La historia real del infame motín en el HMS Bounty

La rebelión de la tripulación naval británica es legendaria. Pero aquí te contamos lo que ocurrió después, desde amotinados abandonados hasta consejos de guerra.

Publicado 29 abr 2021 13:29 CEST
HMS Bounty

El 28 de abril de 1789, los hombres a bordo del HMS Bounty, un buque naval británico dirigido por el capitán William Bligh, organizaron un motín legendario. Habiendo pasado varios meses idílicos en la isla de Tahití, los hombres querían construir un asentamiento permanente en el Pacífico Sur.

Fotografía de Robert Dodd, Bridgeman Images

Islas idílicas. Una travesía épica. Una tripulación rebelde. Cuando el HMS Bounty zarpó de Inglaterra en noviembre de 1787, su capitán y su tripulación jamás habrían predicho que su pacífico viaje acabaría en consejos de guerra, marineros amotinados abandonados y generaciones de colonos en una lejana isla del Pacífico Sur.

El Bounty, ahora famoso por su motín, se ha convertido en una leyenda de la gran pantalla con cinco largometrajes solo en el siglo XX. Pero el viaje del barco y sus consecuencias imprevistas fueron muy reales.

El Bounty zarpa hacia Tahití

El Bounty era un buque de la Armada Real británica, pero su misión era pacífica. Se había encomendado al veterano capitán William Bligh que consiguiera frutipan, un fruto tropical relacionado con el higo que la corona británica pensaba que serviría como raciones nutritivas y baratas para los trabajadores esclavizados de las plantaciones de azúcar de las Indias Occidentales británicas.

Con una tripulación compuesta por 46 miembros, entre ellos dos botánicos, el buque no tenía oficiales, salvo Bligh, y navegó sin la protección de otros navíos británicos. Pero Bligh preveía un viaje pacífico hasta Tahití, que había sido visitada por el capitán James Cook en 1769 y los marineros británicos la consideraban un paraíso plagado de frutipan.

En octubre de 1788, tras un viaje tempestuoso de 10 meses y más de 43 000 kilómetros, el Bounty por fin llegó a Tahití. Era tan idílica como habían descrito a la tripulación británica y aprovecharon la oportunidad. Fueron bien recibidos por los tahitianos, que comerciaron con ellos e incluso los acogieron en sus casas. También entablaron relaciones con las mujeres de la isla, que vendían favores sexuales a cambio de objetos como clavos.

De día, la tripulación recogía frutipan y cuidaba de las plantas; de noche, festejaban. A lo largo de cinco meses en la isla, más del 40 por ciento de los hombres fueron tratados por enfermedades de transmisión sexual que habían sido importadas a Tahití años antes por exploradores ingleses y franceses.

Retrato de Thursday October Christian, hijo del amotinado Fletcher Christian. Los amotinados se asentaron en la isla Pitcairn, donde tuvieron varios hijos con las mujeres nativas. Sus descendientes todavía viven hoy en la isla.

Fotografía de Valerie Jackson Harris Collection, Bridgeman Images

Retrato de William Bligh, capitán y explorador del HMS Bounty. Bligh, que tenía reputación de tirano, sobrevivió al motín a bordo de su barco y más adelante testificaría en contra de los amotinados en un consejo de guerra.

Fotografía de bridgeman Images

Se desata el motín

Cuando el Bounty volvió a zarpar el 1 de abril de 1789, ya se habían plantado las semillas del motín. Los hombres habían experimentado Tahití como un paraíso y Bligh, que tenía la reputación de imponer una disciplina férrea, se sentía frustrado ante la falta de disciplina de su tripulación. El capitán fue «criticón, insultante, mezquino y condescendiente» durante el viaje, escribe el escritor y experto en el Bounty Sven Wahlroos, y «parecía disfrutar humillando a sus marineros». Criticaba en particular al suboficial Fletcher Christian, a quien convirtió en chivo expiatorio y castigó delante de la tripulación. El 27 de abril, acusó a Christian de robar de la reserva de cocos del Bounty y castigó a toda la tripulación por el delito.

Aunque los historiadores aún debaten la causa verdadera del motín, están de acuerdo en que, para Christian, la acusación del capitán fue la gota que colmó el vaso. El 28 de abril, un grupo de amotinados liderados por Christian cogieron los mosquetes del Bounty y entraron en el camarote de Bligh y lo hicieron prisionero. «Llevo unas semanas infernales contigo», dijo Christian a Bligh, supuestamente.

Se desató el caos y la tripulación del barco se dividió en dos facciones, una leal a Bligh y otra decidida a desertar. Los 23 amotinados pusieron al capitán y a otros 18 hombres en un bote, les dieron raciones y un sextante para que pudieran navegar, y dejaron el barco a la deriva. El Bounty estaba bajo el mando de los rebeldes.

La Armada británica encontró a 10 de los miembros de la tripulación del HMS Bounty y los acusó de amotinamiento en un consejo de guerra.

Fotografía de Bonhams, Bridgeman Images

En 1940, el infame motín inspiró la trilogía de Bounty, una serie de novelas escritas por Charles Nordhoff y James Norman Hall, con ilustraciones de N.C. Wyeth.

Fotografía de Newell Convers Wyeth (óleo), Bridgeman Images

Christian y su tripulación, en la que figuraban varios cautivos que seguían siendo leales a Bligh, querían construir un asentamiento permanente y se decidieron por la isla tongana de Tubuai, a unos 640 kilómetros al sur de Tahití. Allí se encontraron y mataron a un grupo de isleños nativos hostiles, y después regresaron a Tahití en busca de trabajadores y suministros. Seguros de que los jefes tahitianos, que tenían buenas relaciones con Gran Bretaña, se negarían a ayudarlos si se enteraban de lo que había ocurrido, ocultaron el motín, mintieron sobre su misión y regresaron a Tubuai con 30 tahitianos. Pero se rindieron en la lucha por Tubuai tras las hostilidades continuas con los isleños y las crecientes divisiones entre la tripulación, que hicieron que la ocupación fuera insostenible.

Los amotinados regresaron a Tahití, pero su mentira había sido descubierta. Desesperado y acorralado por una nueva conspiración para amotinarse contra él, Christian engañó a un grupo de tahitianos para que se subieran al Bounty para celebrar una fiesta, los capturó y zarpó de nuevo. Dieciséis marineros británicos fueron abandonados en Tahití.

Mientras tanto, Bligh y los marineros leales también tuvieron un viaje salvaje. Al principio, pusieron rumbo a una isla tongana diferente, pero la abandonaron tras los encuentros hostiles con sus residentes nativos, que apedrearon al intendente del barco hasta matarlo. Como las raciones se estaban agotando, el grupo puso rumbo hacia un asentamiento neerlandés en Timor, a unas 3500 millas náuticas. Llegaron tras 47 días e informaron del motín a la Corona.

Varios de ellos fallecieron en el viaje de vuelta a Inglaterra, pero Bligh sobrevivió. «He perdido el Bounty», escribió a su mujer antes de su regreso. «Mi conducta está libre de culpa y he demostrado a todos que, por atado que estuviera, desafié a todo villano a que me hiriera».

Las consecuencias de motín

Una vez en casa, Bligh fue juzgado en un consejo de guerra y absuelto de responsabilidad por la pérdida del barco. El HMS Pandora zarpó desde Inglaterra en una misión para capturar a los amotinados. Cuando la tripulación llegó a Tahití en marzo de 1791, capturaron a 14 de los amotinados supervivientes a los que Christian había abandonado. Pero el Pandora sufrió su propio desastre cuando zozobró en la Gran Barrera de Coral y cuatro de los cautivos encadenados se ahogaron.

Grabado del siglo XIX de las islas Pitcairn, donde aún viven los descendientes del HMS Bounty.

Fotografía de Illustrated Papers Collection, Bridgeman Images

En septiembre de 1792, los 10 hombres que habían sido traídos de vuelta a Inglaterra fueron juzgados en un consejo de guerra. Conforme a la ley inglesa, cualquier hombre que se hubiera quedado en el barco era culpable de amotinamiento independientemente de si había participado activamente o no. Cuatro fueron absueltos y seis sentenciados a morir en la horca. Al final, tres de esos seis fueron perdonados, pero los otros tres amotinados —Thomas Burkett, John Millward y Thomas Ellison— fueron ahorcados el 29 de octubre de 1794.

Para entonces, el resto de los amotinados y sus cautivos tahitianos habían encontrado un refugio seguro en Pitcairn, una isla lejana en el Pacífico Sur. La isla exuberante y deshabitada parecía un posible paraíso y los amotinados enseguida quemaron el Bounty y establecieron una colonia permanente.

Pero las tensiones que habían empañado su travesía persistieron en la isla. Los tahitianos capturados por los amotinados guardaban rencor a los ingleses por maltratar a las mujeres, a quienes trataban como objetos sexuales. Se cree que una de las mujeres tahitianas, Tevarua, se suicidó debido al maltrato continuo. En septiembre de 1793, los hombres tahitianos mataron a cuatro de los ocho amotinados, entre ellos Christian. A lo largo de la década siguiente, murieron todos salvo uno de los amotinados restantes, John Adams.

En los años siguientes, los descendientes de los amotinados echaron raíces en la isla Pitcairn, aunque abandonaron y regresaron a la isla en varias ocasiones en busca de suministros y tierras más productivas. Aquellos descendientes todavía viven en la isla, que es un Territorio de Ultramar británico con una población de unas 50 personas. En 1957, el explorador de National Geographic Luis Marden descubrió los restos del Bounty en la costa este de la isla.

En la actualidad, la historia del Bounty se recuerda tanto por el infame lugar que ocupa en la historia colonial de Gran Bretaña como por su aventura y drama. La historiadora Diana Preston contó a National Geographic en 2017 que, entre las enfermedades, la llegada de misioneros cristianos y la explotación sexual de las mujeres, los exploradores europeos «destruyeron todo aquello que las personas consideraban exótico y atractivo en la cultura tahitiana».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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