Estos trabajadores funerarios sirvieron en la primera línea contra la COVID-19, pero ahora atraviesan dificultades

A los empleados de las funerarias de Italia sigue atormentándoles lo que presenciaron en el epicentro de la pandemia.

Tuesday, June 2, 2020,
Por Chiara Goia
Fotografías de Chiara Goia
Empleado de la funeraria Vergani

En Inveruno, a las afueras de Milán, un empleado de la funeraria Vergani limpia un coche fúnebre que se usó para transportar el ataúd de un hombre fallecido desde su casa. En los primeros días de la pandemia, los trabajadores funerarios de Italia trabajaron con pocas protecciones y es probable que muchos contrajeran el virus.

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

En Italia, uno de los países más afectados por el coronavirus, la tasa de mortalidad está disminuyendo. Los crematorios saturados están empezando a volver a la normalidad y las iglesias ya no albergan montones de ataúdes. Los funerales, que se prohibieron el 10 de marzo, vuelven a estar permitidos desde el 4 de mayo. Pero para los trabajadores de las funerarias que han pasado meses en primera línea, la batalla contra la COVID-19 no ha terminado.

Mientras el país intenta reabrirse tras la pandemia, los trabajadores funerarios como Roberta Caprini siguen sintiendo las repercusiones mentales del virus. «A veces volvía a casa por la noche, exhausta, y lloraba [por] lo que había visto durante el día», contó. Meses después, aún no ha tenido tiempo para procesar todo lo ocurrido. «Todavía no he podido tomarme un descanso de todo. No estoy segura de lo que pasará cuando [lo haga]».

Los empleados de la funeraria Vergani, que llevan trajes de protección, recogen el cuerpo de un hombre que probablemente falleció con COVID-19 en su casa, a las afueras de Milán. Los funerales, que se prohibieron en marzo, se restablecieron en mayo cuando disminuyó la cantidad de fallecidos por el virus.

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

En abril, pocas semanas después del pico de la pandemia en Italia, pasé una semana fotografiando la labor de más de 20 trabajadores funerarios, entre ellos Caprini, en el norte del país. Es difícil pensar en ello, incluso ahora. He sido fotógrafa profesional desde 2008. He visto sufrimiento, he visto cosas malas, pero nunca he estado en una guerra. No me gusta pensar en la pandemia como si fuera una guerra, pero los trabajadores funerarios a quienes conocí me contaron que para ellos es así. Dicen que el número de personas que han muerto por el virus en Italia —unas 33 500— es comparable a las que fallecen en un conflicto militar.

Las personas a las que conocí trabajan en la región de Lombardía, que incluye las localidades de Bérgamo, Brescia e Inveruno y que fue el epicentro del brote de Italia. Cada día, salía de mi casa en Milán y conducía por la autopista A4, que en condiciones normales es la más concurrida del norte de Italia. A menudo, yo era la única en la carretera. Los lugares por los que pasé eran pueblos fantasma. Un día, me detuve en una iglesia de Seriate, cerca de Bérgamo, donde dos sacerdotes llevaban a cabo un breve rito con 27 ataúdes llenos de gente que había muerto con COVID-19. Después, el ejército se llevó los ataúdes para incinerarlos. Los crematorios cercanos estaban tan saturados que el ejército tuvo que trasladarlos a otras ciudades italianas. Fue caótico: para algunas familias, pasaban semanas antes de saber dónde estaban sus parientes fallecidos.

Moría tanta gente que los ataúdes se almacenaban en iglesias, hospitales, funerarias y residencias de ancianos antes de trasladarlos a un crematorio. En un país católico como Italia, los funerales largos con familiares, amigos y otros parientes son una tradición muy arraigada. Pero durante el confinamiento, cuando se prohibieron los funerales, solo se permitía que asistieran cuatro parientes a los entierros.

En febrero, cuando el coronavirus llegó a Italia, las funerarias trabajaban como de costumbre. Recogían los cuerpos de las morgues hospitalarias y tenían que entrar a las UCI y las urgencias para que les dieran los documentos de los difuntos. En Bérgamo, Antonio Ricciardi, presidente del Centro Funerario Bergamasco, me contó que no es capaz de olvidar lo que vio en urgencias: personas sin aliento, incapaces de permanecer de pie en los pasillos. Un día, pasó frente a una sala llena de cadáveres. El aire era un hervidero de teléfonos móviles sonando. No había nadie para responder a las llamadas.

Frencesco Mercalli es un empleado de la funeraria Vergani. Durante el pico de la crisis, muchos trabajadores funerarios tuvieron turnos largos, durmieron poco y sufrieron el miedo omnipresente de contraer el virus. Ahora están esperando para ver si Italia está fuera de peligro.

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

Roberta Caprini, socia del Centro Funerario Bergamasco de su familia, proviene de un largo linaje de directores de funerarias. Cuando su padre contrajo la COVID-19, asumió un papel más activo en la empresa. Cuando se dio cuenta de lo peligroso que se había vuelto el trabajo por el virus, presionó al gobierno para que les enviaran más equipo de protección. «Al final tuvimos que amenazar con dejar de trabajar, algo que no queríamos hacer, pero no teníamos otra opción», contó. «Respaldamos a los médicos y enfermeros, por supuesto, pero consideramos que nuestro trabajo es estar en primera línea con un alto riesgo de contagio».

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

Paolo Pascale, cuyos parientes eran trabajadores funerarios en Sicilia, aceptó un puesto en una funeraria de Bérgamo que estaba contratando más personal para gestionar el aumento de la carga de trabajo por el coronavirus. «Siempre vemos cosas tristes, pero para mí este es un trabajo como cualquier otro», contó. «Es cuestión de hábito. No tengo miedo a la muerte».

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

A mediados de abril, Eduardo Dima aceptó un empleo en Onoranze Funebri Generali para ayudar ante el aumento de las muertes por la COVID-19. La funeraria presta servicios a Bérgamo, una de las ciudades italianas más afectadas por la pandemia de coronavirus.

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

Durante esos primeros días, los trabajadores funerarios llevaron a cabo su labor sin equipo de protección. Por consiguiente, muchos enfermaron y algunos murieron. Los trabajadores funerarios, junto a los sanitarios, fueron unos de los primeros que advirtieron la gravedad de la situación. El gobierno no ofreció ayuda a estos trabajadores de primera línea. Me contaron que se sentían olvidados, así que protestaron.

Roberta Caprini fue una de las que protestaron. Sintió que no le quedaba otra opción. Su hermano, su primo y ella tuvieron que asumir el control de la funeraria familiar cuando su padre y su tío contrajeron la COVID-19. Desde entonces, al igual que otros trabajadores funerarios, han ido más allá: enviaron fotos de los seres queridos fallecidos a las familias que no pueden asistir a los funerales y recogieron objetos personales como alianzas y teléfonos móviles en los hospitales. En una ocasión, mientras transportaban el cuerpo de una víctima del virus, Caprini se desvió para pasar frente a la casa del difunto para que sus parientes, que estaban en cuarentena, tuvieran un último recuerdo suyo, algo que poca gente puede tener durante la pandemia.

Poco después de las protestas, el gobierno accedió a proporcionar equipo de protección y prohibió los funerales. También ilegalizaron vestir los cadáveres de los difuntos, lo que hizo más seguro el trabajo funerario, pero también les quitó una parte importante de los beneficios.

Los estragos de la crisis

A raíz de la prohibición, los protocolos de las funerarias fueron estrictos. Los trabajadores llevaban equipo de protección. En los hospitales, se introducía a los difuntos en dos bolsas, los colocaban en un ataúd sellado durante 12 horas y después se los llevaban para enterrarlos o incinerarlos.

Los trabajadores de la funeraria Vergani envuelven en plástico el cuerpo de una mujer que falleció con COVID-19 antes de colocarlo en un ataúd y sellarlo. El ataúd permaneció en la morgue de la residencia de ancianos de Abbiategrasso, donde había fallecido la mujer, hasta que aprobaron el entierro.

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

En el cementerio de Albano Sant'Alessandro, cerca de Bérgamo, un sacerdote bendice las cenizas de un hombre que supuestamente falleció con COVID-19.

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

Roberto Caprini, socio del Centro Funerario Bergamasco en Ranica, cerca de Bérgamo, se hace un test para determinar si tiene anticuerpos de la COVID-19. Aunque el test es imperfecto, los resultados indican que casi todos los empleados tienen anticuerpos, lo que indica que podrían haber contraído el virus en febrero o marzo.

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

Durante esos meses, la mayoría de los trabajadores funerarios hicieron turnos de 11 o 12 horas sin descanso. Algunos dijeron que era parte de su trabajo. No creo que nadie pueda salir de esto intacto, no cuando te rodea tanta muerte. Muchas de las personas con las que hablé estaban profundamente afectadas y la experiencia seguía atormentándolas.

Fabio Brignoli tiene 28 años y ha sido trabajador funerario desde los 18. Cuenta que en esos 10 años nunca había tenido pesadillas. Ahora, cuando vuelve a casa después de trabajar, cierra los ojos y ve ataúdes, «ataúdes con nombres escritos a veces con rotuladores permanentes», contó.

Antonio Ricciardi, director de una funeraria de Bérgamo, tenía tanto miedo de contagiar a su familia que durmió en un sofá cama en su oficina durante meses. Dormía inquieto durante cinco o seis horas, consumido por la ansiedad. «Tenía miedo a morir», recordó. «Nunca había sentido ese miedo. Pero escuchar todas estas historias y ver a toda esa gente muerta en tan pocos días me preocupó».

Angelo Vergani, copropietario de la funeraria Vergani, trabaja entre ataúdes vacíos en el almacén de su empresa en la región de Lombardía, que incluye Milán. Las estructuras funerarias de Italia, como los crematorios públicos, «no fueron capaces ni estaban preparadas para el aumento [de muertes con coronavirus]», contó. «Fue una ineficacia total del sistema público».

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

Yo también estaba asustada. Al trabajar en plena pandemia de coronavirus en Italia, no podía permitirme cometer errores. Llevaba dos mascarillas, guantes y me desinfectaba las manos cada tres minutos. Pero cuando varios trabajadores funerarios se hicieron el test de anticuerpos, me di cuenta de que probablemente estaba en el lugar más seguro. Aunque estos test no son del todo fiables, me reconfortaron. Cuando los empleados del Centro Funerario Bergamasco de Bérgamo se hicieron el test, descubrieron que la mayoría había tenido el virus, probablemente a mediados de febrero, cuando algunos recuerdan haber estado enfermos durante unos días.

La prohibición de los funerales se ha levantado, pero aún hay restricciones. Se permite celebrar funerales en las iglesias, pero con un máximo de 15 asistentes que deben mantener la distancia interpersonal y llevar mascarilla. Tampoco se permite a los trabajadores funerarios vestir a los difuntos.

En ciudades como Brescia, hasta hace dos semanas estaba prohibido enterrar cenizas. Así que las urnas se almacenaron en crematorios y funerarias. A mediados de mayo, asistí a una ceremonia donde bendijeron unas 350 urnas en una capilla del cementerio de la ciudad. Solo asistieron el obispo de Brescia, que ofició la ceremonia, políticos locales y medios de comunicación. A continuación, enviaron las cenizas a sus parientes.

Más incertidumbre

Nadie sabe cuáles serán las repercusiones duraderas de la COVID-19. Mientras Italia reabre poco a poco, la gente empieza a salir de casa. Hace unas semanas, nos aterrorizaba el contagio. Ahora, la gente está recuperando poco a poco sus rutinas habituales. Algunos comen en restaurantes. La tasa de infección y el número de víctimas descienden, pero aún no estamos fuera de peligro.

Incluso tras 20 años trabajando en una funeraria, Mario Ortelli contó que la cantidad de muertes con coronavirus en Bérgamo lo ha conmocionado. «Gracias a Dios, la situación casi ha vuelto a la normalidad», dijo. «Pero siempre estaré marcado. Será imposible olvidarlo».

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

«Siempre teníamos miedo a contraer el virus y aún lo tenemos cuando manipulamos el cuerpo de una persona que ha fallecido con COVID-19», explicó Guido Monticelli, que ha trabajado para la funeraria Vergani desde 1980. «Pero así es la situación; tenemos que hacer este trabajo. No hay forma de evitarlo. Es mi decisión».

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

Matteo Marnati, empleado de Onoranze Funebri Vergani en Inveruno, se quita la mascarilla para la foto. Los trabajadores funerarios tuvieron que comprar su propio equipo de protección hasta que el gobierno empezó a proporcionárselo.

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

Roberta Magoni, administradora de una funeraria, ha visto cómo muchos ancianos de su pueblo, Nembro, sucumbían al coronavirus y le alivió que sus propios padres hubieran fallecido dos años antes, cuando pudo estar junto a ellos. «Esto ha sido peor que una guerra», dijo. «Al menos durante una guerra la gente puede recibir los restos del difunto para un funeral». Ahora, los parientes no han podido procesar las muertes emocionalmente y le preocupa «que haya secuelas psicológicas».

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

Las personas que comprenden los riesgos y los sacrificios de los trabajadores funerarios de Italia los valoran aún más. Sin embargo, por desgracia, estos trabajadores todavía se enfrentan a ideas falsas muy extendidas. Durante mucho tiempo, han realizado su labor bajo una nube de supersticiones anticuadas. Aún quedan rastros, pero la mayoría se ríe de ellas. Hace poco, parte del público y los medios han acusado a estos trabajadores esenciales de sacar beneficio de las víctimas de la pandemia. Eso no es cierto, como me contaron los trabajadores. Sí, se ha enterrado a más gente que fallece con el virus, pero sin servicios como vestir a los difuntos y planificar funerales, que representan el grueso de los beneficios de la industria.

Ricciardi me contó que su funeraria, una de las más grandes de Bérgamo, llevó a cabo 1090 funerales en marzo. Normalmente, celebrarían 1300 en un año. Para finales de año, quizá tenga que suspender a algunos empleados debido a la pérdida de beneficios.

Stefano Vergani, que dirige la Il Giardino Degli Angeli con su hermano Angelo en Inveruno, cree que los entierros escasos y rápidos que se vieron obligados a realizar durante el pico de la pandemia le han abierto los ojos. «La gente no se percata de lo malo hasta que lo ve», me contó.

Una bolsa con objetos personales descansa sobre un ataúd que contiene a una persona que falleció con COVID-19. Un trabajador funerario contó que oyó cómo sonaban los teléfonos móviles en la sala de un hospital con mucha gente que había muerto por el virus. Más adelante, se dio cuenta de que esas llamadas probablemente eran de parientes que intentaban contactar con sus seres queridos ingresados.

Fotografía de Chiara Goia, National Geographic

A raíz de la crisis sanitaria, Vergani ve un rayo de esperanza: quizá ahora la capacidad de despedirnos de los difuntos no se dé por sentado. Y quizá la gente valore más los servicios funerarios que no prestaron durante el confinamiento, como la presentación del ataúd o la capacidad de asistir a un funeral.

Chiara Goia es una fotógrafa documental y de viajes que vive en Italia. Durante la última década, ha trabajado entre Asia y Europa para publicaciones internacionales. Visita su página web y síguela en Instagram.
Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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