajo eficaz de salud pública y en cada ejército donde se ha controlado una enfermedad contagiosa», declaró Soper en un discurso en 1913.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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