¿Fue Napoleón Bonaparte un líder inteligente o un tirano?

Las conmemoraciones del bicentenario de la muerte de Bonaparte provocan debates sobre su legado, el pasado colonial de Francia y los lazos del líder con Haití.

Fotografías de Sergio Ramazzotti
Publicado 5 may 2021 12:37 CEST
Fotografía de objetos vinculados a Napoleón Bonaparte

Napoleón Bonaparte falleció el 5 de mayo de 1821 en Santa Elena, una isla remota en medio del sur del Atlántico, donde vivía en el exilio. Tenía 51 años. Estos objetos vinculados a Bonaparte se exponen en la vivienda privada de Giovanni Spadolini, ex primer ministro de Italia que ha coleccionado una gran cantidad de libros, documentos y otros objetos.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

Corría el año 1802. La colonia más rica de Francia, Saint-Domingue, en la isla caribeña de La Española —compartida en la actualidad por Haití y la República Dominicana—, estaba en crisis. Mientras los exesclavos se enfrentaban a los señores franceses, una alianza de generales negros y mestizos combatía para restaurar el orden bajo la bandera francesa.

Entonces llegaron noticias de Guadalupe, otra colonia francesa en el Caribe. Las personas negras liberadas que se habían rebelado contra las tropas francesas que trataban de volver a esclavizarlos habían perdido la batalla.

El general francés Napoleón Bonaparte había incumplido una promesa hecha ese año: el restablecimiento de la esclavitud en las colonias francesas excluiría a Guadalupe y otros territorios donde las personas negras habían sido liberadas durante la Revolución Francesa. Pero la economía se impuso y Bonaparte restauró las leyes anuladas en Guadalupe cuando Francia había abolido la esclavitud en 1794.

La bahía de Jamestown, capital de la isla de Santa Elena, al atardecer. Napoleón Bonaparte pasó sus últimos días en Santa Elena, donde había sido exiliado por segunda vez, después de que los líderes europeos reunidos en Viena lo declararan un proscrito y un obstáculo para la paz.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

Tras ocho años de libertad, los guadalupeños negros volvían a estar esclavizados.

Los combatientes negros y mestizos —conocidos como «mulatos» en el caribe— enseguida se dieron cuenta de que la poderosa expedición de soldados franceses enviados, comandados por el cuñado de Bonaparte, el general Charles Leclerc, no estaban en Saint-Domingue para restaurar el orden. Su propósito era restablecer la esclavitud y reafirmar el control francés sobre toda la isla después de que el líder de la revuelta de los esclavos Toussaint Louverture publicara una constitución en 1801, autoproclamándose gobernador general vitalicio y codificando la abolición de la esclavitud.

De repente, prendió la llama del movimiento de resistencia que había comenzado en 1791 con una serie de rebeliones de esclavos en la isla, pese a verse sacudidas por conflictos internos, alianzas cambiantes y la detención y deportación de Louverture. Los sucesos de 1802 darían lugar a la primera nación independiente dirigida por personas negras tras el colonialismo: Haití.

Este mural representa a Napoleón Bonaparte en la plaza principal del pueblo de Marciana Alta, en la isla de Elba, donde enviaron al líder militar en su primer exilio tras sus conquistas.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

También sellaría el legado de Bonaparte, que sigue siendo motivo de controversia 200 años después de su muerte.

«Napoleón restableció la esclavitud en 1802 y el parlamento francés, en 2001, declaró por ley que la esclavitud colonial fue un crimen contra la humanidad», afirma Georges Michel, historiador haitiano en Puerto Príncipe. Por el papel que desempeñó Bonaparte a la hora de invertir la abolición, Michel considera al líder militar un hombre que fue «un criminal contra la humanidad».

También ve ironía en la forma en que falleció el famoso francés. «Al igual que Napoleón secuestró a Toussaint Louverture y lo puso en cautiverio, también acabó su vida en cautiverio. Tendrá el mismo destino que Toussaint Louverture».

El profesor de estudios franceses Andrew Curran dijo que, aunque se ha escrito mucho sobre Bonaparte, suele haber una elipsis en su narrativa donde falta la Revolución haitiana.

«Parte de esto es el hecho de que la Revolución haitiana y la pérdida de Saint-Domingue fue una cosa enormemente poderosa y horrible para los franceses. Es como su Vietnam», dice Curran, que da clase en la Universidad Wesleyan y es el autor de The Anatomy of Blackness: Science and Slavery in an Age of Enlightenment. «El hecho de que este país enorme fuera derrotado por personas que ellos consideraban que no estaban a la altura de personas que pudiera derrotarlo... había mucha vergüenza, que se convirtió en el racismo más violento».

Longwood House, en la isla de Santa Elena es donde Napoleón Bonaparte pasó los últimos seis años de vida en el exilio. La casa había sido la antigua residencia del vicegobernador británico. Bonaparte falleció en su habitación a los 51 años.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

El primer exilio de Napoleón Bonaparte ocurrió en 1814 tras una invasión rusa fallida. Los aliados europeos ordenaron su envío a Elba, una pequeña isla en la costa de la Toscana. Esta es una habitación en Villa dei Mulini, ahora museo estatal, que fue la residencia principal de Bonaparte durante los 300 días que pasó en la isla.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

Una habitación en Villa dei Mulini, ahora museo estatal, que fue la residencia principal de Bonaparte durante su exilio en 1814 en la isla de Elba, en la costa de la Toscana.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

El jardín de Villa dei Mulini, que fue la residencia de Bonaparte durante sus 10 meses de exilio en la isla de Elba en 1814.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

Legados enfrentados

Bonaparte murió el 5 de mayo de 1821, en una casa húmeda e infestada de ratas en Santa Elena, una isla remota en el Atlántico Sur, donde vivía exiliado. Tenía 51 años.

Este año, las conmemoraciones del bicentenario de su muerte han abierto viejas heridas. Sus legados enfrentados de héroe y tirano sirven para recordarnos el oscuro pasado colonial de Francia, cuando el trabajo forzoso de los africanos esclavizados la convirtió en una de las naciones más ricas de Europa.

Aunque se han planeado tributos en los departamentos franceses de ultramar de Guadalupe y Martinica, no todos estarán brindando por el complejo legado del emperador.

La calle Mayor en Jamestown, en la isla de Santa Elena, vista desde la terraza del Consulate Hotel.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

Para los haitianos, no habrá ofrendas florales ni misa católica, como se planea en Santa Elena, ni representaciones de las aventuras de Bonaparte, como las celebradas en la isla mediterránea de Elba, donde el bicentenario de su llegada al exilio el 11 de abril de 1814 se celebra con bombo y platillo.

En su muerte, al igual que en su vida, Bonaparte divide la opinión y suscita sentimientos profundos sobre su ascenso y su caída del poder, sus contribuciones a Francia y el legado que dejó en el Caribe, sobre todo en Haití, donde su marca sigue grabada en una historia sangrienta.

Las recreaciones históricas en la isla de Elba, en la costa de la Toscana, incluyen a dobles de Napoleón Bonaparte como Franco Giannoni, un agente de aduanas jubilado. Bonaparte pasó 300 días exiliado en Elba.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

¿Líder inteligente o belicista?

Sus admiradores consideran a Bonaparte un autócrata inteligente y el arquitecto de la Francia moderna. La creación de escuelas secundarias estatales conocidas como lycées —a las que asistió gran parte de la élite del país como parte de su reforma del sistema educativo— aún es una piedra angular hoy en día. Su contribución legal, el Código Civil, abolió los privilegios feudales, unificó las leyes y formó la base del derecho civil francés actual. También organizó Francia con su gobierno estructurado y centralizado.

Era pragmático y fomentó la ciencia, pero también reintrodujo la religión, poniendo el judaísmo, el protestantismo y el catolicismo al mismo nivel, no porque fuera religioso sino porque lo consideraba políticamente necesario. En su apogeo, trajo gloria y salvación financiera a Francia tras la caótica Revolución francesa, cuyos valores universales —«libertad, igualdad, fraternidad»— son compartidos por muchos países, Haití incluido, que adoptaron el lema oficial de la república.

«Por supuesto, Napoleón es glorioso por las victorias militares», afirma Peter Hicks, historiador británico de la Fondation Napoléon en París. «Quizá no sea la forma en que pensamos hoy en día. Pero por aquel entonces, era muy popular por el inmenso éxito del ejército francés y la naturaleza creciente del ejército francés».

La biblioteca en la casa de Giovanni Spadolini —ex primer ministro de Italia— en Florencia incluye volúmenes vinculados a Napoleón Bonaparte y un retrato de Voltaire. Spadolini posee una gran colección de libros, documentos y otros objetos vinculados a Bonaparte.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

Pero el éxito conllevó fracasos y sufrimiento humano. Para sus detractores, fue un belicista y un déspota que negoció, manipuló y politizó para llegar al poder singular en un golpe no sangriento en 1799. El entonces líder de Francia enmendó la constitución tres años después para nombrarse primer cónsul vitalicio.

Bonaparte no se asocia a la libertad individual, como ejemplifican la reinstauración de la esclavitud y el conflicto con Louverture, que declaró que «todos los hombres nacen, viven y mueren libres» en su constitución de 1801.

Ofendido no solo por el lenguaje de la constitución sino también por el acto autoimpuesto de Louverture para gobernar de por vida, Bonaparte escribiría en sus memorias que «Toussaint sabía muy bien que, al proclamar su constitución, se había quitado la máscara y había sacado la espada de su funda para siempre».

Marlene Daut, profesora adjunta de estudios de la diáspora africana en la Universidad de Virginia, afirma que señalar las contribuciones positivas de Bonaparte «es sugerir que las personas cuyas vidas fueron destruidas no importan».

Un raro puzle alemán de 1814 representa el auge y la caída de Napoleón Bonaparte. Se exhibe en la biblioteca de la Fundación Spadolini en Florencia.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

Un retrato bordado de Napoleón Bonaparte exhibido en la biblioteca de la Fundación Spadolini en Florencia, Italia.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

Un cenicero con la imagen de Napoleón Bonaparte en la oficina de Federico Galantini, un historiador en Sarzana, Italia, que colecciona objetos y documentos relacionados con el antiguo emperador.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

Una caricatura de Napoleón publicada en Inglaterra tras su exilio a Santa Elena exhibida en la biblioteca de la Fundación Spadolini en Florencia, Italia.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

La cifra total de bajas civiles y militares atribuidas a Bonaparte varía; el historiador francés Hippolyte Taine estima 1,7 millones de muertes, mientras que otros las sitúan en 600 000. Daut afirma que otras estimaciones varían entre los tres y los seis millones. Es uno de los motivos por los que considera que elegir a Bonaparte como héroe aclamado es extraño.

El debate sobre el legado de Bonaparte se ha producido en pleno examen de conciencia sobre el racismo, la discriminación, el colonialismo y la esclavitud de las personas negras.

En las islas francesas del Caribe, Guadalupe y Martinica, donde se han planificado eventos conmemorativos, algunos consideran el reconocimiento del bicentenario por parte de gobierno francés una afronta, un ejemplo más de que un país que se enorgullece por funcionar con un credo igualitario y que no ve colores, pero que se tapa los ojos en lo que respecta al legado de la esclavitud.

Los franceses reconocen que Bonaparte es problemático, dice Daut, pero no adoptan necesariamente un reconocimiento generalizado. «Para ellos, admitir que Napoleón es racista es decir algo acerca del pueblo francés y no pueden soportarlo», dice.  «Incluso cuando están dispuestos a admitir lo que hizo —y no niegan los hechos— les resulta muy incómodo, por lo que eso quiere decir sobre toda la riqueza que tienen en su país. ¿Qué significa eso para toda su prosperidad? ¿Qué significa eso para la identidad francesa? Que se ha construido sobre las espaldas de las personas asesinadas, y no solo las personas de Haití».

En el pequeño centro histórico de Rio Marina, en la isla de Elba, el edificio amarillo de la derecha era la casa del gobernador de la localidad. Cuando Napoleón Bonaparte visitaba Rio Marina para supervisar las operaciones mineras, que había revitalizado, pasaba aquí la noche.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

La vida en el exilio  

La vida de Bonaparte en el exilio dio un giro drástico. Como líder militar, había completado varias campañas de éxito durante las guerras revolucionarias y napoleónicas, se había coronado emperador y había sobrevivido a decenas de intentos de asesinato.

Pero, a la larga, cae en desgracia y acaba desterrado en dos ocasiones, primero a Elba y luego a Santa Elena.

Su primera estancia en el exilio fue en 1814, tras una invasión fallida de Rusia. Los aliados europeos lo obligan a abdicar y lo envían a Elba, donde gobierna a los 12 000 habitantes de la pequeña isla de la costa toscana. Se le promete un dinero que nunca llega de una Francia en bancarrota y pasa los 300 días allí reformando el gobierno y la economía de Elba, supervisando la construcción de carreteras y otros proyectos.

Bonaparte, que afirmaba que quería vivir «como un juez de paz», goza de libertad de movimiento. Nadie lo vigila y ningún barco da vueltas a la isla para impedir que salga. Pero el hombre, acostumbrado a liderar ejércitos y a ejercer de emperador francés durante una década, empieza a inquietarse.

Las personas se reúnen frente a la White Horse Tavern en Jamestown, uno de los tres bares de la isla de Santa Elena.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

Creyendo que el ejército francés todavía le es leal, huye a su patria, donde un grupo de soldados se une a él en su misión para recuperar el poder. Esta empresa se prolonga durante cien días.

«Europa no se lo cree, el mundo no se lo cree», dice Hicks de la Fondation Napoléon. «Los cien días son extraordinarios. La gente se pregunta cómo lo ha hecho. Y Francia no reacciona de manera negativa. Tampoco de manera positiva».

En el momento de la huida de Bonaparte de Elba en febrero de 1815, los líderes europeos estaban reunidos en el Congreso de Viena para reorganizar la región tras sus conquistas. Son conscientes de su huida y el 13 de marzo, una semana antes de su llegada a París, Bonaparte es declarado proscrito.

Sus archienemigos, los británicos, habían intentado prohibir la esclavitud, sin éxito. Para fastidiarlos y parecer un gobernador liberal tras su llegada a París, Bonaparte declara la abolición de la esclavitud en Francia por segunda vez. (Los esclavos negros liberados en territorios franceses no verían la abolición total de la esclavitud hasta tres décadas después. En 1848, Francia se convirtió en el único país que ha abolido la esclavitud tres veces, en una lucha entre intereses económicos y racistas y los derechos humanos.)

Cuando Bonaparte falleció durante su exilio en Santa Elena, su cuerpo se colocó en cuatro ataúdes: uno hecho de estaño, dos de caoba y otro de plomo. Fue enterrado en una tumba a tres metros de profundidad.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

Considerándolo un obstáculo para la paz, los ejércitos de Rusia, Austria y Gran Bretaña se unen una última vez contra Bonaparte en junio y rodean Francia. A lo largo de tres días, en la batalla de Waterloo, Bonaparte es derrotado al fin. Incapaz de huir a América, se rinde ante los británicos.

Bonaparte es exiliado a Santa Elena, un puesto británico en la costa de África y colonia penal en medio del Atlántico Sur, cuya frontera terrestre más cercana se encuentra a más de 1900 kilómetros. Bonaparte pasa sus días cuidando de su jardín y rescribiendo la historia en sus memorias.

Cuando muere seis años después, supuestamente de cáncer estomacal, el cuerpo de Bonaparte se introduce en cuatro ataúdes: uno hecho de estaño que contiene su cuerpo, dos de caoba y otro de plomo. Es enterrado bajo un sauce en una tumba a tres metros bajo tierra. 

El miedo a un ataque de los partidarios de Bonaparte y a posibles disturbios en una Francia políticamente frágil mantendría al líder nacido en Córcega en el exilio hasta su muerte: pasarían 19 años hasta el regreso de sus restos a Francia. Cuando llega su cuerpo, los curiosos salen a las calles para ver el ataúd tirado por caballos. En la actualidad, los restos de Bonaparte se encuentran en un monumento en el complejo de Los Inválidos de París.

Imagen aérea de Portoferraio, el puerto principal de la isla de Elba, visto desde el mar. Es una vista que resultaría bastante familiar a Napoleón Bonaparte, que pasó 10 meses exiliado en la isla.

Fotografía de Sergio Ramazzotti, Parallelozero

El legado de una revuelta de esclavos

Aunque la reinstauración de la esclavitud en Guadalupe en 1802 supuso un punto de inflexión en la Revolución haitiana, también lo fue la captura de su líder, Louverture, que murió solo en una fría cárcel francesa.

Como colonia francesa, Saint-Domingue albergaba la mayor población de esclavos del Caribe y muchos habían sido víctimas de palizas brutales y otros actos de violencia. También había personas mestizas y personas negras libres que, aunque no eran esclavas, estaban sometidas a un rígido sistema de castas y a quienes los líderes blancos de la isla negaban la ciudadanía. Los disturbios se vieron exacerbados por la Revolución francesa y, en 1793, para sofocar el conflicto, Francia puso fin a la esclavitud en la colonia. El año siguiente, se abolió en todos los territorios franceses.

La idea de que Saint-Domingue se convirtiera en una colonia donde las personas negras volvían a estar esclavizadas y las personas mestizas estuvieran sujetas a un sistema de castas —como en Guadalupe y Martinica, que acababan de volver a manos francesas después de estar bajo gobierno británico— era impensable.

«La misión de Napoleón, al enviar a Leclerc, consistía en devolver a Saint-Domingue a cómo era antes de 1794, antes de que comenzara la revolución», explica Pierre Buteau, historiador y autor haitiano. «Concluyeron que la única forma de controlar Saint-Domingue era eliminar a todos los grandes líderes de la revolución».

Pero los líderes no eran el único objetivo. En una carta a Bonaparte, Leclerc escribe que el movimiento abolicionista es tan fuerte que para recobrar el poder en Saint-Domingue habría que tomar medidas drásticas: eliminar a toda la población negra adulta, incluyendo a niños de más de 12 años.

«Iba a tener lugar una guerra de exterminio, pero esta guerra de exterminio fue lo que condujo a la batalla de Vertières», dice Buteau, refiriéndose a la mayor batalla de la revolución, que llevó a la expulsión de Francia de la isla.

La represión es brutal. Leclerc y su segundo al mando, el general Donatien-Marie-Joseph Rochambeau, sueltan perros feroces, ahogan a personas negras en mar y desfilan con las cabezas de los rebeldes a modo de advertencia.

«La mayoría de las imágenes famosas de la Revolución haitiana del siglo XVIII y XIX muestran a personas negras con cabezas de personas blancas», afirma Daut. «Menuda gracia, porque la verdad es que era al revés».

«Vieron el ejemplo de los colonos blancos, porque eso es precisamente lo que hacían siempre», continúa. «A cualquier persona libre que defendiera sus derechos o se quejara de los prejuicios, le cortaban la cabeza, la clavaban en estacas y desfilaban por toda la ciudad, literalmente».

Algunos académicos sostienen que la Revolución haitiana, que es la única revuelta de esclavos que tuvo éxito, no debería considerarse una derrota de Bonaparte porque no estaba allí y el ejército que envió estaba dirigido por generales.

Otros afirman que es hora de que países predominantemente blancos como Francia y Gran Bretaña, que tienen una historia de esclavizar a las personas, hablen de sus imperios de forma más completa.

Bonaparte envió a más de 60 000 soldados a la isla y perdió. La revuelta también detuvo los planes de expansión al oeste, a Estados Unidos, lo que condujo a la compra de Luisiana. Y a Francia le costó la principal joya de la corona en un imperio que abarcaba desde África hasta el Caribe.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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