La historia de Nueva Francia: la cuna del Canadá moderno

A partir del siglo XVI, los peleteros franceses y sus futuras esposas buscaron fortuna en las colonias, lo que avivó las tensiones con los pueblos indígenas.

Monday, September 7, 2020,
Por Erin Blakemore
Cuadro de Jacques Cartier en Stadacona

En 1534, Jacques Cartier comenzó la primera de tres expediciones para explorar el territorio que pasaría a llamarse brevemente Nueva Francia. Aunque sus intentos de asentamiento fracasaron, Cartier —al que vemos erigiendo una cruz en la aldea de Stadacona, donde se encuentra la actual ciudad de Quebec— fue el primero que cartografió con precisión el interior del río San Lorenzo.

Fotografía de DEAGOSTINI, GETTY

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Francia flirteó con el Nuevo Mundo durante años, pero harían falta varios intentos para establecer un asentamiento francés definitivo. Entre los siglos XVI y XVIII, los colonos franceses consiguieron apoderarse de una tierra salvaje y abundante y convertirla en un puesto colonial influyente. Nueva Francia, como se conocía en su día, constaba de cinco colonias que abarcaban una vasta zona de Norteamérica, desde la bahía de Hudson en el Norteamérica hasta el golfo de México en el sur. Esta tierra pasó a albergar a peleteros, soldados y esposas pagadas por el estado, y a los pueblos indígenas que habían vivido allí durante milenios.

Las vidas entrelazadas de los habitantes de Nueva Francia en la década de 1690 se muestran en la próxima serie limitada de National Geographic El Bosque Infinito, que se emitirá el sábado 26 y el domingo 27 de septiembre. La serie de ocho episodios, basada en la novela superventas de Annie Proulx, explora una misteriosa masacre que amenaza con empujar la región hacia la guerra y revela las tensiones y complejidades de la colonización francesa de Norteamérica.

¿Cómo eran Nueva Francia? Para hacernos una idea de la historia y la cultura del territorio, centrémonos en su colonia más poblada y con más poder económico. Aunque solo existió entre 1608 y 1763, la colonia de Canadá produjo un idioma, una cultura y una historia distintivas que aún reverberan en el país moderno conocido como Canadá.

Los orígenes de Nueva Francia

En 1534, Jacques Cartier comenzó la primera de tres expediciones al golfo del río San Lorenzo. Sin embargo, los breves intentos de asentamiento de Cartier fracasaron y, tras los conflictos con el pueblo iroqués local y los intentos fallidos de explotar los recursos naturales de la zona, regresó a Francia.

Samuel de Champlain fundó la ciudad de Quebec en la colonia que entonces se conocía como Canadá.

Fotografía de Art Collection 2, Alamy

Francia no volvería a intentarlo hasta medio siglo después. En 1604, los colonos franceses fundaron la colonia de Acadia en la tierra circundante del golfo de San Lorenzo. Cuatro años después, el explorador Samuel de Champlain fundó la ciudad de Quebec más hacia el interior. Se convirtió en la ciudad más grande de la colonia de Canadá.

El plan de la corona francesa consistía en permitir que las empresas comerciales dirigieran Nueva Francia y atrajeran colonos a cambio del derecho de aprovecharse de los tesoros naturales de las colonias, el más lucrativo de los cuales era la gran población de animales autóctonos.

Champlain concebía construir un mercado de pieles rentable en Canadá. Con todo, en un principio la colonia fracasó debido a la falta de colonos, las dificultades para acceder a las riquezas de las que Champlain había presumido y los conflictos con los iroqueses.

Los primeros días de la colonia

En Canadá, la vida era difícil. Los colonos franceses de la región tuvieron que enfrentarse a los duros inviernos y a las tierras cubiertas de densa vegetación. Canadá dependía principalmente de la agricultura y la peletería, lo que provocó conflictos con los pueblos cuyas tierras habían sido reivindicadas por Francia.

Los haudenosaunee o iroqueses habían habitado el actual país de Canadá durante milenios, desarrollado sociedades complejas y establecido rutas de comercio por toda la zona. Cuando llegaron los colonos europeos en 1608, cinco naciones iroquesas, los Seneca, Oneida, Mohawk, Cayuga y Onondaga, se habían unido para formar la Liga Iroquesa o Haudenosaunee. Con el aumento de los asentamientos europeos, las naciones de la liga y sus rivales aumentaron su interdependencia de los colonos.

Los pueblos indígenas sabían cómo atrapar y desollar castores y otros animales, preciados para fabricar gorros y otros productos. Intercambiaban sus pieles por los artículos que traían los colonos europeos, como pistolas, tela y metal. También ayudaron a los colonos franceses a orientarse por los cursos de agua y los bosques. Al principio, los tramperos indígenas capturaban, procesaban y transportaban la mayoría de las pieles que producía la colonia.

La peletería beneficiaba tanto a los franceses como a sus socios comerciales indígenas. Sin embargo, también avivó décadas de rivalidad, violencia y guerra sin cuartel conforme el comercio de pieles transformaba el paisaje, la economía y las formas de vida tradicionales de los grupos indígenas.

Tensiones y violencia

Tradicionalmente, los iroqueses y otros pueblos indígenas compartían sus terrenos de caza con los miembros de su tribu y sus aliados, solo cazaban lo estrictamente necesario y respetaban la tierra y los animales como parte de sus creencias espirituales. En cambio, los colonos demandaban muchas más pieles de las que solían cazar los grupos indígenas. Para satisfacer esa demanda, los pueblos indígenas cazaron más, recorrieron más distancia de lo normal y empezaron a adoptar el individualismo.

A medida que la caza abusiva agotaba las poblaciones de castores y ciervos en el territorio iroqués, los iroqueses intentaron controlar más terreno para cazar y colocar trampas. Durante las décadas de 1630 y 1640, también empezaron a atacar a sus rivales indígenas y a cualquiera que se aliara con ellos, que en algunos casos incluía a los colonos franceses.

Samuel de Champlain, fundador de Quebec, es considerado el «padre de Nueva Francia». Pero al reivindicar este territorio y construir asentamientos en él, los colonos franceses avivaron las tensiones y la violencia con los pueblos que ya vivían en aquella tierra.

Fotografía de Kean Collection, Getty

Los terrenos de caza no eran lo único que estaba en juego para los iroqueses. Creían que los miembros de la familia que habían perdido a manos de sus rivales o por enfermedades mortales traídas por los colonos debían ser remplazados con prisioneros y que organizar ataques vengativos era una forma de honrar a sus muertos. Esto provocó una serie de conflictos que los historiadores denominan «guerras de luto»: ataques de guerrilla impulsados por su profundo pesar.

La trágica combinación creó lo que el historiador Daniel Richter denomina una espiral peligrosa: «Las epidemias provocaron guerras de luto más mortales en las que lucharon con armas de fuego; la necesidad de armas aumentó la demanda de pieles que intercambiar por ellas; la búsqueda de pieles provocó guerras con otras naciones; y las muertes en esos conflictos iniciaron nuevas guerras de luto».

Los ataques iroqueses conmocionaron a los habitantes de Nueva Francia. Los destacamentos irrumpían de forma inesperada en asentamientos o granjas aislados, masacrando a los residentes y a veces tomando prisioneros. A miles de kilómetros, el gobierno francés decidió que su inversión en Nueva Francia no era rentable y no tomó medidas para proteger a los colonos. El comercio sufrió mientras los colonos intentaban defenderse.

«Una mujer vive con el miedo constante de que su marido, que salió a trabajar esa mañana, sea asesinado o capturado y nunca pueda volver a verlo», escribió Pierre Boucher, que gobernaba el pequeño asentamiento de Trois-Rivières. Boucher desarrolló una estrategia de defensa eficaz para Trois-Rivières, protegió el asentamiento durante un asedio de nueve días en 1653 y finalmente negoció la paz con los atacantes.

En otras partes, los iroqueses consiguieron derrotar a la mayoría de sus rivales indígenas. Y muchos de sus ataques contra los franceses fueron eficaces; para la década de 1660, controlaban gran parte de las zonas rurales dentro de Nueva Francia.

El rey Luis XIV asume el control

Tras 55 años de supervisión por parte de las empresas comerciales, Nueva Francia pasó a ser controlada por la realeza en 1663. Luis XIV intentó cambiar la suerte de Nueva Francia invirtiendo más en su colonia más prometedora, Canadá. La corona pagó el viaje de sus ciudadanos a Nueva Francia, lo que incrementó su población, y finalmente Canadá se dividió en tres distritos: Quebec, Trois-Rivières y Montreal.

Sin embargo, la población se hundió, en parte debido al desequilibrio de género entre los 3000 hombres —soldados, leñadores, peleteros y mercaderes— y las pocas mujeres de la colonia. En 1663, solo había una mujer por cada seis hombres en Nueva Francia. Para corregir el desequilibrio, incrementar la población de la colonia e inducir a los hombres franceses a quedarse en Nueva Francia, la corona pagó a casi 800 mujeres para que viajaran a Nueva Francia y se convirtieran en esposas.

Estas filles du roi (o hijas del rey), pagadas con los fondos del propio Luis XIV, fueron enviadas a Nueva Francia con el dinero real entre 1663 y 1673. La mayoría eran mujeres pobres de entre 16 y 40 años que procedían de zonas urbanas de toda Francia. Además de pagar la travesía, la mitad recibió dotes y ajuares, que incluían objetos como agujas, guantes y cordones para los zapatos que no eran fáciles de encontrar en la colonia.

Luis XIV seleccionó a mujeres francesas conocidas como filles du roi (o hijas del rey) para que viajaran a las colonias, se casaran y tuvieran hijos. En este cuadro, el administrador colonial principal, Jean Talon, recibe a las filles du roi a su llegada a Quebec en 1667.

Fotografía de Library and Archives Canada

En Francia, las filles du roi habrían afrontado un destino incierto con dotes escasas o inexistentes, pobreza y dependencia de los hombres de su familia para elegir a sus parejas. Si sobrevivían a la travesía hasta Nueva Francia, las filles du roi llegaban teniendo más poder y más posibilidades de prosperidad que en Europa. Con ajuares y un futuro prometedor por delante, embarcaron hacia Canadá.

Cuando llegaron, las mujeres se alojaron con monjas que les enseñaron labores domésticas, intentaron orientarlas sobre la dureza de la vida colonial y supervisaron los cortejos junto a Jean Talon, el administrador colonial principal. Las filles de roi tenían libertad para elegir a sus maridos. Entrevistaban a sus posibles parejas en reuniones similares a las citas rápidas de hoy en día, yendo de ciudad en ciudad desde el río San Lorenzo. Si no les gustaba la selección, podían seguir viajando. Con todo, la mayoría se casaron casi de inmediato.

Una vez casadas, se instaba a las filles du roi a tener tantos hijos como fuera posible. De hecho, la corona prometió bonificaciones económicas para cualquier mujer que tuviera más de 10 hijos. Y como la comida abundaba tanto en la colonia, las filles du roi eran más propensas que las mujeres de la Francia continental a sobrevivir al embarazo y gestar niños sanos que sobrevivieran.

La paz con los iroqueses

Las filles du roi no fueron las únicas personas enviadas por Luis XIV a Nueva Francia. En 1665, la corona francesa ordenó a un grupo de soldados franceses que protegiera Nueva Francia y sus inversiones.

Cuando llegaron unos 1200 soldados a la colonia —en torno a la misma época que las filles du roi—, los recibieron como rescatadores. Aunque no estaban bien equipados para enfrentarse a las tácticas de guerrilla de sus rivales iroqueses, su llegada concedió una ventaja táctica a Francia. La Liga Iroquesa, debilitada por décadas de combates, ofreció llegar a un acuerdo de paz. En 1667, Nueva Francia y la Liga Iroquesa firmaron un tratado de paz que duraría 20 años.

Con todo, la paz permanente no llegaría hasta el siglo siguiente. En 1683 se desató otra guerra ante los intentos cada vez más agresivos de los colonos de hacerse con más territorios de caza y Francia volvió a enviar soldados a Nueva Francia. Durante los 15 años siguientes, la segunda etapa de las denominadas Guerras de los Castores enfrentó a los colonos y a los grupos indígenas, cuyas tierras habían sido reivindicadas por los colonos.

Finalmente, en 1701, franceses e iroqueses firmaron un tratado conocido como la Gran Paz. Supondría el fin del conflicto entre franceses e iroqueses durante el resto de la vida de la colonia.

La caída de Nueva Francia

A principios del siglo XVIII, Nueva Francia había expandido sus fronteras y albergaba unos 20 000 habitantes. Sin embargo, pese al auge demográfico y económico de principios del siglo XVIII, Nueva Francia había gastado la mayor parte de su dinero en preparativos militares que eran inadecuados para las realidades coloniales. Aunque se mantuvo la paz con los pueblos indígenas locales, Francia no pudo evitar la guerra contra su mayor rival colonial, Gran Bretaña.

En 1756, la guerra de los Siete Años enfrentó a la población relativamente diminuta de colonos franceses y a la gran cantidad de colonos de la América reivindicada por los británicos. Nueva Francia llegó a su fin con la derrota de Francia en la guerra de los Siete Años y sus propiedades fueron entregadas a los británicos en el Tratado de París de 1763.

Pese a su edad relativamente corta de 155 años, Nueva Francia forjó un legado que aún resulta evidente en la Canadá moderna. Según el historiador Jacques Mathieu, incluso bajo gobierno británico los residentes de la antigua Nueva Francia «rechazaron la asimilación y reafirmaron su existencia. Protegidos por su idioma, su religión y sus instituciones, concentrados en un área geográfica limitada y difícil de penetrar, desarrollaron una forma de vida, costumbres sociales y actitudes propias».

El trágico precio de esa forma de vida lo pagaron los iroqueses y otros grupos indígenas cuyas costumbres tradicionales se vieron devastadas por el comercio de pieles que mantuvo a flote Nueva Francia. Las enfermedades y la guerra provocaron descensos demográficos pronunciados y, aunque conservaron su independencia tras las guerras de los Castores, los iroqueses siguieron sufriendo la presión de los colonos que ansiaban dominar el nuevo mundo.

Los descendientes de los canadienses francoparlantes originales se identificarían como quebequenses e incluso impulsarían un movimiento secesionista dentro de la Canadá moderna. La mayoría de los franco-canadienses descienden de las filles du roi originales, unas mujeres que pasaron de la pobreza a tener un papel reconocido como madres fundadoras de una nueva nación.

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Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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