El hombre que enseñó a los humanos a respirar como los peces

La escafandra autónoma (o Aqualung) inventada por Jacques Cousteau fue una innovación revolucionaria que abrió el reino submarino a los científicos y al público. Hoy, se estima que un 80 por ciento del océano sigue sin explorar.

Publicado 23 nov 2021 11:57 CET
Equipo de buzos de Jacques Cousteau se preparan para una inmersión.

Ansioso por usarlo para la investigación científica, Jacques Cousteau coinventó el equipo de buceo de escafandra autónoma. En la imagen, de 1963, los buzos del equipo de Cousteau practican técnicas de supervivencia bajo el agua para preparar un experimento de un mes de duración sobre la vida submarina.

Fotografía de Robert B. Goodman

El documental Cousteau: Pasado y Futuro se estrena en Disney + el 24 de noviembre.

"Mira", dijo mi hijo.

Nos movíamos a la sombra de un muelle en Isla Vieques, en Puerto Rico. Unos listones de madera a unos metros por encima de nuestras cabezas nos protegían del sol tropical. Los pilares desgastados por el tiempo desaparecían bajo la superficie del agua. Era un lugar fresco pero estéril, un lugar hecho por el hombre que sólo servía para un rápido descanso durante nuestra primera incursión en el buceo con esnórquel.

Will señaló hacia abajo. Tenía los ojos muy abiertos detrás de la máscara. Sumergió la cabeza bajo el agua. Le seguí.

Entramos en otro mundo. Por encima de la superficie del agua, el muelle era una estructura aburrida de madera deformada y pintura desconchada. Debajo de la superficie abundaba la vida: corales naranjas y amarillos que envolvían las columnas, exuberantes plantas marinas que se ondulaban en la corriente, bancos de peces plateados que se deslizaban entre los postes. Este estrecho lugar bajo un muelle construido hace décadas para los buques de guerra estadounidenses era tan fecundo como cualquier selva, pero a diferencia de una selva podíamos flotar en medio de ella y examinarla desde todos los ángulos.  

Nunca habíamos imaginado estar rodeados de tanta vida salvaje, y sin embargo no era suficiente para Will. "Ha sido genial", dijo mientras regresábamos al hotel en la camioneta de nuestros guías. "Quiero probar el buceo". No quería estar atado a la superficie por nuestros tubos de buceo alquilados. Soñaba con bucear más profundamente, con explorar más el océano, con ver sus maravillas por sí mismo. 

Los buzos recogen peces cerca de una de las estructuras que formaban una aldea submarina, en la que cinco buzos vivieron durante un mes como parte del experimento de Cousteau en 1963 sobre la vida submarina.

Fotografía de ROBERT B. GOODMAN

Aunque Cousteau aprendió a nadar a los cuatro años, sus ambiciones más tempranas apuntaban al cielo, no al mar. En 1930 ingresó en la academia naval francesa para convertirse en piloto, un sueño que se vio desviado por un accidente de coche casi mortal que en el que se fracturó los dos brazos. Como parte de su recuperación, su colega Philippe Tailliez le sugirió que probara a nadar en el mar. Tailliez le prestó un par de gafas de buceo y le llevó a pescar con arpón en el Mediterráneo, cerca de Toulon (Francia).

Nadar con las gafas fue una revelación. "En cuanto metí la cabeza bajo el agua, lo entendí, un shock", dijo más tarde. Había descubierto "un dominio enorme y completamente intacto para explorar". "Comprendí que, a partir de ese día, todo mi tiempo libre lo dedicaría a la exploración submarina".

Con el tiempo, pudo llegar hasta los 18 metros de profundidad y permanecer allí durante unos 70 u 80 segundos. Pero eso no era suficiente tiempo ni profundidad para Cousteau. "Siempre me rebelé contra las limitaciones impuestas por una sola bocanada de aire", escribió en un artículo de 1952 para National Geographic, su primera publicación para la revista.

Cousteau tuvo que idear su propia solución. "Me convertí en inventor por necesidad", dijo.

Para alcanzar una mayor profundidad, necesitaba un dispositivo que proporcionara aire respirable que también se ajustara a la presión del agua: A medida que el buceador se adentra en el agua, la presión aumenta, lo que reduce el volumen de aire en el cuerpo y puede provocar el colapso de los pulmones. El suegro de Cousteau le puso en contacto con el ingeniero Émile Gagnan, especializado en diseño neumático de alta presión.

Por aquel entonces, la Segunda Guerra Mundial atravesaba su ecuador y Alemania controlaba la mayor parte de Francia. Gagnan trabajaba en la mayor empresa comercial de gas del país, en París, donde había diseñado una válvula que regulaba el flujo de combustible y permitía que los coches funcionaran con aceite de cocina, una adaptación esencial en tiempos de guerra cuando los nazis habían requisado toda la gasolina para los vehículos de motor.

Cuando Cousteau viajó a París en 1942 para explicar a Gagnan el problema de la presión del aire, el ingeniero pensó que su regulador de gas podía ser la solución. Juntos, se dedicaron a probar un regulador conectado por tubos a dos botes de aire comprimido. Cousteau llevó el prototipo a nadar en el río Marne, al este de París.

"Respiré con normalidad a un ritmo lento", dijo, "incliné la cabeza y nadé sin problemas hasta los 9 metros".

El dispositivo funcionaba mientras estaba en posición horizontal. Cuando estaba en posición vertical, perdía aire. Cousteau y Gagnan reorganizaron los tubos de admisión y escape para que estuvieran al mismo nivel. Al final consiguieron una versión con la que Cousteau se sintió cómodo probando en el mar.

Durante varios meses de 1943, Cousteau, Tailliez y su amigo Frédéric Dumas probaron con precaución el dispositivo, que denominaron Aqualung. Hicieron más de 500 inmersiones en el Mediterráneo, profundizando cada vez un poco más. A principios de otoño, habían alcanzado los 39 metros. En octubre, Dumas logró descender 27 metros más.

Cousteau se sumerge durante el rodaje de un episodio de su programa de televisión El mundo submarino de Jacques Cousteau, en el que invitaba a los espectadores a explorar el océano con él.

Fotografía de The Cousteau Society

"La mejor manera de observar a un pez es convertirse en un pez", escribió Cousteau en aquel primer artículo de National Geographic. "Y la mejor manera de convertirse en un pez -o en un facsímil razonable del mismo- es ponerse un dispositivo de respiración subacuática llamado Aqualung. El Aqualung libera a un hombre para que se deslice, sin prisa y sin daño, a varias brazas de profundidad bajo el mar".

Casi 80 años después de su invención se sigue utilizando el mismo diseño básico. "Es tan simple y elegante como un pomo de puerta", dice el veterano fotógrafo submarino de National Geographic David Doubilet. "No falla. En 65 años de buceo, nunca he tenido un fallo".

Pero la capacidad de sumergirse en las profundidades expuso a los buceadores a otros peligros. Aunque el Aqualung facilitaba la respiración al equilibrar la presión ambiental y la interna, no podía evitar lo que los primeros buceadores llamaban el "rapto de las profundidades": la narcosis por nitrógeno, cuando se forman burbujas de nitrógeno en el torrente sanguíneo a medida que el buceador desciende. Para Cousteau, era "una impresión de euforia, una pérdida gradual del control de los reflejos, una pérdida del instinto de conservación". Para Albert Falco, que navegó con Cousteau durante casi 40 años, "el aire adquiere un sabor extraño y te emborrachas con tu propio aliento".

La narcosis por nitrógeno podía ser mortal. Después de la guerra, en 1947, Cousteau, que seguía en la Marina francesa como parte de su Grupo de Investigación Submarina, organizó pruebas de buceo autónomo en Toulon. Quería demostrar que el Aqualung permitiría a los buceadores llegar a más de 100 metros de profundidad. Pero la persona que hizo el primer intento, el primer oficial Maurice Fargues, murió. Perdió el conocimiento a 120 metros y se le sacó a toda prisa a la superficie, pero no se le pudo reanimar.

Cousteau quedó desolado: "Empiezo a preguntarme si lo que estoy haciendo tiene sentido".

Para la Marina francesa sí lo tenía. Desplegaron el Grupo de Investigación Submarina para limpiar las mortales secuelas de la Segunda Guerra Mundial en el Mediterráneo. Los buzos de la Marina retiraron minas hábilmente escondidas cerca de los puertos más concurridos. Recuperaron a los pilotos muertos de los aviones derribados. Fueron testigos de la destrucción submarina de una guerra que había abarcado toda la costa del mar.  

Cousteau luciendo su icónico gorro rojo a bordo de su barco Calypso, el antiguo dragaminas que transformó en buque de investigación.

Fotografía de The Cousteau Society

"Me lo puse y me fui al fondo de la piscina", recuerda Doubilet, que llegaría a fotografiar el Mar de los Sargazos, la Gran Barrera de Coral y gran parte del océano entre ambos para más de 70 reportajes de National Geographic. "Estaba pegado al fondo, pero respiraba, y era simplemente celestial".

"El regulador Aqualung significaba un pasaporte al 70 por ciento de nuestro planeta", dice Doubilet. "Se trata de una persona cuya importancia para el planeta nunca, nunca, puede ser olvidada o subestimada".

El fotógrafo Laurent Ballesta, que creció nadando, buceando y haciendo submarinismo en la costa mediterránea de Francia, también recibió la influencia de Cousteau. Cuando Ballesta tenía 16 años, estaba con unos amigos en un barco cuando de repente se vieron rodeados de tiburones. Gracias a su pasión por los documentales de Cousteau, los reconoció como inofensivos tiburones peregrinos y se lanzó al agua para nadar con ellos.

Cuando Ballesta regresó a casa, contó a sus padres lo que había sucedido, pero no le creyeron. "Ese fue el momento en que decidí que tenía que aprender fotografía".

(Relacionado: La vida que se esconde bajo la Antártida)

Con la ayuda de un equipo de buceo, una campana de buceo y un hábitat presurizado, el fotógrafo Laurent Ballesta y su equipo pudieron pasar 28 días buceando en el Mar Mediterráneo.

Fotografía de Laurent Ballesta

Desde entonces, Ballesta ha descubierto una nueva especie de pez llamado gobio de andrómeda y fue el primero en fotografiar el celacanto prehistórico bajo el agua. Más recientemente, relató para National Geographic una expedición en la que él y su tripulación vivieron durante 28 días en una cápsula presurizada que les permitió sumergirse durante horas en las profundidades del Mediterráneo.

Jacques Cousteau se mantuvo activo en la exploración submarina hasta su muerte, a los 87 años, en 1997.  "Mi trabajo era mostrar lo que había en el mar, sus bellezas, para que la gente conociera y amara el mar", escribió Cousteau.

El marino es un mundo que, a pesar de sus contribuciones pioneras y su influencia internacional, sigue siendo muy desconocido. Según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, más del 80 por ciento de los océanos de nuestro planeta permanecen inexplorados.

En los 78 años transcurridos desde que Cousteau y Gagnan inventaron el Aqualung, más de 28 millones de personas han seguido sus pasos en el océano y han aprendido a bucear.

Esta primavera mi hijo y yo nos uniremos a ellos. Es lo que Will quería para su 17º cumpleaños: un pasaporte a otro mundo.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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