Así es la vida de un cazador de canicas, la última fiebre de coleccionismo que azota EE. UU.

Las redes sociales están empujando a decenas de miles de cazadores de canicas a salir de casa en busca de estos dominutos tesoros únicos y diseñados con un mimo extremo por profesionales.

Por ASHLEY HARRELL
fotografías de Christie Hemm Klok
Publicado 25 ene 2022, 13:38 CET
Shayne Sines sostiene una canica de su amplia colección.

Shayne Sines sostiene una canica de su amplia colección. Forma parte del creciente grupo de cazadores y coleccionistas de bolitas del condado de Humboldt (California) que participan en un pasatiempo relativamente nuevo que ha atraído a decenas de miles de personas en todo el mundo.

Fotografía de Christie Hemm Klok, National Geographic

Si bien el famoso streamer y youtuber vasco Ibai Llanos ha logrado la gesta de poner de moda la cultura de las canicas gracias a sus carreras de canicas retransmitidas en Twitch y Youtube, un fenómeno algo más tradicional (y analógico) está teniendo lugar en Estados Unidos. No sin la ayuda de internet (aunque sólo a través de grupos de Facebook que ayudan a mapear la oferta y la demanda), cientos de miles de estadounidenses están saliendo de caza en busca de estas preciadas miniaturas de vidrio y mármol.

Y sí, "caza" es la palabra más apropiada. No son Pokémon. Pero casi.

En una luviosa mañana de diciembre, Damien y Michaela Beauchemin recorren un sendero de secuoyas con su perro de aguas portugués, Maui, escudriñando el suelo y escuchando atentamente el sonido de un arroyo. Maui gime e intenta adelantarse, pero Michaela lo retiene. Si se mueven demasiado rápido, podrían perderse algo.

La pareja echa un vistazo a las pistas que han guardado en sus teléfonos: una adivinanza sobre cómo frotar una barriga para tener suerte, una advertencia sobre las alturas, una fotografía de helechos. Otra foto muestra el codiciado premio: una gran canica naranja y blanca enclavada entre guijarros en el agua.

La esfera ornamentada y reluciente es todo un logro en el mundo de la caza de estas esferas, y los Beauchemins (que buscan estos tesoros casi todos los fines de semana) quieren añadirla a su colección. Este pasatiempo relativamente nuevo ha atraído a decenas de miles de personas de todo el mundo, que se han relacionado con otros participantes sobre todo en las redes sociales debido a la pandemia de la COVID-19.

Los cazadores de canicas Michaela y Damien Beauchemin salen con su perro, Maui, en busca de una canica escondida en el bosque comunitario de Arcata, en California. La pareja lleva unos seis años escondiendo y cazando canicas. Para ellos y para otros en el norte de California y más allá, se ha convertido en una forma de vida.

Michaela and Damien Beauchemin find the hidden marble at Arcata Community Forest.

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En las redes sociales se publican pistas sobre dónde están escondidas las canicas. Una vez que se publican, los cazadores de canicas se aventuran a encontrar el tesoro.

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Este diario contiene dibujos de algunas de las canicas que Michaela y Damien Beauchemin han encontrado a lo largo de sus años de búsqueda: 320 piezas redondas de arte en vidrio hasta ahora.

La caza de canicas es un poco como el geocaching (o búsqueda por geolocalización), otro pasatiempo que envía a los participantes a buscar tesoros salvajes guiados por GPS o dispositivos móviles. Inevitablemente, recuerda al fenómeno de 2016 (todavía vivo) de la búsqueda de criaturitas digitales mediante el juego Pokemon Go (una moda que causó furor también en las calles españolas).

Pero esta búsqueda de diminutas esferas tiene un componente más auténtico. Romántico.

La caza de canicas no depende del GPS y su botín es muy específico: las canicas deben estar hechas a mano por artistas del vidrio. Los artistas venden las canicas a entusiastas que las esconden en espacios públicos y hacen fotos para publicarlas como pistas en grupos de Facebook. Una vez publicadas, los cazadores de canicas se aventuran a encontrar el tesoro, enfrentándose a numerosos obstáculos y a una feroz competencia.

Para los Beauchemins y otras personas del norte de California y alrededores, se ha convertido en una forma de vida. Llevan unos seis años escondiendo y cazando canicas, y con la pandemia se han obsesionado. Es una buena vía de escape: ambos trabajan con poblaciones vulnerables: Damien como psicólogo clínico y asistente de vida asistida, y Michaela en una organización sin ánimo de lucro que atiende a familias con niños en edad preescolar. En su tiempo libre, la búsqueda de canicas es una razón relativamente segura e intrigante para salir de casa.

Aunque no está exenta de riesgos. En su búsqueda, Michaela contrajo una reacción alérgica cutánea fruto de un roble venenoso que requirió inyecciones de esteroides. Damien se cayó una vez por la ladera de un acantilado. En la cima de un volcán extinto, la pareja descubrió una caja que estaban seguros que contenía una canica. Eran cenizas, presumiblemente de restos humanos.

Michaela lleva diarios con dibujos de las canicas que encuentran: 320 piezas redondas de arte vítreo hasta ahora.

Historia de la caza de canicas

Los humanos llevamos siglos jugando con estos pequeños objetos esféricos, según Topher Reynolds, un artista con barba de mago que dirige el Glass Garage, un estudio de arte cooperativo en Eureka, California (Estados Unidos). "Han existido canicas desde que hay materiales sólidos", dice.

A diferencia de las antiguas canicas de madera, piedra y arcilla, o de las canicas de vidrio producidas en serie a principios del siglo XX, las que se utilizan en esta particular caza del boliches (como las llaman en Canarias) son únicas.

Algunas están diseñadas para parecer globos oculares de dragones. Otras tienen vapores de oro o plata atrapados en su interior (o diminutos ópalos) y parecen contener galaxias. Algunas tienen dibujos de flores o pequeñas burbujas llamadas trampas de aire. Si se iluminan con una luz ultravioleta, algunas canicas brillan con luz de neón.

"Con el vidrio, el fracaso siempre está ahí", dice Reynolds mientras hace girar un trozo de vidrio fundido en una varilla sobre un soplete a 3000 grados, lo que le permite diseñar un interior complejo antes de terminar la canica en un horno. "Puedo trabajar dos días y luego tirarlo a la basura... Si crees que eres importante como artista, el vidrio te lo discutirá. Y el vidrio es siempre el árbitro".

Topher Reynolds dirige el Glass Garage, un estudio de arte cooperativo en Eureka, California, donde algunos de los mármoles fabricados se utilizan en la llamada caza del mármol. "Ha habido canicas desde que hay materiales sólidos", dice.

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El vidrio fundido en una varilla se hace girar sobre un soplete a más de 1.600 grados, lo que permite realizar complejos diseños en el interior de un mármol antes de que entre en el horno.

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Algunas canicas tienen dibujos de flores o pequeñas burbujas llamadas trampas de aire.

Kim Trett es una ávida coleccionista, cazadora, ocultadora y marmolista de canicas.

Los coleccionistas suelen pagar entre 17 y 880 euros por una canica, pero una muy deseada puede alcanzar más de 4400 euros. Sin embargo, muchas se regalan.

Lo más parecido a un padre de la caza de canicas es Josh Simpson, de 72 años, un reconocido artista del vidrio que crea planetas en miniatura. Hace unos 50 años, empezó a esconderlos por todo el mundo para que los desconocidos se tropezaran con ellos.

"Me encanta la idea de hacer un pequeño regalo a alguien, sin saber a quién va a ir a parar o qué va a hacer con él", dice.

En la década de los 90, Simpson creó la página web The Infinity Project, en la que invitaba a cualquiera a enviarle un mensaje con ideas de escondites. Cada mes, envía a alguien dos planetas de mármol: uno para esconder y otro para conservar. Las fotos muestran miles de planetas de Simpson "perdidos" por todo el mundo: en el campamento base del Everest, en una esclusa del Canal de Panamá, bajo el hielo de la Antártida. Como su mujer es la astronauta jubilada de la NASA Cady Coleman, incluso metió algunos en la Estación Espacial Internacional.

"Al fin y al cabo, el vidrio es sólo sílice", dice. "Es arena derretida. Durará miles, si no cientos de miles de años, pero no contamina nada".

A principios de la década de 2010, surgieron grupos de Facebook para el "Abandono del Arte", y la gente empezó a esconder obras de arte -incluyendo canicas- para que otros las encontraran. Luego, un evento de 2016 llamado The World's Biggest Marble Hunt (La caza de canicas más grande del mundo) sacó el juego del olvido.

Dirigido por el artista del vidrio de Missouri (Estados Unidos) Will Stuckenberg, una coalición de fabricantes de canicas organizó el evento para ampliar el mercado de sus obras. El grupo de Facebook del evento acumuló más de 30 000 seguidores, y el gran premio fue un cofre del tesoro escondido en el Pikes Peak de Colorado (Estados Unidos). Contenía mármoles por valor de 11 500 euros.

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Esta vasta colección de arte esférico pertenece a Shayne Sines, uno de los crecientes entusiastas de la caza del mármol.

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Canicas colocadas en un estante de exhibición en la casa de Kim Trett, una ávida coleccionista, cazadora, ocultadora y fabricante de mármoles.

En el condado de Humboldt (California), los autodenominados "marbleheads" (o cabeza canicas) han comprado maletas y decorado sus casas con cientos de canicas, colocándolas en soportes y en expositores de pelotas de golf. En 2017, Reynolds puso en marcha una convención local de canicas que se ha celebrado todos los años hasta que la COVID-19 obligó a suspenderla temporalmente. En honor al evento, la alcaldesa de Eureka, Susan Seaman, proclamó el primer fin de semana de febrero "Fin de semana del mármol de Humboldt" en 2020. Exhibe una bolita de mármol en la estantería de su oficina y otra en la de su salón.

"Mi colección es pequeña, pero no tiene precio", dice.

Los grupos de Facebook dedicados a esta afición se han multiplicado. Cada uno tiene sus propias reglas, pero todos prohíben excavar, enterrar o destruir la vegetación, y muchos no permiten ocultar canicas en propiedades privadas o en terrenos sagrados. Los infractores de las normas han sido expulsados de los grupos, dice Reynolds, y los voluntarios han vuelto para encargarse de limpiar los daños.

Muchos grupos exigen a los que encuentran canicas que luego escondan otra de valor similar, lo que mantiene el juego en marcha y a los artistas ocupados. "A la gente le gusta la idea de devolverlo", dice Reynolds.

Esconder una canica

Lori Logan, madre de dos hijos, trabaja como ingeniera de aparatos de bomberos y entrenadora personal. Como forma de compartir su pasión por el fitness y los retos al aire libre, Logan suele esconder canicas en lugares de difícil acceso, como las cimas de las montañas.

"Me gusta empujar a la gente y hacer que se esfuerce", dice. Ha escondido canicas en la cascada Bridalveil del Parque Nacional de Yosemite y en Old Faithful de Yellowstone, pero también en pueblos pequeños como Wikieup (Arizona). Le gusta que cuando la gente mire sus colecciones, cada mármol se vincule a un recuerdo de un viaje.

Levi Logan ayuda a esconder una canica para que la encuentren los cazadores en el bosque comunitario de Arcata, en el norte de California.

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La familia Logan participa en la ocultación de una canica en el Bosque Comunitario de Arcata.

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Lori Logan hace fotos para colgarlas como pistas en las redes sociales en una cacería para encontrar una canica escondida con la ayuda de sus dos hijos, Levi de 11 años e Iván de 15.

La familia Logan se prepara para esconder una canica en el bosque comunitario de Arcata, en el condado de Humboldt (California).

Fueron Logan y sus dos hijos, Ivan, de 15 años, y Levi, de 11, quienes escondieron la canica que buscaban los Beauchemin: un seductor orbe con puntos creado por el famoso marmolista Eric Spinney.

El día después de que los Logan dejaran su tesoro, los Beauchemin fueron de excursión a la cima de la Roca Cabeza de Buda, en el Bosque Comunitario de Arcata. Como la pareja se ha vuelto tan experta en la búsqueda de canicas, el hallazgo se produce en menos de 45 minutos.

Unos días después, Michaela dibuja la canica en su diario. Para el escondite de pago, Damien selecciona uno con trampas de aire creado por su amiga Kim Trett. Antes del trabajo, conduce por una carretera inundada hasta una playa remota y deja la canica en unos troncos a la deriva.

"Hay un sentimiento de querer compartir el arte con otras personas", dice. "¿Y quién no se emociona con la idea de poder ir a buscar un tesoro a algún lugar?". 

Ashley Harrell vive en el norte de California y trabaja como editora asociada de SFGATE cubriendo los parques de California. También es redactora de la guía Lonely Planet. Síguela en Twitter @AshleyHarrell3.

Christie Hemm Klok es una fotógrafa afincada en San Francisco. Puedes ver más de su trabajo en su sitio web o en Instagram.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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