Los paramédicos y los trabajadores funerarios de Francia asumen un nuevo papel: ayudar a las familias a despedirse

En Mulhouse, el primer epicentro de la COVID-19 en el país, los trabajadores de primera línea se han convertido en el vínculo final entre los fallecidos con coronavirus y sus parientes.

Thursday, April 23, 2020,
Por William Daniels
Fotografías de William Daniels
Personal médico

El personal médico se pone el equipo de protección en una sala frente a un nuevo hospital militar de campaña en Mulhouse, Francia. Con casi un cuarto de los fallecidos del país, la región se considera uno de los epicentros de la crisis de coronavirus.

Fotografía de William Daniels, National Geographic

El primer funeral que fotografié durante la crisis de coronavirus fue el de una mujer llamada Marie Therese Wassmer. Tenía casi 90 años y la enterraron en un cementerio a las afueras de la pequeña ciudad de Mulhouse, el primer punto crítico del brote en Francia. Aunque no le habían hecho la prueba del virus, la enterraron como a una víctima. Ni sus amigos ni sus familiares asistieron al funeral con varios motivos, como el confinamiento nacional. Mientras un sacerdote y cuatro trabajadores de una funeraria la enterraban en un ataúd sellado, los sepultureros asumieron un papel inusual: rezaron junto a su ataúd. Era como si fueran su familia.

Los paramédicos salen de la casa de un hombre que muestra síntomas típicos de la COVID-19: tos, disnea y fiebre. Lo llevan en ambulancia a un hospital de Mulhouse.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

Mientras Francia lucha por contener una pandemia de coronavirus que, a 21 de abril, había matado a 20 796 ciudadanos franceses e infectado a 117 324, los trabajadores funerarios del país se han convertido en superhéroes que cuidan tanto de los muertos como de los vivos. No solo son trabajadores esenciales, sino que también son el último vínculo que tienen las familias con sus seres queridos. Cuando el riesgo de contagio impide que los parientes acudan a los hospitales, las morgues y los cementerios, es el trabajador de la funeraria quien los consuela y los ayuda a despedirse de otras formas.

Un hombre con COVID-19 es trasladado de un hospital a otro en Mulhouse. Los hospitales de la región estaban tan saturados que algunos pacientes fueron trasladados a Alemania o a otras partes de Francia.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

Una trabajadora sanitaria que había tratado a pacientes con COVID-19 es trasladada al hospital tras haber mostrado síntomas.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

Lo vi de primera mano en Mulhouse, una ciudad industrial ubicada en el este de Francia, cerca de la frontera con Alemania. Allí, Jeremy Walter, director de una funeraria, me contó que algunas personas le han pedido que coloque cartas de sus seres queridos dentro de los ataúdes. Me contó que hacía poco había sacado una foto a un hombre antes de sellar su ataúd a petición de una familia consternada. La última vez que habían visto a su pariente había sido semanas antes, en la residencia de ancianos donde vivía.

El paramédico Kevin Burger atiende a un hombre con 40 de fiebre y otros síntomas graves de COVID-19. Los primeros casos de coronavirus del este de Francia se rastrearon hasta una congregación evangélica a mediados de febrero que atrajo a personas de todo el mundo.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

La llegada de la pandemia

La Dra. Sara Boussous trata a un paciente con COVID-19 en el Centro de Salud de Saint Jean en Sentheim, cerca de Mulhouse. Saint Jean se especializa en cuidados posoperatorios, como la fisioterapia, pero algunas de las alas del hospital se están usando para cuidar a pacientes que se recuperan de la COVID-19 a los que han dado el alta de la UCI. Normalmente, la plantilla no trata enfermedades infecciosas ni presencian muertes.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

El 17 de febrero, antes de que se prohibieran las concentraciones públicas, 2500 personas de todo el mundo acudieron a Mulhouse para asistir a una conferencia evangélica de cinco días en la Iglesia Cristiana de La Puerta Abierta. Poco después, Mulhouse notificó la mayor concentración de infecciones de coronavirus de Francia. El ministro de salud francés describió Mulhouse como un «punto de inflexión» en la propagación del virus en el país. El 21 de abril se habían confirmado 4545 fallecimientos con COVID-19 en la región, en segundo puesto después del área que rodea París.

El trabajador funerario Alain Senn recoge los cuerpos de dos víctimas con COVID-19 en una residencia de ancianos en Bantzaheim, cerca de Mulhouse. Las autoridades francesas no incluyeron los fallecimientos en las residencias de ancianos en el recuento oficial de víctimas del país hasta el 3 de abril, lo que aumentó la cifra total un 61 por ciento.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

Los trabajadores funerarios Jeremy Walter y Laura Wioland transportan el cuerpo de una anciana que falleció con COVID-19 a las afueras de Mulhouse. Muchos de los fallecimientos se han producido en residencias de ancianos, que prohíben la entrada de periodistas. Un enfermero de este asilo hizo una excepción con el fotógrafo William Daniels.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

Llegué aquí desde París a finales de marzo para documentar un hospital de campaña que había montado el ejército francés. Conduje más de 480 kilómetros sin ver ni un alma. Cuando llegué a Mulhouse, el recuento de casos había alcanzado su pico. La región estaba tan saturada por los casos del virus que los helicópteros estaban trasladando a los pacientes a otras partes de Francia y a Alemania. El vacío de las calles de Mulhouse era siniestro. Solo había dos hoteles abiertos, uno para el personal militar y otro para los periodistas.

Los trabajadores funerarios Jeremy Walter y Fred Pons llegan a una residencia de ancianos cerca de Mulhouse para llevarse el cuerpo de un paciente de COVID-19. Antes de la crisis, llevaban siete casos a la semana. En el pico de la epidemia en Mulhouse, cuando se sacó esta fotografía, recogían a entre cinco y ocho fallecidos al día.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

Al solo poder fotografiar desde las entradas de los hospitales públicos y militares, empecé a observar a otros trabajadores de primera línea, personas de las que no solemos hablar. Me puse guantes y una mascarilla y empecé a seguir a los trabajadores funerarios.

Un paciente de COVID-19 es trasladado en helicóptero de un hospital público de Mulhouse a otro en la vecina Alemania. Cuando los casos de coronavirus desbordaron los hospitales del este de Francia, el ejército empezó a trasladar a los pacientes por aire a otras partes de Francia y a Alemania.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

Salvo cuando murió mi padre en 2017, nunca he tenido mucho contacto con los hombres y mujeres que trabajan en las funerarias. En Mulhouse vi a mucha gente haciendo lo imposible para hacer su trabajo. Ante la grave escasez de mascarillas y sin ayuda del gobierno, compraron su propio equipo de protección individual o recibieron mascarillas y guantes donados. Acudieron a las residencias de ancianos donde morían cientos de personas para llevarse a las víctimas con COVID-19. Pese a las precauciones que tomaron, algunos trabajadores funerarios se contagiaron, pero no los que yo conocí.

Los trabajadores desinfectan una plataforma ferroviaria en Mulhouse tras la salida de un tren que transportaba a una docena de pacientes con COVID-19 hacia un hospital en el oeste de Francia.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

Todos los trabajadores funerarios a los que seguí eran eficientes y atentos. Se ponían guantes y mascarillas antes de colocar un cuerpo dentro de un ataúd desinfectado. Solo se quitaban el equipo de protección individual tras cerrar la tapa. En los casos de COVID-19, un agente de policía o el alcalde deben cerrar los ataúdes con una pegatina que no se puede despegar o un sello de cera. Una vez cerrado, no puede volver a abrirse. No pueden asistir más de 10 personas a los funerales. Con cuatro sepultureros y un sacerdote, eso deja a solo cinco miembros de la familia en el cementerio.

Trabajadores funerarios y paramédicos

La funeraria Hauptmann que dirige Jeremy Walters es una empresa pequeña ubicada en Cernay, a las afueras de Mulhouse. Además de haber trabajado sin descanso desde el comienzo de la crisis, Walters también es bombero voluntario.

La Iglesia Cristiana de La Puerta Abierta sigue cerrada un mes después de haber celebrado una conferencia con 2500 personas de todo el mundo a mediados de febrero. Ahora, el gobierno francés afirma que este evento fue uno de los impulsores principales de la propagación del virus en el país.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

Dentro de la funeraria Hauptmann, las habitaciones que se usaban para velatorios familiares privados sirven de almacenes para una gran cantidad de ataúdes. Cada sala alberga una docena de ataúdes o más y la mayoría contiene a víctimas del coronavirus. El aire acondicionado funciona a máxima potencia.

Las salas privadas de una funeraria de Pfasttat, en el este de Francia, suelen usarse para los velatorios familiares. Ahora albergan los ataúdes de las víctimas de la pandemia de coronavirus.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

Solemos pensar en los trabajadores funerarios como personas serias e impávidas. Para el resto del mundo, son invisibles hasta que se los necesita. E incluso en esos momentos desconocemos el alcance total de su trabajo. La verdad es que quienes cuidan de los difuntos están sintiendo los efectos de la pandemia de coronavirus tanto como los demás, quizá más aún. Una trabajadora funeraria llamada Catherine Pereira me contó que ya no puede tocar a su hijo de ocho años cuando vuelve a casa del trabajo; es demasiado arriesgado. Mientras me lo contaba, se le quebró la voz.

Ningún familiar asistió al funeral de Marie Therese Wassmer, en el pueblo de Vieux Thann. Los sepultureros rezaron junto al ataúd. Encontraron a Wassmer muerta en su casa y no le hicieron la prueba del virus.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

Debido a la pandemia, en Francia solo se permite que asista un máximo de 10 personas a los funerales, incluidos los sacerdotes y los sepultureros. Al funeral de Simone Piquelmal, que falleció con COVID-19, asistieron cinco de sus 34 parientes.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

Durante los días que pasé en Mulhouse, también conocí a los paramédicos. Como los trabajadores funerarios, los primeros intervinientes se exponen al virus a diario y no reciben directrices del gobierno sobre cómo protegerse. Con todo, han mantenido su humanidad y profesionalidad en condiciones extremas.

Transportar a los fallecidos pasa factura. Catherine Pereira, una trabajadora funeraria, se detiene un momento tras recoger el cuerpo de una mujer en una residencia de ancianos de Lutterbach. Tras semanas trabajando en modo crisis, Pereira está exhausta tanto física como emocionalmente.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

Roger Ermoli, de Cernay, estuvo en cuarentena varias semanas, pero tuvo que asistir al hospital para la diálisis. Su hijo cree que fue entonces cuando se contagió de COVID-19. La mujer de Cernay, su hija, su hijo y sus parejas asistieron al funeral, pero sus tres nietos no pudieron debido a las restricciones en las reuniones públicas.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

Una noche, muy tarde, me uní a un equipo de paramédicos que respondía a una llamada en el campo. El paciente era un hombre de 80 y tantos con casi 41 de fiebre. No cabía duda de que era un caso de COVID-19. Aunque su hija no pudo acompañarlo al hospital, los paramédicos la dejaron entrar a la ambulancia para despedirse. Podría haber sido la última vez que lo viera. A su edad, las probabilidades de que muriera eran altas.

Mientras observaba el trabajo de los paramédicos por la noche, pensé en lo que había oído sobre los hospitales de Francia. Hay tantos pacientes muriéndose que los médicos se ven obligados a priorizar a los pacientes jóvenes. Si este hombre llegara a necesitar respiración asistida, no creo que la recibiera. No sé qué ha sido de él.

Los trabajadores funerarios Alain Senn y Didier Kraus preparan los ataúdes antes de recoger los cuerpos de las víctimas de COVID-19 en una residencia de ancianos. Tras colocar el cuerpo dentro, los féretros se sellan con una pegatina o con cera y no pueden volver a abrirse.

Fotografía de WILLIAM DANIELS

De vuelta a casa

Tras haber pasado casi dos semanas en Mulhouse, he vuelto a París. En Francia, el confinamiento se ha ampliado hasta el 11 de mayo y podría volver a extenderse. Cuando regresé de Mulhouse, el recuento de víctimas diario estaba en su punto máximo desde el comienzo del brote en Francia. Pero la cantidad de personas infectadas ingresadas en las unidades de cuidados intensivos en los hospitales está descendiendo. La cantidad de casos de Mulhouse también ha bajado mucho y París solo va un par de semanas por detrás.

Han pasado cinco semanas desde que se instituyó la orden de quedarse en casa en Francia y muchos parisinos sienten el dolor financiero. Al principio, en las calles reinaba un espíritu de unidad y solidaridad. Ahora veo el recelo y la angustia en quienes me rodean. Me pregunto cuánto tiempo pasará antes de volver a la normalidad. Mientras camino por mi barrio prácticamente vacío, observo los árboles que florecen en los parques vacíos y me doy cuenta de que estamos teniendo una de las primaveras más bonitas que he visto en mucho tiempo.

William Daniels es un fotógrafo francés y becado de la National Geographic Society. En 2016 documentó las vacunas en varios países para National Geographic y en 2017, la crisis de refugiados rohinyás en Bangladés. Síguelo en Instagram @williamodaniels.
Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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